De qué se queja y de qué no la prensa española: periodistas demasiado acostumbrados a lo bueno

A veces podría dar la sensación de que los medios de comunicación españoles reaccionan en bloque cuando creen haber sufrido una agresión como colectivo. A veces se les oye o se les lee en lo que parece un cierre de filas unívoco e inequívoco, denunciando un hecho que consideran hiriente por todo lo alto, apoyándose los unos a los otros sin fisuras, expresando emotivamente su solidaridad y afirmando defender a ultranza la libertad de expresión sin ahorrar en ello frases o términos altisonantes… a veces.

En principio, qué duda cabe, toda esta defensa a ultranza del periodismo está muy bien, por supuesto, pero el problema radica en que, en realidad, y tal y como se ha dicho antes, dicha defensa se ejerce sólo a veces. Porque, mientras alzan la voz al cielo para defenderse de según qué tipo de amenazas, todos esos medios ignoran o incluso toleran multitud de abusos y maltratos que sus periodistas sufren a diario y que son, de lejos, mucho más serios y perniciosos para su propia profesión que aquellos que deciden denunciar públicamente.

wtf?

 

El cacareado incidente entre Pablo Iglesias y Álvaro Carvajal

Valga como ejemplo perfecto de esta llamativa duplicidad un suceso muy reciente: Es ampliamente conocido que, a finales del pasado mes de abril, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, sufrió un sonoro encontronazo con la prensa española (o al menos parte de ella). El jueves 21 de abril, en un acto no oficial como era la presentación de un libro en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, Iglesias hablaba, en un momento concreto, de la difícil relación entre los principales medios de comunicación del país y su propio partido, recalcando el maltrato recibido por Podemos por parte de los principales diarios nacionales. En relación a esto último, Iglesias afirmaba cosas como que algunos periodistas redactaban noticias negativas sobre su formación a propósito y con afán de medrar yendo a favor de la línea editorial de su propio medio, hasta el punto de publicar informaciones que no eran ciertas. En varias ocasiones Iglesias citaba el nombre del redactor de El Mundo Álvaro Carvajal a fin de ilustrar dicha tesis, aunque sin nombrar nunca ningún caso concreto. Así las cosas, en un momento dado los periodistas asistentes se levantaron ofendidos, abuchearon al líder de Podemos y abandonaron la sala.

Parece que aquellos periodistas volvieron calientes a sus redacciones, porque la respuesta posterior, tanto desde El Mundo como desde muchos otros medios, fue la de magnificar el hecho y, en general, reivindicar la labor periodística mientras afeaban a Iglesias su conducta, desatando con ello una polémica que duró días y durante la cual, como ya veremos más adelante, pudieron leerse todo tipo de titulares en diversos diarios en los que se afirmaba con rotundidad cosas como que Pablo Iglesias atacaba a la libertad de prensa o que, si no tanto, tenía por lo menos una actitud muy cuestionable con respecto a ésta.

Fue aquel, ciertamente, un incidente muy sonado, sobre todo porque los medios más ofendidos se encargaron de que, efectivamente, así lo fuera. No obstante, y sin ánimo o intención de disculpar una actitud por parte de Iglesias que, muy probablemente, fue tan imprudente como desafortunada, cabría también reflexionar quizás un momento sobre cuán grave fue realmente aquel cacareado desencuentro. Para empezar, era aquel un acto académico, no político. En él, Iglesias expuso que su partido había sufrido un remarcable maltrato de manos de la mayor parte de la prensa nacional desde el momento mismo en que fue fundado, una idea que, lejos de ser fantasiosa, cuenta con una cantidad tal de ejemplos que podría resultar incluso obvia. Iglesias se quejó de un hecho que consideraba injusto, es su opinión, pero lo hizo sin hacer jamás llamamientos a la violencia, a represalias o a cualquier tipo de limitación a la libertad de expresión. Y, quizás lo principal, aquel fue en todo momento un acto abierto a la prensa en el que se respetaba la libertad de los periodistas para acudir y hacer todas las preguntas que considerasen oportunas. Debería resultar difícil o, al menos, paradójico quejarse tanto y tan amargamente de un supuesto ataque a la libertad de expresión cuando éste se da supuestamente en un acto en el que la prensa tiene perfecta libertad para cubrir el evento e informar del modo en que estime más conveniente.

Así pues ¿cuál podría ser la razón de que aquellos periodistas se sintieran tan sumamente ofendidos por la actitud de Iglesias? ¿Era acaso por sus mordaces críticas? Podría ser, pero ¿tan mordaces eran esas críticas? ¿Tanto atacaban a la libertad de expresión? ¿Tan injustas o peligrosas eran? ¿Sucede quizás que la prensa española está tan acostumbrada a ser tratada siempre con respeto y a que se le permita trabajar en todo momento en óptimas condiciones que, a nada que atisba una amenaza en el horizonte, reacciona furibundamente? Veamos a continuación si es ese el caso y si esa misma prensa reacciona siempre con tanta bravura ante cualquier acto que pudiera considerar como una afrenta.

(Las tan ofensivas palabras que indignaron a muchos)

 

Años de precariedad, concentración, desafío digital y menguante credibilidad

Para poder criticar con argumentos y razones fundamentadas el cuestionable sistema de prioridades que parecen poseer los periodistas de nuestro país cuando se trata de defender su profesión o señalar a un enemigo común es necesario primero contextualizar y echar un vistazo a la situación en que viven dichos profesionales desde hace ya décadas. Así, veremos que viene ya de un tiempo que el periodismo español, más que lanzarse enrabietado contra amenazas externas, debería quizás haber hecho una importante labor de autocrítica y haberse dedicado a extirpar el mal que ha crecido y sigue creciendo en las entrañas mismas de su propia profesión.

Cuan si de una gangrena se tratase este padecimiento, mucho más grave que cualquier diatriba puntual arrojada por un personaje cualquiera un día cualquiera del año, se viene extendiendo desde hace décadas y, sintetizando mucho, se fundamenta en cuatro elementos fundamentales que, aunque gravísimos, siguen sin resolverse. A saber: aumento de la precariedad laboral de los periodistas, aumento de la concentración de la propiedad de los medios, falta de una fórmula de negocio viable ante un cambio fundamental en el mercado periodístico como es la aparición del entorno digital y, probablemente a resultas de todo ello, crisis de credibilidad de dichos medios ante sus propias audiencias. Vayamos uno por uno.

El primero, y quizás más importante, es el proceso por el cual miles de periodistas sufren desde hace lustros una situación laboral cada vez más y más precaria que no se prevé que vaya a mejorar precisamente a corto o medio plazo. Este proceso, agudizado espectacularmente durante los últimos años de la crisis, lleva desarrollándose, no obstante, desde antes del cambio de milenio, y presenta varias caras: jornadas de trabajo cada vez más largas, reducción progresiva de los salarios, contratos laborales cada vez más frágiles e inciertos, reducción de plantillas, menor inversión en equipos, creciente carga de trabajo para aquellos profesionales que aún conservan su empleo y, como consecuencia lógica de todo lo anterior, reducción de la calidad del trabajo desempeñado por las redacciones, muy especialmente en géneros que requieren de una mayor inversión en tiempo y medios humanos como es, por ejemplo, el periodismo de investigación, precisamente uno de los grandes valores de la profesión y su mayor y más merecida fuente de prestigio.

Al tiempo que sucedía todo esto, la propiedad de los medios de comunicación españoles experimentaba un fuerte proceso de concentración, una propiedad que, además de estar agrupada en una cantidad cada vez menor de manos, ha ido orbitando más y más en torno a la banca y los fondos de inversión. Los efectos de un proceso semejante han sido palmarios en una profesión ya de por sí demasiado poco regulada y en donde se deja al arbitrio de la ética profesional un espacio quizás demasiado grande, y ha tenido efectos tan perniciosos como evidentes sobre la línea editorial de las redacciones, la imparcialidad con que se construye la agenda informativa y la pluralidad mediática en general.

Por si todo esto fuese poco, desde que internet se convirtió en algo más que una curiosidad tras el surgimiento de la web 2.0 y sus sucesivas evoluciones allá por el cambio de milenio, los medios han bregado duramente por adaptarse y hallar fórmulas comerciales adecuadas y rentables para sacarle partido a un canal aún muy novedoso. Excesivo entusiasmo y apuestas tan arriesgadas como equivocadas que, al final, quedan en nada; exceso de conservadurismo que lleva a quedar desfasado y en desventaja frente a la competencia; copiar tanto aciertos como errores; el eterno debate aún candente entre ofrecer contenidos de pago o gratuitos… lo cierto es que, aún a día de hoy, la fórmula perfecta para rentabilizar un medio que nadie puede ya permitirse ignorar sigue en pleno proceso de desarrollo y consolidación.

(Periodistas contra la crisis en España, documental cortesía de Guía Cultural de Periodista Digital)

Todo lo dicho anteriormente, como no podría ser de otro modo, ha ocasionado una enorme erosión en la credibilidad de casi todos los medios de comunicación españoles, los cuales puntúan desde hace años cada vez peor en los informes comparativos y las clasificaciones sobre calidad de prensa que se realizan a lo largo y ancho del mundo, incluyendo la tabla mundial sobre libertad de prensa en el mundo elaborada por Reporteros sin Fronteras. Con los grandes diarios que se habían alzado como referencia del periodismo patrio desde los años 80 y 90 a la cabeza de dicho proceso de deterioro, la confianza del público ha ido bajando sistemáticamente debido tanto a la baja calidad como a la falta de objetividad e imparcialidad o al desfase con respecto a incipientes formas de comunicación digital cada vez más en boga. La bajada sostenida en credibilidad y confianza se traduce, evidentemente, en una bajada en ventas y audiencias, lo que se traduce a su vez en una bajada en ingresos que da como resultado una crisis empresarial que hace aún más difícil la situación laboral de los reporteros y, debido a la urgente necesidad de financiación de sus medios, más fácil para el gran capital privado hacerse con su propiedad. Aquellas fórmulas tan populares años atrás que apostaron por revertir dicha situación centrándose más en el continente que en el contenido, como lo fue la costumbre de ofrecer un sinnúmero de colecciones, regalos y complementos con el diario de cada jornada, no hicieron sino acentuar el declive tanto cualitativo como financiero del periodismo español.

(La crisis del periodismo en España, ciclo de conferencias en la Universidad Complutense de Madrid)

(lee la segunda parte de este artículo aquí)

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