Bestiario (segunda parte)

En el siguiente puerto de montaña, cuando ya hacía días que caminábamos sobre nieves, nos esperaba una banda de cíclopes que, nada más vernos, comenzó a arrojarnos piedras ladera abajo hasta aplastar a los desdichados Dion y Evantes y forzarnos al resto a retroceder.

Centaur

(lee la primera parte de este relato aquí)

Al no ver otra opción frente a unos seres tan brutales como porfiados decidimos dividirnos en tres grupos e intentar el ascenso separadamente y al amparo de la oscuridad, conviniendo en converger después al otro lado del paso para seguir juntos nuestra penosa marcha. Aquella misma noche, una noche sin luna, acompañado de Demetrio, Efialtes, Glauco y Leandro, escalé en silencio aquel talud de piedra sin casi poder distinguir donde ponía los pies, y todo fue bien hasta que aquellas bestias nos detectaron cuando comenzábamos a descender por la otra vertiente. En aquel momento calló sobre nosotros tal lluvia de proyectiles que se formó un gran alud de nieve y rocas, una marea que me arrastró rodando decenas de metros ladera abajo e hizo que me lastimara una pierna, que me desorientara completamente y que perdiera de vista a mis compañeros. No obstante, el miedo a caer en poder de aquellos monstruos caníbales me hizo seguir descendiendo como mal pude, hasta que la luz del día me reveló un nuevo y desolador paraje.

Frente a mí se extendía la Tierra de Fuego: El sol y el viento castigaban un negro y árido mar de lava reseca apelotonada en amorfos montones de diversos tamaños y aristas cortantes en el que apenas crecía ni moraba nada excepto algún rastrojo y algún que otro insecto o lagarto, y que hube de atravesar durante tres interminables días bajo un sol de justicia mientras cojeaba e iba agotando mis últimos víveres. Al menos no había perdido mis enseres tras la refriega con los cíclopes.

Tras aquella agreste inmensidad subí y bajé por yermos barrancos que desembocaban en desiertos de arena negra y roja, siempre con la visión de algún pequeño volcán o grupo de volcanes humeando en la lejanía, mientras columnas de vapor y nubes de sulfuro surgían aquí y allá de entre las rocas envenenando el ya de por sí hostil ambiente. Avisté seres parecidos a plantas que devoraban pequeños roedores excavando trampas llenas de púas en el suelo que luego cubrían con sus propias hojas, enormes gusanos con membranas verdosas que aparecían de entre las grietas para tomar el sol, y por las noches murciélagos tan grandes como buitres que sobrevolaban la zona en busca de presas.

Sin agua y sin comida, agotado y dando tumbos, me deshice finalmente de la plata y de mis armas, aunque retuve las gemas, y continué, al borde de la muerte, hasta que afortunadamente hallé, en el fondo de un profundo barranco, un pequeño oasis, un diminuto vergel de palmeras y vegetación que crecían a orillas de una profunda y extensa charca.

Me arrastré hasta allí, eché un trago y me desmayé al borde del agua. Ignoro entonces cuánto tiempo dormí hasta que oí un leve chapoteo y algo me salpicó en la cara. Abrí los ojos, y al hacerlo creí soñar, pues vi, medio sumergida en el agua, a una encantadora muchacha acercándose hacia mí. Era morena y muy hermosa, de un pelo liso y tan largo que le llegaba a la cintura, piel cobriza, enormes y ovalados ojos azules, y un cuerpo delicioso que dejaba entrever, a través de su túnica empapada, las sensuales y atrayentes curvas de una hermosa mujer. Al acercarse a mí comprendí que no se trataba de una muchacha normal, sino de una ninfa, y me asusté, pero aquella criatura, una vez a mi lado, se inclinó sobre mi maltrecho cuerpo, y con el mismo agua que resbalaba por sus cabellos me refrescó la cara y el pecho mientras me sonreía dulcemente. Luego desapareció para regresar al poco rato con un cuenco lleno de fruta, y durante todo aquel día me cuidó y refrescó mientras me daba de beber y de comer a orillas de aquella charca que era, supuse, su hogar y su madre.

Me quedé allí, con ella, durante dos días, mientras recuperaba fuerzas. Ella no hablaba, solo canturreaba, me sonreía y me trataba con infinita delicadeza y ternura, y yo me dejaba cuidar y mimar tendido a la sombra de los árboles hasta que, fortalecido, pude volver a ponerme en pie. En el momento en que me vio mejor pareció alegrarse mucho, y entonces comenzó a incitarme y engatusarme para que me diese un baño con ella en la charca. Sabe la dulce Hebe que usó sus muchos y muy poderosos encantos para hacerlo, y que yo me dejé seducir, así que me llevó, entre juegos y caricias, hasta donde el agua me cubría por la cintura, y allí se pegó a mi cuerpo y empezó a besarme. Entonces comencé a darme cuenta de que me arrastraba a lo hondo, y de que, al yo resistirme, ella tiraba más y más de mí. Me aparté y forcejeé, pero ella insistió con inusitada fuerza. La miré a la cara, y no encontré expresión malvada o cruel en su rostro, sino la misma mirada comprometedora y juguetona con la que había empezado aquel juego. Empecé a tragar agua y a hundirme, pero con un último esfuerzo pude zafarme y salir corriendo hasta la orilla. Miré atrás. Ella permanecía en la charca, mirándome inocente, triste y preocupada, como preguntándome si algo malo sucedía. Saben los dioses si pretendía hacerme daño o si era consciente de que había estado a punto de matarme. Yo no lo sé ni lo sabré jamás, porque no me quedé a comprobarlo.

Tras abandonar a mi dulce pero peligrosa salvadora seguí el riachuelo hasta llegar muy pronto al mar, y desde aquel punto caminé siempre a su vera, con la esperanza de que, costeando hacia el oeste, lograría llegar a Mindos. Durante dos días atravesé enormes playas de blancas arenas, pesqué en las transparentes aguas de las piscinas que formaban los arrecifes a pocos metros de la costa, y dormí en las rocas que encontraba en los acantilados. Intentaba viajar de noche, evitando las abrasadoras horas de sol del mediodía, pues el paraje tierra adentro seguía estando tan desolado como lo había estado hasta entonces, y siempre que tenía ocasión me encaramaba a alguna duna o peñón a fin de divisar algún vergel o riachuelo cercano en donde poder calmar mi sed.

Fue en uno de ellos en donde hallé, finalmente, a Demetrio, Leandro, Clito, Efialtes y Nereo, mientras descansaban a la sombra de los pocos árboles que en él habían podido hallar. Juntarme con ellos después de tanto tiempo y penurias fue un inmenso placer, así como también lo fue el poder ver que, pese a algunas heridas, conservaban su salud y también su cargamento de plata, aunque me entristeció saber que en la lucha que mantuvieron con los cíclopes, y en la que yo me extravié, habían visto morir, aplastados o despedazados, a Arsenio, Admes, Damon y Fedro, y habían perdido de vista al resto de la expedición. Tras ponernos al día, celebrar nuestra buena suerte, y repartirnos de nuevo la carga, continuamos costeando durante tres días más hasta que, finalmente, llegamos a la bahía del Laurión desde su extremo este, y pudimos contemplar en la lejanía las blancas casas de Mindos.

Estos son los hechos que tuvieron lugar en la expedición en la que tomé parte junto a otros veintiún valientes tocreidos, y así se los describo a Laertes, rey de Mindos, polis hermana de Tocreida, y cuyo bien procurábamos todos los que en ella formamos parte. Celebro que la poca plata que finalmente conseguimos traer haya bastado para procurar de los tacaños hiperbóreos los recursos necesarios que permitirán a esta comunidad sobrevivir al cruel invierno que ya se cierne sobre todos nosotros, y rezo a Apolo y a todos los dioses para que Learco, hermano del rey, así como el resto de expedicionarios aparezcan lo antes posible frente a estas murallas, o bien para que, al menos, nos hagan llegar razón de su paradero.

(read this tale in English here)

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2 responses to “Bestiario (segunda parte)

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