Ayutthaya (parte 2)

Era finales de febrero de 1767 cuando llegamos de nuevo a las afueras de aquella ciudad próxima a su agonía final. Los asediadores se dedicaban a minar las murallas oliendo ya el botín y determinados a no dejar que una nueva estación de lluvias les obligara a revivir las penalidades del año anterior. Un asedio, sin embargo, no es nunca tan impermeable como parece, pues un ejército tampoco lo es, y tras mucho repartir dinero dentro y fuera de las murallas pudimos contactar con nuestros amigos y organizar un rescate.

Bangkok, Wat Arun19

(para leer la primera parte del relato haz click aquí)

Te ahorraré los detalles de cómo, tras un mes de tejemanejes y sobornos, y mientras negociábamos formalmente una venta de armas para los birmanos, llegamos a un entendimiento con un grupo de oficiales. Tan solo te diré que ayudó mucho el que los invasores hubiesen hecho levas recientemente entre los propios campesinos siameses.

Mi historia podría acabar, pues, así: aprovechando la confusión del día de abril en que los atacantes derribaron amplios tramos de la muralla e irrumpieron finalmente en la ciudad, tres pequeñas embarcaciones, amparadas en la oscuridad de la noche, se colaron en la urbe por otro punto del perímetro más tranquilo. A bordo, junto con varios soldados sobornados, íbamos algunos europeos, entre ellos Laurent y yo, a fin de vigilar que todo saliera bien. Tras cruzar el río y penetrar sigilosamente en la ciudad a través de una pequeña puerta, nos encontramos en un punto previamente convenido con un nutrido grupo de personas, entre las que había varios misioneros y ciudadanos portugueses y franceses, Monsieur Maréchal, varias mujeres tai y algunos niños mestizos. Después de los efusivos saludos y abrazos, y de comprobar los estragos que habían hecho en ellos los muchos meses de hambre y privaciones, embarcamos todos, dejando atrás la matanza y la tormenta de fuego que acababan de desatarse sobre la infeliz ciudad, y cruzamos de nuevo al campo birmano para, tras una breve jornada de descanso, encaminarnos por fin al sur, hacia Petchaburi, en un viaje en el que aprovechamos para ponernos al día unos con otros, y que concluimos sin demasiadas complicaciones al cabo de un mes en esta ciudad desde la que te estoy escribiendo ahora.

Sin embargo, aún hay algo que quiero contarte: imagina, querido Alphonse, mi indescriptible sorpresa cuando, tras tantos meses de azarosas desventuras, tras la tensión de cruzar las aguas en la oscuridad, tras la ansiedad que me causaban el griterío de la lucha y la carnicería que acababan de desatarse por doquier, tras la alegría y el alivio de encontrarme con tantos amigos y conocidos, y la pena de observar su lamentable estado, imagina, en fin, cómo debí de sentirme al hallar, entre todos aquellos fugitivos, a la hermosa Narissara, a quien tanto me apenó decir adiós, y a quien yo había dado ya completamente por perdida.

Al principio creí haberme equivocado: Estaba oscuro, había un gran revuelo, las sombras se movían frenéticamente a causa de los incendios que ya se desataban por toda la ciudad, y algo había en su expresión además que yo no conocía y que me tenía confundido. Estupefacto, me acerqué, pensando que mi imaginación me había jugado sin duda una mala pasada, y no estuve realmente seguro de lo que veía hasta que ella misma me reconoció a mí. Estaba, como todos, más delgada y demacrada, pero había algo más, algo entre frágil y ausente en sus ojos que me tenía desconcertado. Ella, por su parte, me sonrió en cuanto me vio, al principio con asombro, y luego como sonreiría una niña, con sinceridad y ternura. Hasta me abrazó, Alphonse, cosa que las mujeres de esta tierra no acostumbran a hacer nunca en público, menos con un hombre. Pero me quedé perplejo al comprobar que no decía ni una palabra.

Pensé que se trataba de los horrores del momento. ¡Debías haber estado allí, Alphonse, para ver cómo las llamas se alzaban en la noche alumbrando fantasmagóricamente las fachadas de los edificios, creando un espectáculo grotesco de sombras e iluminando los feroces rostros de los guerreros birmanos que se lanzaban como chacales a la carnicería! ¡Deberías haber estado allí para escuchar los gritos de miles y miles de personas huyendo, para sentir dentro de tu cabeza aquel horrendo clamor, aquel espantoso y desgarrador rugido de miedo y desesperación que acompañó a la destrucción de una de las más grandiosas ciudades de Asia!

Pero no era solo eso: una vez hubimos cruzado el río, descansado, partido, e incluso dejado muy atrás la hecatombe final que se vivió en aquella ciudad, ella siguió sin pronunciar palabra. Yo no la forcé a hablar, y tuvo que ser el padre Martinho el que me pusiera al día, contándome la historia de sus propias desdichas, que sumadas a las del asedio no resultaban pocas ciertamente: Sucedió al parecer que, como a todo el mundo, a Hong Xian también le entró prisa por irse cuando el sitio se cernió irremisiblemente sobre la ciudad. Como súbdito del Imperio del Medio, en guerra con Burma desde hacía ya dos años, su temor se acrecentaba al pensar en las más que probables represalias que sufrirían los de su raza a manos de los sitiadores, así que, al igual que hicieran casi todos los chinos de la ciudad, organizó presuroso la partida, solo que de una forma un tanto peculiar: Consumido por la codicia, primeramente esperó hasta el último momento para irse, obsesionado por salvar la mayor cantidad de riquezas posible y, cuando por fin lo hizo, mi querido Alphonse, ¡dejó abandonada miserablemente a su mujer en aquella ciudad condenada!

Nadie sabía porqué había actuado así, me dijo el cura, ni nadie pudo nunca preguntárselo pues, una vez puso en práctica su fuga, jamás se le volvió a ver. Ante mi visible preocupación e indignación, y sabiendo o intuyendo quizás mi simpatía por ella, Padre Martinho simplemente me conminó a ser bueno y paciente con la desdichada, y a excusar aquel mutismo que ya duraba un año pues, tras haberla protegido, ya que se vio de repente sola y arruinada, les había ayudado mucho a él y a sus hermanos en su tarea de asistir y cuidar a heridos y enfermos durante todo el sitio, comportándose, eso me dijo él, como lo haría una cristiana ejemplar. Y lo creo, pues sabe Dios que gentes no adoctrinadas en la fe del Señor pueden ser, a veces, perfectamente comparables a los más prístinos cristianos en cuanto a piedad se refiere. Una perfecta cristiana y muda también, en este caso.

¡Pero la historia no acaba aquí, mi querido amigo! Llevábamos ya varias jornadas de viaje hacia el sur cuando paramos una tarde a la sombra de unas palmeras para protegernos del calor y beber y refrescarnos en un arroyuelo cercano. Había, en aquel lugar, una pequeña pagoda destruida por los birmanos, calcinada y parcialmente derruida, con sus serenos budas despojados de todos sus ornamentos y decapitados, como seguramente habrá sucedido con los miles de ellos que adornaban las amplias avenidas de la antigua capital. Cada cual buscaba eludir como mejor podía los inmisericordes rayos de sol, y yo me había aventurado en el interior del destartalado edificio acompañado por Narissara quien, a pesar de seguir sin decir una sola palabra, solía buscar siempre y constantemente mi compañía.

A la fresca sombra de las desnudas y ennegrecidas paredes de aquel otrora lugar santo se respiraba una atmósfera tranquila y hasta melancólica, y quizás por eso, o porque la tensión se iba desvaneciendo del ambiente a medida que viajábamos hacia el sur, la viuda rompió su mutismo, y allí dentro, a solas conmigo, habló por fin. Un torrente de palabras salió de sus dulces labios en su candoroso portugués, a veces en medio de un sollozo, a veces en un suspiro, y a veces en un tono tan frío que producía escalofríos. Al principio me alegré de volver a escuchar su voz, pero lo que me dijo, Alphonse, me dejó anonadado, tanto que no sé si debería confiártelo, aunque quiero que entiendas porqué voy a llevarla conmigo a Malaca, porqué siento que debo protegerla, y porqué sé, y te lo he dicho repetidamente, y no sé si te has fijado, que es viuda Alphonse, y que me consta que lo es, y que yo hasta aquel día, no obstante, no sabía, como probablmente nadie más sepa incluso a día de hoy.

Empezó pidiéndome perdón, a mí y a los misioneros dijo, por no habernos dirigido la palabra a pesar de habernos portado tan bien con ella. Me aseguró, casi llorando, que no hablaba porque se sentía triste e impura y que, ya que me había ofrecido a llevarla conmigo a Malaca, debía contarme al menos la razón de su mutismo porque lo consideraba justo, aunque le daba miedo hacerlo, pues temía que la repudiase en cuanto supiese de su oscuro secreto. A continuación, y sin dejarme responder, casi como si hubiese decidido liberarse de aquel insufrible peso al coste que fuera, me explicó que ignoraba por qué su marido la había abandonado pues, aunque no se profesaban demasiado amor, ella había sido para él una buena y digna esposa. Quizás, me dijo, él ya estaba planeando empezar de nuevo en otra parte, y puede que viera en su mujer siamesa un estorbo más que una ayuda dadas las circunstancias. Como fuere, ella ya sabía que su marido estaba a punto de partir, decía, y pensaba que iba a llevarla con él, pero la engañó en el último momento y se marchó en mitad de la noche, dejándola sola en su enorme casa sin dinero y prácticamente sin recursos.

¡Pero lo más sorprendente de todo es que volvió, y esto es lo que nadie sabía! En medio de la desesperación, me siguió contando, y cuando ya llevaba horas llorando su miserable suerte por las estancias vacías de su gran hacienda, Hong Xian irrumpió de repente en su casa, de madrugada, empapado, solo, casi desnudo y con una herida abierta y aún sangrante en la sien. ¡Había esperado tanto aquel miserable que los birmanos habían interceptado la barca en la que huía, y lo había perdido todo, todo y a todos lo que con él iban, todo salvo su propia y miserable vida!

Hasta entonces Narissara me miraba como implorando compresión, como buscando afecto, pero llegados a este punto, Alphonse, adoptó un tono duro y monocorde, con sus rasgados y oscuros ojos tan entrecerrados que apenas sí dibujaban dos finas líneas horizontales en su delicado rostro. Y entonces me contó, de un modo algo confuso, cómo su marido, entre asustado y colérico, ni siquiera la miró a la cara, no haciendo más que lamentarse obsesivamente por haber perdido su fortuna y casi también su vida. Ella se sentía furiosa y humillada, decía, y en su mente obnubilada no podía dejar de repetir “me has abandonado”, “me has abandonado”, gritándoselo varias veces, pero él la seguía ignorando, revolviendo la casa en busca de ropa y de dinero. No recuerda, me dijo, cuánto tiempo estuvieron así, él ignorándola y ella recriminándole su miserable traición sin ser escuchada, solo sabía que, en un determinado momento, pensó “estabas muerto para mí, y así has de seguir estándolo”. No recuerda cuando aferró aquel cuchillo, pero sí recuerda clavarlo en el cuello de su marido, y quedarse mirándolo agonizar en el suelo de su vacía casona hasta que murió. Luego recuerda haber arrastrado su cuerpo a la bodega, limpiar la sangre, cambiarse de ropa, lavarse, coger el poco dinero y joyas que le quedaban y, como en un extraño sueño, marcharse de aquella casa para no volver jamás, rumbo a la misión portuguesa, la única familia que le quedaba en toda la ciudad. Y dicho esto suspiró, cerró los ojos, los abrió, me miró con una mirada dolorida pero firme, volvió a callar y salió al exterior.

Y esta es, amigo mío, la confesión que me hizo, el broche para esta historia, ¡la tragedia dentro de la tragedia! No sé muy bien qué va a pasar ahora pero, de momento, iremos juntos a Malaca. Se le nota mejor desde aquella confesión, se ríe más y hasta habla, aunque poco y tímidamente, como avergonzada, con prudencia. Creo que teme haberme asustado, puede que incluso espere que yo también la abandone antes de embarcarme. Yo, no obstante, no he vuelto a sacar el tema. Quizás pienses que estoy loco pero, y a pesar de todo lo que me contó entonces, confío tanto en ella que sería capaz de dormir tranquilamente a su lado poniendo, antes de acostarme, un cuchillo entre sus manos.

Te escribiré muy pronto para contarte más historias Alphonse, y para que sigas al tanto de nuestros negocios. Alégrate de que, al final todo haya salido bien, deléitate con estas historias de Siam, no temas ya más por mí, y bebe un poco de vino a mi salud, a la mía y a la de la infeliz ciudad de Ayutthaya, en donde yace el cuerpo del infausto Hong Xian al que, al igual que a la infeliz ciudad, ya nunca nadie volverá a ver jamás.

(read this tale in English here)

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One response to “Ayutthaya (parte 2)

  1. Pingback: Ayutthaya (part 2) | marcosmarconius·

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