La nueva charlatanería del siglo XXI (parte 3)

Carezcan más o menos de sentido, lo cierto es que las teorías conspirativas y la charlatenería en general gozan de numerosos adeptos en todo el mundo, por lo que no vendría mal intentar saber las razones de su atractivo.

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(Lee la segunda parte de este artículo aquí)

 

Por qué creemos en conspiraciones

Como ya se ha dicho antes, el problema principal, a pesar de todo, no radica en que haya gente que se invente semejantes historias, sino en que exista un variado y nutrido público que se las crea a pies juntillas. En su libro American Conspiracy Theories, los politólogos Joseph Uscinski y Joseph Parent demostraban, de hecho, cómo las “teorías” conspirativas permean todos los sectores de la sociedad sin responder de un modo realmente significativo a factores como el nivel cultural, la religión, la ideología o la edad. De aquí, naturalmente, surge la cuestión de por qué dichas fábulas, a pesar de su evidente falta de lógica, ejercen tan notable atractivo sobre la mente de innumerables personas, de donde aparecen explicaciones tanto circunstanciales como relacionadas con la fisiología y el funcionamiento de la mente humana.

Empezando por el segundo tipo de argumentos, quizás una de las primeras y principales causas sea el que dichas “teorías” se valgan del natural impulso humano de poner orden en el cosmos. Según el profesor Jan-Willem van Prooijen, de la VU University Amsterdam, estudioso durante años de las teorías conspirativas, es un rasgo humano universal el que, en situaciones de pérdida de control, se relacionen elementos que no tienen porqué guardar relación entre ellos. Así, y ante un hecho confuso y lleno de interrogantes, estas “teorías” conspirativas suelen ofrecer una explicación ciertamente alambicada pero en realidad sencilla a su manera, y dotada además de lógica interna. De este modo, reducen fenómenos sociales complejos al resultado de las supuestas acciones secretas de un grupo selecto de individuos, muy a menudo planteando la cuestión de cui bono (a quién beneficia), e ignorando que, en la vida real, no todo es tan fácil de determinar.

Otro factor favorable es el de la facilidad con que la mente humana cae en diferentes sesgos cognitivos, y en la preponderancia que en ella tienen, a la hora de tomar decisiones diarias, lo intuitivo, lo emocional y las relaciones sociales por encima de la lógica y la racionalidad. Así, se ha estudiado plenamente cómo el cerebro humano tiende a actuar de un modo más trascendentalista que empirista, es decir, a identificar patrones y agentes a nuestro alrededor incluso cuando no los hay en lugar de concebir que puedan darse meras casualidades o que, simplemente, la realidad resulte, en ocasiones, demasiado compleja como para poder ser explicada con facilidad. Este esquema mental resulta muy útil para la supervivencia más elemental (ya que sirve para identificar rápidamente potenciales amenazas) pero suele ser también responsable de las supersticiones y del pensamiento mágico.

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(La conocida frase “I want to believe” expresa no solamente un convencimiento, sino una voluntad por creer que los ovnis son reales a pesar de carecer de cualquier evidencia. Fuente: MrGyro.co.uk Flickr via Compfight cc)

Entre los diferentes sesgos cognitivos en los que suele incidir la mente humana estas “teorías” pecan a menudo tanto del “sesgo de confirmación” como del “sesgo retrospectivo”, ambos basados en partir de una conclusión y buscar selectivamente aquello que la confirme, rasgos muy característicos de la seudociencia y opuestos al empirismo científico, en donde se deja siempre la conclusión para el final. En el primer caso, se trata de la tendencia a ver evidencias que apoyan la teoría propia y no las contrarias y, en el segundo, a cambiar la percepción de hechos pasados de forma retrospectiva, a fin de hacerlos coincidir con la conclusión previamente adoptada. Ambos mecanismos mentales han sido ampliamente estudiados, como evidencian, por ejemplo, los profesores Andre Spicer y Mats Alvesson en su libro The Stupidity Paradox, en donde explican que “una vez que hemos tomado decisiones, lo que a menudo ocurre en milisegundos, comenzamos el laborioso proceso de probar que tenemos razón, y cuando los hechos no casan con nuestras creencias, preferimos cambiar los hechos, no nuestras creencias”. Más concretamente acerca de las fábulas conspirativas, Rob Brotherton, académico, psicólogo y autor de Suspicious Minds: Why We Believe Conspiracy Theories, afirma que “cuando alguien cree en una teoría de la conspiración disuadirle es una lucha cuesta arriba. Esto se debe a que dicha creencia no se basa en hechos y en lógica. La falta de evidencias solo sirve para reforzar la idea de que las evidencias se han ocultado.” Michael J. Wood, Karen M. Douglas y Robbie M. Sutton, en su antes citado Dead and Alive: Beliefs in Contradictory Conspiracy, agregan a su vez que dichas historias “son notoriamente resistentes a la refutación, pues añaden nuevas capas de conspiración a fin de racionalizar cada nueva evidencia que pueda resultar disconforme.”

Otro elemento favorable es el hecho de que, debido a su propia y peculiar lógica interna, una vez se cree en una de estas fábulas es muy fácil creer en más, como también es muy fácil que crezcan por sí solas a medida que pasa el tiempo. Respecto a este tema, Michael J. Wood, Karen M. Douglas y Robbie M. Sutton demostraron en su estudio que es posible incluso creer en teorías conspirativas que se contradigan entre sí. Sobre esto, indicaban que “una vez se cree que una conspiración masiva y siniestra pueda ejecutarse con un éxito próximo al secretismo perfecto es fácil pensar que muchos más complots del estilo puedan ser posibles.” De este modo, las conspiraciones pueden convertirse incluso en la explicación por defecto de cualquier tipo de suceso, una visión del mundo unitaria y cerrada en la que las creencias se juntan en una red de soporte mutua conocida como “sistema de creencias monológico”, lo que otorga a este tipo de fábulas una asombrosa capacidad para crecer y retroalimentarse, pues como indica Arthur Goldwag en su libro Cults, Conspiracies, and Secret Societies, “cuando sucede algo de gran relevancia (o que se cree así), todo lo que conduce o se desprenda de dicho evento también parecerá de gran relevancia.”

(Algunos ejemplos más de “teorias” conspirativas que realmente andan circulando por ahí, a cada cual más descabellada)

 

En el lugar y momento adecuados

A pesar de que la mente humana pueda jugar involuntariamente a su favor, es también muy importante el que dichas “teorías” se aprovechen de y respondan a uno de los más típicos males de nuestro siglo: la crisis de identidad del ciudadano contemporáneo, su falta de confianza en organismos e instituciones que, tradicionalmente, estuvieron revestidas de autoridad (Iglesia, corona, Estado, partidos, familia…), y la carencia de nuevos actores que posean similares atribuciones. Si tenemos en cuenta además que existe cierto recelo y sospecha generalizados entre el común de las personas, a veces injustificadamente y a veces no, con respecto a entidades que suelen percibirse como poderosas, opacas o de límites y competencias no demasiado bien definidos (como puede ser el caso de los diferentes gobiernos nacionales o las distintas entidades supranacionales surgidas durante las últimas décadas), así como una gran ignorancia respecto al mundo académico y al científico, tenemos un caldo de cultivo perfecto para la sospecha. Y así, una vez determinados estamentos hallen una recepción negativa entre el común de los ciudadanos, lo que sea que surja de ellos también será visto con suspicacia, como corrobora la Teoría del Balance Psicológico de Heider (1958), que afirmaba “la percepción de un objeto o actor social se ve afectada por su relación con otros actores y las opiniones existentes acerca de estos.”

Además de lo anteriormente citado, hay que considerar también que estos relatos resultan ser genuinamente entretenidos y no carentes precisamente de morbo. Bien visto, todas estas fábulas poseen de hecho elementos dramáticos notables, como un misterio prohibido, unos villanos increíblemente malvados y poderosos, una intrincada red de mentiras y engaños que ir resolviendo metódica y laboriosamente como si de un puzle se tratara, todo un mundo en peligro, la épica de un grupo reducido de justicieros bregando contra un enemigo cruel…

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(Aunque parezca mentira, las “teorías” conspirativas permean amplios sectores de la sociedad, y no son solo exclusivas de los patéticos chalados a los que suelen asociarse. Fuente: DarlingJack Flickr via Compfight cc)

A mayores, cabe señalar también elementos circunstanciales que pueden espolear la popularidad de dichas historias, como hechos o acontecimientos traumáticos o situaciones de estrés (atentados del 11-S), ideologías (la gente de izquierdas suele recelar de las grandes multinacionales, la de derechas del ambiente liberal del mundo académico) e incluso identidades de grupo (los individuos de raza negra en EEUU suelen recelar más de su propio gobierno, por ejemplo).

Para terminar, es precisamente el de la épica el último elemento que podría constituir otra de las posibles razones de su aparente notoriedad, pues todas estas “teorías” inspiran en sus valedores o autores algo que suele denominarse como el “síndrome del iluminado” o “del cruzado”, esto es, al tratarse (como ya se ha dicho antes) de situaciones en las que la verdad, supuestamente, es conocida por un grupo muy reducido de individuos que no solamente han burlado la vigilancia de la gran conspiración, sino que además actúan en mor de toda la humanidad, es natural que dichos correligionarios se vean catapultados automáticamente (al menos ante sus propios ojos) a la categoría de “héroes” o “despiertos”, en contraposición con el común de los mortales que seguiría, según ellos, engañado por el sistema. Esta situación, como es evidente, puede inspirar un sentimiento de superioridad moral en dichas personas, quienes es muy probable además que sufran de un cierto complejo de inferioridad o de envidia con respecto a las mismas instancias que tanto se empecinan en denostar (tales como el mundo académico o científico). Complejo, todo sea dicho, probablemente más que justificado en la mayor parte de los casos, pues suele ser norma entre los principales defensores de este tipo de relatos la flagrante falta de estudios, de rigor y de preparación, así como una endogamia intelectual de lo más característica.

(El youtuber Mister DBunker realizando una animada exposición acerca de uno de los más famosos “conspirómanos” españoles)

(Lee la cuarta parte de este artículo aquí)

(Read this article in English here)

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3 responses to “La nueva charlatanería del siglo XXI (parte 3)

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