La Puerta al País de las Mujeres

Todo relato distópico o de ciencia ficción, como ya se ha dicho antes por aquí, suele ser, sobre todo, una ventana a las inquietudes personales o intelectuales de su autor. Así pues, que el feminismo haya encontrado una vía de expresión en este tipo de literatura no debería extrañar tanto como el sorprendente giro argumental que da, casi al final, el libro que inspira este artículo: La Puerta al País de las Mujeres.

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(Cortesía de emzepe Flickr via Compfight cc)

 

Ecofeminismo y literatura

Sheri S. Tepper, a día de hoy una venerable anciana, nació en 1929 en Colorado. Casada a los veinte años, se divorció sin haber cumplido aún los treinta, y pasó la siguiente década de su vida yendo de un trabajo a otro mientras sacaba adelante a sus dos hijos, lo que sin duda ayudó a moldear, sino a reforzar, sus fuertes convicciones feministas.

Aunque ya había escrito algunas obras anteriormente, su época más fructífera comenzó a partir de la década de los ochenta, cuando ya llevaba dos décadas casada en segundas nupcias y trabajando en el Rocky Mountain Planned Parenthood. Así, fue en el año 1988 cuando publicó La Puerta al País de las Mujeres, obra que vio la luz precedida y seguida de muchas otras, tanto de ensayos como de novelas, ya fueran individuales o series, muchas de las cuales adoptaron la forma de trilogías.

La vitalidad literaria de esta autora, acostumbrada a firmar bajo pseudónimo, fue ciertamente fecunda, tocando el género del horror, la ciencia ficción y el misterio, campos en los que vertió sus firmes ideas ecofeministas. Su estrella, no obstante, parece haberse puesto durante el comienzo del nuevo milenio, no habiéndosele atribuido nuevos títulos desde su última publicación en 2009.

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(Cortesía de sugarstarlett Flickr via Compfight cc)

 

Las ciudades-estado desunidas de América

El universo propuesto en esta historia es claramente postapocalíptico. En medio de un futuro incierto, solo sabemos con certeza que la acción se sitúa 300 años después de que un cataclismo nuclear haya destruido el mundo tal y como lo conocemos hoy en día.

Es un enigma que el libro no se molesta en resolver lo que sucede o deja de suceder a lo largo y ancho del planeta, pero en la zona noroeste de la costa del Pacífico de los antiguos Estados Unidos, en donde esta historia tiene lugar, está claro al menos que la humanidad superviviente habita desde tan terrible holocausto en pequeñas comunidades independientes desperdigadas por aquí y por allá, habiendo retrocedido tanto social como tecnológicamente, al menos en apariencia, de un modo bastante notable, casi se diría que hasta el nivel de la edad media o similar. Al menos en apariencia.

Como fuere, dichas comunidades, al estilo de las antiguas ciudades-estado griegas, se alzan a modo de pequeñas urbes amuralladas independientes dueñas de una determinada porción de terreno circundante de donde extraen los alimentos y recursos necesarios para mantener a un número limitado y generalmente constante de población. Todas las ciudades mantienen contacto regular con aquellas que les son vecinas, pero dada la regresión tecnológica su conocimiento del entorno es limitado por lo que, a partir de ciertos límites geográficos, ninguna sabe a ciencia cierta qué sucede más allá.

Entre aquellas que mantienen cierto trato con las demás las relaciones diplomáticas son, en principio, de lo más variadas, abarcando desde una cierta amistad y cordialidad hasta el recelo y la desconfianza. No obstante, y más allá de cada caso particular, lo cierto es que parece existir, en lo más profundo, cierta clase de coexistencia ampliamente aceptada, cierto tipo de equilibrio tácito entre las distintas comunidades por el cual ninguna trata nunca de imponerse sobre las demás, ni se forjan tampoco grandes alianzas o coaliciones que amenacen con romper el statu quo.

Es llamativo, sin embargo, que dicha convivencia o equilibrio no se vea roto por un acontecimiento dramático que tiene lugar con cierta regularidad entre dichas ciudades como es, ni más ni menos, la guerra. Ésta, sin embargo, resulta siempre fútil en lo esencial, tanto que los conflictos que se desatan cada cierto tiempo rayan en lo absurdo, pues su duración y sus objetivos son siempre tan limitados, y en ellos las fuerzas contendientes suelen ser tan similares en cantidad, tácticas y armamento, que las victorias, cuando se dan, siempre resultan pírricas o de escasa entidad, reservándose el mérito sobre todo al ámbito del honor.

Estas ciudades-estado se extienden por las zonas más habitables y ricas en recursos, mientras que en las áreas más agrestes, boscosas o incomunicadas los seres humanos carecen de semejante refinamiento, agrupándose en bandas o asentamientos nómadas de naturaleza diversa generalmente muy dados a la violencia y al pillaje, aunque también haya compañías itinerantes de feriantes, actores y titiriteros, prostitutas, gitanos, pedigüeños y gente errante o dada a la mala vida, muchos de los cuales sirven a las ciudades como informadores a cambio de alojamiento y comida.

Más allá de todo esto se extienden las “desolaciones”, vastos eriales yermos, nada más y nada menos que aquellas zonas de la corteza terrestre que quedaron contaminadas tras la guerra nuclear y que se han convertido, desde entonces, en desiertos indómitos cuya extensión marca, en muchos casos, el límite del mundo conocido para muchos asentamientos humanos.

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(Cortesía de Noguchi Porter Novelli Flickr via Compfight cc)

 

Murallas para separar dos universos distintos

Lo más sorprendente de este mundo, no obstante, sucede en el seno de dichas ciudades, pues las murallas no solamente separan a la comunidad de los posibles peligros del exterior, sino que también, e incluso más esencialmente, separan a los hombres de las mujeres.

Ciertamente, el acceso al interior de cada ciudad le está vedado por ley a los varones, que viven fuera, cerca de las urbes, mientras que las mujeres viven más confortablemente en sus hogares, en el interior, en lo que se conoce popularmente como “El País de las Mujeres”. Esta barrera física materializa en gran medida la rígida barrera social existente entre sexos, pues en este nuevo mundo los hombres son criados y educados para convertirse en guerreros que defiendan a su ciudad de cualquier tipo de enemigo o rival, mientras que las mujeres se dedican a las labores y profesiones productivas y a la familia. Así, mientras que los hijos varones se unen a la guarnición a la tierna edad de cinco años, entrenando constante, única y exclusivamente para la guerra lejos de los libros, las mujeres permanecen en casa recibiendo una educación y una formación más esmerada, variada y refinada.

Los hombres, viviendo extramuros, se organizan jerárquicamente, en milicia, con los novatos y los más jóvenes abajo y los oficiales más mayores y experimentados arriba. La vida es espartana, llena de privaciones y constante entrenamiento, y se inculca a los reclutas un estricto código de honor que los obliga a combatir al enemigo de frente, con armas blancas y cortas, y a desdeñar cualquier otro tipo de conocimiento o profesión que no esté relacionada con el combate. Las conspiraciones, rivalidades, abusos y enredos no son raros, no obstante, lo que a veces degenera en asesinato, mientras que otros, en ocasiones, optan por desertar y convertirse en errantes fuera de la ley.

Las mujeres, por su parte, se organizan en una estructura matriarcal, un consejo ciudadano formado por las vecinas más preparadas, sabias y aptas que se encarga básicamente de todos los asuntos que van más allá de la guerra, entre ellos la educación, la economía o la diplomacia con las ciudades vecinas. Entre ellas reina la paz y el bienestar, y en cada hogar conviven familias de mujeres de distintas generaciones, compartiendo el espacio con los niños hasta que los varones se unen a la guarnición.

Quizás el secreto del equilibrio de este sistema tan rígido radica en los “carnavales”, un festival bianual en el curso del cual los soldados del exterior pueden pasar al interior de la ciudad para festejar, acudir a tabernas, visitar a sus antiguas familias y acostarse con aquellas mujeres a las que hayan estado cortejando durante el resto del año, por lo común a base de noticias, mensajes, fugaces encuentros a través de las murallas o visitas en anteriores festivales. Durante estos eventos, que apenas duran dos semanas, muchas mujeres mantienen relaciones sexuales con los hombres, por lo común en casas de citas, y muchas de ellas quedan embarazadas y dan eventualmente a luz tanto a futuras madres y ciudadanas como a futuros guerreros. De este modo, los hombres se aseguran de ser los padres de las criaturas que nacen intramuros, aceptando así de buen grado su misión de proteger a la comunidad ante posibles ataques.

Una vez al año, las mujeres representan la obra de Eurípides Ifigenia en Áulide, en la que Ifigenia y otras mujeres griegas y troyanas relatan a Aquiles los horrores de una guerra sin sentido y del mundo del Hades. Es éste un leitmotiv recurrente en el libro, cuyo verdadero significado se conocerá a medida que vaya avanzando la trama.

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(Cortesía de cfdtfep Flickr via Compfight cc)

 

La puerta que se cruza una sola vez y en un solo sentido

Hay, no obstante, un tercer grupo social que resulta clave en esta historia: el de aquellos varones que renuncian a la vida en milicia y vuelven al interior de la ciudad a vivir con las mujeres.

Todo muchacho enrolado en la milicia tiene la oportunidad, desde los quince hasta los veinticinco años, de visitar su antiguo hogar durante los “carnavales” y también de renunciar en cualquier momento a las armas y volver al interior de la ciudad con sus familias. Si bien una vez dentro de los muros estos hombres adoptan la denominación de “sirvientes” y, además de mantener un perfil bajo en la comunidad, no tienen derecho a acostarse con ninguna mujer ni a ser padres (derecho reservado exclusivamente a los soldados), también es cierto que son respetados y viven en harmonía con el resto de sus vecinas, compartiendo incluso sus hogares. No obstante, esta elección está sujeta a un gran deshonor en el ámbito de los guerreros, que pasan toda su vida educados en la importancia de la masculinidad y la violencia, desdeñando todo lo que es femenino o no tiene que ver con la guerra. Cuando un miembro de la tropa decide volver a la ciudad se ve sujeto, por lo tanto, a un gran deshonor, mofa y escarnio, por lo que son pocos los que toman semejante decisión.

Más aún, en el momento en que un soldado decide renunciar y volver al interior de la ciudad ha de pasar ritualmente por la llamada “Puerta al País de las Mujeres”, la cual da título al libro. Esta puerta, reservada para semejante ocasión, no tiene en sí nada de particular, pero durante el momento de cruzarla el antiguo soldado es públicamente deshonrado, vejado, despojado de honores, increpado, insultado, escupido, tratado de impotente y de afeminado y hasta apedreado por sus antiguos compañeros. Dicha puerta solo se cruza una vez, pues no hay vuelta atrás, ya que un “sirviente” no puede solicitar volver a ser soldado… aunque, curiosamente, ninguno lo pide jamás.

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(Cortesía de nicnac1000 Flickr via Compfight cc)

(Lee la segunda parte de este artículo aquí)

(Read this article in English here)

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2 responses to “La Puerta al País de las Mujeres

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