Gentrificación, no en mi patio trasero (segunda parte)

La gentrificación no deja de ser un nuevo episodio en la historia del desarrollo de cualquier ciudad con algo de historia, un episodio en el que las clases pudientes están realizando curiosamente un movimiento a la inversa del que realizaran durante el siglo pasado.

Hipster Homes

(lee la primera parte de este artículo aquí)

Breve historia de una ciudad

Al principio, quizás en la antigüedad, o cuando quiera que fuere fundada la urbe en cuestión, el mejor y más codiciado lugar para vivir era indiscutidamente el centro. En el centro estaban los edificios de gobierno, la plaza mayor, el foro, los más grandes y mejores templos, palacios, monumentos, teatros, óperas y demás, y todos intramuros, a resguardo. Era la zona más cómoda, más prestigiosa y más segura, y como los nobles antes que ellos, la burguesía y cualquiera con recursos ambicionaba vivir lo más cerca posible del centro, mientras que las zonas periféricas se poblaban a menudo con los ciudadanos más humildes y con los obreros que llegaban del campo o de otras regiones atraídos por el trabajo que, cada vez más, se acumulaba en las ciudades. Fenómenos como los acaecidos durante el Bajo Imperio Romano o la Edad Media, en los que la población abandonó los burgos para dirigirse al campo, no fueron más que paréntesis para que dicha situación se reactivara en cuanto las urbes volvían a desarrollarse con fuerza.

Con el paso del tiempo, y gracias al desarrollo del capitalismo y la industrialización, las ciudades empezaron a abarrotarse de habitantes, la mayoría pobres, obreros e inmigrantes que acudían en masa a trabajar en las fábricas, y en opinión de los ciudadanos más acomodados las zonas céntricas empezaron a perder atractivo. La situación se invirtió, y mientras que el centro se llenó de clases populares que poblaban vecindarios cada vez más masificados e insalubres, y salvo el caso de algunos de aquellos escasos bohemios originales, la burguesía empezaba a construirse sus “ensanches”, barrios en la periferia mucho más espaciosos, limpios y luminosos, impecablemente diseñados con amplias avenidas y bulevares, parques, fuentes y toda clase de servicios, y plagados de grandes casonas y mansiones.

El atractivo del centro, no obstante, siempre estuvo ahí, y ha sido solo recientemente que los retoños de los yupies y burgueses que en su día se marcharon han vuelto a él, no queriendo quizás resignarse en última instancia a que el precio de vivir más cómodamente sea el de tener que morar en prístinas áreas residenciales y urbanizaciones aisladas y alejadas de sus lugares favoritos de ocio y de sus trabajos.

Eixample Barcelona (tilt shift)
(El barrio de l’Eixample en Barcelona es un claro ejemplo de ensanche urbano burgués)


La bohème toma las ciudades

Aparte queda la discusión acerca de si estos nuevos residentes acomodados, esos modernos, pijos, alternativos, gafapastas o hipsters por generalizar, son víctimas o responsables de estos procesos de gentrificación, aunque lo más probable es que sean ambos, una suerte de inconscientes puntas de lanza de los procesos de revalorización de los barrios que, en cierto momento, puedan llegar a engrosar también las filas de víctimas.

Lo cierto, no obstante, es que la gentrificación es un hecho, y un hecho muy extendido que tiene su origen ya en los años ochenta, aunque sea a día de hoy que la larga lista de ciudades gentrificadas llama particularmente la atención de sociólogos y colectivos sociales.

Y es que la lista de urbes famosas por albergar claros y paradigmáticos ejemplos de este fenómeno es larga: Madrid y sus barrios de Malasaña y Chueca, Barcelona y la zona del Raval o el Barri Gotic, New York y su Lower East Side, Londres y su Shoreditch, Berlín y su Kreuzberg, San Franciso y el área de la bahía, Portland en su casi totalidad, São Paulo y su barrio de Luz, Rio de Janeiro y sus barrios de Tijuca y la zona portuaria con motivo de los Juegos Olímpicos de 2016… son solo algunos ejemplos que a muchos sonarán.

El rechazo a este tipo de fenómenos es igual de frecuente que su aparición, aunque de poco haya servido en última instancia: actos de vandalismo y boicot contra establecimientos burgueses, ocupaciones, manifestaciones, plataformas de divulgación de todo tipo, e incluso varios documentales que han salido últimamente a la luz sirven para ayudar a debatir sobre dicha dinámica, pero no, desde luego, para frenarla, o al menos no todavía.

(Gentrificación en Harlem, New York)

 

Una consecuencia más de un mundo profundamente desigual

Al igual que como le sucedía al ficticio paseante del comienzo cuando se preguntaba si lo que le había pasado al barrio era bueno, o malo, o qué, también cabe preguntarse si la gentrificación es, en última instancia, algo bueno, o malo, o qué, o es simplemente la vida y no hay nada que hacer al respecto.

Antes de aventurar cualquier tipo de juicio, no obstante, cabe observar que la cuestión de la gentrificación no deberían abordarse de una forma netamente superficial e inconexa, porque de ser así se perdería la perspectiva y quedaría sencillamente como una mera curiosidad o anécdota. Es decir, no tiene demasiado sentido detenerse en detalles frívolos como el de si la estética hipster es mejor o peor, si sus locales son aburridos y snob o son auténticos, si es bueno o malo llamar “brownie” a una magdalena, o si el barrio estaba mejor arquitectónicamente hablando antes o después de que lo remodelaran. Tampoco lo tiene el discutir sobre sus consecuencias si no se enmarcan en su debido contexto, porque sus distintos rasgos pueden resultar engañosos si no se ven en conjunto. Por poner algunos ejemplos: por supuesto que no podrá negarse que es, en principio, una buena cosa que un barrio antes depauperado se remoce, se desarrolle, se limpie, se dote de mejores infraestructuras y se llene de habitantes y de negocios de mayor poder adquisitivo; por supuesto que es deseable que en un país libre todo ciudadano pueda tener derecho a vivir donde se le antoje y, siendo así, que si a los hipsters les gusta vivir en el centro no haya nada que se lo pueda impedir; y por supuesto que es bueno que haya gente que haga dinero de algo que, en principio, es un proceso de mejora de un vecindario. Pero, ¿es que acaso es eso todo?

IMG_4874

(Gentrificación em San Francisco)

 

La gentrificación no es algo que surja de la nada, por casualidad o por una mera moda. Surge de un contexto social general, y ese contexto no es, ni más ni menos, que el de las dramáticas desigualdades sociales que, lejos de suavizarse, no hacen más que acentuarse en nuestra sociedad actual. La gentrificación es un reflejo y una consecuencia de un mundo en el que la brecha entre ricos y pobres crece y es ya mayor que nunca. Es más, es una prueba de que las clases sociales existen, de que la lucha de clases es una realidad, de que efectivamente hay ricos y hay pobres, de que hay favorecidos y desfavorecidos, y de que siguen siendo estos últimos los que, muy habitualmente, salen perdiendo.

En este sentido, no cabría responder de forma simplona o demasiado contundente a la pregunta de si la gentrificación es buena o mala, sino que habría que especificar más bien para quién es buena y para quién es mala, pues solo de ese modo empezaríamos a tener una verdadera idea de qué significa de verdad el susodicho fenómeno. Porque lo cierto es, simple y llanamente, que la gentrificación no beneficia a todos, sino solo a unos pocos. Exactamente, y como no podría ser de otro modo, a los ricos. Es decir, que se trata de un proceso pensado por y para las clases acomodadas, que beneficia a los que tienen dinero, no a los pobres. Así de simple. Porque como hemos visto, ciertamente es bueno que un barrio se limpie, se desarrolle y prospere, pero no vale la pena si, a cambio, sus vecinos pierden sus casas, ni es tan bueno ni, sobre todo, justo que todo eso suceda a expensas de otros, a costa de otros y, muy a menudo, en detrimento de otros, ni es tan bueno que todo eso solo beneficie a una minoría mientras que una mayoría sale perdiendo y se queda sin hogar.

(El caso del barrio de Luz en São Paulo)

 

Las clases sociales aún existen

Quizás ese típico barrio-barrio con el que comenzó nuestra historia no fuera el mejor de los lugares en donde vivir, quizás fuera ampliamente mejorable, de hecho casi no vale la pena discutir que sí, que ciertamente podría serlo, pues sus defectos estaban ahí, a la vista de todos, pero cabe recordar que es, o era, ante todo, el hogar de mucha gente, gente que, conviene no olvidarlo, no podía permitirse vivir en otro sitio, y cuya situación se torna precaria debido a gente que sí puede elegir donde vivir.

Aparte de la naturaleza carroñera y despiadada de las inmobiliarias, el problema en estos casos empieza ya con los nuevos moradores, cuya actitud es, a menudo, tan hipócrita como lo es su propia subcultura, pretendidamente alternativa pero profundamente consumista. Cuando los modernos empiezan a establecerse alegan amar el barrio, pero curiosa forma de amar la de alguien que, lejos de adaptarse a él o de asimilar su estilo de vida, no tarda en transformarlo en algo distinto a lo que era antes, y curiosa forma la de concebir el ideal de un barrio cuando se olvida el principal factor, que es la gente. Qué diferencia si los nuevos inquilinos se contentaran con comprar y comer en los locales de toda la vida, si decidieran hacer piña con los antiguos inquilinos y unirse a sus asociaciones para evitar una subida de precios generalizada, si no pretendieran vivir en un entorno humilde sin renunciar a sus altos ingresos o al dinero de papá y mamá, o si los procesos de revalorización de los barrios llevaran asociados procesos de inclusión para preservar a los vecinos de toda la vida. Huelga decir, no obstante, que eso no sucede casi nunca.

Tallinn Street Food Festival

(Nos gusta el barrio… pero a nuestro modo, por supuesto)

 

Decía George Bernard Shaw que “en un mundo feo y desdichado el hombre más rico no puede comprar nada más que fealdad y desdicha”, pero si bien pueda ser cierto desde un pinto de vista general, la verdad es que los ricos muy a menudo se esfuerzan mucho por ocultar dicha fealdad. La gentrificación es un ejemplo más de ello, cuando los favorecidos deciden transformar la ciudad a su antojo, lavándole la cara y haciéndola más bonita y mejor aún a costa de expulsar a esas clases populares que contribuían a hacerla, a juicio de algunos, más bien fea y desdichada.

La próxima vez que note que están poniendo bonito el barrio, y antes de alegrarse inconscientemente, párese a pensar un momento qué es lo que realmente debe estar pasando por ahí. Sobre todo si es el suyo.

Mientras tanto, los medios de comunicación en general apenas sí se hacen eco de todo esto, aunque el cine ya se ha basado en numerosos casos para construir sus historias, como demuestra el ameno documental Ficción Inmobiliaria:

(read this article in English here)

Advertisements

2 responses to “Gentrificación, no en mi patio trasero (segunda parte)

  1. Pingback: Gentrification, not in my backyard (part 2) | marcosmarconius·

  2. Pingback: Gentrificación, no en mi patio trasero (primera parte) | marcosmarconius·

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s