La Isla del Sueño (tercera parte)

Pasó la noche. Al alférez le despertaron los tiros. Acababa de amanecer, y a su lado dormía princesa.

Indios huyendo de los españoles a los bosques

(lee la primera parte de este relato aquí)
(lee la segunda parte de este relato aquí)

Habían yacido juntos en aquel apartado rincón de la isla. Ella le había contado por el camino todo lo relativo a Tiki-Maru, los sueños y demás, pero solo cuando llegaron a aquel lugar, y solo cuando había hecho presa en él con sus brazos, le contó lo de su revelación. Le había jurado que no sabía lo que iba a pasar, que creía que Maru había concebido algo, y que los grandes soñadores, las madres-árbol y muchos jóvenes lo habían entendido, pero ella aún no, así que lo ignoraba. Lo único de lo que estaba segura, le dijo, es de que sería algo malo, y por ello le suplicó que se quedara con ella aquella noche.

Él había consentido. Sabía que para aquella gente no existía la guerra, y que hacía horas debía de haber tenido lugar una reunión de oficiales en la que se deberían de haber tomado las medidas oportunas. En el caso casi improbable de un ataque suponía que tendría lugar dentro de unos días, pues las aldeas se encontraban bastante lejos las unas de las otras, y aquella gente, inexperta en la lucha, tardaría un tiempo en organizarse y equiparse. Pero había subestimado la excepcional conciencia colectiva que tenían los soñadores.

Sonaban disparos, y a lo lejos comenzaba a elevarse una densa humareda. Princesa se despertó también. Al momento comprendió lo que pasaba, y le miró temerosa y preocupada, como implorando perdón. No le hizo falta. Su apóstol había decidido ya que ella no tenía culpa de nada, solo de amarle profundamente, y le respondió con un beso. Luego se vistieron y corrieron a la playa.

Tardaron casi una hora en llegar, y para cuando lo hicieran todo parecía haber terminado. Princesa le rogó que no se acercara, le obligó a ocultarse entre unos matorrales y, al poco rato, volvió remando en una pequeña barca. Al llegar le contó que solo había visto muchos muertos de ambas razas yaciendo alrededor de la zona de las chozas que se alzaban junto a la playa, numerosos grupos de jóvenes soñadores armados, pintarrajeados y caminando de un lado para otro, y que parecía no haber ningún blanco vivo en la isla, pero que la gran barca estaba intacta, flotando en la bahía y llena de su gente, por lo que, le imploraba, debía montarse en aquella canoa y subir a bordo. El alférez se debatió primero entre acudir al combate o dirigirse directamente a la fragata, y luego entre marcharse o quedarse con ella. La pidió irse con él, luego insistió en quedarse con ella, pero Princesa, dulce y pacientemente, se negó a todo hasta que le convenció, llorando, de subir a la barca y dirigirse a su fragata. Se despidieron sin saber si sería para siempre, con un beso infinito, y se alejaron lentamente el uno del otro hasta que ya no pudieron verse más.

En cuanto estuvo cerca de la Júpiter hizo señas para evitar que le dispararan. Una chalupa se acercaba, como él, a la nave, llena a partes iguales de marineros, soldados de infantería de marina y heridos. En la isla, más allá de la playa, se levantaban grandes columnas de humo, y se vislumbraba una gran muchedumbre de indios corriendo de un lado a otro. Ya no sonaban más disparos.

Subió a bordo en el momento justo. El teniente Álvarez deseaba abrir fuego con todas las baterías contra la isla, y se paseaba por el alcázar hecho una furia, gritando, maldiciendo y despotricando. El capitán, con aspecto abatido, se sujetaba en los obenques mientras observaba la tierra, intentando pensar con claridad. Villaboa, herido ligeramente en un brazo, observaba a su amigo y al capitán, ansiando recibir la orden de arrasar aquel pedazo de tierra. Echó de menos en cubierta a dos de los tenientes de navío, incluido uno de sus amigos, también a Gonzalo, al primer contramaestre, al capellán, a varios artilleros, grumetes y oficiales de mar, y también al indeseable de Sierralta, pero al menos vio a Navas remendando a varios heridos en cubierta. Volvió a escuchar a Villaboa exigirle venganza al capitán y pedirle el inmediato bombardeo de la isla, y olvidando rangos y disciplina se dirigió directamente hacia él cegado por la rabia, le agarró por la casaca, le empotró contra la mesana y bien alto, para que le escuchasen todos, le espetó:
-¿Bombardear la isla dice? ¿Como venganza dice?¿Quiere venganza? ¡Pues muy bien! ¡Empecemos por usted oficial! Usted, malvado idiota, que debería haber muerto en medio de este desastre que tanto ha ayudado a provocar, que por su negligencia y su estulticia ha causado la muerte de tanta gente y dado al traste con toda esta misión. Usted, que después de todo lo sucedido pretende causar aún más muertes y sufrimiento. Solo gente como usted es tan estúpida y a la vez tan perniciosa como para llegar a una isla en la que sus habitantes ni siquiera conciben lo que es la “guerra” y conseguir, en menos de un mes, que nos ataquen y se desate un verdadero baño se sangre. Las voces de nuestros camaradas muertos resonarán en su conciencia, si la tiene, el resto de sus días, oficial, y por muchos indios que mate ahora no logrará acallarlas, así que cállese ahora mismo, o los demás tripulantes de este barco daremos rienda suelta a esa venganza que usted tanto desea empezando por su triste persona.

Todos a su alrededor se quedaron callados, petrificados. Álvarez se zafó de su agresor, miró a su alrededor y se encontró con las miradas hostiles de casi todos los presentes, así que se dio media vuelta, el rostro blanco y sudoroso, y bajó a la cubierta a supervisar las maniobras de zarpe. Villaboa esquivó su mirada, cabizbajo, y comenzó a pasar revista a sus mermadas tropas. Al momento el capitán se rehízo, retomó el control y dio las órdenes oportunas para partir lo antes posible, reorganizarse y atender a los heridos. Luego se dirigió a su alférez, y le dijo: <oficial, hágase cargo y atienda su puesto>, y después, en voz muy baja: <bien hecho hijo, pero ahora tranquilícese y esté atento, sobrepóngase, zarpamos>.

Mientras levaban anclas y desplegaban las velas el joven oficial tuvo por fin un momento de paz, y observó desde la popa la hermosa playa en donde había dormido hasta aquella misma noche. Nubes de humo se alzaban hacia el cielo. Casi sesenta marineros, oficiales e infantes de marina habían quedado en tierra, entre ellos varios amigos, aunque también habían perdido al malparido de Sierralta, esperaba que descuartizado o empalado a manos del propio Maru. Sabía Dios cuántos soñadores habrían muerto bajo el fuego de los fusiles, puede que cientos, y cuántos años duraría su recelo hacia los blancos.

Al menos Princesa estaría a salvo, por el momento. El Tiki-Maru había introducido en aquella gente, gracias a los desmanes de Sierralta y compañía, la idea de la guerra, y eso traería consecuencias, seguro. Solo era cuestión de tiempo que otro Tiki iluminado surgiera del mundo-sueño e introdujera la idea de la guerra entre los mismos soñadores, y quién sabe lo que sería de ellos entonces, de la tribu y de Princesa. Ante tales pensamientos deseó con todas sus fuerzas poder volver a aquella isla, pero ahora estaba haciendo justo lo contrario, estaba alejándose, y quizás, pensó, tuviera que resignarse a no poder volver jamás. Al concebir aquello se sintió a punto de desfallecer, pero justo en aquel instante recordó las palabras que su amiga le había dicho antes de despedirse, y aquello le hizo sonreír agridulcemente.

-Escucha mi apóstol – le había dicho ella – los espíritus del mundo-sueño me han enseñado algo esta noche mientras dormía contigo. Yo soy una soñadora, y puedo soñarte siempre que quiera para volver a estar contigo. Puedo seguir a tu lado por siempre, aunque sería mucho más dulce tenerte, a la vez, en el mundo-sueño y en el mundo-tierra. Pero, aunque tú no sepas nada del mundo-sueño, también tú puedes permanecer siempre conmigo, porque tú eres un apóstol, tú escribes, y al escribir eres capaz de convertirme en eterna e inmortal, y volver a tenerme contigo cuando tú más lo desees. Si no volvemos a vernos al menos los dos viviremos siempre el uno en el otro, y tendremos el poder de evocarnos, así que no te despidas de mí, salúdame tan solo, y ahora vete, pues deseo que sigas viviendo aún muchas lunas en el mundo-tierra, para que también tú, si nunca llegas a aprender nada acerca del mundo-sueño, puedas tenerme a mí cuando más lo desees escribiéndome.

(read this tale in English here)

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One response to “La Isla del Sueño (tercera parte)

  1. Pingback: Dream Island (part 3) | marcosmarconius·

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