Bestiario (primera parte)

-Lo siento, pero antes me veréis casado con una Gorgona que acompañándoos a Mindos, noble Learco.

many headed

Aquella fue, para nuestra desgracia, la última y definitiva respuesta que nos diera el único guía que hallar pudimos en toda Priene, la misma suerte que cosechamos en Istros, Leontino o Tocra, a pesar de que irrumpimos en aquellas pequeñas polis haciendo mucho ruido, con gran pompa y boato y prometiendo jugosas recompensas. Cierto es que habíamos temido semejante posibilidad desde el mismo momento en que perdimos de vista en el horizonte nuestra amada Tocreida, pero ahora tocaba resignarnos y celebrar consejo.

Learco tomó la palabra, como líder e impulsor de la expedición, lamentándose una vez más del mal juicio y el orgullo que impulsaran a su hermano Laertes a fundar una polis en un lugar tan recóndito como era la bahía del Laurión, buenas y fértiles tierras aquellas, pero también muy arriesgadas, como no podrían ser de otro modo en un país lleno de volcanes y montañas en donde una erupción repentina o un invierno demasiado severo podían arruinarlo todo de la noche a la mañana. Luego, y antes de seguir, Nereo nos quiso dejar bien claro que la pentecóntera estaba cargada y equipada, y que el estado del mar empeoraba visiblemente día tras día. Perséfone había abandonado a su madre y bajado con su marido al Hades hacía ya varias semanas, nos dijo, y el invierno estaba ya muy cerca. Dentro de muy poco tiempo Neptuno haría muy dificultoso y peligroso cualquier periplo que intentásemos realizar por encima de sus acuáticos dominios, luego si íbamos a hacer algo, volver a casa o continuar, había que hacerlo ya. Demetrio y Emeterio, los hermanos batalladores, y Hermógenes el viajero se mostraron firmemente determinados a continuar. No habíamos llenado una nave de plata y suministros y reunido a más de veinte intrépidos hombres para nada, adujeron. Efialtes, Isadio, Demóstenes y Fedro, cazadores y montaraces, confiaban en poder lograrlo sin necesidad de guías. El viejo y sabio Glauco nos conminó a seguir adelante por el bien de nuestros familiares y vecinos, que tan atroz hambre debían sufrir en aquellos instantes. Del mismo parecer fueron Eustace, Damon, Admes, Evantes y Arsenio, y el joven Eudor nos recordó emotivamente el momento en que aquel frágil esquife llegara a nuestras playas, hacía ya treinta lunas, con aquellos diez hombres esqueléticos a bordo pidiéndonos ayuda por el amor de todos los dioses del Olimpo. Nearco, Dion y Bemus se mostraron reticentes, y llegaron a insinuar la conveniencia de posponer la expedición, pero Leandro señaló que los habitantes de Mindos no podrían aguantar aquel invierno sin las gemas y la plata que ahora les enviábamos con la que esperaban poder comprarle alimentos a aquel pueblo de rácanos y miserables que eran los hiperbóreos. Alcander añadió que ya habíamos gastado una buena parte de las riquezas que los ciudadanos de nuestra polis tan generosamente habían donado, y Clito el trotamundos dejó bien claro que seguiría adelante, pero que lícito era que se votase y que, quien así lo quisiere, volviese a casa, pues nadie se había comprometido nunca a penetrar en aquel peligroso territorio sin contar con un guía. Todos los allí presentes votamos, y decidimos, sin excepción, seguir adelante.

Partimos a la mañana siguiente, que amaneció fresca y despejada, dejando atrás la suave colina sobre la que se levantaba Priene. La mar estaba revuelta, Bóreas hacía cada vez más desapacible la vida a bordo, la nave se zarandeaba, los días se hacían paulatinamente más cortos, y el cielo iba tornándose más y más amenazador a cada día que pasaba.

Al cabo de tres largas jornadas el naciente sol del levante dibujó en el horizonte una ciclópea muralla de escarpados acantilados y farallones entre los que destacaba el gigantesco Dedo de Zeus, una montaña inmensa y descomunal que nos marcaba el punto a través del cual ya no podríamos continuar navegando. Aquel volcán durmiente y de nieves perennes, que ocultaba siempre su cima tras su propio anillo de nubes, caía a pico en el mar, y creaba con su titánica masa su propio y traicionero régimen de vientos y corrientes, haciendo en extremo desaconsejable continuar nuestro viaje en barco.

Desembarcamos en una playa de arena negra en la que desembocaba un pequeño riachuelo. Ante nosotros la tierra, del mismo color, se cubría de un tupido manto de pinos de embriagador aroma. Varamos, desmontamos y ocultamos convenientemente la nave, nos equipamos y armamos y comenzamos la ascensión por una lengua de tierra que ascendía zigzagueando hasta las faldas de la gran montaña. Cuidábamos mucho de desplegar siempre tres o cuatro hombres en vanguardia y otros tres en retaguardia, de llevar ceñidos al cuerpo nuestras corazas y coseletes de metal o de lino, y de tener siempre a mano nuestras espadas, escudos, lanzas, arcos y yelmos. Ir apercibidos de esta guisa mientras debíamos acarrear el tesoro y las provisiones sobre nuestros hombros no hacía más que obstaculizar y hacer más fatigosa nuestra marcha, pero era absolutamente necesario dados los muchos peligros y bestias que aquellos parajes albergaban.

Tres jornadas de subida nos llevó rodear la gran montaña y perder de vista completamente el mar. A medio camino llovió durante dos días seguidos, lo que hizo aún más penosa nuestra ascensión, pero al menos la frondosidad de aquellos pinares nos protegió mínimamente de las inclemencias del tiempo. Dormíamos todo lo protegidos que podíamos, bajo mantas, ramas entretejidas o rocas, siempre con centinelas y prevenidos, y con la plata y las provisiones en el centro del campamento.

Al cuarto día de marcha seguíamos subiendo por las faldas de la gran montaña, rodeados de una vegetación rala y escasa, cuando cruzamos el paso que daba acceso al valle del Argotas. Desde allí arriba pudimos divisar, por primera vez, aquella impresionante cuenca, aquella hondonada profunda y exuberante convertida en vergel que se extendía hacia el horizonte serpenteando entre las sierras que señoreaba el Dedo de Zeus, y por cuyo centro discurría, magnífico y rugiente, el gran río Argotas, cuyo caudal, no más grande aún que el de un alegre torrente de montaña, comenzamos a seguir valle abajo.

Al acercarnos a la linde del frondoso bosque de encinas que comenzaba a formarse a medida que descendíamos unas sombras ominosas hicieron que nos apresuráramos a adentrarnos en la espesura: La cumbre de la gran montaña estaba habitada por grifos, horrendas y enormes criaturas con cuerpo de león y alas y cabeza de águila que puede que nos tomaran por arimaspos ladrones de oro o por comida pero que, como fuere, lo cierto es que hicieron que nos apresurásemos hacia los árboles mientras pasaban volando cada vez más cerca de nuestras cabezas. Desde aquel momento, y hasta que la vegetación no se hizo más densa, hubimos de vigilar el cielo, pues aquellas bestias patrullaban la parte alta del valle, especialmente durante el día, alarmándonos a cada rato con sus espeluznantes graznidos.

Al cabo de dos jornadas de descenso los árboles se apretaban, especialmente a orillas del río, pero aún había espacio para anchos prados y claros de verdes y altas hierbas, en uno de los cuales un grupo de centauros decidió tendernos una emboscada. Nuestra avanzadilla irrumpió corriendo y dando la alerta, y apenas tuvimos tiempo de formar un círculo defensivo cuando ya los teníamos encima, cabalgando a nuestro alrededor mientras nos asaeteaban con ferocidad. Gracias a nuestro muro de escudos y a nuestras propias flechas logramos hacerles desistir y retirarse dejando dos muertos entre las hierbas, pero hubimos de lamentar la pérdida de Bemus, que fue abatido en la espalda antes de que pudiéramos organizarnos. Cuatro días y noches duró el acoso de aquellos impulsivos y fieros seres. Realizamos varios sacrificios y ofrendas de animales para tratar de aplacar su ira, caminábamos siempre alerta y armados, avanzábamos despacio, casi no dormíamos, evitábamos encender hogueras, intentábamos caminar por la espesura para contrarrestar la rapidez que sus cuatro patas les conferían en terreno abierto, y cada dos por tres silbaban sus proyectiles chocando contra los árboles o nuestros escudos. Logramos mantenerlos a raya casi todo el tiempo, aunque una noche el joven Eustace fue cosido a saetazos mientras montaba guardia.

Los centauros se marcharon, pero cuando quisimos darnos cuenta nos habíamos internado en lo más profundo del bosque. Robles y abedules crecían increíblemente apiñados, tanto que ocultaban la luz del sol, una densa humedad en forma de neblina flotaba perennemente en el aire, y siempre oíamos pero casi nunca alcanzábamos a ver al Argotas, que no cesaba de rugir sonoramente a través de aquel valle encantado. Animales y seres fabulosos poblaban aquella espesura: grandes aves corredoras que no sabían volar, pequeños lagartos voladores con una cola en forma de rombo, peces tan grandes como un cerdo que se arrastraban pesadamente fuera del río, búhos con cara y zarpas de gato, ratoncillos blancos y de largas colas que planeaban de árbol en árbol extendiendo cuatro frágiles alas parecidas a las de las mariposas, ciempiés acorazados tan grandes como serpientes, felinos del tamaño de lobos llenos de púas y con lengua de áspid, graciosas criaturitas peladas de pequeñas patas y grandes colas que nos lamían las manos con unas lenguas en forma de espiral, y hasta unas inteligentes y entrometidas aves de hermoso plumaje que imitaban tan perfectamente nuestras voces y palabras que nos obligaron a comunicarnos mediante susurros, golpes y gestos debido a la confusión que nos causaban.

Una mañana amaneció muerto Nearco, desangrado y con dos marcas de colmillos en el cuello, y al poco tiempo el bueno de Alcander corrió la misma suerte. Extremamos las precauciones, pues ignorábamos a qué nuevo peligro nos enfrentábamos, hasta que el viejo Glauco nos mostró el cadáver de una hermosísima y deseable mujer, de hechizantes ojos de gato, labios de pecado y turgentes senos, cuyo cuerpo, de cintura para abajo, era el de una enorme serpiente. Se trataba de una Lamia, nos dijo, ese ser femenino que seduce a hombres jóvenes para chuparles la sangre y que, gracias a Zeus, no había conseguido engañarle pese a sus evidentes encantos.

Atravesamos el espeso bosque y el valle durante una semana de marcha, tras lo cual llegamos a un majestuoso salto por el que el Argotas se precipitaba decenas de metros hasta caer en un profundo cañón a través del cual continuaba su accidentado curso. Descendimos abruptamente mientras la llovizna que levantaba la majestuosa catarata nos calaba los huesos, y luego continuamos cuatro días más por el borde del desfiladero, sin perder de vista el curso de aquel río que no cesaba de rugir bajo nuestros pies. Anidando en sus escarpadas paredes nos encontramos con una especie de pequeños seres voladores de cuerpo y manos similares a las de un simio, cola de lagarto y una cabeza peluda remotamente similar a la de un ave que no hacían otra cosa que hostigarnos y aprovechar cualquier ocasión que tuvieran para robarnos la comida.

Después de mucho avanzar el cañón terminaba y el río, antes bravo, se abría a una amplia y despejada llanura en donde refrenaba su corriente. Allí hubimos de atravesar, por otros dos días, una inmensa e inmunda ciénaga poblada por libélulas gigantes, miles de serpientes, sanguijuelas, sapos tan grandes como perros que escupían fuego y unas ratas gigantes y rabiosas a las que constantemente nos veíamos obligados a dar caza. La fetidez de aquel hediondo lodazal era tal que varios de nosotros nos sentimos enfermar, en ocasiones nos vimos obligados a avanzar con la pestilente agua llegándonos hasta el pecho, y en los altos para pasar la noche apenas pudimos encontrar tierra firme, por lo que hubimos de yacer sobre troncos podridos y rocas puntiagudas.

Tras aquello dejamos el valle y nos encaminamos hacia una nueva cadena de montañas que hubimos de superar para poder penetrar en la Tierra de Fuego. A medida que ascendíamos el paisaje cambiaba del bosque al pasto, y del pasto a la tundra, y pronto el frío y la nieve hicieron acto de presencia. Estábamos exhaustos y, por si fuera poco, por aquellas laderas peladas habitaban mantícoras, seres horribles y peligrosísimos a los que mantuvimos a raya durante las tres jornadas que duró las ascensión, y que tenían el aspecto de leones con cola de escorpión y el perturbador rostro de un hombre cuya expresión pasaba en unos segundos de un vacío aterrador y desconcertante a una fiereza infernal en cuanto habría sus letales y crueles fauces.

(lee la segunda parte de este relato aquí)
(read this tale in English)

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2 responses to “Bestiario (primera parte)

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