AL OTRO LADO DE LA PARED (TERCERA PARTE)

Suspiró. Miró las ventanas. Ya era de noche. La niebla espesaba en la calle, como el primer día de sus estancias en aquel pequeño apartamento. El árbol seguía extendiendo sus amenazantes ramas hacia el cielo. Había perdido ya la noción del tiempo, y no recordaba ni siquiera los días que habían transcurrido desde que había venido por primera vez. ¿Una semana? ¿Dos? Ni idea. Pero recordaba que aquella última noche directamente no había ido a casa y se había quedado allí a dormir. Y entonces, rompiendo aquel embriagador y extraño devenir que por días y noches le había tenido flotando en un extraño mundo, todo había cambiado. Había cundido en él el miedo más atroz, el miedo que ahora le atenazaba y le hacía estremecerse, sentado como estaba al borde del sofá.

 

Casa Huser

 

(lee la segunda parte de este relato aquí)

(lee la primera parte de este relato aquí)

Un tercer sueño. Una pesadilla, aquella primera noche en que pernoctó en el piso: Él estaba en el salón. Los ruiditos al otro lado de la pared daban comienzo a otro jugueteo. Se oían las risas al otro lado. Al no aguantar ya más, en un momento determinado él voceaba: “ven aquí, ven a mi puerta y te abriré.” Los pasos al otro lado se alejaban. Entonces llamaban a la puerta, y emocionado abría sin vacilar. Y allí estaba ella, con sus ojos enormes y oscuros, su mirada profunda, su dulce rostro, su piel blanca y su pelo negro y brillante. Le miraba con timidez, con el rostro agachado, pero sonriente y contenta en el fondo, intentando sin conseguirlo aplacar una intensa y agradable emoción. Se cogían de la mano, y sin dejar de mirarse pasaban al salón. Allí ambos se contemplaban durante largo rato con infinita ternura. Pero, de repente, resonaba en la calle un crujido horrísono, y ambos miraban a través de las ventanas. Allí abajo, en la calle, el árbol, el oscuro y acechante árbol había comenzado a mecerse como con vida propia. Sus ramas se agitaban en el aire, y su tronco parecía debatirse como queriendo salir de la tierra. Entonces él se giraba para mirarla otra vez, y la veía con los ojos abiertos como platos y una mueca desencajada por el terror. Entonces ella se soltaba de sus manos y se alejaba corriendo por el salón. Él la seguía desesperado. Uno detrás del otro cruzaban el umbral de la puerta y corrían por el descansillo. Al salir él reparaba en que la puerta de enfrente, aquella siniestra puerta, estaba abierta. Ella corría hacia allí sin detenerse, a pesar de sus súplicas. Él no lograba alcanzarla, ya que se movía con una increíble rapidez. Y al volverse en el umbral del piso para cerrar de golpe la puerta tras de sí, ella le miró por última vez, con un semblante de infinita tristeza, los ojos llenos de lágrimas y los dientes apretados en una mueca de rabia y desesperación. Y ella le gritaba, con la voz entrecortada por el llanto: “no vengas nunca aquí, no puedes, no debes, se acabó para siempre.” Luego la puerta se cerraba de un portazo, y justo nada más hacerlo él caía al suelo sin aliento.

Desde que se había levantado aquella mañana, tras aquel sueño, el desasosiego y el temor no le abandonaban. Ya no había caras sonrientes en el aire. No había ruidos al otro lado de la pared. La extraña y encantadora atracción en que había estado inmerso durante tantos días, ajeno a todo lo demás, quizás enloquecido, se había ido. Ni siquiera había preguntas o dudas. Ahora sólo había temor. Había angustia. Había miedo. Un miedo cerval, un miedo profundo.
El caso era que algo iba a sucederle. Él lo sabía, lo sentía en sus entrañas. Desde que se había levantado y las imágenes del sueño se habían desvanecido tímidamente, un pavor sordo había comenzado a latir a su alrededor. Manaba del piso de al lado, de la puerta de enfrente, de lo que había al otro lado de la pared. Lo sentía con claridad. Era la misma aura de perversa fatalidad, de horrible toxicidad que había sentido siempre proveniente de aquella puerta contaminada, sólo que engrandecida hasta lo inconmensurable. Tal era así que ni siquiera se había sentido con fuerzas para salir de aquella casa, y había estado todo el día paseando de un lado a otro del salón o echado en el sofá intentando tranquilizarse y recordando una y otra vez todo lo que había sucedido en el sueño, hasta que se hizo de noche, y la niebla volvió a aparecer.

 

Y entonces, en ese preciso instante, cuándo todos los recuerdos habían terminado de desfilar por su cabeza, había sabido bien lo que iba a acabar haciendo antes o después, sin saber para nada lo que conllevaría hacerlo.
Encendió otro cigarro. La gata había vuelto a su lado, se había sentado a cierta distancia de él, en el apoyabrazos del sofá, y le observaba fijamente, extrañamente atenta y petrificada. Algo estaba en marcha, podía sentirlo. Todo comenzaba…
Se acabó el evocar. Allí estaba el descansillo. La puerta. Comenzó a sentir hondas palpitaciones en la cabeza. Comenzó a agitarse. Todo provenía de allí. El misterio estaba al otro lado de la pared. Tenía que ir.
La niebla flotaba densa en la negrura de la recién nacida noche. Dejó el cigarro en el abarrotado cenicero. El pulso le temblaba. Se incorporó. Comenzó a caminar lentamente hacia la puerta, indolente, arrastrado por un impulso fatal, hipnotizado. La gata le seguía despacio, sin perderle de vista.
No quiso llegarse hasta ella, intentó retroceder, pero llegó, giró el pomo y abrió. El descansillo estaba oscuro, y aquella opresiva y siniestra polución invisible lo impregnaba todo. Los peldaños de la escalera desaparecían en la oscuridad. El viento ululaba más intenso que nunca, silbando amenazante. El alto tragaluz sólo dejaba pasar un nimio fulgor desde el exterior, una débil luz nocturna que se agarraba al techo mientras las tinieblas se agolpaban debajo, envolviéndolo todo, tan profundas que parecían removerse a su alrededor. La puerta de enfrente se recortaba inconfundible entre las sombras, expectante. Cruzó el umbral y comenzó a aproximarse vacilante. Se sentía flotar, temblando, magnetizado por la extraña fuerza que emanaba de ella, impelido sin remedio a dar un paso tras otro. Sus pisadas resonaban huecas y chirriantes en el suelo de madera vieja. Sentía escalofríos. El corazón le latía con fuerza a punto de salírsele por la boca. Las sienes estaban a punto de estallarle. Las manos le sudaban y le temblaban en agitados espasmos. Allí estaba la puerta. Allí, al fondo. Ábrela. Entra.
Un estremecedor escalofrío le recorrió el cuerpo. Estaba entreabierta. La corriente de aire que se oía ulular salía precisamente de allí. Siempre había salido de allí. El constante clamor del viento brotaba de la fina abertura que se dibujaba entre el marco y la puerta. El silbido cavernoso tomaba allí la intensidad de un gemido. Ya estaba tan solo a un par de pasos. Un soplo de aire gélido le lamió la mano cuando extendió el brazo para empujar la puerta y entrar.
Los goznes chirriaron y la madera se movió. Se sintió inmediatamente cubierto por una oleada de siniestra y perversa corrupción. La penumbra reinaba allí dentro. Una asfixiante fatalidad lo llenaba todo, rezumando desde todos los rincones. Avanzó tenso, con los dientes apretados. Una rápida sucesión de escalofríos recorrió su piel. La cabeza le daba vueltas. Comenzaba a marearse. Los ojos se le enturbiaban. Respiraba con dificultad. El pecho le dolía de angustia. Pudo ver que aquel piso tenía una planta similar al de su tía, pero que estaba viejo, sucio y abandonado desde hacía mucho tiempo. Diversos enseres y muebles que no pudo distinguir se amontonaban entre las sombras, cubiertos de polvo y telas de araña, como meras siluetas amorfas. La corriente de aire frío provenía de lo que debía ser el salón, y hacia allí se encaminó siguiéndola, con la terrible certeza de que, al fin, algo iba a ocurrir…
El salón era igual en su planta que la estancia en la que, al otro lado de la pared, él había pasado tantas horas de cavilaciones, delirios y jugueteos durante los últimos días y noches. Los ventanales estaban abiertos de par en par, y el frío y húmedo aire de aquella nebulosa noche entraba a ráfagas desde el exterior. Allá, al fondo, entre los jirones de niebla estaba el maléfico árbol, quieto, desplegadas sus nervudas ramas en el aire, acechando eternamente. Un difuso fulgor proveniente de la niebla entraba por la ventana e iluminaba vagamente la estancia. Al principio tan sólo vio aquel sillón mullido que yacía al lado de los ventanales, viejo y abandonado. Pero entonces, sin previo aviso, una conmoción gigantesca retumbó en su interior. Dejó de sentir su propio cuerpo, dejó de sentir el frío, dejó de sentir las cosas tal y como las sentía. Su visión cambió, sus ojos eran otros, los sonidos eran otros, la luz era otra. De repente creyó estar soñando. Y la vio.
Yacía en el sillón que antes había visto vacío. Allí estaba ella, preciosa, apoyada en el quicio de los ventanales. Se tapaba la cara con las manos, y su pelo negro, brillante como las plumas de un cuervo, le caía por los hombros formando delicados bucles. Estaba vestida con un hermoso vestido negro, y sus pequeños pies descalzos asomaban por debajo de sus pliegues. Su espalda subía y bajaba en pequeños espasmos mientras lloraba desconsoladamente, y sus gemidos inundaban la estancia entera.
Él se quedó de pié, petrificado, contenido el aliento, sin poder apenas asimilar lo que creía estar viendo. La gata, que le había venido siguiendo todo el rato, le pasó rozando por debajo, entre sus piernas, se acercó a la joven y comenzó a maullar. Entonces ella alzó la vista de entre sus manos. El mismo rostro angelical, de piel blanca y labios dulces, que tantas otras veces había visto se le reveló de nuevo. Sus profundos ojos estaban ahora irritados y llorosos. Miró a la gata, sonrió con amargura y comenzó a acariciarla. Al tiempo que lo hacía paseó la mirada por toda la estancia sin advertir en lo más mínimo su presencia. No le veía, no podía verle, él no existía para ella en aquellos momentos. No obstante él intentó hablar, pero su garganta no pudo articular sonido alguno.
Ella clavó su vista en el odioso árbol a través de la ventana. Una expresión de trágica resolución pareció dibujarse súbitamente en su rostro, y tras unos minutos de reflexión se levantó del sillón, dejó allí a la gata y caminó hacia la puerta. En su hermosa cara se reflejaba una horrible desesperanza y una tenebrosa determinación. Al salir del salón pasó caminando justo a su lado, pero sin verle. Él alargó la mano para intentar tocarla, pero su brazo tan sólo se agitó en el aire, y apenas acertó a girarse para verla cruzar la puerta y desaparecer en el siniestro descansillo.
Apunto estuvo de seguirla escaleras abajo, pero entonces los ventanales atrajeron toda su atención. La fuerza que le había arrastrado hasta allí, aquella predestinación sobrenatural que le había hecho entrar en aquella casa y ser testigo de todo aquello le deparaba todavía una última función, una última y trágica revelación, y le empujaba irremisiblemente a asomarse hacia fuera. Lo que tenía que ver estaba allí.
Se acercó poco a poco y escudriñó el exterior. El oscuro y malvado árbol seguía erguido allí, bañado en niebla, en frente de la casa, pero algo parecía colgar de una de sus ramas. Un bulto pendía bamboleándose rítmicamente. Se acercó aún más para ver mejor. Sus manos se aferraron al marco de la ventana. La niebla se apelotonaba frente a sus ojos y no le dejaba ver con claridad, pero al fin pudo distinguir, y cuando lo hizo, cuando al fin pudo ver qué colgaba del árbol, sus ojos se salieron de sus órbitas, sus mandíbulas se desencajaron en una espantosa mueca, y sus uñas se clavaron en el marco de la ventana hasta partirse. El horror le atravesó, la vista se le nubló, y en medio de un espantoso gemido echó a correr hacia la puerta, completamente enajenado, loco para siempre jamás.
Porque el bulto que colgaba rodeado de vapores de niebla a la vera de aquel siniestro árbol, víctima, testigo y mudo guardián del trágico secreto, era ella, el ángel que le había visitado en sueños, el fantasma que se había encaprichado de él, que se le aparecía reflejado en los cristales, que jugaba con él al otro lado de la pared, y que había visto llorar desconsolada en aquel sillón apenas hacía unos instantes. Atada una soga a su cuello y otra a una gruesa rama, su bello cadáver se mostraba meciéndose de un lado a otro, tras haberse suicidado, hacía ya muchos años, desesperada y sin encontrar aliciente alguno en su vida tras un desengaño amoroso que había hecho trizas su inmenso corazón, y que había sufrido cuando él todavía no era más que un niño del que no sabía nada, y ella la hermosa joven que había visto repetidamente en sus sueños. Lo último que él pudo ver de ella a través de la niebla fue su rostro, el rostro de su muerte, aquel indescriptible rostro de horrible vehemencia, de perturbadora y ávida expresión, con que ya le había mirado antes una noche, reflejada en un cristal.

<No vengas nunca aquí,> fue lo último coherente que él creyó oír en su cabeza antes de perder completamente el juicio.

(read this tale in English here)

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2 responses to “AL OTRO LADO DE LA PARED (TERCERA PARTE)

  1. Pingback: AL OTRO LADO DE LA PARED (SEGUNDA PARTE) | marcosmarconius·

  2. Pingback: ON THE OTHER SIDE OF THE WALL (PART 3) | marcosmarconius·

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