La Isla del Sueño (segunda parte)

Hika contemplaba a Maru a la luz de la hoguera. Las cicatrices que aquel hombre blanco le hiciera hacía ya diez lunas estaban casi curadas, pero le conferían una expresión temible y, a la vez, magnética. Podría decirse que resultaba muy difícil apartar los ojos de su rostro, algo muy apropiado para quien volvía del mundo-sueño convertido en un dios, pero aunque todos lo admiraban y lo seguían ella, sin embargo, sentía miedo. Aquella era una de esas ocasiones en las que se tejían y pintaban nuevas verdades en el mundo, y lo que su gente estaba a punto de presenciar no podía saber qué era, pero no le gustaba nada.

Tiki

(lee la primera parte de este relato aquí)

Maru debía su nombre, “gentil”, a su carácter apacible y amistoso. Era aquel rasgo de su personalidad lo que le había atraído de él hasta el punto de llevarlos a ser amigos en la carne en más de una ocasión. No era especialmente fuerte ni guapo, ni lucía más tatuajes que cualquier otro joven, ni era parte de la nobleza como lo era ella, una de las casi cincuenta hijas del gran jefe, el Ariki-Nuié, pero su personalidad despierta y amable lo convertía en un chico muy agradable. Y era precisamente aquel rasgo el que le había hecho ser el favorito de los hombres santos cuando éstos llegaron hacía ya mucho, siendo ella apenas una niña, y por ende el mejor contacto con la gente blanca cuando desembarcaron de su gran canoa hacía ya cosa de treinta lunas.

Ella misma había aprendido también alguna que otra cosa de aquellos dos hombres blancos y barbudos, pero había sido bastante poco, tanto que, cuando llegaron los demás, le parecieron tan extravagantes y extraños como al resto de su tribu. No obstante, la curiosidad de Maru, el apoyo de los dos hombres santos, y la petición de su propio padre, el gran Ariki, que necesitaba desesperadamente cualquier tipo de contacto para comunicarse con ellos, hizo que no tardara en relacionarse con los recién llegados.

Al principio no le gustó demasiado lo que vio. Aquella gente, en general, le pareció algo sucia y tosca y, sobre todo, brusca, pues reaccionaba a todo de forma agitada y extraña, como si no tuviera armonía interior. Además lo ignoraban todo acerca del mundo-sueño, solo creían en un dios, adoraban determinados materiales y objetos como si fueran sagrados, como las perlas, y realizaban largos y peligrosos viajes en su gran barca sin la compañía de ninguna otra mujer ni de niños. Y encima tenían armas, muchas armas, temibles, como si vivieran siempre con miedo. No se imaginaba cómo aquellos hombres barbudos podían vivir así, y en ocasiones ni siquiera le parecieron humanos, pero eso cambió cuando conoció al apóstol.

Le llamaba así porque, según le había contado uno de los hombres santos, tenía el mismo nombre que uno de los cuatro hombres que habían contado a los demás la vida de su dios cuando estuvo entre los humanos, uno de los cuatro “apóstoles” que la habían escrito. Escribir era algo parecido a dibujar que hacían aquellas gentes sobre la superficie de un material extraño que solían portar con ellos, y que siempre la había fascinado porque así, le habían explicado, se comunicaban y contaban cosas unos a otros aún después de muertos, con mensajes que tenían, además, la facultad de sobrevivir al tiempo y perdurar por siempre.

Su apóstol le gustó en seguida. Era uno de los jefes de aquella gente, aunque no uno de los más importantes, y sin embargo era el que más se mezclaba con su pueblo. Era gentil y amable como Maru, y también muy curioso, quería conocerlo y saberlo todo, sonreía mucho, escuchaba muy bien, aprendía rápido y resultaba, además, que también sabía escribir, y que escribía, de hecho, muchas cosas. Maru se había hecho muy buen amigo suyo, algo muy normal teniendo como tenían los dos una edad y un temperamento tan parecidos, y una noche fue presentada formalmente. Ella se acercó a él sin tapujos, al principio pensando que quizás así podría darle celos a Maru, quien hacía ya mucho tiempo que prefería a una de sus hermanastras, la hermosa Nani, pero en seguida por puro placer. Se hicieron amigos en seguida, y más tarde más que amigos. A él le pareció muy gracioso que ella le llamara “apóstol”, y a ella le gustaba que él le llamara “princesa”, una palabra en su idioma que significaba tanto estrictamente su posición como hija del Ariki como un halago que se le hace a una mujer especialmente querida.

Pasaron mucho tiempo juntos, aprendieron mucho el uno del otro, y todo fue muy bien hasta que Maru sufrió aquel incidente: Sucedía que Nani era cortejada por uno de aquellos blancos, uno llamado Sierralta, un pequeño jefe que no le caía nada bien a su apóstol, y ella se había dejado hacer. Hasta ahí no había ningún problema, Maru sabía, como todos los hombres nacidos en aquella isla, que su hermanastra era dueña de hacer lo que quisiera, pero precisamente por ello ésta también podía, si quería, volver a estar con Maru otra vez, cosa que hizo, y que a aquel hombre blanco, sin embargo, no le gustó nada, hasta el punto que optó por violentar a Nani. Cuando Maru se enteró se rodeó de un grupo de amigos y fueron a pedirle explicaciones a aquel hombre miserable y peligroso, pero éste también tenía compañía, y sin aceptar arreglar las cosas sólo con Maru, con honor, él y sus amigos desarmaron con sus temibles armas a los otros y luego les dieron una gran paliza. Maru se revolvió con especial rabia, y eso hizo que su contrario se ensañara con él y le marcara la cara con un cuchillo antes de dejarle, mal herido, tirado detrás de una choza.

Desde entonces todo había cambiado. Evidentemente aquel incidente había alterado a toda la comunidad, en especial a su padre, el Ariki. El gran jefe de la expedición, acompañado de sus hombres, entre ellos su apóstol, y de los hombres santos, había mantenido varios encuentros con su padre, que aunque cordiales y llenos de explicaciones, disculpas y buena voluntad, no habían podido evitar que las relaciones se enfriaran. Los blancos habían empezado a montar guardia por las chozas de la playa, armados con sus temibles armas, y la tribu se mostraba recelosa y ya no se acercaba tanto a los visitantes, en especial las mujeres. Incluso a los hombres sabios se les empezó a tratar con mayores reservas.

La cosa, sin embargo, había ido a más. Maru se había vuelto sombrío. Al principio ella había pensado que se trataba tan solo de rabia por su honor herido, o del dolor que le producían sus terribles heridas. Sin embargo, en una ocasión en que habló con él se dio cuenta de que estaba transformándose en otro ser. Le dijo que, mientras era maltratado y marcado para siempre, había comprendido algo referente a aquellos hombres, algo que siempre había intuído, que siempre había notado sutilmente gracias a lo mucho que había llegado a aprender de ellos, pero que nunca había llegado a percibir claramente… hasta ese momento. Mientras aquel horrible hombre rajaba su carne, le dijo Maru, había entendido algo acerca de la fuerza que movía a los de su raza, algo referente a porqué poseían tantas y tan crueles armas, a porqué nunca parecían sosegados, o a porqué deseaban tanto sus perlas. Después de decirle aquellas cosas le pidió estar solo. Estaba soñando cosas, dijo, y necesitaba dejar que fluyeran.

Al poco de aquello Maru les habló a todos acerca de sus sueños. Les contó cómo veía a un hombre huir por la selva con una lanza en la mano. El hombre estaba asustado, tenía miedo, no se sabía si de una fiera o de otros hombres, pero corría y corría sin rumbo. Todo estaba oscuro, era de noche, y el hombre temeroso avanzaba sin rumbo mientras alanceaba el aire frente a él, creyendo a cada momento que el peligro del que huía se encontraba frente a sus ojos. En un momento dado se topaba con otro hombre, un caminante que le abordaba sin miedo, tranquilo, pero era tal su pavor que clavaba su lanza en él repetidas veces hasta matarlo. Luego, por un segundo, comprendía el crimen que acababa de cometer, asimilaba su gran error, pero a continuación, más enajenado aún que antes, y horrorizado por lo que acababa de hacer, volvía a echarse a correr, con su lanza ensangrentada en la mano, temiendo encontrarse con otros hombres que fueran testigos de su absurdo y horrible delito. Al poco, el fugitivo volvía a ver a otro hombre tranquilo al que mataba, esta vez, por miedo a ser descubierto por su anterior crimen, y reemprendía su loca carrera, mientras una espiral sin fin se dibujaba en su frente mientras sucedía a medida que se hundía más y más en su locura.

En otros sueños Maru soñaba con lo mismo, decía, pero la historia se iba alargando. Al mismo hombre volvían a sucederle las mismas tremendas cosas, pero después sucedía que los demás hombres que por allí había, al descubrir los cadáveres que éste iba dejando atrás, comenzaban a enloquecer de miedo, a armarse y a correr por la selva alanceando el aire y, en ocasiones, matando a otros hombres que estaban tan asustados como ellos. Aquello sucedía una y otra vez, los hombres asustados construían lanzas cada vez más grandes y temibles, y se juntaban en grupos numerosos para enfrentarse a otros grupos de hombres igual de asustados, mientras una espiral infinita se dibujaba, de nuevo, en la frente de todos ellos.

Luego todo había sucedido muy deprisa. Las posadas del sueño fueron visitadas como nunca lo habían sido en todos los años de su vida. Su padre y sus consejeros se pasaron la mitad del tiempo metidos en ellas. Los grandes soñadores, los ancianos que pasaban tanto tiempo durmiendo, habían comenzado a experimentar los mismos sueños que Maru. Luego comenzaron a vivir otros, en los que un hombre tranquilo era alanceado por uno de aquellos hombres locos, pero que al serlo, y justo antes de morir, percibía la espiral que su atacante tenía marcada en la frente, y conseguía borrarla con sus manos con su último aliento de vida. Al hacerlo su atacante recobraba el juicio y su temor se disipaba, y dándose cuenta conseguía que sus compañeros hicieran lo mismo en sus propios rostros, y así, cada vez más hombres conseguían recobrar su sano juicio y abandonar para siempre aquella absurda matanza.

A los pocos días toda la tribu tenía ya aquellos mismos sueños, y si no los mismos otros muy similares que todos consideraban versiones del original. Las madres-árbol, las ancianas que conservaban las raíces que conectaban el mundo-tierra y el mundo-sueño, habían empezado a interpretar los sueños de los grandes soñadores como el presagio de que un nuevo dios llegaba al mundo, un Tiki pintor o tejedor que iba a ocasionar un inminente cambio en la forma de vivir sus vidas. Tras aquello tardaron muy poco en llegar a la conclusión de que aquel Tiki era Maru, a quien todos empezaron a llamar Tiki-Maru, y al poco “Tiki-Maru el de las marcas de la locura en el rostro”.

Aquella misma noche se produjo el acto final de aquel drama. Tiki-Maru les había hablado en la gran choza del sueño. El gran Ariki, los nobles más prominentes, y muchos de los grandes soñadores y de las madres-árbol estaban junto a él. El nuevo Dios les había dicho que las madres-árbol y los grandes soñadores le habían permitido comprender que los espíritus le habían elegido para hacerles entender una horrible pero necesaria verdad: que los blancos provenientes de la gran barca vivían enloquecidos por un gran miedo, un miedo que les hacía violentos y peligrosos, pero también poderosos en el horror, tanto como para poseer aquellas terribles armas y aquella enorme barca. Al ser marcado, les dijo, había comprendido aquella verdad en los ojos de su atacante, aquel miedo y aquella furia que moraban en su interior, y había visto que, si no hacían algo pronto, esa enfermedad acabaría devorando a la tribu de los soñadores, ya fuera porque serían destruidos por aquellos locos o porque acabarían contagiándose con su enfermedad y matándose los unos a los otros. Gracias al mundo-sueño, sin embargo, y a los espíritus de la tribu, Maru había comprendido aquella locura, la había interiorizado y asimilado, y había aprendido a dominarla, por lo que ahora se la enseñaba a ellos, sus hermanos, su pueblo, para que aprendieran a utilizarla y controlarla.

Se trataba de la locura de la violencia en grupo, no de la violencia que conocían, la ocasionada como una respuesta por parte de un hombre o una mujer ante una ofensa, una situación tensa o la caza de algún animal. Era la violencia compartida, la violencia sentida por toda una tribu, la violencia premeditada, sistemática, dirigida, planeada. Lo que su pueblo nunca antes había hecho, lo que no conocía, pero para lo que los blancos ya tenían una palabra, la “guerra”. La había compartido con ellos en el mundo-sueño, la habían soñado y sentido juntos, y ahora solo restaba usarla contra los blancos antes de que ellos decidieran dirigirla contra la tribu.

Y allí estaban ahora. Tiki-Maru con sus terribles cicatrices observando a su tribu, distante, fiero y amenazador a la luz del fuego. Su padre alzando su vara y gritando con fiereza, como hacían todos los hombres allí presentes. Y ella, una joven como cualquier otra, asustada y temerosa entre la multitud. Pero no quiso permanecer allí. También había tenido aquellos extraños sueños, como todos, y en el fondo sabía que algo de todo aquello era verdad, pero pensaba en su apóstol, quería a su apóstol, y creía sinceramente que él no era así, que no era un loco, al menos en el fondo. Ya había sido lo bastante amargo pasar tantos días alejada de él como para dejar encima que le sucediera algo malo. Pensaba ir a buscarlo y contárselo todo, y llevárselo a algún lugar seguro hasta que todo aquello pasara.

En el momento en que hizo el amago de abandonar la choza y escabullirse Nani se topó con ella. Llevaba un mensaje de parte de Maru. Hika se alegró de ver que su hermanastra ya se había recuperado del maltrato, y de saber que estaba junto a Maru otra vez, pero lo que más le alegró y le dio fuerzas y ánimos fue saber que Maru quería de ella que protegiese a su amigo pues, al igual que con los hombres santos, quería ahorrarle, en lo posible, todo sufrimiento. Sus palabras, repetidas por Nani, habían sido las siguientes: <Llévatelo lejos de la playa y de la gran barca, que no se acerque en toda la noche, si de verdad le quieres seguro que lo conseguirás, manteneos lejos de la locura, de la nuestra y de la suya, y dile, si te acuerdas, que siempre lo tendré en mis sueños como a un amigo y un hermano.>

Y así era como había partido de la gran aldea, justo antes de que los jóvenes comenzaban a armarse y a dibujarse una espiral y extrañas marcas en la cara, y cómo, a unos pocos metros de allí, se había encontrado con su querido apóstol en mitad del sendero, a la luz de la luna, mientras él iba a su vez a buscarla a ella, inconsciente de estar dirigiéndose hacia una muerte segura. Apenas le dio tiempo a hablar. Le abrazó y le dio un fuerte y apasionado beso, y luego le cogió de la mano y se lo llevó lejos, a las cuevas, al otro lado de la isla.

(read this tale in English here)

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3 responses to “La Isla del Sueño (segunda parte)

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