1984 y el “Gran Hermano” (parte 2)

En la primera parte de este artículo vimos aspectos de 1984 tales como la organización del mundo futuro, la estructura del régimen del Ingsoc en Oceanía, el objetivo último y la ideología del Partido y la utilidad de mantener viva una guerra sin final. En esta segunda parte analizaremos las técnicas de control mental del régimen, la pequeña y triste odisea recorrida por el personaje protagonista del libro (el señor Winston), las referencias al mundo real que se encuentran a lo largo de la novela y la ficción histórica que habría dado lugar al universo que el genial Orwell nos presenta en la que es, seguramente, su obra magna.

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(Cortesía de: OUdaveguy98! via Compfight cc)

(lee la primera parte de este artículo aquí)

 

Técnicas de control mental

“Solo hay cuatro maneras de que un grupo dirigente sea derribado del Poder”, se afirma en la novela. “O es vencido desde fuera, o gobierna tan ineficazmente que las masas se le rebelan, o permite la formación de un grupo medio que lo pueda desplazar, o pierde la confianza en sí mismo y la voluntad de mando.” Las dos primeras cuestiones se habrían solucionado, como hemos visto antes, con la “guerra eterna”, y las otras dos se arreglarían con el adecuado y constante adoctrinamiento y control mental del grupo dirigente. Ahí radicaría, por lo tanto, el enorme empeño demostrado por el Partido a fin de controlar el pensamiento de todos sus miembros.

Además de un control absoluto de las emociones, la sexualidad, la vida privada o la familia, y de un adoctrinamiento y una represión constantes, se intenta atajar el mero surgimiento de una actitud subversiva desde antes incluso de que asome a la conciencia gracias a la disciplina mental del “paracrimen”, esto es, la capacidad de parar en seco todo pensamiento potencialmente peligroso. En el libro esta habilidad es descrita incluso como una especie de “estupidez protectora”, una vuelta constante a la ortodoxia de la ideología del Partido que incluye, si es preciso, la facultad de no percibir las analogías, de no darse cuenta de los errores de lógica, de ignorar la misma lógica o las leyes de la física, o de no comprender los razonamientos más sencillos si son contrarios a los principios del Ingsoc. Se busca así una entrega voluntaria a los dictados del régimen por parte del individuo, una rendición final, una claudicación que permita que la persona solo profese amor hacia el Partido y hacia el líder, nadie ni nada más. La obsesión por controlar el pensamiento es tal, de hecho, que el Partido no se limita a eliminar a la posible disidencia, ha de convertirla, educarla y doblegarla, y ello aunque solo sea para eliminarla físicamente justo después. No permite la desviación ni siquiera en el momento mismo de la muerte del condenado, y si se permite la existencia de pensamientos desviados entre aquellos a quienes se persigue es solamente para poder derrotarlos una y otra vez.

A tal fin, el Partido maneja también una dialéctica, un discurso y una terminología peculiares que, aunque no exentas de una ironía obviamente introducida por el autor, también responden a esa voluntad por controlar el pensamiento. Así, son lemas del Partido frases como “Guerra es Paz”, “Libertad es Esclavitud” o “Ignorancia es Fuerza”, y de igual forma se explican los nombres y las funciones de los distintos ministerios. El mejor exponente de todo esto, no obstante, es la llamada “neolengua”, una nueva versión del inglés retocada para reconducir el pensamiento y eliminar léxico o conceptos no deseados que puedan inducir a cometer “crímenes del pensamiento”. Aunque en el momento en que sucede la acción la “neolengua” está, se supone, aún en proceso de implantación, se comenta que el régimen espera que sustituya completamente al inglés “antiguo” (o “viejalengua”) para el año 2050. Ejemplos de la “neolengua” son, por ejemplo, términos como “caracrimen” para quien esgrima una expresión incrédula o carente de entusiasmo ante una notificación oficial, “vidapropia” para recalcar lo negativo del individualismo, o “doblepensar” para armonizar los pensamientos obtenidos de la observación de la realidad con las afirmaciones del Partido incluso si éstas últimas la contradicen.

El principal encargado de esgrimir la labor represora sobre las mentes y cuerpos de los habitantes es la llamada “policía del pensamiento”, la cual persigue los crímenes del pensamiento, también denominados “crimental” o “pensacrimen”, y que no son otra cosa que la falta de adhesión al sistema, para el Partido el crimen más grave que cometerse pueda. Este cuerpo estudia a los ciudadanos desde su nacimiento hasta su muerte, en todo momento, sin que éstos se aperciban, y centra su atención en particular sobre los miembros del Partido, siendo al mismo tiempo pretendidamente negligente con respecto a los “proles” al considerarles, como colectivo, carentes de intelecto o voluntad, y preocuparse poco con aspectos como la delincuencia común si ello no interfiere con el régimen. En el caso de su área de acción, esta policía realiza actividades de escucha y de sustracción completa de la privacidad del individuo a través de la instalación de “telepantallas” y micrófonos por doquier, la regulación de la vida en pareja y del matrimonio, la supresión de la sexualidad, la incitación a los miembros de un círculo familiar para que vigilen y, si procede, denuncien a sus propios parientes y, en caso necesario, la detención de los elementos díscolos, la tortura y la reeducación, la muerte cuando quepa y, para los casos más graves, el ingreso en la “habitación 101”, un área del Ministerio del Amor especialmente diseñada para quebrar completamente la voluntad del individuo.

Otro mecanismo del Partido es el control de la memoria, técnica que se aplica manipulando constantemente las publicaciones y documentos históricos no solamente para llenarlos de propaganda, sino en un empeño infinito e inacabable de moldear y cambiar la historia retroactivamente, eliminando de los registros a miembros del partido caídos en desgracia, por ejemplo, o afirmando que el país ha estado siempre en guerra con una determinada potencia cuando, en realidad, ha cambiado de bando recientemente traicionando a su antiguo aliado. Este control de la memoria serviría incluso para sustraerle a los ajusticiados su posible condición de mártires, pues al borrar incluso todo rastro o registro de su existencia no dejarían lugar a ningún mensaje, recuerdo o reivindicación para la posteridad. La frase que mejor resume la utilidad de este mecanismo es: “quien controla el pasado controla el futuro”.

(El trabajo de Winston y el control de la memoria. 1984, película de Michael Radford)

 

Winston Smith, funcionario en el Ministerio de la Verdad

La historia de 1984 se centra en concreto en Winston Smith, un hombre de mediana edad que vive en lo que queda de la ciudad de Londres, una urbe sometida periódicamente a bombardeo por parte de los enemigos de Oceanía. El protagonista reside en un pequeño apartamento con “telepantalla”, y está empleado como funcionario en el Ministerio de la Verdad. Allí, Smith es plenamente consciente de la manipulación existente a su alrededor al recibir diariamente informes sobre la “neolengua” o sobre documentos públicos que hay que retocar para eliminar de los registros ya sea a miembros del Partido caídos en desgracia o cambios en las alianzas internacionales que perpetúan la “guerra eterna”.

La fe en el sistema que posee Winston no es todo lo fuerte que podría ser, como cabría esperar, y debido a una serie de sucesos fortuitos acaba estableciendo un romance con la joven Julia, una disidente. Además, en su lugar de trabajo entra en contacto con O’Brien, un miembro del “círculo interno” del Partido que detenta un alto cargo dentro del Ministerio y que, no obstante, parece oponerse a éste. En un momento dado O’Brien intima con Winston y se revela como miembro de un grupo clandestino opositor conocido como “la Hermandad”. Winston acude entonces a su casa junto con Julia, y tras una reunión entre los tres ambos creen alistarse en dicho grupo. Además, y gracias a la atención de su nuevo amigo, Winston comienza a leer el libro de Goldstein, un miembro del Partido caído hace tiempo en desgracia, demonizado, vilipendiado y perseguido públicamente, cuyas páginas le iluminan acerca de la realidad oculta del mundo en el que vive.

Desgraciadamente, tanto el libro como la hermandad resultan ser un mecanismo de disidencia controlada del régimen, y la pareja, tras haber sido vigilados casi desde el principio, acaba siendo detenida y torturada en el Ministerio del Amor, ingresando incluso en la temida “habitación 101”, en donde el mismo O’Brien quiebra la voluntad de Winston hasta el punto en que le hace aceptar cualquier cosa que el Partido quiera inculcarle por mucho que parezca contrario a la lógica o al sentido común, como el ya famoso enunciado “2+2=5”.

Al salir, Winston es, efectivamente, un ser humano roto e incapaz de sentir algún tipo de afecto por nadie, incluyendo a la propia Julia, a la que se encuentra poco tiempo después por la calle, momento en que ninguno de los dos es capaz de dirigirle la palabra al otro. Alienado, sin voluntad ni criterio, Winston ha aceptado su más que probable e inminente desaparición, sabiendo que tras ello no quedará de él ni rastro, ni evidencias, ni memoria ni amigos. Lo único que puede sentir con sinceridad, finalmente, es adoración por el gran líder, el “gran hermano”.

(Cuando la voluntad de Winston se quiebra. 1984, película de Michael Radford)

 

El camino recorrido

La casi totalidad de las explicaciones del mundo de 1984, salvo las observaciones directas que Winston extrae de su rutina diaria y de su trabajo en el Ministerio de la Verdad (que no son pocas) y que plasma en un confuso diario, proceden de su lectura del libro de Goldstein. Es en sus páginas en donde realmente se explica el reparto del mundo entre los tres regímenes, el concepto de “guerra eterna” y su utilidad, y en donde se analiza la filosofía que rige las doctrinas y el funcionamiento del Ingsoc, pues al ambiente por el que normalmente se mueve el protagonista tan solo llega, como es comprensible, la omnipresente propaganda del Partido. Solo al final, mientras está siendo torturado, decide O’Brien revelarle a Winston alguna que otra cruda verdad sobre el sistema, cosa que hará de forma cínica y brutal, a fin, sobre todo, de quebrar su resistencia.

La construcción del pesadillesco mundo de 1984, principalmente según el libro de Goldstein, habría tenido lugar tras un particular análisis de la sociología y de la historia de la humanidad y un enorme y despiadado empeño por construir una sociedad fortísimamente jerarquizada: La primera concepción teórica alude a la visión de una humanidad dividida en tres grupos diferentes: los “altos”, los “medianos” y los “bajos”, un esquema de tres clases sociales de intereses irreconciliables que se habría repetido con diversas formas a lo largo de la historia. Los “altos” (la clase dominante) pretenden siempre que nada se mueva a fin de perpetuar sus privilegios. Los “medianos” (la clase emergente) tratan de arrebatarle su puesto a los “altos”. Y la finalidad de los “bajos” (clases bajas u oprimidas, por lo general mayoritarias en número), consiste en abolir todas las distinciones y crear una sociedad en que todos los hombres sean iguales, ello cuando poseen objetivos, pues al hallarse constantemente luchando por su supervivencia apenas suelen tener tiempo para desarrollar su propia conciencia política.

El proceso subsiguiente se desarrollaría siempre de la siguiente manera: Los “medianos” serían capaces, en algún momento, de vencer a los “altos” aliándose con los “bajos”. Inmediatamente después abandonan a los “bajos” para convertirse ellos mismos en los nuevos “altos”, aunque de alguna parte de sí mismos surge un nuevo grupo de “medianos” que darán problemas en el futuro. Los “bajos”, por su parte, nunca alcanzan su objetivo, ni que sea transitoriamente, y permanecen siendo “bajos” como lo han sido siempre.

A lo largo de la historia la función evidente de los “altos” habría sido la de defender el orden social y jerárquico, pero los “medianos”, en su empeño por subvertirlo, habrían enarbolado las banderas de la “igualdad” y de la “libertad”. No obstante, diversas ideologías aparecidas a partir del siglo XX (refiriéndose sin citarlo al fascismo, el estalinismo o el nazismo) habrían ido abandonando progresivamente todas las utopías sociales para ir aceptando abiertamente la desigualdad eterna, acabando con la hipocresía inherente en prometer cosas para luego establecer una tiranía, y reivindicando, desde el mismo comienzo de su lucha, su propia tiranía.

Aquí es donde surgiría, no obstante, una paradoja: mientras se llega a un momento histórico en el que los estudiosos son ya conscientes del movimiento de péndulo social entre dominantes y dominados, y mientras surgen movimientos políticos que abogan directamente por la tiranía, el desarrollo tecnológico y productivo de la humanidad (el maquinismo) habría hecho posible, por vez primera, la igualdad material, pues el nivel de producción permite al fin que toda la población viva con dignidad y bien alimentada. En el libro de Goldstein se menciona, de hecho, que el mundo anterior a la Primera Guerra Mundial era más rico que el de 1984, y que en aquella época se contemplaba un desarrollo social, científico y tecnológico cargado de optimismo. No obstante, en los planes de las nuevas ideologías totalitarias del siglo XX el aumento del nivel de vida amenazaría un esquema social jerárquico que oprimiese a una masa embrutecida y pobre, por lo que éste fin no era deseable. A tal efecto, el libro menciona que durante los años 30, y a fin de atajar este inconveniente, las clases dirigentes de algunas naciones intentaron dejar que sus economías se anquilosaran, pero lo innecesario de semejante medida sin mediar guerras de por medio, la fuerte protesta social que siguió, y la desventaja militar que ello producía en el plano internacional lo hicieron inviable.

Durante los años 40 surgieron los primeros movimientos y regímenes políticos autoritarios (de nuevo una referencia, sin citarlos expresamente, a la Italia de Mussolini, el III Reich o la URSS de Stalin), y surgió una nueva aristocracia formada en su mayoría por burócratas, hombres de ciencia, técnicos, organizadores sindicales, especialistas en propaganda, sociólogos, educadores, periodistas y políticos profesionales. Posteriormente (y aquí comienza el planteamiento futurista de la novela) se menciona la Segunda Guerra Mundial, y se dice que vino seguida de una serie de conflictos, de guerras nacionales, guerras civiles, revoluciones y contrarrevoluciones, e incluso una guerra nuclear durante los años 50 que afectó, sobre todo, a la Rusia Europea, Europa Occidental y Norteamérica. Estos conflictos habrían ayudado a frenar el progreso y a destruir muchos de los logros tecnológicos y sociales de los años pasados.

En los años 60 (y ya plenamente inmersos en la conjetura futurista que nos propone la novela) habría tenido lugar una revolución en el seno de muchas de las principales naciones con la excusa de perseguir el socialismo. No obstante, la nueva clase dirigente tenía en esta ocasión un plan de minuciosamente pensado: Primero se aprestaron a repetir la organización jerárquica de la sociedad pero a través de una gran colectivización, sabiendo que solo en un mundo colectivizado era posible el dominio total, un mundo en el que la clase dominante, individualmente, no poseería nada, pero en donde colectivamente lo poseería todo. Además, y a fin de solventar el problema de mantener en marcha las ruedas de la industria sin aumentar la riqueza real del mundo, se llegó a la conclusión de que los bienes habían de seguir siendo producidos pero no distribuidos, para lo cual el mejor remedio era, sin duda, derrocharlos todos  en una guerra interminable.

Los tres “superestados” habrían surgido unos 25 años antes de la fecha en que fue escrito el libro de Goldstein. Al ser absorbida Europa por Rusia surgió Eurasia, al ser absorbido el Imperio Británico por los Estados Unidos surgió Oceanía, y tras varios años de confusas luchas nacería Asia Oriental. La guerra entre estas tres superpotencias se habría venido dando ininterrumpidamente desde entonces, y así hasta las desventuras del pobre Winston.

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(Cortesía de: iznogoodgood via Compfight cc)

 

Uniformes nazis y la caída en desgracia de Trotsky

Las referencias que Orwell hace en su obra hacia elementos de la realidad de su tiempo son muy numerosas: el culto a la personalidad de Stalin, por ejemplo, es el mismo que se dedica al “gran hermano”; la figura de Goldstein se inspira en la de Trotsky; y la práctica de reescribir la historia se hace eco de la que se daba en la propia URSS de su tiempo. La tendencia de los tres superestados a crear y romper alianzas se basa en el pacto Molotov-Ribbentrop firmado entre la URSS y la Alemania nazi y su posterior violación con la Operación Barbarroja y la invasión teutona. La palabra Ingsoc es una corrupción de la frase “English Socialism”. Incluso el uniforme negro de los miembros del “círculo interior” del Partido que viste O’Brien se basa en el de las SS alemanas, mientras que el uniforme azul que usan los miembros del “círculo exterior” está basado en el de la Falange Española.

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(Cortesía de: PahangE166AF via Compfight cc)

 

La versión violenta y brutal de un totalitarismo

1984 es, por tanto, el ejemplo perfecto del totalitarismo brutal, el que actúa por la fuerza, el que se impone sin ambages, sin piedad, con extrema violencia. Ya sea observando la triste realidad del día a día de Winston, las revelaciones del libro de Goldstein, o escuchando a un O´Brien brutalmente cínico y sincero, en el libro no parece haber aire, no hay espacio que se libre de la influencia siniestra y maléfica del Partido, y la desazón que crea en el lector es la de una atosigante pesadilla. Hasta el amago más pequeño de rebeldía y libertad es aplastado, y la derrota de la voluntad del individuo es total y frontal, tan completa como lo es el dominio del Partido sobre sus ciudadanos.

Semejante mundo, aunque alarmante, no deja de causar un rechazo también frontal en el público. La sensación general del lector medio es la de que, quizás, si las cosas fueran lo suficientemente mal en el futuro, podría llegar a darse un universo similar algún día, pero casi todo el que lea la novela coincidirá al mismo tiempo en lo indeseable de semejante perspectiva, rechazándolo de plano, sin reservas, incluso instintivamente.

Hay, sin embargo, totalitarismos mucho más sutiles, diplomáticos, atrayentes, que cumplen su función sirviéndose de herramientas mucho más placenteras y, probablemente, más eficaces, y eso es de lo que irá el siguiente artículo: Un Mundo Feliz. En esta novela seremos testigos de un universo denominado “feliz” con cierta ironía, cierto, pero que tampoco deja de ser verdaderamente feliz a su manera. Aquí no habrá imposición ni violencia, sino que todo el mundo aceptará de buen grado. En ese caso, la pregunta sería: ¿cómo y con qué derecho podría alguien oponerse a algo así? O más aún: ¿yo mismo me opondría, o simplemente sería “feliz” como el resto?

(Dos minutos de odio. 1984, película de Michael Radford)

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