Contra el mito del vigilante-justiciero (parte 2)

Las razones para no estar tan seguro de que la existencia de un vigilante-justiciero fuese positiva abundan después de dedicarle una mínima reflexión. Aquí van otras cuantas para pensar un rato.

29716769751_2ca846db30

 (Fuente: Sir Prime Flickr via Compfight cc)

 

Quinto: el justiciero es un solo hombre y, por lo tanto, vulnerable

Admitiendo que siempre fuese perfecto en todo y para todo y que, además, lograse perpetuar esa perfección en el tiempo, el justiciero, en su condición de mero individuo, resultaría ser un actor tremendamente frágil y errático, con enormes limitaciones.

Un sistema u organización es una asociación de individuos que trabajan juntos, y es en dicha suma que radica su fuerza, pues se complementan, colaboran, reemplazan, cubren y, si hace falta, hasta se controlan los unos a los otros. Una institución o una idea pueden perpetuarse en el tiempo, pero un solo individuo es mortal, tiene que dormir y comer y, a veces, ir al baño también. ¿Quién haría justicia en lugar del justiciero cuando éste durmiese, descansase, cayese enfermo, muriese o fuese detenido? Aún en el improbable caso de resultar ser una solución óptima, el justiciero lo sería tan solo a modo de parche, intermitente y temporalmente.

 

Sexto: ¿quién controla al justiciero?

Los poderes del Estado están organizados, en teoría al menos, de manera que unos controlan a otros para que ninguno sobrepase su propia jurisdicción: la policía tiene a otros policías encargados de investigarlos, y siempre ha de cumplir la ley que fijan los legisladores y controlan los tribunales. Los tribunales juzgan a todos, pero han de seguir las leyes que han hecho los legisladores previamente. Los legisladores han de cumplir la justicia de los tribunales, no pudiendo legislar algo previamente considerado como ilegal. Y, en todo esto, siempre hay espacio para que entren en juego los grupos de presión, la sociedad civil, la opinión pública, los medios de comunicación y demás actores, e intervengan dentro de sus propias posibilidades.

El justiciero, sin embargo, no está sometido a ningún control, es decir, no hay nadie que ajusticie al justiciero, pues se trata, por definición, de un fuera de la ley. Al justiciero ¿quién le controla? ¿Quién está ahí para decirle que se está equivocando o que se está excediendo? Si consigue efectiva y repetidamente huir de la justicia gracias a su habilidad o astucia, ¿quién estará ahí para pararle los pies cuando se sobrepasase o se equivoque?

 

 

 

(Charles Bronson, otro de los “duros” de Hollywood que gustaba de tomarse la justicia por su mano)

 

Séptimo: un ejemplo muy peligroso

El justiciero, en su particular cruzada, podría inspirar a otros a seguir sus pasos, es decir, podría crear, quizás involuntariamente, un fenómeno social, un grupo de seguidores que, espontáneamente, imitasen su filosofía y sus métodos, sus actividades y actos, todo ello con efectos devastadores para el orden y la paz social.

De repente, más y más ciudadanos se creerían capacitados para impartir justicia basándose en su propio criterio personal, quizás actuando en nombre del justiciero, o quizás aduciendo, no sin razón, que si el justiciero, un hombre como otro cualquiera al fin y al cabo, puede hacerlo, entonces ¿por qué ellos no? Gracias a ello tendríamos los mismos peligros recogidos en esta misma lista pero multiplicados por sabe Dios cuantos individuos pretendidamente iluminados más.

 

 

 

 

 

 

(A batman, en la peli The Dark Night (2008) ya le salieron, a su pesar, varios imitadores)

 

Octavo: ¿venganza o reinserción?

El vigilante generalmente ajusticia a sus víctimas, basando claramente su propia idea de justicia en la venganza, en la ley te Talión, en el ojo por ojo, no en la prevención, la reinserción o la reeducación social. Salvo excepciones, no permite a los criminales arrepentirse de sus pecados o saldar sus deudas con la sociedad, ni les da la oportunidad de cambiar. Los elimina usando una fuerza letal, a veces incluso rayana en el puro sadismo, sin más.

Cabe preguntarse, llegados a este punto, para qué ha de servir la justicia, si simplemente para desatar una venganza, un castigo, sin más, o más bien para prevenir futuros delitos, y/o para reeducar e intentar “recuperar” al criminal e incidir en la reinserción social. ¿Un pecador no puede arrepentirse? ¿Un hombre no puede cambiar? ¿Qué es lo que queremos, un sistema en el que, quizás, algunos culpables queden libres a veces, o uno en el que, quizás, algunos inocentes sean culpados y paguen sin razón otras veces?

Un verdadero héroe justiciero podría ser quien, en base a su propia iniciativa personal, lograse atajar o evitar crímenes, o ayudase a paliar sus consecuencias nefastas. Para ejecutar una venganza, sin embargo, siempre han sobrado medios.

 

 

 

 

 

 

(Al menos esta escena de Unforgiven (1992) es bastante buena, aunque sea para volver sobre lo mismo: venganza, venganza y más venganza)

 

Noveno: una autoridad ilegítima

Como ya hemos visto, el justiciero, al tomarse la justicia por su mano, defiende la idea de que todo el mundo está capacitado para ejercer la ley. No es una autoridad reconocida, pues nadie le ha concedido jamás autoridad o poder alguno para ejercer justicia, sino que él mismo se la ha arrogado, él mismo la ha tomado por su propia mano, una actitud antisocial que muchos denominan la “ley de la selva.”

Ante algo así, en realidad nadie tendría por qué aceptar su papel, porque el justiciero nunca podría ser una figura legítima. Cualquier sujeto que se viese interpelado por el susodicho podría espetarle «¿y quién demonios eres tú?». Si el justiciero, al no emanar de ningún tipo de poder reconocido, ni estar siquiera controlado por nada ni por nadie, no es una autoridad legítima, ¿cómo podría cualquier ciudadano respetuoso de la ley aprobar siquiera sus actos, si éstos están automáticamente fuera de la ley? No se trataría más que de fuerza bruta, ilegal, ilegítima. La figura del justiciero rezuma fascismo, y del bueno.

 

Décimo: el fin no justifica los medios

Infringir sistemáticamente la ley, ser juez, jurado y verdugo, escapar de esa misma justicia que, sin embargo, quiere aplicarle a los demás… El justiciero presupone, sin lugar a dudas, que el fin justifica los medios, y que todo lo que hace está justificado por su autoarrogado rol mesiánico, por estar pretendidamente más allá del bien y del mal, tener derecho a ir más allá de donde nadie más va, y ser el brazo ejecutor, el instrumento de la venganza.

Se trata sin duda de un postura extremadamente peligrosa, y susceptible de ser usada para justificar prácticamente cualquier cosa, desde el tener que eliminar a un pobre inocente para poder continuar con su cruzada personal (un honrado policía que intentase detenerle, por ejemplo) hasta las pesadillas sociales o totalitarias más escalofriantes.

Lo dicho, el justiciero vigilante es, en el fondo, fascismo del bueno, y además con tintes megalómanos.

 

 

 

 

 

(El discurso final de la película John Doe, o un tipo que actúa como justiciero y, a pesar de las terribles consecuencias de sus actos, suelta su discurso final auto justificándose)

 

(lee la primera parte de este artículo aquí)

(lee este artículo en inglés aquí)

Advertisements

2 responses to “Contra el mito del vigilante-justiciero (parte 2)

  1. Pingback: Contra el mito del vigilante-justiciero | marcosmarconius·

  2. Pingback: Against the myth of the watchman-vigilante (part 2) | marcosmarconius·

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

w

Connecting to %s