Gentrificación, no en mi patio trasero (primera parte)

Quizás no lo haya oído jamás nombrar por su nombre, pero si habita usted en una ciudad más o menos grande de un país más o menos desarrollado de seguro que lo conocerá, y lo conocerá porque, o bien lo habrá visto o, más aún, lo habrá experimentado en sus propias carnes.

Only in the Mission

El nombre no, el nombre no está muy extendido. Es feo, resulta extraño porque nadie lo usa, y casi nadie lo usa quizás porque resulta extraño. Ciertamente, el término “gentrificación”, aunque sin ser nuevo en realidad, no suena aún conocido a muchos, y de hecho, a primeras, parece aludir más bien a algún tipo de loco experimento biológico relacionado con alimentos transgénicos o a una enfermedad del cuerpo humano que a un fenómeno socioeconómico netamente urbano y actual.

No obstante, la realidad que esconde, a veces tan fea como el nombre mismo, le será familiar a casi todo el mundo, por ser precisamente uno de esos fenómenos que suceden a nuestro alrededor pero en los que apenas nos paramos a pensar. Y no pensamos en ello quizás porque su nombre no nos suena, quizás porque ignoramos que tan siquiera lo tenga, o quizás porque nadie habla realmente de ello en los medios de comunicación.

El escenario: el barrio-barrio de toda la vida

Situémonos para empezar en el decorado más común en el que suele representarse este tipo de tragedia moderna: un barrio humilde bien situado cerca del centro (en alguna zona que cuente con algún tipo de ventaja determinada). Un barrio que, digámoslo así, de siempre, de toda la vida, ha sido un barrio más bien pobre, un barrio-barrio por decirlo en plan castizo, habitado por gentes de clase baja o medio-baja, por clases populares, mayormente por inmigrantes extranjeros o nacionales y por obreros.

Es el típico barrio que todos conocemos: el barrio con pasado, famoso, con historia, el barrio que siempre ha estado ahí preservando más o menos su propio aspecto, con el mismo aire envejecido o, al menos, descuidado, con esos edificios que acumulan siglos sobre sus cimientos. Ese barrio donde probablemente haya una iglesia, palacio u otro tipo de patrimonio de interés reconocido, seguramente varios, amén de varias joyas más escondidas por doquier que quizás no se hayan puesto de moda ni vengan tan señalizadas en los mapas de la oficina de turismo de turno. Ese barrio en donde es incluso probable que algún vecino ilustre de la ciudad haya nacido o vivido, que algún escritor o filósofo de renombre haya frecuentado este o aquel café, que se haya levantado alguna barricada o fraguado alguna revolución o revuelta de cierta importancia, o que haya servido de escenario para algún libro o novela famosos.

Es ese vecindario algo sucio aunque sin ser marrano, que no cuenta con demasiados servicios, aparentemente olvidado largo tiempo atrás por unas autoridades que no parecía que se dieran nunca demasiada maña en reformarlo o en meterle mano. Una de esas partes de la ciudad en donde no se hacían obras o nuevas construcciones muy a menudo. Un barrio, en general, algo deprimido, aunque al que tampoco podría considerársele desamparado o marginal, aún lejos de esos campamentos de chabolas o de esos tristes y grises suburbios cuasi marginales de la periferia.

Napoli, da Gabby e Danielle(ejemplo de lo que bien podría ser un barrio céntrico de toda la vida)

Es ese barrio cuyo aspecto pueda quizás parecer descuidado o viejo, pero que nadie dudaría nunca de que está, y ha estado siempre, lleno de vida: Están los tenderos, que con sus pequeños negocios cubren virtualmente cualquier tipo de necesidad básica que sus vecinos puedan requerir. Están sus viejos sempiternamente sentados en corros en los bancos del parque al lado de bandadas de chiquillos que chillan y juegan, todos ellos apiñados en los pocos espacios verdes de que disponen o, en su defecto, campando por las plazas, las aceras o, si no pasan muchos coches, directamente por las calles. Están sus bares y baretos, con sus parroquianos que se tutean con el camarero, juegan partidas de cartas, desayunan o comen, y que sí, a veces se emborrachan, y en donde se fía, en donde lo normal es ir vestido normal, y en donde las raciones y bebidas son abundantes y baratas. Está su escuela, probablemente pública, en donde llega a juntarse absolutamente casi de todo, bueno y malo, todas las razas, todos los colores y todos los trasfondos. Y también sus putas, unas pocas, sin exagerar; sus cacos, tampoco demasiados; sus problemas, tampoco demasiado graves; algo de droga, por supuesto barata; sus pandillas, que de todos modos suelen estar lejos de convertirse en bandas; sus gatos callejeros y sus palomas que todo lo cagan; sus fiestas populares tan ruidosas y abarrotadas como llenas de genuina alegría; sus vecinos que se saludan efusivamente por la calle; sus montones de basura que tardan quizás demasiado en ser recogidos; sus callejones oliendo a orines; y si el barrio es lo suficientemente popular o está habitado por la raza adecuada esas vecinas llamando a voces a su progenie o hablándose a gritos desde el balcón; esos mercados callejeros en donde el tendero te interpela a gritos a que le compres sus productos; esos locos tesoros en forma de muebles y pertenencias de lo más variadas que la gente tira y que esperan durante días a que alguien se atesore de ellos antes de que lo haga el servicio de recogida de basuras; esa familia que no tiene reparos en dejar puertas y ventanas abiertas si hace calor de tal modo que se puede gozar de una profunda inmersión en su intimidad con solo pasar andando por delante de su casa… en resumen, una buena materia prima para un aspirante a Rosellini, Bertolucci, Pasolini o, incluso, Fellini.

Es ese barrio del que normalmente la gente sueña por salir, no por entrar, en donde sus moradores fantasean por lo común con ganar algún día el dinero suficiente como para poderse mudar a alguna otra área de la urbe, a algún lugar más tranquilo y amplio, con una casa unifamiliar rodeada por un coqueto jardincito y un garaje en donde guardar el coche, aunque ese mismo vecino soñador delatará sin dudarlo, altiva y orgullosamente, su pertenencia al susodicho barrio en cuanto se le pregunte por su procedencia.

Es, por decirlo así, el típico barrio humilde de toda la vida, de hecho muy parecido a cualquier barrio residencial de clase baja o ciudad dormitorio de la periferia. No obstante, éste nuestro barrio tiene una particularidad, y es que está, como ya se ha dicho, muy convenientemente situado cerca del centro. Y eso es, precisamente, lo que le hace especial, porque vivir cerca del centro resulta, a pesar de todo, muy atractivo.

La Vucciria - Renato Guttoso(la Vucciria, por Renato Guttuso, un mercado popular en otro barrio típico de toda la vida, en este caso de Palermo, Sicilia)

Están poniendo el barrio bonito

Todo el mundo que viva en la ciudad en la que dicho barrio se ubica, aunque viva en otro vecindario, aunque viva en la otra punta, conoce el susodicho barrio, porque todo el mundo que vive en una ciudad, aunque no viva en el centro, conoce el centro. Así pues, todo el mundo está acostumbrado a verlo tal y como ha sido siempre desde su infancia o su adolescencia. Quien más y quién menos ha paseado alguna vez por sus calles, frecuentado sus bares, acudido a su vida nocturna a hacer sabe Dios qué cosas, e incluso puede haber hecho amistades o conquistas amorosas con alguien de por allí. Todo el mundo ha oído contar historias, ha visto fotos, conoce su idiosincrasia, sus olores, su gente, sus locales, sus fiestas, y sabe más o menos qué esperar de él, más aún si, de hecho, se vive o se ha vivido alguna vez en él.

De repente, un buen día, uno se descubre paseando por sus calles y dándose cuenta de que algo ha cambiado: han derribado algunos edificios viejos y sucios de una calle o están remodelando otros; han arreglado una plaza y la han dejado tan inmaculada que resulta hasta esterilizada; han abierto un estudio de diseño, una tienda de ropa cara alternativa o un bar o un café “modernos”; están por inaugurar un nuevo centro comercial o un museo de danza, arte vanguardista o similar; se ve más policía; hay viviendas aparentemente abandonadas… uno tiende a pensar que están adecentando el barrio, que parece que lo están poniendo bonito, que lo están desarrollando por fin, y el primer impulso es alegrarse, aunque el sentimiento venga acompañado casi inmediatamente de una sombra de duda.

Si uno sale habitualmente por la noche empezará a notar que más y más gente, de repente, alterna por el barrio, que el barrio se ha puesto de moda entre fiesteros de un perfil social más alto al de aquellos que siempre solían frecuentarlo, que han cerrado alguno de esos antros o baretos que tantas memorias habían acumulado con los años y los han sustituido por clubes o locales más cool en donde empiezan a darse cita gafapastas, indies y otras de las tribus urbanas más in y más vanguardistas del panorama juvenil; que la bebida y las drogas caras han sustituido a las baratas; o que una cerveza normal ha sido sustituida por una rara cerveza de importación que nadie conoce y que cuesta el triple.

How Hipsters Entertain Each Other

(evolución del look hipster, las gafas, no el exhibicionismo)

Los cambios parecen acelerarse, y es entonces cuando uno empieza a pensar que, quizás, estén dejando el barrio demasiado bonito: cada vez más negocios locales cierran y abren otros nuevos cuyos productos, de tan escandalosamente caros, uno duda que la mayor parte de los vecinos pueda siquiera permitírselos; los macarras, pandilleros e incluso las cuadrillas de chavales, los viejos, las señoras y la gente normal se ven gradualmente sustituidos por pijos, y más aún por bohemios y hipsters, esa gente con dinero que viste como si no tuviera dinero, y que alguno da en llamar acertadamente “pijos encubiertos” (para quien viva en Marte o no tenga claro aún de quién estamos hablando que visite su página web representativa en España); en los nuevos bares se beben cócteles y ginebras de escaso contenido y abultados precios, algo parecido a lo que empieza a pasar con la comida, que mágicamente cambia de nombre y recibe términos anglosajones incluso cuando previamente poseía un nombre nativo perfectamente bonito y viable; empiezan a proliferar tiendas de marca, especialmente de esas marcas que intentan ser “no tan de marca”; todo empieza a parecer más limpio y menos abarrotado; los servicios públicos parecen funcionar mejor; las bicis y motocicletas destartaladas que uno veía aparcadas o circulando por ahí son virtualmente reemplazadas por otras bicis y motocicletas que también parecen destartaladas pero que, se ve en seguida, son mucho más caras; y si uno intenta buscar alojamiento o vivienda por la zona se apercibe de que, de la noche a la mañana, los precios han subido vertiginosamente.

Al final, el barrio y sus habitantes ya no son lo que eran, sino algo nuevo, algo distinto, algo que, visto desde fuera, uno no sabe muy bien si es mejor o peor, o bueno o malo, o qué. Sí, parece que ha renacido, que ha mejorado, pero algo se ha perdido en el camino, sin duda, y mucho más importante, mucha de la gente que solía vivir allí antes ha desaparecido.

keepering

(los hipsters llegaron para quedarse)

Se gentrifica

Lo que ha venido sucediendo mientras que ese supuesto y ajeno espectador contemplaba intrigado todos esos cambios aparentemente superficiales no es más que un nuevo proceso de transformación urbana, lucha de clases y dominio del espacio exclusivamente característico de los tiempos que corren, y que de hecho ya tiene un nombre, el de gentrificación.

El término, bastante malsonante por cierto, viene del inglés gentrification, básicamente un proceso por el que la clase social de los “gentry”, los gentilhombres, la gente bien, las clases acomodadas y educadas para resumir, hacen de un espacio su propio espacio, y que podría traducirse al castellano como “aburguesamiento” o “elitización” a falta de otro término que lo defina mejor (no me crean a mí, crean a la Wikipedia).

En principio no debería haber ningún problema con esto, pero la cuestión aquí es que los “gentry”, y más específicamente sus hijos o sus exponentes más jóvenes o de mediana edad, de repente deciden que quieren vivir precisamente en ese barrio humilde del centro del que hablábamos antes, ese barrio en el que ya hay gente viviendo. ¿Por qué? Bueno, en última instancia solo ellos lo saben, pero suele ser normalmente por una mezcla de razones tanto económicas como culturales. Es decir, por una parte, porque la relación calidad-precio de la vida en los barrios populares (especialmente el alojamiento) es atractiva, al ser los costes generalmente más bajos mientras se reside, sin embargo, en una zona céntrica o estratégicamente situada. Por otra, porque a ciertos individuos de las clases pudientes les atraen los ambientes populares, ya sea como rechazo a la vida burguesa y acomodada de la que ellos mismos proceden, por mera rebeldía ante los convencionalismos, por adhesión a una determinada subcultura o tribu urbana, por autoafirmación e individualismo, por el afán de seguir un estilo de vida creativo y artístico o por muchas otras razones.

El fenómeno en principio es muy similar al de los bohemios del siglo XIX y principios del XX, y de hecho podría decirse que se trata exactamente de la misma clase de gente pero en otro milenio. La principal diferencia en este caso, no obstante, es que a los bohemios de nuestros días les siguen el rastro muy de cerca las inmobiliarias, y ahí es donde empiezan los problemas.

(a Hank le preocupa la llegada masiva de hipsters a su barrio)

El barrio se llena de pijos y modernos

Suceda antes o durante esa fase de “descubrimiento” del barrio por parte de esos jóvenes acomodados de pretendido espíritu alternativo, no son solo los bohemios los que se aperciben de semejante fenómeno, sino que otros agentes entran pronto en juego para sacarle tajada: Autoridades y agencias inmobiliarias huelen el negocio y forjan una de sus numerosas alianzas para revalorizar el vecindario, precisamente a sabiendas de que éste tiene potencial y, más aún, de que hay un grupo de gente con posibles dispuesto a pagar por ello.

Pero para hacerle hueco a estos nuevos vecinos de abultada billetera primero hay que desprenderse de los que ya están allí, por lo que, a partir de ahí, todo se centra en conseguir que las clases populares, las que siempre han vivido en el vecindario, se marchen. Y así, los caseros aumentan sistemáticamente el alquiler de los pisos para que los habitantes de menos recursos acaben mudándose al no poder permitirse los nuevos precios, y así alquilárselos o, mejor aún, vendérselos a los hipsters recién llegados o a una inmobiliaria que los remozará o derribará para construir residencias nuevas y mejores. Si es necesario se presionará a los inquilinos y se les acosará, maltratará u hostigará de alguna u otra manera para que acaben largándose, lo mismo que les sucederá a los pequeños propietarios para que vendan sus terrenos a las constructoras. Las autoridades cooperarán mejorando los servicios, aumentando la seguridad y, por supuesto, desahuciando a cualquier familia empobrecida o colectivo okupa que se niegue a abandonar sus hogares. Más aún, a fin de poner al barrio de moda entre modernos y turistas pergeñarán esas iniciativas y proyectos renovadores supuestamente culturales de aspecto vanguardista e innovador y de nombre multicultural y alternativo a los que últimamente nos tienen tan acostumbrados.

Eventualmente, el proceso se acelera y se retroalimenta a medida que se desarrolla: la llegada de nuevos vecinos con dinero atrae a otros, sobre todo a medida que la zona adquiere pedigrí. Los precios suben y suben, y más y más de los antiguos residentes acaban marchándose al no poder permitirse vivir en su propio barrio. Los recién llegados abren sus propios negocios, pensados evidentemente para gente de su propio nivel adquisitivo, y los tenderos locales han de cerrar. La gente normal empieza a quedarse sin lugares en donde hacer sus compras, en donde socializar o en donde tomarse un café. La densidad de población baja, cada vez hay menos espacio para que viva gente, se derriban viviendas para construir comercios, y esos nutridos grupos de jubilados, chiquillos y comadres desaparecen, igual ni qué decir tiene que las putas, los cacos y demás, e incluso los inmigrantes. Las calles, ahora más vacías que nunca, se embellecen, se limpian y se adecentan, y todo es muy bonito para los que se quedan y se lo pueden permitir, pero no para los que se han visto forzados a marcharse.

(la opción, o no opción, de quedarse podría resultar aún peor, si no que le pregunten a Kenny)

(lee la segunda parte de este artículo aquí)

(read this article in English here)

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2 responses to “Gentrificación, no en mi patio trasero (primera parte)

  1. Pingback: Gentrification, not in my backyard (part 1) | marcosmarconius·

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