La Isla del Sueño (primera parte)

Princesa estaba rara. Maru estaba raro. El Ariki-Nuié también lo estaba. Viva Dios que todos los soñadores estaban raros desde hacía ya varios días. No sabía exactamente porqué, aunque intuía algo ominoso y preocupante pero, como fuere, lo cierto es que lo estaban, de eso no cabía duda, y él tendría que hacer algo al respecto, aunque no sabía bien qué.

Jodocus Hondius - 1602

Observó la hermosa playa, el lugar en el que habían desembarcado hacía ya un mes: Un paraíso de blanca arena, grandes palmeras y cristalinas aguas turquesas que, al atardecer, adoptaba un tono inusual con el que la arena se convertía en oro en polvo y el agua, antes traslúcida, en una alfombra opaca de un azul oscuro intenso perlada de miles y miles de ascuas centelleantes. A lo lejos, en el centro de la ensenada, flotaba a contraluz, recia y elegante, la Júpiter, la ágil y maniobrera fragata que les había traído hasta allí a través del Pacífico, con las velas arriadas y el ancla echada, ofreciéndole toda su banda de babor, unos quince cañones, y parte del espejo y del coronamiento de popa. Entre los mástiles, por el horizonte, el sol se escondía en el mar, enorme y anaranjado, acentuando los perfiles de la embarcación, y tiñendo de rojo las panzas de las pocas nubes que cruzaban el cielo. Dentro de una hora escasa sería completamente de noche, y habría llegado el momento de dejar de cavilar o escribir en su diario, salir de la choza y hacer algo. Lo que fuere.

Si acudía directamente al capitán y le exponía sus sospechas quizás empeorara aún más las cosas. Del capitán en concreto, como persona, no tenía nada que temer, pues aparte de la fluida relación que mantenían como oficial superior y subalterno cultivaban una cierta amistad de caballeros. Se trataba de un hombre cabal, sereno, cultivado y razonable, al que siempre podría confiar sus negras sospechas, pero ante todo era el capitán, y como tal se vería obligado a tomar las medidas que considerara necesarias para preservar la seguridad de la expedición, quisiera o no, incluso si estas medidas eran drásticas y traumáticas.

Además, no se trataba tan solo del capitán. En una reunión de oficiales podría contar casi con certeza con el buen juicio del primer contramaestre, aquel lobo de mar cascarrabias pero de buen corazón, de uno de los tenientes, del capellán y, sobre todo, del piloto Gonzalo y de Navas, el cirujano y naturalista, sus dos mejores amigos en aquel barco, y también gentes de paz que compartían con él su juventud, su sincera curiosidad y su amor por aquellas tierras y gentes. Sin embargo, también habría otros en esa reunión, gente como el teniente Álvarez y el alférez Sierralta, o el pendenciero de Villaboa, el capitán de infantería de marina, que estarían encantados de adoptar medidas severas, una iniciativa que, dada su habitual beligerancia y ambición sin escrúpulos, podría degenerar sabe Dios en qué nuevas desgracias.

Porque ya había habido desgracias. Al principio meros roces sin demasiadas consecuencias, incidentes leves, ocasionados, sobre todo, por inevitables malentendidos culturales que tanto la tripulación como los isleños pronto habían asumido y solventado. El sentido de la propiedad de los soñadores, por ejemplo, era diferente, y a veces tomaban prestadas cosas sin avisar. La isla tenía zonas consideradas sagradas, así como tótems y estatuas consagradas a dioses que más de un marinero había profanado inconscientemente en alguno de sus paseos. El grog, que apenas afectaba a un curtido hombre de mar, sentaba muy mal a los isleños, lo que había ocasionado alguna que otra disputa a puñetazos. Los tabúes de los indígenas eran diversos de las conductas moralmente reprobables para los occidentales, y así un largo etcétera que el alférez había ido apuntando meticulosamente por curiosidad etnológica y prudencia, y que el sentido común y la voluntad, tanto de unos como de otros, habían conseguido solucionar. No obstante, lo que aún no se había podido olvidar era aquel incidente ocurrido entre Maru y el alférez Sierralta, aquel desastre en el que también estuvieron implicados Villaboa y Álvarez, que casi diera al traste con todo, y que era precisamente la causa de que la atmósfera se hubiera enrarecido tanto.

Quizás empeorara las cosas, pero para que los malvados triunfasen bastaba con que los hombres buenos no hicieran nada, como dijera el francés aquel, así que algo había que hacer. Saldría de allí con las primeras estrellas, iría a buscar a Gonzalo y a Navas a donde quiera que anduvieran, les expondría el caso e irían todos a hablar con el capitán a su choza. ¿Y qué le dirían? Había que intentar hacerle comprender la excepcional y compleja psicología de aquella gente, tanto a él como a sus amigos, y a sus enemigos también, y salvo los misioneros nadie conocía mejor aquella cultura que él mismo, gracias a su especial relación con Princesa.

¿Y qué estaría haciendo Princesa ahora? Quizás debería hablar con ella antes de hacerlo con nadie más. El problema es que antes le era mucho más fácil encontrarla, de hecho ella solía buscarlo a él, pero llevaba días esquiva, rara, distante, una señal más de que algo andaba mal. Pero no podría negarse a verlo, su relación era especial, o al menos eso quería pensar él. Las mujeres de aquella isla, al igual que, según contaban algunos marinos, sucedía en muchas otras en aquellas latitudes, eran muy liberales, no tenían muchos tabúes sexuales, y los hombres no eran nada posesivos o celosos, una situación harto agradable y de la que, le constaba, se habían beneficiado ya varios miembros de la expedición, incluidos algunos de sus mejores amigos. Pero liberales no quería decir necesariamente promiscuas, no eran unas rameras, y con Princesa, además, no se trataba para nada de eso. Ellos dos eran, ante todo, buenos amigos, la trataba bien y con respeto, pasaban mucho y muy agradable tiempo juntos, aprendían cosas el uno del otro, e incluso conversaban largo y tendido después de que hubieran aprendido lo suficiente de la lengua del otro gracias, en un primer momento, a la paciente labor de los misioneros. Solo por ella toda aquella expedición había valido la pena, y por todo eso lo cierto es que la había echado de menos durante aquellos días tan extraños, la quería y necesitaba ir a buscarla.

Pero, y mientras le daba vueltas a todas aquellas disquisiciones, no hizo falta que se decidiera por una u otra opción, porque el capellán y uno de los misioneros entraron en su choza tras llamar primero a la puerta cortésmente. Venían prudentes pero determinados, como se comportan las personas que, tras mucho reflexionar, han llegado a alguna conclusión seria y grave, y se encontraron con la misma actitud en él, por lo que el entendimiento fue rápido. Había que convocar una reunión de oficiales, decían, para hablar del mal ambiente que se respiraba en aquella isla y tomar medidas al respecto.

-Ya sabes que siempre comparten sus sueños por las mañanas, que se reúnen en grupos y se los cuentan unos a otros para ponerlos en comunión e interpretarlos entre todos – le decía el padre Antonio, el misionero que llevara ya más de diez entre los soñadores – Sabes lo importante que es para ellos, y que a mí solían invitarme a asistir a aquellas reuniones porque me consideran una especie de hombre santo del mundo-tierra aunque ignorante del mundo-sueño. Pues bien, estos últimos días no me han invitado, no me lo han prohibido abiertamente, pero han evitado realizarlas delante de mí, hacer algún tipo de comentario comprometedor, me han evitado. Ya sabes lo abiertos y acogedores que son, por lo que me resulta enormemente extraño. Y también he percibido una gran actividad en las posadas de sueño, y apenas he visto a los grandes soñadores o a las madres-árbol.
-Algo pasa, no hay duda. El otro padre también está de acuerdo – secundaba el capellán – ¿Te ha explicado ya Hika o alguno de los padres misioneros algo concerniente a sus Tikis, sus dioses posteriores al tiempo-sueño?

Algo sabía el alférez acerca de ello. La tribu creía que un gran grupo de dioses había creado el mundo hacía ya muchas lunas, una familia numerosa y pintoresca de seres veleidosos y problemáticos muy parecida en sus caprichosas actitudes al panteón grecolatino. Pero los dioses posteriores, los que ellos llamaban Tikis, o dioses pintores, o tejedores (era un concepto difícil de traducir) eran dioses surgidos con posterioridad, que habían creado cosas nuevas en el mundo pintando con nuevos colores y tejiendo nuevas historias. Nunca había entendido qué significaba aquello exactamente, pero les explicó a los sacerdotes todo lo que sabía, sin ocultar lo que aún ignoraba.

-Verás hijo, yo soy nuevo aquí y no puedo aventurar nada aún – le respondió el capellán – pero el padre Fermín, que ahora intenta hablar con el Ariki-Nuié, tiene la interesante teoría de que esos dioses, sean lo que sean, lo que hacen es producir cambios en su mentalidad colectiva que los facultan para afrontar determinados desafíos nuevos o desconocidos que puedan surgir a lo largo de su historia y para los que no estaban previamente preparados.
-El caso es que nosotros nunca hemos asistido a algo así, pero sabemos que cuando uno de esos dioses está por llegar, sea lo que sea lo que signifique eso, sucede lo que parece estar sucediendo ahora, esto es, muchos sueños, tensión colectiva y un mayor culto a sus tótems y a sus ídolos – añadió el misionero – y, si eso es lo que está pasando, quiere decir entonces que algo grande va a suceder, no sabemos el qué, pero algo importante. Y por el bien de todos los hijos de Dios que aquí habitan, tanto los cristianos de su expedición como los de mi rebaño, lo mejor es estar preparados para lo que sea.
-Así que hemos pensado – concluyó el capellán – que mientras nosotros vamos a hablar con el capitán tú, hijo, vayas a hablar con Hika, pues vuestra alentadora relación podría hacer más por evitarnos desgracias a todos nosotros que toda la diplomacia de los padres misioneros y del capitán juntos, y si no es así creo que, al menos, siempre nos ayudará en algo.

Accedió. Mataba dos pájaros de un tiro. Así podría ir a buscarla y también solucionar lo de la reunión con el capitán, y en cuanto a conocimiento de los indios y su cultura, y a capacidad de persuasión y diplomacia se refiere, nadie podría igualar al misionero Antonio. Así pues, les firmó un papelito en el que apoyaba su postura delante del capitán y explicaba la misión que se disponía a realizar para justificar su ausencia en el más que probable consejo de guerra que se avecinaba, salió de la choza, les recomendó encarecidamente hacerse acompañar por Gonzalo y Navas, por el primer contramaestre y por un par de figuras simpatizantes más, se despidió de ellos en la negrura de la noche y partió a la aldea grande.

(Lee la segunda parte de este relato aquí)

(Read this tale in English here)

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3 responses to “La Isla del Sueño (primera parte)

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