AL OTRO LADO DE LA PARED (SEGUNDA PARTE)

Se levantó de la silla y caminó hacia el sofá. No tenía sentido seguir sentado a la mesa. La gata paseaba de un lado a otro sin dejar de mirarle. Se sentó al borde con la espalda erguida, sin apoyarse en el respaldo, y encendió un cigarrillo. Pensó en aquella chica, la que le observaba en el sueño a través del portal. Luego pensó en aquella otra, en la del autobús, en la de carne y hueso, la que le había dado tanto amor en tan poco tiempo con una simple pero intensa mirada. ¿Eran acaso la misma chica? Ni lo supo en su momento ni aún entonces lo sabía. Ya después del sueño se había preguntado muchas veces si no sería más que una obsesión producto de sus enfermizos anhelos y de su frágil estado mental, pero fuere lo que fuere la chica del sueño comenzó a cobrar desde entonces una entidad propia, aunque en la mañana posterior a su primer sueño él no sabía todavía hasta qué increíble punto iba a llegar a serlo.

 

Casa Huser

(lee la primera parte de este relato aquí)

A la tarde siguiente, después de clase, cogió el mismo autobús dispuesto a pasar su segunda jornada de estudio en el apartamento de su tía. Mientras se sujetaba a la barra, de pie en medio del pasillo, volvió a acordarse de aquel sueño, y al recordarlo comenzó a atisbar entre los rostros de los demás pasajeros para ver si la hermosa muchacha morena de ojos oscuros que se había bajado en la misma parada que él aquel día estaba otra vez allí dentro. Pero no la vio. Desde aquel día, todas y cada una de las veces que se montó en el autobús hizo lo mismo, pero con idéntico resultado. Algo desilusionado, volvió la cabeza para observar, sin ver nada realmente, la calle a través de los ventanales, pero en aquel instante, mientras se replegaba en sus divagaciones, se sorprendió al ser consciente de que, desde que había tenido aquel sueño, no había vuelto a pensar ni un minuto más en todos sus otros problemas.
Cuando llegó al piso y vio el árbol las imágenes oníricas volvieron a su cabeza de nuevo, mas aquella tarde brillaba el sol en todo su esplendor y la atmósfera era distinta, por lo que no sintió ningún desasosiego. Entró en el portal y subió ligero los tres pisos hasta llegar rápidamente al siempre oscuro descansillo pero allí, de improviso, oyó un leve sonido justo detrás de él. Al principio se giró sobresaltado, atisbando entre las sombras. Fue la primera vez que percibió claramente aquella sensación en el descansillo. Había una atmósfera extraña, tensa, que el primer día tan solo había intuido por unos segundos. Ahora parecía claro que alguien le acechaba en alguna parte, mas no había nadie, no veía nada, y tan solo se oía el constante aullar del viento entre los pasillos del edificio. Mientras, la puerta del otro piso parecía devolverle su atónita mirada desde la mirilla. ¿Acaso habría alguien mirando al otro lado? Por un momento se imaginó a sí mismo siendo visto a través de la mirilla, con los ojos abiertos como platos, tenso y con cara de desconcierto, escudriñando las sombras. Luego intentó imaginarse quién podría haber al otro lado, mirando a través de la mirilla, quién o qué había detrás de la puerta. Comenzó a acercarse… y sonó de nuevo el mismo ruido.
Miró hacia abajo. La hermosa gata del otro día asomaba su cabecita tímidamente por encima de los escalones de la escalera. Sus ojos volvían a mirarle con interés. Respiró aliviado, la llamó gesticulando y ella acudió rauda y mansa a sus caricias. Decidió que, pasara lo que pasara, esta vez la dejaría entrar en el piso. Deseaba disfrutar de su compañía. Así, después de entrar los dos y de servirle agua y unas pocas galletas que encontró perdidas en el fondo de una alacena, se tumbó en el sofá con la gata en su regazo a meditar sus problemas en silencio. A pesar de todas aquellas cosas que le estaban empezando a distraer seguía sintiéndose mal, y cuando se relajaba no podía evitar recaer en ausencias plagadas de malos recuerdos y de desasosegante angustia. Al cabo de un rato se levantó dejando allí a la gata dormida y hecha un ovillo, se sentó frente a la mesa resignado y comenzó a ojear apuntes. Estudió hasta que anocheció, encendió la lámpara y continuó, pero cuanto más quería concentrase en la materia más comenzaba de nuevo a divagar, hasta que se encontró fantaseando otra vez. Así pasó las horas de aquella tarde, aburrido y perdido en sus propios asuntos.
De repente, la gata, ya despierta, habiéndose aproximado sigilosamente hasta él, se subió a la mesa de un brinco y aterrizó entre las hojas de apuntes. Aquello le hizo revolverse sobresaltado, y al levantar la vista su corazón, de repente, se le paró, porque se encontró de frente con el rostro de la chica del sueño, la misma chica de su sueño, que le estaba mirando fijamente desde el otro lado de la ventana. Su blanca piel rodeada por un cabello negro y brillante como el plumaje de un cuervo parecía relumbrar, y sus inmensos ojos oscuros y penetrantes le devoraban, ávidos y encendidos, en una expresión indescifrable de perturbador estremecimiento y emoción, rayana casi en la alarma. Tras un segundo que le pareció una hora aquel rostro se desvaneció, y en el cristal de la ventana quedó tan sólo reflejado su atónito rostro y detrás la imagen de la noche y de la calle, con el acechante árbol en medio, y nada más.
Aquella noche, al meterse en su cama, en casa, el rostro seguía apareciéndosele en la oscuridad. Se había marchado del piso poco después, conmocionado. La gata le había seguido y había vuelto a quedarse contemplándole impávida desde los cristales del portal. Cuando se había alejado unos pasos y se volvió para verla creyó ver durante una fracción de segundo, a su lado y entre las sombras, el rostro de la chica, mirándole ardientemente otra vez, sin saber si no habría hecho más que volver a evocarlo desde su imaginación. ¿Pero cómo saber si era eso? ¿Cómo saberlo ya desde entonces? Ya la había visto una vez, ¿por qué no dos? ¿Y cuántas más? ¿Volvería a sucederle? Un sin fin de temores se agolpaban en su cabeza. ¿Se estaría volviendo loco o había sido solamente una mala jugada de su siempre excitada imaginación? Pero por encima de todo era su expresión, aquella indescriptiblemente perturbadora y ávida expresión de mórbido frenesí con que le miraba aquel bello e inquietante rostro, la que no le dejó conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada.

 

Ahora, sentado en el sofá mientras el cigarrillo se consumía en medio de cadenciosas y pausadas caladas, pensaba en ella. Pensaba en aquel rostro que tanto le había aterrorizado aquella noche. Si entonces hubiese sabido lo que iba a suceder después no habría tenido miedo de su rostro, pero entonces, aquella noche, se acostó asustado, y con razón. Incluso ahora, al recordar aquella expresión de desencajada agitación sentía escalofríos, a pesar de lo que llegaría a presenciar con posterioridad. Pero aún entonces, sentado en el sofá, y después de todo lo que había pasado, seguía experimentando los mismos temores. ¿Se habría vuelto realmente loco? ¿Sería todo cosa de su imaginación? ¿Habría sucedido luego todo lo que sucedió después si aquella noche hubiese decidido no volver al piso nunca más?

 

Comenzó la espiral de lo sobrenatural. Al día siguiente volvió al piso a pesar de las vivencias del día anterior. Su ánimo era extraño. Aquel rostro le asustaba, pero era la misma chica que había visto en su sueño, aquella joven de mirada intensa y profunda. Incluso en aquella visión, a pesar de su mórbida expresión, era obvio que se trataba de un ser increíblemente bello. Y se parecía tanto a la angelical chica que le había mirado con tanta ternura al bajar del autobús…. Cavilaba extraños pensamientos acerca de su presunta naturaleza: no podía ser malvada, se decía, y si tenía que volver a verla, no sabía porqué, estaba seguro de que experimentaría una reacción distinta. Además, si se trataba de fantasías suyas entonces ¿de qué preocuparse? ¿Acaso su vida no era ya lo suficientemente desasosegante? Adelante pues con las fantasías, pensaba, las prefería a la triste realidad. Si resultaba que aquel lugar ejercía una perniciosa sugestión en su cerebro ya habría tiempo para decidir no volver allí. De momento iría, al menos una jornada más.
Y así, una vez más, después de cruzar las oscuras entrañas del edificio sintió aquella extraña sensación en el rellano. Una vez más había algo allí, un aura anormalmente opresiva que parecía emanar de la puerta de enfrente. Pero la gata no tardó en aparecer de nuevo por las escaleras, disipando aquella atmósfera, y cuando los dos estaban confortablemente establecidos dentro del piso todo estaba bien. Aquella tarde había comprado comida expresamente para ambos, y merendaron juntos. Después se echaron en el sofá, como iba siendo costumbre, y en medio de la tranquilidad reinante y el silencio, tras una noche sin dormir bien, acabó venciéndose a Morfeo, y en aquella ocasión dormitaron los dos, gata y hombre, juntos en aquel sofá.
Entonces tuvo el segundo sueño, que más que un sueño fue un delirio: Él estaba echado en aquel sofá en que se había quedado dormido, ya despierto, pensando en levantarse, y creyéndolo todo real. La gata estaba echada a sus pies. De repente oía una puerta abrirse, la puerta del piso, la gata se incorporaba y salía corriendo a esconderse en un rincón, y él se medio incorporaba para mirar hacia el recibidor. Entonces, petrificado, veía a la chica del sueño aparecer por el quicio de la puerta y atravesar cadenciosamente el umbral de entrada al salón. Lejos de tener una expresión aterradora, como en la anterior ocasión, su rostro irradiaba dulzura y tranquilidad. Sus penetrantes y enormes ojos eran amables, y su boca perfecta sonreía deliciosamente dejando ver una hilera de pequeños e inofensivos dientes blancos. Su pelo, oscuro y brillante como el plumaje de un cuervo, caía cuan largo era formando bucles en sus delicados hombros. Llevaba puesto un largo y sedoso vestido negro que ondeaba y susurraba al avanzar lentamente por el parqué del salón, y que dejaba entrever entre sus pliegues una figura delicada, hermosa y sensual. Avanzó hasta el sofá y allí se quedó mirándole con una increíble y sincera ternura. Pero de repente, justo cuando no cabía en sí de asombro y de gozo, él empezaba a ahogarse. Súbitamente no podía respirar, no sabía porqué, pero se asfixiaba. Comenzó a debatirse desesperado. Entonces el rostro de la chica cambió, y se colmó de una profunda tristeza. Las lágrimas asomaron a sus ojos y comenzó a llorar, y mientras le cogía la mano con fuerza comenzó a decirle suavemente: <Tranquilo, tranquilo>. Pero él se ahogaba, estaba a punto de desfallecer. Y ella, transida de dolor y sin dejar de derramar lágrimas le soltaba la mano, le miraba desgarrada por última vez y se alejaba corriendo hacia la puerta. Entonces despertó.
Se había dormido boca abajo y se estaba asfixiando contra el sofá el solo. Se incorporó rápidamente, respirando jadeante en medio del oscuro salón. Ya se había hecho de noche y no había dejado dada ninguna luz. Respiró profundamente para darse cuenta, alarmado, de que en verdad le costaba recuperar el aliento. No era sólo la agitación, era que verdaderamente había estado un buen rato sin respirar. Miró a su alrededor, entre las sombras. Ni rastro de la chica, evidentemente. Sin embargo, una convulsión le recorrió el cuerpo al ver un par ojos chispeantes que le miraban desde el otro lado de la estancia, brillando en la oscuridad. Casi sufrió un colapso antes de darse cuenta de que eran los ojos de la gata, que se acercaba andando sigilosamente. Encendió una luz, dejó que se acercase a él y ya con su felina en brazos y viéndolo todo con claridad pudo relajarse.

 

Apuró los restos de su cigarro y después lo estrelló contra el cenicero que había colocado a los pies del sofá. A la gata no parecía gustarle aquel olor, y se alejó caminado a curiosear en otra habitación. Después de haber tenido aquel segundo sueño era mucho más compresible, pensaba ahora, que hubiese vuelto al apartamento una y otra vez. Desde entonces, y hasta aquel día, día tras día y noche tras noche la realidad cotidiana se alejó de su vida irremisiblemente para ser sustituida por aquella monomanía que la tenía a ella, a la chica de sus sueños. como indiscutible protagonista.

 

Las jornadas pasaron y el empezó a ir al piso todas las tardes. Llegaba en autobús al salir de clase, todavía de día. Entraba en el portal dejando atrás el aberrante árbol que siempre montaba guardia en mitad de la calle, atravesaba los siniestros corredores del edificio y aguardaba en el perturbador rellano a que llegase su gata. Cada día se le hacía más y más difícil aguardar allí, pues la atmósfera resultaba cada vez más opresiva y se le antojaba, cada vez más, como la antesala de alguna fatalidad sin forma. Además, sentía la acechante sensación de que alguien le observaba ávidamente desde detrás de la puerta. Pero la gata acababa llegando y entraban los dos en el piso. Entonces se pasaba allí el día entero. Ya apenas estudiaba, sólo cavilaba. Luego partía a su casa de madrugada, y su gata le despedía observándole desde el oscuro portal mientras se alejaba.
Las horas que transcurrieron allí comenzaron a plagarse de extraños sucesos, a un ritmo cada vez más frenético. Una tarde tuvo la seguridad de que algo iba a sucederle de nuevo. Y así fue. Una vez intentó ponerse a estudiar sentado a la mesa, el rostro de la chica se le apareció reflejado en el cristal de las ventanas del salón no una sino varias veces, siempre mirándole con dulzura y picardía, y con la misma nitidez que en la primera ocasión. Al principio se asustó preguntándose de nuevo si acaso estaba loco, si en verdad podía ver aquel rostro o eran imaginaciones suyas. Pero decidió que seguramente serían meras quimeras, ya que siempre se distraía cuando intentaba estudiar en aquella mesa, y desde el día del sueño las fantasías solían tener el rostro y la voz de aquella chica, así que, al final, acabó no dándole demasiada importancia y lo aceptó como algo natural. Desde entonces no dejó de sucederle.
Otra tarde, mientras estudiaba dando un paseo por el salón, sintió un picor en la pierna, y al apoyarse contra la pared para rascarse notó de repente, al otro lado del tabique, un rumor sordo de movimientos provenientes del piso de al lado. Alguien se movía de un lado para otro descalzo, haciendo pequeños ruiditos y dando cuidadosos y ágiles pasos. A veces los pasos se alejaban del tabique, y otras veces se acercaban. Era la primera vez que advertía alguna presencia al otro lado de la pared. Nunca había visto ni oído a ningún vecino en aquel edificio, y no solo eso, si no que se trataba del piso de al lado, de la puerta desde donde siempre que llegaba creía notar que alguien le observaba. La experiencia se repitió varias tardes más, en medio de su fantasía los pasos le parecieron claramente los de una mujer joven, y esa mujer acabó tomando rápidamente forma de hermosa joven de ojos oscuros y profundos y cabello negro en su imaginación… Se pasó escuchando embebido horas, mientras se la imaginaba pulular al otro lado, con el rostro y la figura de la chica de su sueño.
Una tarde reparó en algo increíble: había llegado a sentir al otro lado aquella presencia de un modo tan claro que parecía que estuviese conectado a ella, pues la sentía moverse antes incluso de oír sus pasos. Y más aún, se dio cuenta sorprendido de que, fuese quien fuese, estaba inconfundiblemente jugando con él. Los pasitos se acercaban al tabique en una corta carrera. Él hacía lo mismo sin preocuparse en no hacer ruido. Entonces, al otro lado, al advertir quienquiera que fuese su presencia, se oían vagos golpeteos en la pared, como si alguien tamborilease con sus dedos rítmicamente, y al cabo de un rato los pasos sonaban de nuevo mientras se alejaban. En aquel extraño juego estuvo entretenido desde entonces horas y horas sin poderse contener.
Comenzó a sentir unos enormes deseos de llamar al otro piso, de acercarse y tocar el timbre, pero la vergüenza y la antinatural animadversión que le producía aquella puerta se lo impidieron. Además, sólo eran tonteos, ¿y quién había al otro lado realmente? ¿Cómo presentarse allí de repente? ¿Acaso esperaba que fuese la chica de sus fantasías? ¿Y qué más daba? Si de verdad se decidía a acudir ya lo haría más adelante si los juegos continuaban.
Y continuaron. Aún más, finalmente pudo oír la voz de quien se encontraba al otro lado. En verdad sólo fueron risas sofocadas, de mujer joven, muy joven, risas deliciosas y juguetonas que se le escapaban a quien fuera que estuviese al otro lado mientras jugueteaba con él, pero sólo con oírlas le recordaron la voz que había oído en su sueño, su voz, la voz de la chica de ojos profundos, que le decía “tranquilo, tranquilo,” mientras él se ahogaba.
Mientras todo esto sucedía, la gata paseaba de un lado a otro del piso a su completo gusto, ora bebiendo agua, ora dormitando, ora jugueteando con él o pidiendo comida.
Sus antiguos problemas parecieron encogerse y el piso lo absorbió todo. Él mismo se empezó a comportar como el convaleciente de una malsana obsesión. El cambio que se obró en él era patente: estaba cada vez más abstraído y taciturno, cada vez más inquieto, y preso constantemente de una extraña agitación. Ya no había tía, ya no había familia, ya no había universidad ni exámenes, ni desamores, ni siquiera amigos. Sólo había un apartamento con un rellano inquietante, una gata negra y un angelical fantasma que iba a visitarle a veces, cuando el mundo real y el onírico se mezclaban. Y alguien que jugaba con él al otro lado de la pared, y que si no lo era, al menos en su cabeza se trataba también de la misma chica que poblaba sus sueños.
De vez en cuando recapacitaba presa de un profundo temor. Las preguntas que se hacía acerca de su cordura no eran nuevas, pero en medio de aquellos sucesos quedaban provisionalmente acalladas. Sin embargo, en breves destellos de clarividencia se las planteaba con toda su crudeza. Era obvio que todo aquello había llegado a dominarle. Aquello no era retomar las riendas de su vida, como se había propuesto en sus jornadas de errática y desasosegante apatía. Aquello era como una constante ensoñación ¿De verdad se habría vuelto loco? ¿No estaría obsesionado? Todo podría deberse perfectamente a su crisis y a aquel suceso del autobús con aquella muchacha. La mente humana, sobretodo cuando necesita conseguir algún aliciente para sobrellevar alguna carga, suele recurrir a caminos inescrutables, a sendas retorcidas y artificiosas ¿No estaría dominado por alguna extraña patología mental? ¿De verdad veía y oía lo que creía ver y oír? Y si así era, si efectivamente aquello podía resultar ser “real”, se le presentaba la pregunta más inquietante de todas: ¿qué era pues todo aquello y quién era ella? ¿Qué estaba sucediendo en aquel apartamento, quién se movía al otro lado de la pared?
Mas aquellas preguntas, racionales cuanto menos, quedaban no obstante relegadas a un segundo plano. Su angelical rostro seguía apareciéndosele de cuando en cuando, reflejado en los cristales y flotando en el aire. Siguió soñando con ella, sueños cortos, tan sólo imágenes sueltas, no como los anteriores. En ellos le hablaba, le susurraba cosas que luego no recordaba, pero su tono de voz quedaba grabado en su cabeza. Además los jugueteos, los golpes, las carreras y las risitas al otro lado de la pared continuaron, así que, sencillamente, la mayor parte del tiempo él se dejaba simplemente llevar, embriagado por aquel absurdo y mágico disparate, feliz a pesar de todo.

(lee la tercera parte de este relato aquí)

(read this tale in English here)

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3 responses to “AL OTRO LADO DE LA PARED (SEGUNDA PARTE)

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