La Nueva Charlatanería del Siglo XXI (parte 2)

Uno de los pilares en que se basan todas estas fantasías es el de la gran “teoría” conspirativa, un concepto que, si se analiza con un mínimo detalle, revela su total inconsistencia.

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(Lee la primera parte de este artículo aquí)

La teoría conspirativa, conditio sine qua non

La variedad de historias y de temáticas, como se ha visto, es muy amplia, pero si hay algún elemento que unifique a todos y cada uno de estos embustes, y a todos los charlatanes en general por extensión, es el hecho de que se presenten siempre ante su público y potencial víctima como poseedores y reveladores de una verdad desconocida y compartida por un número muy reducido de personas.

En algunos casos, este “monopolio” de la información o misterio se atribuye a características extremadamente singulares que el propio charlatán se autoatribuye, como es el caso de los así denominados “videntes” o “espiritistas”, individuos supuestamente capacitados para pronosticar el futuro, leer la mente o contactar con espíritus debido, por lo común, a una serie de atributos mentales obtenidos (si se les ha de creer) por causas tan peregrinas como el nacimiento, la práctica de disciplinas extrañas u ocultas, o algún tipo de experiencia vital traumática.

Pero, y dejando a un lado este tipo de ejemplos tan viejos como la humanidad, en el caso de las fábulas citadas más arriba, necesitadas todas ellas de un grado algo mayor de veracidad, el charlatán en cuestión argumenta siempre y sin remisión la existencia de una teoría conspirativa absolutamente necesaria a fin de justificar el hecho, cuanto menos llamativo, de que su “tesis” sea tan poco conocida y, lo que es más importante aún, de que resulte por lo común tan contradictoria con respecto a las explicaciones otorgadas por la corriente de pensamiento mayoritaria, los medios, la opinión pública, la comunidad científica o académica, los gobiernos o cualquier otra institución o entidad que se necesite desautorizar.

El grado de complejidad de dicha conspiración, sus supuestos responsables, sus víctimas, sus métodos o sus objetivos diferirán en base a la “teoría” conspirativa concreta en la que se desee posar la mirada, pero el hecho en sí de que exista dicha “teoría” como piedra angular de todo su razonamiento es el verdadero y único elemento común a todos estos relatos, no importa si tratan sobre alienígenas, falsos medicamentos, control mental, armas ultrapoderosas o sociedades secretas.

(La bizarra They Live, de John Carpenter (1988) es una curiosa mezcla entre conspiranoia y feroz crítica a la sociedad de consumo)

Una gran conspiración tan ubicua como improbable

Así las cosas, y como ya se ha dicho antes, podría emprenderse la ingente tarea de ir rebatiendo todas y cada una de estas fábulas simplemente revelando sus incontables incongruencias o denunciando su absoluta y rampante falta de evidencias o de rigor. No obstante, en realidad basta con analizar el elemento común a todas ellas, el de la gran “teoría” conspirativa, para ponerlas seriamente en duda en conjunto.

De acuerdo a un estudio publicado por los psicólogos de la Universidad de Kent Michael J. Wood, Karen M. Douglas y Robbie M. Sutton, y titulado Dead and Alive: Beliefs in Contradictory Conspiracy, una teoría de la conspiración es, por definición, “un complot organizado por gente u organizaciones poderosas que trabajan juntas y en secreto a fin de alcanzar algún tipo de meta u objetivo (normalmente siniestro).” La RAE, sin ir más lejos, define el verbo “conspirar” como la acción de “unirse contra un particular para hacerle daño.”

Tenemos pues que el primer elemento, y quizás el más relevante de toda conspiración, es el secretismo, un factor cuya necesidad se explica por el hecho de que toda conjura suele ser nociva para alguien. La dificultad de mantenerla oculta, por tanto, (y como resulta más que evidente), crecerá exponencialmente a medida que el número de cómplices aumente, los objetivos crezcan en ambición, maldad y alcance, y el tiempo que dicha intriga haya de mantenerse activa se dilate. Así, resultaría natural que los autores de una confabulación intentaran ser siempre los menos posibles y que sus planes se llevasen a la práctica cuanto antes y del modo más sencillo posible, como reflejan, de hecho, todos los ejemplos de conspiraciones reales y conocidas habidos a lo largo de la historia.

Las conjuras que proponen las “teorías conspiranoicas” anteriormente mencionadas, sin embargo, suponen siempre y sistemáticamente la implicación de una cantidad tan ingente y diversa de personas, grupos, planes, disciplinas y esferas de actuación que las haría, en la práctica, totalmente inviables dada su excesiva complejidad. Esto sin mencionar que, en algunos casos (como en el de los ovnis), habría además que creerse que se trata de maquinaciones que sumarían décadas en activo, con la dificultad añadida que implicaría el ir relevando constantemente y en absoluto secreto a todos los cómplices veteranos y captando al mismo tiempo a nuevas generaciones de conspiradores en todas y cada una de las diversas instituciones, organismos, agencias, estancias, gobiernos y demás que se deseara o necesitara controlar, además del “efecto bola de nieve” que supondría ir cubriendo u ocultando con ulteriores mentiras las posibles filtraciones, desencuentros o incluso deserciones entre los propios conspiradores que pudieran ir dándose a lo largo del tiempo.

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(La conspiración de los Idus de marzo contra Julio César es un ejemplo bien conocido de conspiración histórica real)

Aparte de su enorme complejidad, un mínimo de atención desvela además que sus supuestos integrantes no podrían comportarse siquiera como genuinos seres humanos. Aunque es bien sabido que dentro de cualquier colectivo, del tipo que sea, siempre hay rencillas, bandos, intereses, alianzas y conflictos internos, los implicados en estas “teorías conspiranoicas” sin embargo, y a pesar de pertenecer necesariamente a ámbitos, trasfondos, países, religiones, clases sociales y ambientes del todo diversos y dispares, deberían demostrar un grado tal de secretismo, armonía, complicidad, unidad de pensamiento, convencimiento, homogeneidad, fidelidad, cohesión, coordinación y eficacia impensables. Y no solo, pues tendrían también que haber acaparado un poder y una influencia prácticamente sobrehumanas, y responder todos y cada uno de ellos a una visión extremadamente simplista y maniquea del hombre como es la del villano absoluto, pues la ausencia total, en el caso de todas estas supuestas maquinaciones, de filtraciones o de arrepentimientos vendría necesariamente a significar que todos sus autores, sin excepción, resultasen ser individuos absolutamente despiadados y dispuestos a cualquier cosa por el poder, cuando no directamente resueltos a procurarle el mal absoluto y sin paliativos a sus congéneres.

En lo que respecta a un análisis riesgo-beneficio estas “teorías” también parecen desafiar al sentido común. No es ya solamente que, a menudo, y como se ha dicho antes, resultarían ser maquinaciones tan complejas que el coste de mantener el complot sería sin duda más alto que cualquier beneficio que pudiera aportar o, más irrisoriamente, que el de llevar a cabo aquello que se ha fingido hacer o revelar la verdad que intenta ocultarse (un coste que, como ya se ha dicho antes, crecería además exponencialmente cada día). Es también que las consecuencias de que se desvelase dicha conspiración serían probablemente mucho peores que las posibles ganancias a corto plazo que pudiera aportar crearla y nutrirla, en cuanto al descrédito y al escándalo que supondría que la verdad se revelase.

Por otra parte, y además de que las supuestas evidencias que estos relatos ofrecen encajan con su propia explicación igual de bien que con cualquier otra que se le quiera dar, sucede que sus autores se muestran siempre extremadamente recelosos de las entidades gubernamentales, el mundo académico y la comunidad científica… sin dudar, al mismo tiempo, en basarse en ellas y en sus propios materiales y fuentes para apuntalar sus “teorías” cuando y como consideran conveniente.

Para terminar, vale la pena detenerse en otro detalle cuanto menos sorprendente pero no menos significativo, como es le hecho de que todas estas historias denuncien siempre la existencia de un complot tan increíblemente poderoso e influyente que ha sido capaz (se supone) de ocultarle la verdad al grueso de la población durante largo tiempo, sin que esto sea aparentemente óbice para que sus denunciantes se expresen públicamente como, cuando y donde lo deseen, y para que rentabilicen además su actividad divulgadora cobrando religiosamente por todas sus publicaciones, conferencias o vídeos en internet.

(En Hora del Saqueo le dan un somero repaso a algunas de las conspiraciones más desquiciadas de todas)

(Lee la tercera parte de esete artículo aquí)

(Read this article in English here)

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3 responses to “La Nueva Charlatanería del Siglo XXI (parte 2)

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