La fiebre repetitiva que trajo el milenio: series interminables, música machacona y un frenesí de modas irreverentes

No solo en el cine podemos observar esa obsesión por la repetición que nos abruma desde el año 2000: series de televisión que se reproducen como setas; un mismo tipo de música que domina todas las ondas radiofónicas y todos los ámbitos de ocio; o los vaivenes caprichosos de una sociedad que parece gustar de obsesionarse con algo para, acto seguido, reemplazarlo por la siguiente novedad a la que exprimir sin piedad; todos estos probablemente síntomas de un mismo fenómeno: el de la repetición desvergonzada.

The Simpsons outside of the Kwik-E-Mart

 

(lee la primera parte de este artículo aquí)

 

La edad de oro de las series de televisión

No es casualidad que vivamos precisamente ahora la era dorada de las series de televisión. Al fin y al cabo, ¿qué es una serie, sino un argumento que se estira, se estira, se estira y se estira, a veces hasta el infinito?

Somos ya varias las generaciones que hemos crecido con los dibujos animados para adultos, de los cuales sobresalen por derecho propio The Simpsons, que suman ya la friolera de 27 temporadas; los irreverentes y cada vez más geniales South Park, que suman 19; Family Guy, que cumple 16; y American Dad, que suma otras diez.

(Pasan los años, y la serie evoluciona)

Pero es la existencia de otras muchas series, muchísimas, lo que, por acumulación, conforma esta especie de edad de oro de la que hablábamos antes: la frivolidad de Sex and the City se enfrentó quizás a la menopausia y se despidió del sexo ocasional urbano en 2004 tras seis temporadas. El sexagenario Doctor Who, posiblemente una de las series más longevas de la historia, volvió de alguna dimensión paralela en 2005. The Sopranos sumaron ocho hasta que fueron liquidados en 2007, aunque siempre podrán hacer vendetta si alguien se lo propone. La aclamada The Wire sumó seis temporadas hasta que dijo adiós en 2008. Una generación de jóvenes adultos quedó para siempre marcada con el desconcertante final de Lost, que llegó a seis temporadas antes de disiparse para siempre en lo surrealista allá por 2010. El ácido House se despidió de la medicina (o de lo que fuera que acabó haciendo) en 2011. Breaking Bad dijo adiós en 2013 tras cinco temporadas muy aclamadas. Futurama apareció en 1999, se dio un tiempo, volvió y desapareció definitivamente en 2013 sumando ocho temporadas. 24 no llegó hasta el número que lleva como título, pero se quedó en la nada desdeñable cifra de trece temporadas en 2014. La entrañable How I Met Your Mother sumó nueve hasta su reciente muerte también en 2014. Y The Mentalist parece haber dicho adiós tras siete años.

(Quizás la escena más famosa de toda la serie)

Pero hay otras series que, de seguro, tienen para rato: La hiper-famosa Game of Thrones ya suma cinco temporadas, una serie basada a su vez en un conjunto de novelas bautizada A Song of Ice and Fire que, aunque nació como trilogía en 1996, ya va por los siete títulos, seguro que sin que haya influido en nada el reciente éxito de la serie. CSI, que además ha engendrado una franquicia de cuatro títulos diferentes, ya va por las cinco temporadas. Grey’s Anatomy ya suma diez años. Mad Men ya va por ocho. Community suma seis y sigue. Bones otras diez. Supernatural diez. The Walking Dead cinco. The Big Bang Theory ocho. Modern Family seis. Por si no hay suficiente Batman en comics y cines, la serie Gotham ya suma dos temporadas. Y suma y sigue, y suma y sigue, y suma y sigue.

(Recientemente se han estrenado innumerables series, aquí va un pequeño resumen para orientarse)

 

Oleadas que dan paso a más oleadas

Pero no solamente se trata del cine o de la televisión. Independientemente de toda la comercialización de productos, desde juegos a cómics pasando por carteras, camisetas y demás que acompañan a cada gran estreno o que, en menor medida, también surgen de las series, ahí tenemos esas otras modas más genéricas que se expresan en multitud de soportes al mismo tiempo, como la recientemente superada (aunque no del todo) fiebre de los zombis, la cual vino precedida por otra fiebre de vampiros quizás menos productiva, y que dio paso de algún modo a la fiebre de los superhéroes en la que vivimos inmersos hoy en día, liderada indiscutiblemente por el universo Marvel, aunque no solamente.

Es decir, hace 15 años vivíamos el boom de las excelentes novelas de vampiros que Anne Rice inaugurara con su Entrevista con el Vampiro (Interview with the Vampire), después llegaron las profundamente mediocres entregas de Twilight, el gótico mundo de Underwold o el más gamberro de Blade (uno de cuyos temas se convirtió incluso en un hit de discoteca). Al poco tiempo nos encontramos embebidos en los últimos capítulos o cómics de The Walking Dead, leyendo el libro o viendo la película (la primera opción mucho más recomendable que la segunda) de World War Z, y asistiendo incrédulos a una avalancha de cómics, libros y demás centrados en los no muertos, hasta el punto de haber participado quizás en alguna zombie walk. Ahora mismo revolotean a nuestro alrededor los Avengers y los Fantastic Four, Batman y Superman vuelven sin haberse ido jamás del todo, los menos mainstream se deleitan con los retoños de Alan Moore (V for Vendetta, Watchmen, The League of Extraordinary Gentlemen) o Frank Miller (Sin City, 300), y otros muchos personajes pululan sin terminar de calar por rozar, quizás, lo ridículo en su concepto o en sus adaptaciones al cine, como Ant-Man, Daredevil o The Ghost Rider. Y todo esto mientras que cualquier asiduo a las librerías habrá notado sin duda alguna la efervescencia de libros de todo tipo centrados no solo en las criaturas sobrenaturales citadas más arriba, sino también en el género de la fantasía mágica, sin duda al calor de las titánicas obras de Tolkien.

(El videojuego de Twilight aún está por llegar, todos lo esperamos con impaciencia)

 

La canción del verano y la música del resto del año

La música es otro fiel reflejo de este fenómeno machacón, y probablemente el ejemplo más claro de la fiebre por lo repetitivo sea la canción del verano, ese tema facilón y pegadizo que se repite una y otra vez durante el período estival hasta que incluso sus propios autores llegan a odiarlo, y que empezó a imponerse socialmente sobre todo durante los años 80 y 90, de la mano de cantautores que, de tan ridículos, quizás hayan quedado en lo entrañable, como Georgie Dann, Raffaella Carrà, Paco Pil, Lalo Rodriguez, Zapato Veloz, Los del Río o Proyecto Uno entre otros, acompañados siempre del latineo de Ricky Martín, Enrique Iglesias, Cristina Aguilera, Gloria Estefan, Shakira en su etapa comercial, Chayanne y demás según tocara.

(Para quien quiera evocar pasadas sesiones de taladro cerebral)

Pero no solo se trata de la temida canción del verano: enciéndase la radio cualquier día en cualquier momento del año y podrá comprobarse cómo la música pop comercial domina, con mucho, las ondas, relegando casi al olvido al rock, al folk, a la música clásica, a la corriente indie, al flamenco, a la rumba… Sólo la música electrónica sobrevive, y a las malas, relegada a ciertas horas de la noche del fin de semana, así como la música latina, últimamente sometida por el electro-latino y el reggaetón, lo que supone en conjunto un muy triste consuelo. Pero no solo la radio: enciéndase el televisor y la melodía de la mayor parte de anuncios y programas sonará parecida; éntrese en un pub o en una discoteca (no en un bareto de toda la vida, ahí gracias a Dios la vida se organiza en base a otros principios) y los temas dominantes serán del mismo tipo, incluso exactamente los mismos, repetidos una y otra y otra vez a lo largo de una misma noche. Incluso la mayor parte de las bandas sonoras del cine reflejarán la misma tendencia.

(Así aterrizaba el reggaetón en España allá por el 2002, cuando aún nos parecía inofensivo)

 

Modas en rápida sucesión, y quizás cada vez más tontas

Habría ríos y ríos de tinta que gastar en hablar de la repetición, pues repetición es también, en esencia, lo que hace todo aquel que sigue una moda, y hoy en día las modas aparecen y son reemplazadas por otras en muy rápida sucesión, aumentando el ritmo con los años hasta haber llegado quizás a un cierto frenesí, al tiempo que permean cada vez mayor número de ámbitos sociales.

(Los metrosexuales dieron muy fuerte en su momento en todos los ámbitos)

Echemos un rápido vistazo a diversas modas genéricade los 2000 obviando las ya mencionadas anteriormente de vampiros, zombis, superhéroes y demás que, como ya se ha visto, han tomado paulatinamente el cine, la televisión y las librerías: los metrosexuales, que al parecer dieron paso a los ubersexuales en algún momento indeterminado e indeterminable; las muñecas Bratz entre las niñas; los emos y los vampiro-emo-adolescentes que surgieron al calor de los Twilight; los flash mobs; las Blackberries y los iPods; High School Musical; el argot abreviado con el que los más jóvenes se comunican (más antes que ahora) a través de mensajes de móvil; los interminables grupos de whatsapp; las clases de zumba; la vuelta de los pantalones pitillo y los culottes; los hipsters; 50 Shadows of Grey; los runners; las pin ups; los vídeos de gatetes; las mujeres (y hombres) que se depilan y perfilan y redibujan sus cejas; la vuelta del patinete; el balconing; el planking; jugar al Warcraft online; el reto de la canela en youtube; Big Brother y los reality shows en general; los reality shows de cocina y chefs en particular…

(Cocinar parece haberse convertido para algunos en algo muy… íntimo)

Unos pocos más, qué demonios, vale la pena: las go-pro; los brazaletes de colores para solidarizarse con una causa determinada; el MySpace; el Minecraft; el twerking; Dora la Exploradora; la vuelta de los mini-shorts muy minis; las Powerbalance; Tinder, Meetic, Badoo y todas esas plataformas para ligar online; retocar tus fotos con photoshop; los filtros de Instagram; los selfies y los palos para los selfies que incluso están prohibidos en según qué sitios; Steve Jobs convertido en gurú de la tecnología, de los negocios y ya por extensión de la vida en general; las series de televisión en las que los personajes hablan a la cámara como si estuvieran “confesándose” en un reality show; el cine en 3D que, de regalo, también es algo más caro de lo normal; los memes…

(Guerra de memes en South Park)

 

Repetición, repetición, repetición

Siempre puede argumentarse que, en cuanto a estilos o contenidos, en realidad todo está basado en algo anterior de alguna u otra manera. Decía Bernardo de Chartres que “somos como enanos a los hombros de gigantes,” refiriéndose a que en todo avance o innovación en el campo que sea gran parte del mérito proviene de la tarea que otros hicieron anteriormente y en la que aquel que innova el último se apoya para subir el listón un poco más.

En la cultura todo se basa en algo anterior, sin duda, y es bien sabido que las comedias se copian los gags las unas a las otras, las grandes historias universales y atemporales (como chico-conoce-a-chica) siguen inspirando a la humanidad, los autores del pasado influencian e inspiran a los del presente…etc.

Pero una cosa es, quizás, basarse en algo previamente existente para crear algo nuevo, otra distinta es copiarlo directamente, y otra diferente es, independientemente de si es un producto original o si se inspira más o menos en algo precedente, repetir lo mismo por todos los medios y hasta la saciedad. Y hoy en día vivimos inmersos en la repetición, como este mismo artículo bien se ha encargado de repetir docenas de veces. ¿Es esto bueno o malo? Por ahora digamos simplemente que es.

(Algunas modas estúpidas de Internet de postre para despedir este artículo)

 

 

(read this article in English here)

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2 responses to “La fiebre repetitiva que trajo el milenio: series interminables, música machacona y un frenesí de modas irreverentes

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