De qué se queja y de qué no la prensa española: los desprecios y maltratos diarios que parecen no importar

Precariedad laboral, falta de credibilidad, parcialidad, manipulación, injerencias de los gobiernos, legislación hostil… la lista de amenazas de las que la prensa española debería quejarse alto y claro es muy larga, como ya hemos visto, así como también hemos visto que dichas quejas altas y claras brillan más bien por su ausencia.

Frente a esta carencia contestataria podría argumentarse que los antes citados problemas son demasiado serios para ser afrontados tan solo por los periodistas porque enraízan con profundos conflictos sociales, y que es por eso que la prensa no alza la voz para denunciarlos. Éste sería un argumento espurio, sin duda alguna, además de cobarde, pues si esos son los asuntos más serios razón de más para que sean los que más fuerte y decididamente se afronten. Como fuere, si lo que pretendemos es rebajar el nivel de complejidad y encontrar ejemplos menos trascendentes de maltrato a la prensa que puedan ser equiparables a la polémica protagonizada por Pablo Iglesias también poseemos otra larga lista de ejemplos que, una vez más, tampoco levantaron una polvareda mediática semejante a la del líder de Podemos.

wtf?

 

(lee la segunda parte de este artículo aquí)

 

El País de las “cebrianadas”

El 26 de abril de 2016, y al calor de los archiconocidos “papeles de Panamá”, los diarios digitales El Confidencial y El Diario y la cadena de televisión La Sexta, en colaboración con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), desvelaban las preocupantes conexiones existentes entre el presidente del grupo PRISA, Juan Luís Cebrián, y un empresario de origen iraní llamado Massoud Farshad Zandi. Al parecer, el iraní, presidente de la Fundación Atman para el Diálogo entre Civilizaciones, un think tank por el que desfilaron numerosas personalidades afines al PSOE, era no solo amigo íntimo de Felipe González y del mismo Cebrían (cuya esposa fue, por cierto, vicepresidenta de dicha fundación), sino también socio comercial en un proyecto con éste último cuanto menos falto de ética. Los documentos filtrados desvelaban que Zandi controlaba una empresa luxemburguesa llamada Star Petroleum, a cuyos accionistas ocultó mediante empresas offshore en Seychelles y Samoa que el gabinete panameño de abogados Mossack Fonseca, de donde procedió la filtración, ayudó a organizar. Los ocultos propietarios de dicha empresa eran, además de varios empresarios ligados al PSOE, el mismo Cebrián, quien aparecía como poseedor de un 2% de dicha aventura, amén de obrar en su poder con opciones para adquirir un 3% adicional por 14,67 millones de euros.

Pues bien, la reacción de Cebrián, que en ningún momento demostró la falsedad de dichos documentos, no se hizo esperar: poseído muy probablemente por todas las furias del averno, Cebrián emprendió inmediatamente acciones legales contra los medios que habían publicado la noticia alegando que se trataba de insinuaciones “absolutamente falsas”. Hasta ahí el asunto no rebasaba el ámbito personal, pero Cebrián fue más allá y, usando sus medios de comunicación como si de su coto privado se tratase, prohibió a los periodistas de PRISA acudir a cualquier programa de La Sexta y, no contento con ello, aplicó la misma medida en sentido inverso y denegó la entrada en su territorio a cualquier reportero procedente de aquellos medios a los que había decidido maldecir, uno de los cuales fue Ignacio Escolar, director de El Diario y colaborador habitual en la Cadena Ser.

Todo esto podría calificarse como un ejemplo patente de falta de respeto hacia la independencia de la labor periodística por parte, además, del presidente de un conglomerado de medios, un hecho que, amén de algunas críticas, no levantó, sin embargo, las grandes oleadas de indignación que cabría esperar por parte de la mayor parte de sus compañeros de profesión. Eso sí, El País no tuvo problema alguno para, apenas dos semanas después, celebrar el 40 aniversario de la fundación del periódico en el madrileño Palacio de Cibeles, acto en donde pasados y presentes directores del medio, como Antonio Caño o José Luis López Aranguren, no tuvieron empacho en hacer pomposos discursos en los que afirmaban cosas como que la suya era “una maravillosa aventura de libertad” o “una herramienta para hacernos más europeos, más críticos, más libres”, mientras se defendían, sin precisar, de ataques “oportunistas, demagogos”, así como de “la hostilidad de quienes quieren destruirlo (al diario) mintiendo si es necesario”. Es más, el propio Cebrián tuvo el rostro de minusvalorar el escándalo de los papeles de Panamá refiriéndose jocosamente al incidente como “una revolucioncita” y “un tema marginal”.

(las primeras impresiones del despedido Escolar)

 

Políticos que no tratan demasiado bien a la prensa

Sería interesante recordar también, para contrastar con el caso Iglesias, la ocasión en que José María Aznar introdujo un bolígrafo en el escote de la periodista Marta Nebot, por ejemplo, o todas aquellas ocasiones en que los reporteros del afamado programa satírico Caiga Quien Caiga fueron sistemáticamente expulsados de diferentes actos del PP.

¿Mejor hablar de temas más serios? Perfecto, recordemos pues la poca trascendencia que obtuvo el señor Rafael Catalá, ni más ni menos que ministro de Justicia, cuando insinuaba, en abril de 2015, que sería adecuado estudiar formas de sancionar al funcionario y a los medios de comunicación que filtraran cualquier tipo de información sobre actuaciones judiciales, palabras sin duda trascendentes dado que las pronunciaba ni más ni menos que todo un ministro en funciones. No olvidemos tampoco las ocasiones en que Esperanza Aguirre ha cargado de frente contra el canal La Sexta bautizándolo con el ingenioso nombre de “la secta” sin que a nadie pareciera importarle demasiado. Y sería interesante destacar también, por poner otro ejemplo, al ministro de Economía, Luis de Guindos, mandando “a tomar por culo” a los periodistas que le habían abordado a su entrada a la reunión del Eurogrupo, secuencia que fue, por cierto, muy oportunamente omitida por TVE en su respectiva cobertura del acto.

(Aguirre llamando “secta” a toda una cadena… pero no pasa nada)

 

Rajoy, vida y obras

Subiendo un peldaño en el nivel de trascendencia institucional tenemos al mismísimo Rajoy, quien durante su carrera nada más y nada menos que como presidente del Gobierno ha ido dejando un reguero de minusvaloraciones hacia la prensa, cuando no de abierto desprecio, que comenzó cuando en diciembre de 2012 se limitó, en un acto con los medios, a leer la lista de componentes de su nuevo Gobierno, desear a todos los presentes “muy buenas noches” y, acto seguido, desaparecer. Costumbre, por cierto, que su partido, el PP, así como también el PSOE, acogieron con entusiasmo cuando normalizaron desde entonces y hasta nuestros días las infames ruedas de prensa sin preguntas, actos tan vergonzosos como mal llamados, pues nunca una rueda de prensa podría calificarse lógicamente como tal si no se aceptan preguntas en ella.

Pero eso no termina ahí, porque las ocasiones en que Rajoy simplemente se ha negado a comparecer ante los medios para evitar dar la cara ante hechos e informaciones comprometidas son muchas. Eso sí, cuando decidía darla, sin embargo, tampoco renunciaba a jugar con ventaja, acabando con la costumbre previamente establecida cuando decidió que contestaría únicamente a dos preguntas en cada una de sus comparecencias celebradas junto a líderes internacionales a fin de minimizar los riesgos de quedar en evidencia. Por si esto no bastara, en julio de 2013, en mitad del caso Bárcenas, Rajoy fue más allá y pactó previamente las preguntas con un reportero del ABC, marginando así al resto de los medios presentes. A los pocos meses, y sintiéndose seguramente bastante cómodo con semejante método, estableció como norma que sería él, en lo sucesivo, quien iba a decidir qué medio le iba a preguntar en sus ruedas de prensa y de qué preguntas se trataría en cada caso. Y al poco, el PP directamente vetó la presencia de La SER y El Mundo en la visita que hizo su líder a la Casa Blanca sin ofrecer ningún tipo de explicación razonable al respecto.

Su alergia contra los reporteros ha dejado, de hecho, momentos tan remarcablemente memorables y ridículos como irreales, como lo fueron los famosos episodios del plasma. El primero, en febrero de 2013, tuvo lugar en una comparecencia en la que Rajoy negaba la veracidad de los papeles de Bárcenas en un acto en el que, paradójicamente, su cara aparecía sobre una pantalla a la que miraban sorprendidos los periodistas asistentes mientras prometía “trasparencia total”. Por supuesto, no hubo forma de dirigirle preguntas a aquella cara de plasma, pues el acto iba, en realidad, dirigido a su propia gente, a la plana mayor del PP, y los reporteros solo estaban allí para ser testigos del acto. La idea debió de parecerle tan buena, no obstante, que volvió a repetirla dos meses después.

Y aún hay más: en momentos en que no solo su gestión, sino también su propio partido estaban en entredicho, y en medio de una reñidísima campaña electoral, el presidente decidía no acudir al debate político a cuatro organizado por Atresmedia en diciembre de 2015 junto con los principales candidatos a la presidencia, y enviar en su lugar a la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría. Sin aprender demasiado de sus errores, Rajoy aún se mostró reacio durante mucho tiempo cuando le insistían desde su propio partido para acudir al segundo debate organizado por el mismo grupo de comunicación para el 13 de junio de 2016, durante la posterior campaña electoral, aunque en esta ocasión finalmente sí accediera. Eso sí, lo que esta vez no ha considerado conveniente ha sido someterse a las preguntas directas de diversas familias españolas en el programa de máxima audiencia La Sexta Noche, como sí han hecho, sin embargo, todos los demás candidatos. Será para compensar.

Y es que, aunque el PP venga desde hace meses asegurando que trabaja a fondo para mejorar su comunicación con los ciudadanos, y precisamente al poco de la polémica desatada contra Iglesias, Rajoy volvía a las andadas. En otro episodio el presidente daba una importante rueda de prensa el día 26 de abril, justo tras reunirse con el rey precisamente el día en que éste decretaba el fin de la legislatura y la convocatoria de nuevas elecciones. A pesar de la importancia de dicha reunión, al producirse ésta en medio de semejantes acontecimientos, llegadas las ocho de la tarde Rajoy, tras una brevísima comparecencia, se marchó pitando del acto porque, según se justificó ante los periodistas, quería ver el partido del Real Madrid. Sin más. Tan natural como cuando esquivaba preguntas comprometidas con su ya famoso “la segunda ya tal”.

(¿piruetas dialécticas? no hace falta, a lo que no quiero responder “ya tal”, y fuera)

(lee la cuarta parte de este artículo aquí)

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2 responses to “De qué se queja y de qué no la prensa española: los desprecios y maltratos diarios que parecen no importar

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