Rajoy I el Apoltronado (parte 2)

Si hay un rasgo manifiestamente negativo que caracteriza al señor Rajoy, no obstante, es el de su profunda irresponsabilidad, una irresponsabilidad que bien podría explicarse tanto por esa mediocridad intelectual como, sobre todo, por su recalcitrante inmovilismo.

 

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(Rajoy según Peridis, diegonavarro.org via Compfight cc)

(lee la primera parte de este artículo aquí)

 

No asumir responsabilidad por nada, y seguir sentado esperando

Y es que no es ya solo su falta de decencia al no haber entonado el mea culpa, haber hecho autocrítica o haber incluso dimitido después de haber cosechado algunos de los peores resultados electorales que ha vivido jamás su partido, por ejemplo. No solo. Aquí cabe mencionar también todas aquellas propuestas y promesas que recogió en su programa electoral del año 2011 y que sistemáticamente incumplió y traicionó en su posterior ejercicio como presidente al subir el IVA, por ejemplo, o proseguir con el rescate bancario, o mantener congelados los sueldos de los funcionarios y las oposiciones, o recortar a los beneficiarios de la ley de dependencia, o no subir el salario mínimo interprofesional, o subir los impuestos, o recortar en sanidad y educación, o establecer el copago sanitario entre otros. A mayores incluso sus predicciones económicas se demostraron completamente falsas cuando la prima de riesgo siguió subiendo hasta superar en 2012 los 600 puntos básicos respecto del bono alemán, o al verse cómo la deuda publica del estado seguía aumentando estratosféricamente, o al pedir un rescate financiero a la UE que desde el PP siempre dijeron que no pedirían y que, una vez pedido, se negaron sistemáticamente a calificar como “rescate”.

Si nos retrotraemos a sus primeros cargos de importancia dentro del PP, especialmente como portavoz del segundo gobierno de Aznar, somos testigos de esa profunda irresponsabilidad que le caracteriza al observar, por ejemplo, su inefable gestión de la crisis del Prestige, gracias a la cual nos regaló aquella emotiva frase acerca de “los pequeños hilitos con aspecto de plastilina,” o le oímos afirmar cosas como que el vertido “afecta a una parte importante de La Coruña pero no es una marea negra.” Por si la furia social desatada no fuese suficiente tras aquella indignidad, a esto le siguió su desempeñó como portavoz del gobierno en una época en que cargó diligentemente con el cristo de apoyar la intervención de Aznar en la guerra de Irak, uniéndose a la triste lista de políticos que defendieron, reivindicaron e incluso subrayaron las tesis descaradamente falsas de George W. Bush y compañía, afirmando por entonces cosas como “yo no creo que la posición de España haya sido una posición en solitario ni una posición de seguidismo de EE.UU” (en una entrevista con ElPaís), o “toda la comunidad internacional cree que Irak tiene -porque además las ha utilizado- armas de destrucción masiva, salvo el Partido Socialista Obrero Español”, o “mire usted, que Irak tenía armas de destrucción masiva y que las tiene es casi un hecho objetivo. Yo tengo la convicción de que aparecerán las armas de destrucción masiva” (también en ElPaís), o “si la ONU se muestra incapaz de que sus resoluciones se cumplan, Naciones Unidas es un órgano perfectamente suprimible” (como puede leerse aquí).

Por si esto fuera poco, una vez hubo perdido las primeras elecciones a las que se había presentado al frente del partido que, no obstante, siguió liderando aún por mucho tiempo, Rajoy fomentó un clima de enfrentamiento y de crispación política sin precedentes, principalmente con relación a la tregua con ETA a la que llegó el ejecutivo socialista, llegando incluso a romper oficialmente toda relación con el PSOE en junio de 2006 porque el gobierno de Zapatero había aceptado dialogar con Batasuna, un hecho sin antecedentes en la historia de la democracia. Y todo ello a pesar de que aquellas negociaciones acabaron desembocando en un alto el fuego y, posteriormente, y a pesar de una vuelta temporal a las hostilidades, a que la banda anunciara el cese definitivo de la lucha armada en 2011. Más aún, todo esto incluso cuando el propio Aznar había contado con el apoyo del PSOE cuando se embarcó en su propio proceso de diálogo con la banda en 1998, o cuando el propio Rajoy, a raíz de las críticas recibidas por su pésima gestión del Prestige, declaraba dolido que tenía “la impresión de que, mientras muchísimas personas han hecho lo que ha estado en su mano, lo único que hemos recibido del PSOE es una critica brutal… no he visto ni un grado de patriotismo, sólo oleadas de críticas, peticiones de dimisión y una actitud irresponsable…. ninguna oposición ha actuado así en situaciones similares.”

En aquellos años comenzó también su postura enrocada con relación al tema de Cataluña, en donde su inmovilismo también se ha demostrado profundamente irresponsable, siendo copartícipe de uno de los más grandes problemas a los que el país ha de enfrentarse a día de hoy. Comenzando ya por su papel beligerante como oposición política a los gobiernos de Zapatero en el asunto de la reforma del Estatut, su constante negativa al diálogo, su retórica de enfrentamiento y de exaltación del nacionalismo castellano, su postura de judicializar asuntos que son esencialmente políticos, sus desprecios, su altanería, sus amenazas, sus vaticinios apocalípticos (que hacía sin tener realmente ni idea de lo que estaba hablando, como dejó claro en su célebre entrevista con el periodista Carlos Alsina en Onda Cero al tocarse el tema de la ciudadanía española y europea) todo aquello ayudó a que el nacionalismo independentista catalán creciera exponencialmente, aún cuando hacía apenas unos pocos años el problema ni siquiera se consideraba más grave que el que pudiera existir, por ejemplo, en el País Vasco, desembocando en las masivas manifestaciones de las Diadas o en la ya mencionada consulta soberanista de 2014. Y todo esto sucedía muy principalmente mientras el señor Rajoy era presidente del gobierno y, como siempre, y más allá de mantener sus posturas de siempre, no hacía nada.

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(La fuerza del independentismo catalán ha crecido exponencialmente durante el gobierno de Rajoy)

Pero hay más aún: el señor Rajoy también se apuntó a la moda que pareció instalarse dentro de su propio partido a la hora de alimentar las teorías conspiratorias del 11M. Así, el entonces jefe de la oposición, sin duda alguna realizando un ejercicio de alta política muy responsable, le seguía dando pábulo a la hipótesis de la mochila de Vallecas aún allá por el 2006, por ejemplo, o hacía repetidos llamamientos a que “no se cerrara la investigación”, o afirmaba explícitamente tan tarde como en 2007, y en relación a la comisión de investigación de los sangrientos atentados, que “el presidente del gobierno (Zapatero) estaba ocultándole cosas importantes al conjunto de los españoles.”

(Rajoy afirmando explícitamente en televisión que “Zapatero le está ocultando cosas a los españoles en relación con el 11-M” o que dialoga con Batasuna, todo esto sin tener pruebas, aludiendo tan solo a “una convicción moral.” Casi nada.)

Ante la avalancha de casos de corrupción dentro de su propio partido el señor Rajoy tampoco tomó jamás ninguna medida extraordinaria. Por citar solo las más importantes: La trama Púnica se llevó por delante a importantes figuras del partido, como el número dos de Esperanza Aguirre. La Gürtel, a varios alcaldes. El caso de las tarjetas Black de Caja Madrid, al que estuvo a punto de ser sucesor de Aznar, Rodrigo Rato. En enero de 2013 estallaba el caso Bárcenas, ante lo cual la postura tanto de Rajoy como del PP fue la de negar sistemáticamente toda evidencia, llegando incluso el propio presidente a asumir en agosto su error en “confiar” en el ex-tesorero pero añadiendo, muy en su estilo, que no pensaba ni en dimitir ni en convocar elecciones. Aquel caso nos permitió también ver al presidente enviar mensajes de teléfono a Bárcenas en los que le escribía “Luis, sé fuerte”, o realizar aquellas declaraciones tan inquietantes como ridículas junto a Merkel en las que aseguraba que todo lo que se afirmaba en los papeles de Bárcenas “no es cierto, salvo alguna cosa que es la que han publicado los medios de comunicación.” A esto se le añaden la Operación Pokémon, el Palma Arena, los trajes de Camps, o la última, el caso Acuamed. Acebes está implicado en los papeles de Bárcenas. Las investigaciones se están cerrando sobre Rita Barberá y ya ha caído el número dos del partido en Valencia. Once de los catorce ministros del antepenúltimo gobierno de Aznar están actualmente o imputados, o investigados por cobrar sobresueldos, o ya ingresados en prisión. En total, a enero de 2016, hay casi 500 miembros del PP imputados en más de 30 tramas de corrupción repartidas por 10 comunidades autónomas. Y, para colmo, en el mismo mes el PP se ha convertido en el primer partido imputado en la historia de la democracia, al ser citado como persona jurídica para declarar el próximo 4 de febrero en la causa abierta por la destrucción y borrado de los discos duros de los dos portátiles con los que trabajaba su ex-tesorero, Luis Bárcenas.

(La que quizás haya sido la declaración más inquietante y surrealista jamás hecha por Rajoy, afirmando que “todo era mentira, salvo algunas cosas”, sin que nadie haya sabido desde entonces interpretar correctamente qué quiso decir con eso o cuáles eran “esas cosas” exactamente.)

Incluso comunicativamente hablando el señor Rajoy, bautizado ya como el presidente “caraplasma,” huye sistemáticamente de sus responsabilidades, un talante cuanto menos cobarde, pero que demuestra también tics autoritarios. Dejando a un lado el ejemplar episodios del plasma, durante su presidencia en el PP se generalizaron las ruedas de prensa en las que no se aceptaban preguntas (patrimonio no solo del PP, todo sea dicho), algo también inaudito en la historia de la democracia española como en Europa. La televisión pública fue nuevamente puesta en entredicho por manipulación y favoritismo, una situación ampliamente denunciada por sus propios trabajadores e incluso por su propio consejo de informativos. Y, en el colmo de los colmos, el presidente eludió acudir al debate electoral a cuatro organizado por Atresmedia el 7 de diciembre de 2015, enviando en su lugar a Soraya Sáenz de Santamaría para que diese la cara por él.

Durante todo este tiempo, además, el Rey Juan Carlos abdicó, se vivieron las jornadas del 15-M, hubo huelgas generales, comenzaron a darse casos en España de desnutrición infantil, aumentaron vertiginosamente las desigualdades sociales, se pusieron de moda los escraches, se rodeó el Congreso, la gente comenzó a organizarse para impedir que miles de ciudadanos fueran desahuciados, se empezó a vivir en un clima de una gran contestación social… ¿Y qué hizo Rajoy mientras tanto en tiempos tan convulsos? ¿Hizo autocrítica? ¿Renovó su partido? ¿Lo refundó? ¿Forzó dimisiones? ¿Le dotó de nuevos estatutos? ¿Se disculpó por algo? ¿Hizo un llamamiento a la unidad nacional? ¿Se atrevió a llevarle la contraria siquiera una sola vez al FMI, Angela Merkel o al Banco Central Europeo? ¿Convocó a los demás partidos para firmar pactos de estado? ¿Dio algún discurso memorable? ¿Intentó reformar las instituciones? No, no y no. El señor Rajoy simplemente se sentó, se quedó aferrado a la poltrona, se dedicó a sobrevivir, a mirar para otro lado, a minimizar la realidad, a ningunearla, a seguir con sus políticas, a seguir con su actitud, a seguir en su línea, a seguir mirándonos con esa expresión eterna de estupefacción que tiene y, en definitiva, no se movió un ápice, y así se siguieron sucediendo los acontecimientos de la manera en que se sucedieron. Bueno, una cosa sí hizo: presentar en 2013 la tan tristemente famosa ley mordaza. Probablemente para que los demás tampoco pudieran hacer nada mientras él, efectivamente, seguía sin hacer nada.

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(Quizás para otras cosas no, pero para redactar una ley represiva algunos sí se dieron vida.)

 

Rajoy I El Apoltronado

Este es, en definitiva, Mariano Rajoy, aún nuestro presidente en funciones, un hombre inmovilista, mediocre e irresponsable, que no dice nada, que no hace nada, y que ni siquiera se mueve cuando todo a su alrededor tiembla. Un hombre a quien Pérez-Reverte dedicó un twit en enero de 2016 en el que afirmaba que siempre le había recordado “a una liebre paralizada e inmóvil en mitad de una carretera, deslumbrada por los faros, esperando que la atropellaran.” Un hombre al que acaban de nombrar persona “non grata” en su Pontevedra natal. Un hombre que, a pesar de la crisis interna en su partido, y a que la mayor parte de los españoles opine que no debería volver a ser candidato del PP, afirma que seguirá al frente del partido haya o no haya nuevas elecciones.

Un hombre, en definitiva, que siempre quedará en mi memoria como ese ser inamovible, impasible y eternamente yaciente de las viñetas del Peridis, y que bien podría pasar a la historia, muy merecidamente y haciendo honor a su trayectoria, como “Rajoy I el Apoltronado.”
Dentro de unos años, cuando miremos hacia atrás, no podremos creernos que alguien así llegara a ser jamás presidente del gobierno. De hecho, muchos no podíamos creérnoslo ya antes incluso de que lo fuese. Quede como prueba este monólogo del genial Goyo Jiménez, y repárese en la tremenda risa que, no por casualidad precisamente, provocó su broma entre el respetable. Nadie por entonces podía realmente creérselo… pero ahí está… (minuto 11):

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  1. Pingback: Rajoy I el Apoltronado (parte 1) | marcosmarconius·

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