Al otro Lado de la Pared (primera parte)

Una incipiente niebla comenzaba a formarse en el aire, otra vez. El tímido azul que el cielo presentara horas antes se difuminaba ahora en un deslumbrante brillo grisáceo, y los rayos del sol no eran más que un débil fulgor visto a través de un cristal opaco. El aliento de dragón llegaba inexorable, extinguiendo la ya de por sí mortecina luz del ocaso. Las nubes bajaban a la tierra para reptar por entre las calles. En todas partes, mirase a donde mirase, los contornos de los coches, las farolas, los árboles, las casas y la gente comenzaban a perder solidez y a difuminarse. Las cosas del mundo se diluían en una mancha borrosa a través de los cristales empañados del piso, allá afuera, en la calle, al igual que lo llevaban haciendo desde hacía tiempo dentro de él, en su propia mente.

 

Casa Huser

 

Sentado a la mesa que había preparado para estudiar, en frente de los ventanales ya casi opacos del salón de aquel apartamento, estudió por un momento su propio reflejo en los cristales. Recordó cómo se había llegado a sentir apenas unos días atrás, días que ahora se le antojaban lejanos, mientras observaba las numerosas hojas llenas de apuntes que yacían dispersas por la mesa sin ser atendidas, como haciendo ver que su ausente propietario fingía estudiarlas. Entonces, pensaba ahora mirándose a sí mismo en el cristal, tan sólo unos días antes, el disgusto y la desorientación le embargaban. Recordó el sentimiento áspero de aquellas incontables horas de triste divagar. En muy poco tiempo le habían sucedido demasiadas cosas desagradables, se había encontrado perdido, y la mente se le había enturbiado, como el agua de un frasco al zarandearse, o como la calle que ahora mismo se inundaba de niebla, allá afuera. Durante un tiempo solo fue capaz de entrever dentro de sí un borrón informe, un cúmulo de sentimientos embarullados que, en medio de una tormenta siempre latente, chocaban de vez en cuando produciendo algún rayo ocasional que sólo alumbraba el escenario por un momento para dejarlo todo de nuevo en penumbra. Se podía decir que había entonces una oscura nube dentro de él, una densa niebla similar a la que ahora veía expandirse por las calles. Aquellos días miraba al exterior con ojos empañados y turbios, y veía el mundo como una mácula borrosa, difusa, lejana e irreal. Carente de calor, sentía entonces dentro de sí un gran frío, un frío cruel y aplastante.

Pero ahora todo era distinto.

El primer día que llegó a aquel apartamento, recuerda, era época de exámenes en su universidad. Una de sus tías, que siempre había vivido fuera, iba a mudarse a la ciudad por cuestiones de trabajo. Por determinadas razones que nunca llegó a entender muy bien, las gestiones con las que esta señora tuvo que lidiar para vender su antiguo piso y encontrar otro nuevo en la ciudad no le habían salido del todo bien, con la mala suerte de que se encontró, en un momento dado, con que debía esperar un tiempo para poder ocupar el nuevo piso, ya que debían realizarse ciertas obras de acondicionamiento en él, mientras tenía, sin embargo, que comenzar a acudir puntualmente a su nuevo trabajo, cúmulo de circunstancias que la llevó a alquilar temporalmente un pequeño apartamento en los suburbios. Su tía era soltera, y debido a esto y a las constantes idas y venidas que debía realizar bien para organizar la mudanza o para vender su antiguo piso mientras acondicionaba el nuevo, aquel pequeño apartamento alquilado permaneció vacío y desatendido durante mucho tiempo. Y en esas estaba la pobre señora cuando llegó por fin el momento en que las obras de su nueva casa estuvieron casi acabadas, momento en que, habiendo ya trasladado casi todas sus cosas a su nueva morada, se disponía a instalarse definitivamente y a dejar de frecuentar para siempre el triste pisito alquilado con ánimo provisional, al que después de mes y medio de forzada estadía sólo le ataban los varios días de los que aún disponía legalmente por haber pagado el alquiler de todo el mes.
Así estaban las cosas cuando su madre y su agobiada tía quedaron para tomar un café y charlar. En medio de la conversación que mantuvieron ambas hermanas, dominada sobre todo por las tribulaciones y los pormenores de la mudanza en ciernes de la tía, llegó el momento de preguntar por la familia, y su madre, sin ninguna intención oculta, le implicó en la charla, comentando orgullosa que su estudioso hijo estaba a punto de comenzar una nueva temporada de exámenes. La hermana, al oír esto, y en buena parte gracias a la simpatía que siempre había profesado hacia su sobrino, se ofreció inmediatamente a dejarle su solitario apartamento para que estudiase a gusto durante unos días si él así lo deseaba, arguyendo que, al fin y al cabo, era un desperdicio contar con medio mes de alquiler y no aprovecharlo.
Y así, cuando su madre le comentó la idea, él aceptó de inmediato. Nunca había visto ni había pisado aquel apartamento antes, estaba en el extrarradio y en opinión de su tía no era muy acogedor, pero no le importaba: la ciudad no era tan grande como para que resultara demasiado costoso en dinero o en tiempo ir hasta allí, y se trataba sólo de estar unos días. Así las cosas, su generosa tía, una vez él hubo aceptado el ofrecimiento, le indicó perfectamente los pormenores de la vivienda, y le dio una copia de sus llaves. Le aseguró además que en lo sucesivo ella ni siquiera pensaba tener que dormir allí, por lo que incluso podría aprovechar su cama y pasar la noche si se le antojaba. Él quedó encantado, y tras agradecérselo con sincero afecto, y ofrecerse incluso a ayudarla con la mudanza de las últimas cosas que le quedasen por trasladar, cogió las llaves y se las guardó con una sensación de esperanzado alivio, sin saber hasta qué punto le había venido suscitado por haber encontrado una tranquila aula de estudio o bien un rincón de soledad en donde poder olvidarse del resto del mundo.

 

La tarde que llegó a aquella casa por primera vez también estaba formándose una densa niebla, recuerda ahora mientras contempla a través de los ventanales, imaginándose casi sin esfuerzo una escena muy parecida a la de aquel día. Él iba de pie en un lateral del pasillo del autobús urbano, sujeto a una barra con la mano derecha mientras que con la otra, como hacía siempre que reflexionaba, se mesaba su corta barba, meditando sus problemas mientras observaba absorto la calle a través de las empañadas ventanas, mirando hacia ninguna parte y ajeno a los demás pasajeros. Entonces, y como hacía aquellos días muy a menudo, se encontraba pensando en cómo tomar las riendas de su vida otra vez, después de todo lo que le había pasado ¿Pero de dónde sacar las fuerzas? Aquella amarga sensación… Le había fallado ella, le habían fallado sus amigos, y hasta sus estudios le parecían una pérdida de tiempo. Quizás sabía más o menos hacia dónde quería ir, pero le faltaba ánimo, y vista la situación, vista su mediocre vida, no pretendía esperar confiado a que, milagrosamente, algo o alguien le rescatase de repente, le despertase y estimulase y luego le guiase hacia un futuro prometedor. No. Lograr incorporarse era algo que le correspondía hacer, en principio, a él solo, y eso mismo se proponía hacer. Pero costaba.
Cuando el autobús llegó a la parada indicada él se soltó de la barra, esquivó serpenteando educadamente a varias personas y salió a la calle. Y entonces, recuerda ahora claramente, tuvo aquel encuentro. Al bajar casi al mismo tiempo que él, una preciosa chica, que a él le pareció más o menos de su edad, morena y de penetrantes ojos oscuros, le dedicó una larga mirada que a él le pareció de sincero interés. Al reparar en ello él se la devolvió, pero el frío lacerante que tenía dentro extinguió instantáneamente todo atisbo de ánimo o de felicidad en su corazón. No podía decir ni hacer nada, y no por timidez, sino sencillamente porque no tenía fuerzas que sacar de su frígida abulia. La chica pareció redoblar su atención ante los turbios y desgarrados ojos que la contemplaron, seguramente percibió algo de lo que había al otro lado, y aquel algo pareció interesarla y emocionarla, y seguramente hizo surgir en su pecho incluso un pequeño atisbo de empatía. Pero tras dar unos pasos delante del autobús, y amagar después cierta vacilación, la joven se alejó por fin caminando en otra dirección, opuesta a la suya, aunque sin dejar por ello de echarle una última mirada de reojo. Él por su parte se la quedó mirando unos instantes, perplejo, pero el desánimo cayó sobre él como una losa, y comenzó a andar en dirección al piso, a pesar de todo bastante afectado por aquel fugaz encuentro, un mero instante que, sin embargo, ocupó sus pensamientos por cierto tiempo mientras se acercaba a su destino. <Quizás… fuese eso lo que necesito… ¿y si…?> Aquella mirada, pensaba, había sido tan cálida, y se diría que ambos habían estado tan cerca por un instante… Por un momento la deseó con todas sus fuerzas, anheló a aquella desconocida que acababa de irse en la otra dirección y a la que probablemente no volvería a ver jamás. Le habría gustado que sucediese algo. Mas luego, viéndose de nuevo solo, suspiró y una vaga congoja le llenó el corazón. Decidió apartar aquel momento de su vida por su bien, y olvidarlo. Sin embargo, y como suele suceder, al intentar ignorarlo no hizo otra cosa que ocultarlo torpemente entre la maraña de emociones e ideas que poblaban su mente, preservándolo hasta que, más adelante, volviera a surgir otra vez con inusitada intensidad.
Mientras tanto había seguido caminando. La niebla espesaba a ojos vista, un frío húmedo y pegajoso la acompañaba, y al sentirlo en sus ya ateridas mejillas se abrochó el abrigo hasta la barbilla, se metió las manos en los bolsillos y apresuró el paso. No obstante, cuando giró en la esquina en que debía doblar para llegar al apartamento, no pudo evitar detenerse unos instantes observando con cierta aprensión: frente a él se levantaba un bloque de pisos perfectamente vulgar, pero en primer plano se alzaba una ominosa red de nervudos tentáculos enmarañados que se recortaba contra el resplandor iridiscente de la atmósfera, y que al observar mejor distinguió como las retorcidas ramas desnudas de un enorme e impresionante árbol que se erguían al cielo como los dedos de una mano huesuda y mefítica, montando guardia delante del edificio en el que se encontraba su nueva guarida.
Cuando entró en el portal, dejando tras de sí al tenebroso árbol recortándose aún sobre el cielo gris a través de las puertas de cristal de la entrada, observó el interior. El edificio era viejo y descuidado, y aún en su interior seguía haciendo frío. Las paredes lucían intermitentes manchas de humedad y desconchones. El portal y las escaleras se hallaban en una eterna semipenumbra, y el viento ululaba cavernoso allá adentro, como un eco constante y reverberante de irregular intensidad, producto de alguna corriente de aire imposible de localizar. Atravesó el portal, todavía débilmente iluminado por la tenue luz del exterior, y subió lentamente por las escaleras hasta el tercer piso. Allí, en el oscuro descansillo iluminado muy escasamente por un pequeño tragaluz había dos puertas: a la izquierda la del apartamento de su tía, y a la derecha la del piso de al lado. No lo dudó, y se encaminó hacia la primera, pero entonces, de repente, se detuvo en seco. Creyó oír un ruido similar a un arañazo proveniente de la otra puerta, la primera vez que había oído algo vivo desde que penetrara en el edificio, y no pudo evitar sentir cierta alarma. Calló un momento mientras miraba por encima de su hombro, paralizado, preguntándose si habría alguien al otro lado observándole. Mas como no volvió a oír nada que no fuera el aullar del viento en el descansillo se desvaneció su alarma, abrió la cerradura del piso, volvió a echar una última mirada intrigada al oscuro portal y cerró la puerta tras de sí.
El apartamento le causó una buena impresión. Un baño, un dormitorio, una cocina, un pequeño hall de entrada y un saloncito componían toda la estancia. Con sólo dar diez pasos desde la puerta de entrada se llegaba hasta cualquier extremo de la casa. Los muebles eran escasos y rudimentarios, y además estaba casi vacío y apenas había decoración, pues la amiga de su madre había eliminado ya casi cualquier vestigio de su forzada presencia, pero a pesar de todo eso le resultó acogedor. Era suficientemente espacioso, cálido y limpio. Aquella tarde dispuso el salón a su gusto: Arrimó una mesa y una silla hasta los ventanales, desde los que se veía el gran árbol de ramas desnudas rodeado de niebla, y acercó allí una lámpara, dejando los demás elementos, sofá, mesilla y televisor, en su primitivo estado. Luego, extendió los apuntes encima de la mesa, dio un último paseo por la casa para familiarizarse y relajarse y comenzó a estudiar. Y estudió, estudió y estudió hasta que anocheció, observando por la ventana en sus descansos cómo la niebla lo inundaba todo gradualmente hasta que no se podía ver a más de diez metros de distancia. Estudió sentado a la mesa o dando paseos de pie. Estudió por el salón, por el hall y por la cocina. Estudió, en fin, hasta que comenzó a hacerse tarde, hasta que ya no pudo más. Entonces, hastiado física y mentalmente, dejó los apuntes, miró una última vez por la ventana y se echó en el sofá a pensar en sus problemas, en paz.
Suspiró. Allí estaba por fin, en el apartamento de su tía, mientras el mundo, allá afuera, proseguía con su desasosegante devenir. Se relajó. La mente dejó de distraerse con asuntos mundanos y la atención volvió a posarse en sus turbias elucubraciones. Escuchó el silencio. Por fin el silencio. El silencio que andaba buscando. Y ese silencio, como esperaba, hizo más audibles las cosas que le rebullían dentro. Demasiadas cosas malas. Las heridas todavía sangraban. Y siempre igual, siempre para acabar tirado en algún sitio atormentándose, siempre con la misma angustia enquistada. Siempre estaba solo, perdido y dividido en dos: una parte que volvía a incorporarse al mundo de nuevo para retomar su vida enérgicamente, y otra que renegaba de una realidad sin alicientes y se inclinaba hacia la soledad y hacia un mundo de fantasía infinitamente más agradable. Lo peor, pensaba, es que parecía como si las dos partes, cada día que pasaba, viviesen más alejadas la una de la otra.
Súbitamente, un maullido claro y sonoro le llegó del otro lado de la puerta, del portal, haciendo añicos el silencio y con él su divagar. Escuchó extrañado. El maullido se repitió varias veces. Se incorporó, se acercó sigilosamente a la puerta y apoyó la oreja, pero aquello no mejoró mucho su audición. El maullido, por su parte, continuaba, así que, tras dudar un rato, abrió, y en el oscuro descansillo por el que había pasado al llegar, apenas visible entre la casi inexistente luz que entraba por el tragaluz, descubrió una hermosa gata negra de enormes ojos centelleantes que le miraba fijamente desde el suelo.

 

Aquella gata le había hecho compañía desde entonces. Ahora mismo, mientras rememoraba todo aquello, la tenía debajo, enredándose entres sus piernas mientras reclamaba amorosamente atención, tan bonita y tan excepcionalmente cariñosa como el primer día. Por un instante apartó su mirada del infinito y se agachó para acariciar, una vez más, su increíblemente suave y brillante pelaje. La gata por su parte, y mientras se dejaba hacer complacidamente, no dejaba de mirarle con aquellos increíbles ojos, con una expresión de atención y curiosidad indescifrable, casi humana, la misma que le había dispensado ya desde su primer encuentro.

 

<¿De dónde habrá salido?>, se preguntó entonces. Ya en su momento, aquella misma noche, mientras le acariciaba el lomo en el descansillo, tuvo inmediatamente ganas de dejarla entrar en el apartamento, pero pensó que lo mejor era no meter animales extraños en una propiedad que no era suya, y decidió irse a casa, puesto que ya no podía ni quería estudiar más, así que la dejó deambular por el hall mientras se vestía, y después de entretenerse en el descansillo jugando un rato más con ella se incorporó, apagó las luces, cerró la puerta y comenzó a bajar las escaleras, girándose para ver si la gata le seguía. Sin embargo, y en contra de lo que esperaba, ésta se quedó mirándole fijamente desde el descansillo, quieta, hasta que la perdió totalmente de vista.
Caminó por el interior del oscuro y desvencijado edificio pensando que la misteriosa gata aún le estaría escuchando escaleras arriba. En los pasillos reinaba la oscuridad. Las escasas luces amarillentas en ellos dispuestas ya estaban encendidas, pues había caído la noche hacía un buen rato, pero eran escasas, débiles y tenues, y algunas parpadeaban defectuosamente aturdiendo la vista y creando un juego de luces y sombras inquietante. Sus pasos resonaban chirriantes en los suelos de cerámica, formando una cacofonía extraña junto con el tenebroso ulular del viento. Cuando alcanzó por fin las puertas de cristal del portal no pudo evitar una sensación de cierto alivio, pero se sobrecogió al salir a la calle. Afuera la niebla opaca lo cubría todo, tan densa que se la veía flotar y retorcerse entre sus propios jirones, y rodeado por aquella nube reptante se erguía el siniestro y oscuro árbol, recio y sobrecogedor, acechando amenazante en frente del portal, con unas ramas que asemejaban una huesuda garra de cien dedos presta a atrapar a su presa.
Repuesto de la inicial impresión, comenzó a andar despacio, sin dejar de observar el árbol con recelo. Pero tras dar unos pasos, sin saber bien a qué impulso obedecía, se giró hacia el portal y allí, a través de los cristales, apenas por unos segundos, creyó ver a la gata negra mirándole fijamente desde el interior, con aquellos grandes y centelleantes ojos clavados en él, apenas unos instantes antes de volverse ágilmente y desaparecer entre las sombras del edificio.

 

Aquella noche tuvo aquel sueño, el principio de todo: Él volvía a casa, paseando entre la fría y densa niebla por las calles por donde había hecho su camino de vuelta aquella noche. La niebla espesaba cada vez más, hasta el punto en que, literalmente, no le dejaba ver hacia donde iba. Entonces el árbol, el oscuro y amenazante árbol que había en frente de la casa de su tía, se perfilaba a lo lejos. Él se acercaba extrañado, sin saber cómo había podido acabar allí otra vez, pensando quizás que se trataba de otro árbol distinto, mas al acercarse a él, la única cosa visible a su alrededor, veía al fondo el portal del edificio de apartamentos, con sus puertas de cristal. Y tras estas, en la oscuridad, a la gata negra mirándole con aquellos ojos enigmáticos, el tiempo justo como para darse media vuelta y perderse entre las sombras unos instantes después. Entonces él, desconcertado, reemprendía el regreso a casa, pero al cabo de un rato acababa perdido otra vez, y otra vez no se veía nada salvo, allá a lo lejos, como una isla de realidad en medio de una nube de nada, al árbol y, al acercarse de nuevo, el portal, con la gata mirándole desde dentro antes de volver a desaparecer de nuevo. Aquello le sucedía varias veces más, siempre lo mismo, hasta que en una ocasión, ya desesperado, al acercarse al árbol le envolvió si saber porqué una sobrecogedora sensación de inquietud. Entonces, estremecido, miró hacia el portal, esperando ver a la gata. Pero allí, tras los cristales, en medio de la penumbra, una chica, una preciosa chica de pelo negro y brillante y de ojos grandes y profundos que parecían centellear como los de un gato le observaba con una mirada de anhelante curiosidad. Él se quedó petrificado primero, mas luego comenzó a andar hacia ella. Entonces, ella retrocedió y su rostro comenzó a desaparecer en la penumbra, con una expresión entre asustada y triste, mientras no dejaba de mirarle angustiada. Él comenzó a caminar más deprisa para llegar al portal, y cuando el rostro estaba a punto de desdibujarse entre las sombras, más allá de los cristales de la entrada, justo cuando estaba a punto de llegar al pomo de la puerta y entrar en pos de ella, un crujido horrísono sonó detrás de él, y sin darle tiempo a reaccionar las ramas del árbol hicieron presa en su cuerpo y le arrastraron hacia la niebla.
Se despertó de un brinco, el pecho bañado en sudor y la respiración entrecortada. Las sábanas se le habían enredado en el cuerpo, así que las apartó con rabia. Los rayos de sol invernal penetraban a través de las rendijas de las persianas de su cuarto. Aquella pacífica atmósfera vespertina le ayudó a sosegarse, pero no pudo apartar sus pensamientos del rostro de aquella chica. ¿Se parecía a aquella otra joven que había bajado del autobús con él ayer? Ciertamente sí, se parecía. Pero no del todo. <Evidentemente, la del autobús no tenía ojos de gato>, se dijo para sí, y soltó una carcajada nerviosa antes de volver a dormirse. Sin embargo, nunca nada volvió a ser igual desde aquel sueño. Aquella tarde no volvió al piso. Después de clase marchó a casa, pues tenía que trabajar con su ordenador y conectarse a la red. Acabó tarde, se acostó y durmió plácidamente, pero ya entonces era consciente de que el sueño que había tenido aquella noche no había acabado de abandonar del todo su cabeza.

(lee la segunda parte de este relato aquí)

(read this tale in English here)

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3 responses to “Al otro Lado de la Pared (primera parte)

  1. Pingback: On the other Side of the Wall (part 1) | marcosmarconius·

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