LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES (parte 2)

A medida que el lector va adentrándose en este libro y va conociendo el tipo de mundo propuesto por Sheri S. Tepper quizás empiece a percibir que algo no cuadra demasiado bien. Parece haber demasiado sufrimiento innecesario en segregar a hombres y mujeres de un modo tan contundente. Demasiados malentendidos entre sexos tras educarlos de formas tan dispares, demasiados sacrificios dolorosos, demasiado empeño en preparar a la milicia para una guerra tan falta de sentido o utilidad. Las razones ocultas afloran, no obstante, en los últimos capítulos, dándole a esta historia un giro argumental tan sorprendente como sugerente. Cuidado, spoilers.

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(Cortesía de emzepe Flickr via Compfight cc)

(Lee la primera parte de este artículo aquí)

La eugenesia secreta del “País de las Mujeres”

Solo las mujeres que forman parte del consejo y los hombres retornados, o “sirvientes”, saben el horrible secreto que ignoran todos los guerreros y hasta la mayor parte de las ciudadanas: La razón de levantar murallas y separar tan rígidamente a hombres y mujeres no es la protección contra el enemigo exterior, sino contra el interno, contra los propios hombres de la ciudad.

Resulta que todas las ciudades-estado gobernadas por el matriarcado llevan décadas, cuando no siglos, implementando un proceso controlado de reproducción, una especie de eugenesia auto-inducida para librar poco a poco al género humano de las tendencias auto-destructivas presentes en los genes de muchos varones.

Según se revela al final de la novela, después del desastre nuclear varias comunidades se edificaron siguiendo las enseñanzas de una legendaria y misteriosa mujer llamada “Eva”, quien denunció que habían sido fundamentalmente hombres los políticos, pensadores y militares responsables del desastre. Para evitar una hecatombe similar en lo sucesivo, las mujeres se hicieron guerreras y aprendieron a cuidar de sus propios asuntos, relegando paulatinamente a gran parte de los hombres de sus propias comunidades a la supuestamente relevante tarea de defender las ciudades de los enemigos externos mientras ellas, muros adentro, se hacían cargo de todo lo demás.

Dicha labor de defensa, no obstante, es completamente inútil. Primeramente porque todas o casi todas las ciudades gobernadas por mujeres mantienen buenas relaciones entre ellas y coinciden en defender el status quo. Segundo, porque las mujeres y los “sirvientes” han mantenido y desarrollado en secreto una tecnología bélica muy avanzada que hace completamente innecesaria la labor desempeñada por las guarniciones. Éstas, mantenidas completamente en la inopia, aprenden a combatir con tácticas y armas anticuadas e inefectivas siguiendo un férreo código de honor mientras que, murallas adentro, las mujeres y sus aliados pueden, si la situación lo requiere, desplegar un arsenal mucho más letal. El hecho de que ese mismo código desprecie cualquier disciplina más allá de la guerra certifica que los soldados nunca sean capaces de acceder al conocimiento necesario para mejorar su propio armamento por sí mismos.

La verdadera razón de la existencia de las murallas es pues la de mantener a los peligrosos y violentos varones fuera de las comunidades entregados a una labor sin sentido tan autodestructiva como inocua. Las guerras entre diversas ciudades son, en realidad, arreglos meticulosamente concertados y planeados entre los diferentes consejos de mujeres destinados sencillamente a ocasionar bajas entre sus propios soldados a fin de evitar que algún destacamento se vuelva demasiado poderoso o numeroso. Cuando los propios soldados, o al menos un determinado grupo de ellos, comienzan a conspirar contra su propio consejo de mujeres, lo cual sucede bastante a menudo, o bien cuando comienzan a mostrar comportamientos desviados o recelosos, se envía a dicho grupo a una batalla previamente organizada a fin de que sea imposible de vencer, diezmando o aniquilando sus filas, o bien un grupo seleccionado de mujeres acompañadas por los “sirvientes” elimina a los cabecillas con un golpe de mano rápido y efectivo, montando luego algún tipo de elaborada farsa para desviar la atención.

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(Cortesía de Look Out Barbados Flickr via Compfight cc)

Los verdaderos padres de la ciudad

Por supuesto, dejar morir en estúpidas batallas a los varones más agresivos es parte de dicha eugenesia, pero más importante aún es controlar la reproducción para evitar así que los genes indeseados se hereden de generación en generación. De este modo, sucede que, en contra de lo que ellos mismos piensan, no son los soldados que visitan a las mujeres durante los “festivales” los verdaderos padres de muchos de los niños que nacen intramuros. Aplicando en secreto métodos anticonceptivos y técnicas de inseminación artificial de las que los guerreros, evidentemente, no son conscientes, así como tampoco (por seguridad) lo son muchas de las propias ciudadanas, los consejos matriarcales se aseguran de que muy pocos o ninguno de los hijos engendrados lo sean fruto de las “visitas” bianuales de los soldados”, sino que lo sean en base a su propio programa de concepción y crianza.

¿Quiénes son los verdaderos padres entonces? Pues ni más ni menos que los “sirvientes”, pues se considera a estos hombres, aquellos que renuncian a la violencia absurda de la vida en las guarniciones y que reúnen el valor necesario para afrontar el deshonor de atravesar la “Puerta al País de las Mujeres”, como a los más deseables para vivir en comunidad y engendrar hijos. Ellos, por supuesto, son conscientes de toda la conspiración al poco de atravesar dicha puerta, convirtiéndose automáticamente en guardianes del secreto y firmes aliados de los consejos matriarcales, pues a cambio de mantener un perfil bajo y de hacer creer tanto a los soldados como a la mayoría de las otras mujeres que son seres insignificantes, asexuados y neutros, pueden vivir en paz dentro de las murallas, acceder a una buena educación y establecer relaciones disimuladas pero constantes y duraderas con aquellas mujeres a las que amen y sean partícipes del plan, además de cuidar de sus propios hijos e hijas. Por extensión, y aplicando dichas tecnologías de inseminación en secreto, se intenta y logra en gran medida que el resto de mujeres de la ciudad quede en cinta con la semilla de estos mismos hombres, aunque la necesidad de llevarlo a cabo en la sombra hace imposible que dicha medida pueda cumplirse al cien por cien.

El difícil camino a la verdad de la concejal Stavia

Stavia es una muchacha inteligente y bonita que vive en la ciudad matriarcal de Marthatown. Su madre es Morgot, miembro del consejo, con quien comparte hogar junto con su hermana menor Myra y un “servidor” que la frecuenta a menudo llamado Joshua. Además, tiene tres hermanos varones, llamados Habby, Byram y Jerby, que han empezado ya su servicio en la milicia.

El libro, que comienza in extrema res, y a través de una sucesión de recuerdos y miradas retrospectivas cuenta la historia de la niñez, adolescencia y madurez de Stavia, su educación y su formación como médico, el inicio de una amistad luego tornada en tormentoso romance con un muchacho de la guarnición llamado Chernon, y la pérdida de su hermana la cual, enamorada de otro soldado que acaba muriendo en batalla, huye de la ciudad al no poder soportar ni el dolor ni las rígidas reglas sociales imperantes.

Algo que Stavia no sabe, no obstante, es que Chernon, al igual que el difunto amante de su hermana, está siguiendo las órdenes de Michael, un oficial ladino e intrigante que, junto con algunos otros socios, ha conseguido, mediante corruptelas, conspiraciones y muertes, hacerse con el control de la guarnición. No contento con ello, Michael y sus adláteres planean dar un golpe de estado con el objeto de monopolizar el poder en Marthatown tanto dentro como fuera de los muros, pero son conscientes de que las mujeres esconden ciertos secretos, y temen que éstos puedan estar relacionados con algún tipo de arma letal. Al ser, o eso piensa él, el amante de Morgot durante los “carnavales”, así como el padre de sus hijos, y ser consciente de que, a pesar de todo, nunca ha conseguido sonsacarle gran cosa a su supuesta e influyente cónyuge por sí mismo, decide enviar a dos jóvenes de su confianza a sonsacarle información a las que cree son sus propias hijas.

Así las cosas, durante años Chernon consigue ganarse la confianza de Stavia, logrando, entre otras cosas, que ésta le preste a escondidas libros, lo cual está terminantemente prohibido para los soldados. El escándalo subsiguiente, cuando el arreglo salta a la luz pública, obliga a Stavia a marchar varios años a otra ciudad, un tiempo en el que perfecciona su carrera en medicina, aunque finalmente acaba volviendo, momento que Chernon aprovecha para recobrar su amistad, hacerle chantaje moral y seducirla con la idea de escapar juntos a vivir aventuras durante un tiempo.

En el momento en que la muchacha, ahora ya una joven de veintipocos años, es enviada a explorar a una zona agreste al sur de la ciudad Chernon, aún siguiendo las órdenes de Michael, abandona la guarnición y se une a ella. Cuando por fin se encuentran en un bosquecillo Chernon la fuerza, lo que supone el primer gran desengaño para Stavia, y poco después son capturados por una banda de habitantes de la “Tierra Santa”, una comunidad brutalmente misógina, polígama, patriarcal y fundamentalista religiosa de cierta inspiración cristiana en donde las mujeres son tratadas prácticamente como animales de cría o esclavas. Durante su estancia con esta gente Stavia sufre grandemente, además de que, durante su cautiverio, se apercibe de estar embarazada de Chernon. Dos “sirvientes” de Marthatown, uno de ellos Joshua, consiguen rescatarla y llevarla de vuelta a la ciudad, momento en que su madre decide hacerle miembro del consejo y revelarle toda la verdad, comunicándole, entre otras cosas, que Joshua es su verdadero padre.

La historia finaliza de forma trágica pero necesaria: Chernon, quien también logra escapar, vuelve a unirse a la guarnición contando a todo el mundo sugerentes historias acerca de la gente de “Tierra Santa” y de cómo allí los hombres dominan y sojuzgan a las mujeres a voluntad. Enterados de esto, y del conato de sublevación planeado por los oficiales, el consejo de Marthatown urde una emboscada y asesina a los cabecillas, entre ellos a Michael, al tiempo que se las ingenia para enviar a toda la guarnición, crecientemente contaminada por las conspiraciones y las ideas de Chernon, a una desigual batalla contra las tropas de las ciudades vecinas de la que ningún soldado consigue volver. A continuación, las ciudades vecinas mandan pequeños destacamentos para ayudar a sustituir a la tropa desaparecida y, al cabo de poco tiempo, el orden tradicional vuelve a imponerse. La historia, de hecho, comienza con Stavia, ya adulta, recibiendo la desoladora noticia de labios de su hijo mayor de que éste ha tomado la decisión de permanecer en la nueva guarnición el resto de sus días.

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(Cortesía de PaulE1959 Flickr via Compfight cc)

¿El fin justifica los medios?

El precio a pagar por semejante sistema no es solamente alto para la mayor parte de los varones, engañados y sacrificados en luchas estériles a fin de que el tiempo y la selección genética ejercida por el matriarcado borren sus indeseados genes. También hay un precio a pagar por parte de las mujeres. Para la mayoría, esto es, para aquellas que desconocen lo que realmente está sucediendo, lo es porque pierden constantemente hijos y amantes. Pero para la minoría, para aquellas que sí conocen el secreto, es incluso más duro aún, pues considerando que han de mantener las apariencias en todo momento se ven obligadas, igual que las demás, a entregar a sus hijos a la milicia y a aceptar su decisión si éstos, ya de mayores, deciden quedarse para siempre fuera de los muros, aún siendo conscientes del absurdo que ello representa, como de hecho le acaba sucediendo a la propia protagonista, Stavia, y como también le sucedió en su día a su propia madre, Morgot. Además, han de mantener las apariencias con aquellos “sirvientes” con quienes mantienen relaciones, y esconder siempre su romance a los ojos de los demás. Incluso los “sirvientes” pagan un precio por atravesar la puerta, pues no pueden desvelar ni dichas relaciones ni su paternidad a sus hijos e hijas, o al menos no a la mayoría de éstos.

El objetivo, como le confiesa Morgot a su hija Stavia cuando ésta vuelve de vivir su traumática experiencia entre las fanáticas gentes de la “Tierra Santa”, es un mundo sin guerras en donde las mujeres, los viejos y los niños no paguen nunca más por las ansias de violencia y los errores de los jóvenes varones. El precio a pagar, sin embargo, es alto, razón por la que todos los años se representa la obra de Eurípides Ifigenia en Áulide, y razón por la que, también todos los años, las mujeres que conocen el secreto y los “sirvientes” lloran conmovidos por todos aquellos que ahora mueren para que nadie haya de morir inútilmente en el futuro.

(Ifigenia en Áulide)

(Read this article in English here)

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2 responses to “LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES (parte 2)

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