Un Mundo Feliz, siniestramente feliz

La segunda parada en este recorrido por la literatura distópica y de ciencia ficción, quizás como continuación natural pero también como contraposición a la siniestra 1984 de Orwell, es la inmortal obra del también inmortal y también británico (aunque emigrado a EEUU) Aldous Huxley: Un Mundo Feliz (extrañamente traducido así del original Brave New World).

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(Cortesía de bookaholicvn Flickr via Compfight cc)

El intelectual crítico

Huxley fue el tercero de cuatro hermanos de una acomodada familia inglesa de amplia raigambre intelectual en la que había habido y hubo eminentes biólogos, novelistas, científicos y hasta un premio Nobel. Nacido en 1894 en Surrey, Inglaterra, Aldous disfrutó de una esmerada educación en el prestigiosísimo Eton College, por lo que su trayectoria se adivinaba, en principio, bastante convencional, al menos hasta que una complicada enfermedad de la vista le privó de estudiar medicina para decantarse, en su lugar, por la literatura inglesa, y enderezar en lo sucesivo su brillante y prolífica carrera hacia la escritura.

Viajero empedernido, sus pasos se encaminaron pronto hacia los de un enfant terrible, criticando agudamente las costumbres y sociedad de su época. Después de haberse dado a conocer y de haber recabado excelentes críticas con trabajos previos, fue en 1931 cuando publicó la novela que ahora nos ocupa, recibiendo un reconocimiento no exento de cierta polémica. Con el tiempo empezaría a penetrar en la psicología y, más curioso aún, en el misticismo, campo en donde entraría de lleno justo en la época en que se instaló en California, allá por finales de los años treinta. Más adelante fue más allá y llegó incluso a experimentar y a escribir acerca de sus impresiones con sustancias psicotrópicas como la mescalina o el LSD en el desierto de Mojave. Enviudado y vuelto a casar, pasaría sus últimos años viajando, impartiendo charlas y cursos y trabajando en su última novela, La Isla, otra de sus grandes obras (digna quizás de aparecer en esta lista algún día) y contrapunto perfecto a Un Mundo Feliz.

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(Cortesía de torbakhopper Flickr via Compfight cc)

El Estado Mundial

El futurista mundo de Huxley está gobernado por una entidad política denominada “estado mundial”, un gobierno único para la totalidad del planeta organizado territorialmente en diez administraciones mundiales establecidas a su vez en varias ciudades clave del globo, una de las cuales es Londres.

El “estado mundial” es esencialmente pacifista, y confía muy poco o nada en la fuerza bruta o en técnicas de control de masas tales como la censura o la propaganda. Cuenta con una población de aproximadamente dos mil millones de habitantes que habitan sobre todo en grandes ciudades y que se emplea mayormente en la industria y los servicios. Disfruta de jornadas laborales llevaderas y de vacaciones largas y reconfortantes (contándose la luna entre sus posibles destinos), y goza de un elevado nivel de vida y de una avanzada tecnología en todos los campos. Este progreso, no obstante, y según se desprende de los comentarios de algunos de los personajes de la novela, parece estar siendo deliberadamente limitado por las autoridades ante el temor de que una ulterior reducción en el número de horas de trabajo degenere en malestar social.

En esta sociedad futurista rige un tipo de economía de consumo planificada centralmente y basada en la producción de masas y el consumismo. La cultura es mayormente homogénea a lo largo del planeta, y el entretenimiento y los deportes juegan en ella un papel fundamental y absolutamente preponderante. No hay problemas raciales, religiosos o de género, ni hay guerras, ni se dan siquiera importantes contrastes sociales o económicos. La mayor parte de las enfermedades ha sido erradicada y, por lo general, los ciudadanos gozan de una salud envidiable. Incluso la edad ha dejado de ser un factor determinante en tanto que diversas técnicas de ingeniería biológica y la avanzada medicina permiten disfrutar de una razonable juventud física hasta que la muerte sobreviene de forma preestablecida a la edad de sesenta años.

Las únicas zonas del planeta ajenas a la autoridad de este sistema son escasas áreas mantenidas deliberadamente “vírgenes” a modo de “reservas de salvajes” en donde la vida animal y humana sigue un desarrollo natural y tradicional mientras es investigada y monitorizada por científicos y antropólogos. Se trata de zonas atrasadas económica y tecnológicamente y sometidas a vigilancia, aisladas y de acceso restringido. Sus poblaciones son sojuzgadas cuando conviene por las más modernas armas del “estado mundial” y sus territorios se circunscriben a unas pocas regiones del mundo especialmente pobres en recursos o de climas especialmente austeros, tales como Nuevo México, Nueva Guinea, Samoa o algunas zonas de la Amazonia.

A mayores, pequeños conjuntos de islas tales como las Malvinas, Islandia o las Marquesas se reservan para que habiten comunidades de individuos del “estado mundial” que se sientan inadaptados para vivir en sociedad y busquen voluntariamente, o hallan sido castigados con, un apacible y magnánimo destierro.

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(Cortesía de Universidad Politécnica de Madrid Flickr via Compfight cc)

Una sociedad estamental

La organización eusocial detallada en la novela es posible gracias a las modernas técnicas de ingeniería biológica y condicionamiento mental que permiten diseñar, concebir, criar y educar niños probeta en incubadoras y laboratorios a gran escala. Respondiendo a un modelo y una planificación precisa se producen y educan individuos siguiendo las pautas de cinco grandes castas o clases sociales denominadas respectivamente “alfa, beta, gamma, delta y épsilon” (siendo a su vez cada grupo subdividido en “más” y “menos”). Aunque visiblemente diferentes en varios aspectos físicos y mentales, poco o nada propensos a mezclarse entre ellos, y con cierta tendencia a observar a los demás grupos con cierto recelo no exento de desdén, los individuos de las distintas castas son educados y condicionados para buscar sus propias formas de satisfacción sin resentirse con el resto y para creer y recordar que todo individuo, independientemente de su origen, es esencial para el conjunto de la sociedad.

Los “alfa” se sitúan en el pináculo de la pirámide, y son los miembros más inteligentes y físicamente bien dotados y diferenciados de entre todas las demás castas, llamados a ser los intelectuales, líderes, administradores y científicos de la nación. Son el grupo mejor representado en el libro al pertenecer a él la mayor parte de sus personajes, por lo que podemos saber que están condicionados para disfrutar con el color gris, la limpieza y el orden y determinado tipo de música y olores, por ejemplo, y que disfrutan de una elevada autoconsciencia y refinamiento.

A medida que las castas descienden, no obstante, también lo hacen sus capacidades mentales, su aspecto físico e incluso el grado de diferenciación entre individuos, todo ello debido a las diversas técnicas de alteración aplicadas durante el proceso de gestación de los fetos, tales como el añadido de alcohol o la privación de oxígeno. Así, la clase “beta”, atraída por el color morado, aún es lo suficientemente refinada, inteligente y físicamente vistosa como para interactuar con los “alfa”, y está cualificada para ocupar cargos medios y tareas exigentes y razonablemente especializadas. La clase “gamma”, cuyo color predominante es el verde, presenta ya, sin embargo, un aspecto algo más desgarbado y una estatura media, y sus individuos son obreros industriales, porteros, camareros o personal del servicio doméstico. Los “delta” y los “épsilon”, inclinados hacia el caqui y el negro respectivamente, son los menos capacitados intelectualmente hablando, rozando el retraso mental y dedicándose a simples tareas manuales y físicas y a las labores que nadie más desearía realizar. Su aspecto físico es el de seres bajos y mal proporcionados, de tez oscura, féminas engendradas como “freemartins” (seres asexuados sin capacidad reproductora pero con aspecto de mujer) y tan poco significados que sus rasgos faciales responden a un muy uniforme número de patrones, criándose de hecho en grandes grupos de mellizos.

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(Cortesía de anairamb Flickr via Compfight cc)

El Fordismo

La filosofía (casi incluso podría denominarse religión) que rige la moral de la sociedad del “estado mundial” tiene en Henry Ford su figura principal. Su influencia es tal que las fechas se establecen en relación a “antes” y “después” de Ford (en lugar de Cristo), marcando el año 1908 de nuestra era como su año cero al ser el año en que se comercializó el “modelo T” de la empresa.

La influencia del “fordismo” no se limita solo a las fechas, no obstante. Cuatro principios de su método de trabajo, como son la producción en masa, la homogeneidad, la previsibilidad y el consumo masivo, son también principios esenciales de la sociedad. A mayores, al no existir ninguna religión o creencia religiosa o sobrenatural extendida, es el “fordismo” el que toma, aunque de forma limitada, su lugar, estableciéndose lugares de culto colectivo, impregnando expresiones coloquiales (“por Ford” en lugar de “por Dios”) o colocando su propia imaginería (una enorme “T” en lugar de una cruz) para marcar la presencia de dicho culto.

Aunque Ford es alabado y recordado, no se le considera como a un verdadero Dios, sino más bien como al reverenciado y clarividente fundador de una nueva sociedad. Curiosamente, su nombre se mezcla con el de Freud cuando se trata de temas relacionados con la psicología.

(Una escena de la película La Isla (2005), de Michael Bay, cuya secuencia recuerda en algo a las técnicas reproductivas de la novela)

(Lee la segunda parte de este artículo aquí)

(Read this article in English here)

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2 responses to “Un Mundo Feliz, siniestramente feliz

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