Rajoy I el Apoltronado (parte 1)

El personaje del que trata este texto rara vez me inspira el respeto o el interés necesarios para escribir o siquiera hablar largo y tendido sobre él. No obstante, dicho personaje ha ocupado recientemente mi mente en numerosas ocasiones por parecerme cada día más uno de los más claros símbolos o paradigmas de esta política desafortunada que los ciudadanos españoles hemos estado sufriendo durante los últimos años. Eso sí, valga la puntilla, no sin ser también en parte culpables esos mismos ciudadanos del estado de cosas reinante y de contar con semejantes especímenes en las cúpulas del poder, pues no podemos ignorar a todos aquellos millones que (no es mi caso) han votado al susodicho personaje en una o varias ocasiones.

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(Rajoy según Peridis, diegonavarro.org via Compfight cc)

El espécimen que habita mi cabeza últimamente no es otro que el señor Mariano Rajoy, y en relación a este hombre me he dado cuenta de una cosa: En mi mente se me aparece siempre como esa parodia de su persona que se veía a menudo en las viñetas del Peridis publicadas durante varios años en el diario El País, y en las cuales, casi invariablemente, lo vemos sentado o tumbado en una poltrona, fumando un puro parsimoniosamente en una actitud de evidente pachorra, mientras diversos acontecimientos o personajes se mueven o suceden a su alrededor según la polémica en cuestión que la viñeta esté retratando.

Que sea esa imagen y no cualquier otra la que mi cerebro evoca cada vez que pienso en el que, hasta hacía bien poco, aún era presidente de mi gobierno (y quizás lo vuelva a ser pronto) no es casualidad, pues ese apoltronamiento, esa pasividad, esa indiferencia y despreocupación inquebrantables no importa qué esté sucediendo suponen uno de los rasgos principales que, a mi juicio, caracterizan al susodicho personaje, un personaje del que yo destacaría, desde el punto de vista de su dimensión política (sin entrar en lo personal, que ignoro y que tampoco quiero saber) en base a tres rasgos fundamentales que son, a saber, los siguientes: su inmovilismo, su mediocridad y su irresponsabilidad.

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(el caso Bárcenas, una bomba que aún no ha explotado del todo)

 

El gallego impasible

El carácter inmovilista de Rajoy está fuera de toda duda, y es quizás el rasgo que mejor se identifica con las comentadas viñetas en las que aparece eternamente repanchingado, ya sea como presidente o como líder de la oposición. Su biografía refleja un ascenso lento pero seguro en el seno del PP, quizás el único rasgo de su legado que sugiere un cierto dinamismo, pero también refleja el talante de un señor que, ya fuere como militante o como gobernante, durante todo el tiempo que abarca su dilatada carrera política, un tiempo convulso, un tiempo prolongado, un tiempo que comprende ni más ni menos que dos décadas plagadas de profundas crisis, cambios y conmociones económicas y, sobre todo, sociales a nivel tanto nacional como internacional, fue un señor que, en todo ese tiempo, en definitiva, dejó fundamentalmente que los acontecimientos siguiesen su curso mientras no se movía un ápice.

Y es que Rajoy no se mueve, nunca, y lo ha demostrado sobradamente en numerosas ocasiones. Empecemos por el principio: Rajoy es ese señor que primero fue diputado, luego fue concejal, luego fue presidente de la Diputación de Pontevedra, luego vicepresidente de la Xunta, luego ministro en varias áreas tan dispares como Educación, Administraciones públicas o Interior, luego vicesecretario general de organización del PP, luego vicepresidente del Gobierno, luego presidente del Partido Popular y, finalmente, presidente del Gobierno. Es éste un currículum interesante, sin duda, aunque también un historial tipo, un historial modelo y representativo de uno de esos políticos profesionales que tanto abundan, que son aparentemente buenos en cualquier área de gestión no importa cuál sea su propia especialidad, y que viven toda su vida en y de la política. Lo que últimamente se ha venido en llamar la casta.

Ahora bien, aparte de subir peldaños y de asumir diversos cargos de importancia uno detrás de otro, ¿qué nos dice realmente esta hoja de servicios? Durante todo el tiempo en que fue ascendiendo dentro de su propio partido el señor Rajoy nunca fue conocido por abanderar ninguna postura demasiado alejada de la oficial o de la mayoritaria. Esto es algo que reflejan todas sus biografías, el hecho de que por allá por donde pasó se limitó a gestionar sus asuntos y ya está. Nunca cuestionó nada. Se pegó a Fraga en sus inicios, y siguió pegado a Aznar más adelante. Nunca desistió de llegar a lo más alto, pero tampoco intentó movimientos bruscos, sino que aceptó mansamente las normas y condiciones que le impusieron otros y esperó. Jamás destacó por ser un rebelde, un renovador o un crítico. No se sabe que se haya mojado nunca en ningún asunto o que haya reivindicado jamás ninguna postura especialmente comprometida. No se enfrentó abiertamente con nadie, ni destacó en nada. Incluso cuando fue nombrado sucesor de Aznar no lo hizo por méritos propios, por su calidad de líder, por su habilidad comunicadora, por su talante democrático o por haber batido limpia y abiertamente a sus contrincantes, sino que se alzó a lo más alto a dedo, por designación divina, después de que su omnipotente mentor pronunciara la ya famosa frase “Mariano, te ha tocado.” En sus muchos años como figura importante en el seno de un PP en el que se larvaba el tremendo problema de la corrupción que asolaría al partido años después, o que afrontaba decisiones tan polémicas e impopulares como apoyar la guerra en Irak, o momentos tan comprometidos como la crisis del 11M, o tan vergonzantes como el incumplimiento total del programa electoral de 2011, Rajoy simplemente calló y siguió adelante.

¿Cuál ha sido la trayectoria política de Mariano desde que se convirtiera en cabecilla de su partido? Pues la de un líder cuanto menos gris y apocado en el mejor de los casos, o nefasto incluso en el peor. A los meros hechos nos remitimos: Después de gozar de un gobierno con mayoría absoluta y de un partido que había ganado dos veces consecutivas las elecciones, recién nombrado él presidente del partido y candidato al gobierno pierde 35 escaños en el parlamento (de 183 a 148) y con ellos el poder ejecutivo en los comicios de 2004.

¿Renovó su líder el partido, hizo autocrítica, hizo limpieza o se planteó incluso aceptar su responsabilidad y dimitir ante tal fracaso? No. Siguió adelante como si nada, y volvió a cosechar otra derrota electoral en 2008 aumentando en tan solo 6 el número de diputados de su partido (154) con respecto a la ocasión anterior, y eso a pesar de que el entonces gobierno socialista comenzaba ya a verse seriamente comprometido debido a las primeras manifestaciones de la crisis financiera mundial que ya había estallado aquel mismo año y al habitual desgaste que conlleva siempre el ejercicio prolongado del poder.

¿Tomó Rajoy alguna medida, una vez más, ante aquel nuevo fracaso? No. Hubo algunas voces dentro y fuera del partido que empezaron a cuestionar el liderazgo de Rajoy, pero al final todo siguió igual, inmóvil, hasta que el apoltronado presidente del PP pudo por fin ser presidente del Gobierno cuando llegaron las siguientes elecciones, unos comicios que su partido prácticamente tenía ya ganados debido a que su rival se encontraba con el agua al cuello. Es decir, que sólo cuando todas las circunstancias favorecían a su partido, solo cuando el gobierno del PSOE se encontraba seriamente desgastado debido a la grave crisis económica y social que sufría el país, solo cuando se hallaba en entredicho por haber comenzado a aplicar impopulares medidas de recortes en gastos sociales, solo cuando se había desenmascarado al aprobar el primero de los millonarios rescates bancarios con cargo al erario público, solo cuando Zapatero (un líder de por sí no demasiado carismático) había anunciado su marcha, solo cuando las agencias de rating financiero presionaban hostilmente al país al elevar la prima de riesgo española a niveles nunca antes vistos… solo cuando los planetas se alinearon, en definitiva, y las circunstancias parecían evidenciar que el PP no podía por menos que ganar aquellas elecciones, solo entonces Rajoy ganó, su partido subió en 32 escaños (186) obteniendo la mayoría absoluta otra vez, y el candidato del “dedazo” pudo, por fin, y tras casi un decenio de oposición y dos derrotas consecutivas, ser presidente. Y no por haberse sabido mover hábilmente, sino porque se sentó durante ocho años a ver pasar por delante de su puerta el cadáver de su enemigo.

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(En el debate electoral de 2011 Rubalcaba apenas pudo hacer gran cosa para evitar su caída)

Desde entonces, y hasta el día de hoy, el PP ha afrontado una de las peores épocas de su historia a medida que profundizaba en las mismas medidas impopulares de recorte social que ya iniciara su predecesor, afrontaba una situación económica en ocasiones aún más grave que la anterior, sufría un gran descrédito debido a numerosos casos de corrupción dentro del propio partido, o manipulaba llamativamente la televisión pública. Mientras tanto, el problema catalán se enraizaba y se enrarecía, y el independentismo crecía hasta el punto de llegarse al referéndum ilegal por la independencia celebrado en noviembre de 2014 que tuvo un respaldo de casi la mitad de los catalanes que votaron. En todo el país, por su parte, las instituciones, los partidos y el propio régimen político surgido de la transición sufrían, por primera vez, un progresivo y hondo desprestigio, y una nueva corriente sociopolítica contestataria acababa por sedimentarse y manifestarse abiertamente tanto en las concentraciones del 15-M primero como en el auge de las mareas y los diversos movimientos sociales luego, o la aparición de los dos nuevos partidos políticos Podemos y Ciudadanos más adelante. Y así, mientras todos los indicadores señalaban la situación tan comprometida del partido y la intención de voto se desplomaba Rajoy, de nuevo, no hizo nada. Y cuando Podemos sorprendió a todos obteniendo 5 diputados en las elecciones europeas de 2014 Rajoy tampoco hizo nada. Y cuando el PP fue expulsado de sus tradicionales feudos de Madrid o Valencia en las municipales de 2015 Rajoy tampoco hizo nada. Como tampoco ha hecho absolutamente nada cuando, tras las elecciones generales del mismo año, y aún cuando venía de gozar de la mayoría absoluta, su partido perdió de golpe 63 escaños (123) y se situó en una posición en la que, aún a día de hoy, parece poco probable que pueda formar gobierno. Eso sí, Rajoy sigue siendo todavía el candidato a la presidencia y líder de su partido. Y sigue sin hacer nada.

(Esta es una de las muchas cosas que han sucedido en España en estos últimos años y que Rajoy parece haber ignorado)

 

Un político tremendamente mediocre

En gran medida ese gran inmovilismo es fruto de la profunda mediocridad del personaje que nos ocupa. Sí, es cierto que Rajoy dirigió las victoriosas campañas electorales del 96 y del 2000, pero que las dirigiese no quiere decir que las ideas de dichas campañas fuesen obra suya. Por otra parte, durante los años en que, simplemente, se limitó a sobrevivir dentro del PP y a ir trepando poco a poco, demostró quizás cierta astucia a la hora de sobrevivir, pero poco más. Y si hablamos de su discurso, de su oratoria, Rajoy puede parecernos a menudo altisonante y culto, tanto en el tono como en el vocabulario, pero si se analiza un poco se ve que sus parrafadas están siempre carentes de contenido, llenas de palabras huecas, ambigüedades, eufemismos y términos vacíos, lo que las convierte en una cháchara ampulosa, afectada, barroca, pomposa y hasta presuntuosa.

Y resulta comprensible: Rajoy es un hombre que casi nunca hace referencia a pensadores, escritores, filósofos o políticos. Es alguien que nunca expresa o reivindica cuales son los ideólogos o las fuentes políticas de las que ha bebido. Es alguien cuya única labor intelectual de importancia fueron aquellos escasos artículos escritos en su juventud en los que defendía la desigualdad como algo natural al género humano. Es alguien que no sabe inglés y que lo reconoce explícitamente. Es alguien que lee en voz alta “fin de la cita” cuando ha terminado de citar a alguien. Es alguien que ha admitido abiertamente que no lee libros porque se limita a ojear la prensa deportiva. Es alguien en cuya hemeroteca podemos escuchar joyas como “ETA es una gran nación,” “is very difficult todo esto,” “España es una gran nación, los españoles muy españoles y muchos españoles,” “España es un gran país y tiene españoles,” “viva el vino,” “es el vecino el que elige el alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde,” aquel “¿ein?” ceporro que soltó cuando se reunió con Barak Obama, acudir al Congreso y llamar en su discurso “inversobres” a los inversores en pleno escándalo de los sobres con sobresueldos dentro de su propio partido… y una larga lista que podría continuar. Es alguien que negaba el cambio climático porque, según afirmaba, a su primo, catedrático de física en la Universidad de Sevilla, diez de los más importantes científicos del mundo no habían sido capaces de decirle el tiempo que iba a hacer al día siguiente en su propia ciudad. Es alguien que no sabe contestar a las preguntas de una ciudadana sobre sus medidas para crear empleo porque al ir a revisar sus notas se da cuenta de que “no entiende su propia letra.” Es alguien que pergeñó joyas de la retórica política como la ñoña e increíblemente manida historia de pacotilla de la niña aquella que crecía en una España próspera, o la nunca justamente valorada advertencia que nos hizo a los españoles de que los socialistas iban a “subir el IVA de los chuches.”

(algunos de los mejores momentos de este hombre a lo largo de su carrera)

(lee la segunda parte de este artículo aquí)

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One response to “Rajoy I el Apoltronado (parte 1)

  1. Pingback: Rajoy I el Apoltronado (parte 2) | marcosmarconius·

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