1984 y el “Gran Hermano”

La literatura distópica y la ciencia ficción, además de haber inspirado algunos títulos cinematográficos muy destacables, haber creado personajes memorables, y contar entre sus exponentes con el virtuosismo narrativo de un buen puñado de escritores brillantes, son géneros que, del mismo modo, han servido también para proponernos un sinnúmero de universos tan inmensamente sugerentes, ricos y elaborados como variados.

Ya se trate de sociedades utópicas o regímenes totalitarios, colonización de planetas o supervivencia en una tierra post-apocalíptica, guerras galácticas o argumentos que se desarrollan en un laboratorio o incluso en el interior de nuestra propia mente, en cada una de estas obras se nos propone un mundo cuyo interés radica, precisamente, en el hecho de ser plausible de algún modo, posible sin centrarse tanto, en general, en lo probable. Es así como estos géneros narrativos demuestran, a menudo, una naturaleza más aguda y sugerente que el de la fantasía pura pues, sin tener nada que envidiarle a ésta en cuanto a imaginación o preciosismo, critican además a la sociedad humana del presente, proyectando para ello, en un futuro de ficción, una realidad admisible por estar basada en lo que, a día de hoy, somos como especie. Así, sucede que la ciencia ficción y la distopía no tratan, en realidad, del futuro, como podrían pensar muchos, sino que tratan del presente.

En una serie de artículos daremos un somero vistazo a algunos de los mundos más interesantes que la ciencia ficción y la distopía han propuesto a lo largo de los años, centrándonos, sobre todo, en la génesis y descripción de dichos mundos más que en el argumento, la narración o los personajes. Así, esta serie servirá igual de bien para quien se halle leyendo la novela en cuestión y necesite, quizás, un pequeño esquema, como para quien quiera refrescar ideas, quien desee centrarse exclusivamente en las bases sociológicas, políticas o históricas de dichos relatos, o quien quiera hallar inspiración para, quizás, poner algún día juntas un buen montón de palabras o de metrajes.

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(Cortesía de: OUdaveguy98! via Compfight cc)

 

George Orwell y su etapa anti-totalitaria

Es bien cierto que son muchos los libros que podrían haber iniciado esta serie, pero era quizás natural empezar por una obra distópica que no juzgaremos si es la mejor o no, pero que sí que reconoceremos, al menos, probablemente como la más notoria entre la mayor parte del público: 1984.

Obra del famosísimo escritor inglés nacido en la India, George Orwell, esta novela se publicó en 1949, poco antes de su muerte, en una etapa de su vida en la que el autor, de fuertes inclinaciones izquierdistas y anticolonialistas, se había sentido fuertemente marcado por el auge de los regímenes autoritarios, sus propias experiencias en el lado republicano durante la Guerra Civil Española y, posteriormente, por los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. A raíz en gran medida de la guerra en España primero, y del conflicto mundial después, Orwell había empezado a militar y a escribir contra los regímenes totalitaristas, en concreto, y por ser hijo de su tiempo, contra el estalinismo y el nazismo. Reflejo de aquel miedo y obsesión por este fenómeno es 1984, una sociedad distópica de férreo control del pensamiento y de vigilancia y opresión extremas que ha dado lugar, incluso, a un término sociológico: el de sociedades “orwellianas”.

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(Cortesía de: Hatto26 via Compfight cc)

 

La última expresión de los regímenes totalitarios del siglo XX

Empecemos por una visión general: El mundo en 1984 se halla en la fecha que da nombre al título, y está dividido en tres superpotencias (o, como los llama el relato, “superestados”) que se reparten el globo de la siguiente manera: El Ingsoc gobierna en el territorio llamado Oceanía, lo que vendría a ser toda América, las islas Británicas, Islandia, el sur de África y Australia; Eurasia, extendida por el resto de Europa y toda Rusia, está gobernada por el neobolchevismo; y Asia Oriental, lo que vendrían a ser Japón, las Coreas, China y parte de Asia Central, está gobernada por una filosofía llamada “culto a la muerte” o “negación del yo”.

La ideología, la economía y la organización social de estos tres “superestados” son extremadamente similares y, con todo, llevan décadas enzarzados en un conflicto continuo y sin fin en el que nadie llega a imponerse y en el que los tres regímenes se alían indistintamente unos con otros o se traicionan dependiendo del momento o de la situación. Contra lo que cabría pensar, no obstante, en realidad ninguno de ellos desea o persigue activamente la victoria, de hecho los tres bandos han llegado hace tiempo a la conclusión de que la guerra no se puede vencer, pero la mantienen viva a pesar de todo a fin de facilitar su propia estabilidad interna, de un modo que explicaremos más adelante.

El resto del globo, esto es, la parte correspondiente a la mitad norte de África, gran parte de Oriente Medio, el sur de Asia e Indonesia, se mantendría, mientras tanto, en un estado de “tierra de nadie”, una zona en continua disputa entre las tres grandes potencias, constantemente ocupada, abandonada y vuelta a ocupar, mientras es saqueada y sojuzgada intermitentemente tanto por unos como por otros.

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(El mundo de 1984, Wikipedia)

 

Oceanía y el Ingsoc

Los tres “superestados” hegemónicos son sistemas totalitarios que, como ya se ha dicho más arriba, resultan bastante similares entre sí, pero la novela transcurre específicamente en un Londres futurista y sombrío correspondiente al dominio de Oceanía, por lo que es el régimen del Ingsoc el único que la novela nos explica en detalle.

Oceanía es un estado colectivista controlado por un único partido llamado, a la sazón, “el Partido Único”. En su territorio no hay predominio de unas provincias sobre otras, ni una jerarquía entre razas. La lingua franca es el inglés, no hay capital y no está centralizada, y de hecho nadie sabe siquiera donde vive el “Gran Hermano”, su gran líder, cuyo busto y discursos se hallan por doquier, y a quien se debe una adoración total, a pesar de que nadie sepa realmente si existe de verdad o es un mero producto de la propaganda.

En el Ingsoc no hay derechos ni leyes, lo que significa que no hay ninguna referencia estable acerca de cuál es la conducta a seguir o qué tipo de comportamiento es legal o ilegal. El riesgo a sufrir tortura, vejaciones o muerte es constante para los desafectos, y absolutamente cualquiera puede ser considerado como traidor, sin garantías. Cuando se acometen purgas no se trata simplemente de eliminar disidentes sino que, muy a menudo, se barren al por mayor grupos enteros de elementos que, quizás algún día, puedan llegar a oponerse al sistema (o no). Hay eventos públicos de obligada asistencia en los que se estimula el fanatismo y el odio, y los dispositivos de control, propaganda y vigilancia son tan omnipresentes que se hallan incluso dentro de las casas particulares, las cuales no habrán de tener, por norma, ninguna estancia, hueco o ángulo oculto a las omnipresentes “telepantallas” (televisores con aparatos de escucha integrados), a fin de poder controlar en todo momento al inquilino.

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(Cortesía de Nirwrath, Wikipedia)

 

Una sociedad fuertemente jerarquizada

La sociedad de Oceanía y del Ingsoc está organizada e ideada por el Partido, y se divide en tres grupos principales:

El “círculo interior” o dirigente del Partido, una minoría de intelectuales que conforman aproximadamente el 2% de la población total, adscritos necesariamente a la organización y que suponen la clase gobernante y dominante del régimen. Ellos son los únicos que realmente tienen una verdadera noción de qué está sucediendo. Viven algo distantes del resto, y gozan de unas condiciones materiales de vida ciertamente privilegiadas, aunque no sean ajenos por ello a los distintos juegos internos de poder e influencias que causan, de vez en cuando, la caída en desgracia y posterior desaparición de alguno de sus exponentes. El control del Partido sobre este grupo es, cuanto menos, férreo.

Después se halla el “círculo exterior” o la burocracia del Partido, otra minoría, aunque en este caso algo más amplia, pues suma aproximadamente un 13% del total de población. A este conjunto aún se le permite vivir en condiciones de relativa comodidad, aunque sensiblemente más sobrias que al grupo anterior, pero se le somete a una propaganda alienante y a un control y una vigilancia tanto o más intensos que a los que se somete al “círculo interior”.

En el tercer escalón se hallas los “proles”, la mayor parte de la población (en la novela se comenta que sobre el 85%), relegada a una situación cercana a la miseria, constantemente entretenidos y embrutecidos. Son los trabajadores, los obreros y campesinos, aquellos que realizan trabajos manuales, y a quienes el Partido se limita a reprimir superficialmente y limitándose a la violencia, al ser considerados poco menos que animales sin verdadera capacidad o voluntad de rebelarse.

El ingreso en cada una de las ramas del Partido se hace a través de un examen a los 16 años, aunque en la práctica hay muy poca movilidad social entre un sector y otro, movilidad que resulta completamente nula en el caso de los “proles”, cuyos exponentes mínimamente inteligentes son, de hecho, sistemáticamente eliminados.

La labor gubernativa se articula a través de diferentes ministerios, entre los cuales encontramos, por ejemplo, el Ministerio del Amor, encargado de administrar castigos y tortura y reeducar a los individuos que no sean suficientemente adeptos al régimen; el Ministerio de la Paz, encargado de la guerra; el Ministerio de la Abundancia, planificador de la economía de subsistencia que rige al país; y el Ministerio de la Verdad, encargado de aplicar la censura y la propaganda, y de alterar la memoria y los documentos históricos dependiendo del interés del Partido.

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(Cortesía de: Vince_Lamb via Compfight cc)

 

El poder por el poder y el dominio total

Al Partido no le importa la sangre o raza de sus integrantes, sino la autoconservación y la adscripción ideológica de todos sus miembros. Su control sobre la sociedad es total, y su poder es ubicuo e incontestado, llegando incluso al plano de lo mental. De hecho, sus metas declaradas son el control mundial por la vía de la guerra y el control de las ideas de todos sus componentes sin excepción, y se considera que, si el “gran hermano” es todopoderoso, el Partido, por su parte, es infalible.

Se espera que todo miembro del Partido carezca de emociones privadas y que su entusiasmo no se enfríe en ningún momento. Se supone que vive en un continuo frenesí́ de odio contra los enemigos extranjeros y los traidores de su propio país, en una exaltación triunfal de las victorias y en absoluta humildad y entrega ante el poder y la sabiduría del Partido. De hecho, y a pesar de que sus miembros formen parte del sector más privilegiado de la sociedad, en comparación con el nivel de vida de principios del siglo XX incluso los miembros del “círculo interior”, según se afirma en la novela, llevan una vida austera y laboriosa.

El sentido último del Partido, según explica uno de los personajes del libro, no sería otro que el de detentar el poder, sin más. El Partido es una estructura que persigue el poder por el poder, que busca el poder en sí mismo, sin disfrazarlo o justificarlo con utopías o ideas hermosas como se acostumbraba a hacer por parte de otros regímenes antaño. Dicho poder se fundamenta en la capacidad de quebrar y reconstruir voluntades, y de infligir dolor y muerte. Cuando se hace la revolución, afirma uno de sus exponentes, se toma el poder para establecer la dictadura, y no al revés.

No obstante, el poder del Partido es colectivo, y se entiende que el individuo sólo detenta el poder en tanto deja de ser individuo, pues mientras que los miembros individuales del “círculo interno” no poseen, a pesar de su privilegiada posición, gran cosa, el conjunto de dicha clase lo posee todo en Oceanía. Siempre que está solo, siempre que es libre, el ser humano es derrotado, se afirma, por lo que la libertad es, en realidad, la esclavitud.

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(Cortesía de: PahangE166AF via Compfight cc)

 

La verdadera utilidad de una guerra inacabable

Como ya se ha comentado antes, uno de los elementos de estabilidad interna del Ingsoc, así como de los otros dos “superestados” en liza, se basa en mantener deliberadamente un estado de guerra eterna contra las otras dos grandes superpotencias, un mecanismo gracias al cual los tres regímenes consiguen perpetuarse indefinidamente. Esta guerra, que en la obra llega a calificarse de “impostura”, no es más que una lucha por objetivos limitados entre combatientes incapaces de destruirse unos a otros estratégicamente hablando, sin una verdadera causa material para luchar, y que no se hallan divididos por diferencias ideológicas claras.

Aunque los combates no dejen de ser enormemente crueles, lo cierto es que, salvo unidades limitadas de soldados profesionales, en realidad muy poca gente es directamente consciente de dicha guerra, a excepción del racionamiento a que obliga, los puntuales desfiles de prisioneros, los comunicados oficiales del frente o algún bombardeo limitado y que causa, generalmente, muy pocas víctimas. Las bajas son limitadas también en las trincheras, pues se evitan las grandes ofensivas y las maniobras arriesgadas, los avances tecnológicos existen pero se dan a muy baja velocidad, y aunque las tres potencias poseen y fabrican armas nucleares se abstienen de usarlas. De hecho, existe un acuerdo tácito a fin de limitar las maniobras a las zonas del mundo en disputa, y respetar una suerte de “integridad cultural”, esto es, no invadir determinadas áreas consideradas como el corazón cultural de cada nación, ya que en caso de hacerse habría que afrontar después el costoso proceso de exterminar a toda la población local y reemplazarla por otra más afín.

Lo que tenemos en realidad con semejante “farsa” es el mantenimiento de un status quo que beneficia, en el plano interno, a los tres poderes. La ideología dominante en cada territorio es similar a la de los otros dos, y dadas las grandes dimensiones de cada “superestado” no hay verdadera necesidad de materias primas o de trabajadores, pues cada poder cuenta con enormes recursos propios de cualquier tipo. Esta abundancia material y humana, las similitudes ideológicas y tecnológicas entre todos los tres bandos, y su gran extensión territorial hacen que exista una suerte de empate técnico, y que cada estado sea, en sí mismo, inconquistable, por lo que es precisamente gracias a la guerra que cada régimen puede vivir aislado del resto ya que, por supuesto, mientras duran las hostilidades no se permite a los ciudadanos de las diferentes naciones entrar en contacto con extranjeros ni aprender idiomas. Este aislamiento mutuo, junto con el equilibrio bélico, permite que no exista un auténtico peligro de derrota, lo que elimina la necesidad de que estos tres “superestados” deban ser realistas, técnicamente eficientes o deban aprender de la historia, por lo que sus respectivos gobiernos pueden poner en marcha sus propios programas de control mental y represión sin verdaderas amenazas externas.

Además de anularse mutuamente a nivel externo, a nivel interno la existencia de la guerra alimenta la moral de una sociedad fuertemente jerarquizada: Por un lado, permite la utilización de la figura de un enemigo exterior al que culpar de todos los males, al tiempo que presenta como una condición natural e inevitable para la supervivencia la entrega de todo el poder a una reducida casta que lidere la lucha de un modo aparentemente eficaz. Por otro lado, manteniendo una enorme industria de guerra la economía se planifica de tal modo que el grueso de la población (“los proles”) se halle material y moralmente sometido gracias a una constante situación de subsistencia y de racionamiento, usándose los productos de las máquinas y de las fábricas no precisamente para elevar el nivel de vida de la población. Y, por último, la guerra también modula la moral de los integrantes del propio Partido, que se entregan más fanática y rabiosamente a la causa, dejándose llevar por el miedo y el odio, y excitándose con la idea de una victoria final. El efecto de una guerra eterna es, para el Partido, igual al de una paz duradera.

(Discurso del Partido. 1984, película de Michael Radford)

(Lee la segunda parte de este artículo aquí)

(Read this article in English here)

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2 responses to “1984 y el “Gran Hermano”

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