Ayutthaya (parte 1)

Petchaburi, 2 de junio de 1767.

¡Querido Alphonse!

Perdona mi tardanza en escribirte, amigo mío, pero he debido de demorarme aún un poco más dadas las muchas y muy urgentes cuestiones que requerían mi más inmediata atención.

Como ya sabrás, el país está actualmente sumido en la anarquía y, dado lo perentorio de nuestra situación, precisábamos urgentemente de refugio y seguridad, cuestiones estas que no me han sido fáciles de procurar dado el caso reinante, y que están reñidas con la serenidad y el tiempo que requiere sentarse a escribir a un buen amigo. Nuestros negocios me reclamaban también urgentemente, convalecientes tras tantos meses de incertidumbres y avatares. Y también estaba la corona, exigiéndome con su habitual premura unos informes que, sin duda alguna, ya van camino a las cortes de Madrid y de París. Sin embargo, querido Alphonse, sabrás perdonarme pues, ¿qué son unas pocas semanas más de espera después de todo un año de forzado silencio y de preocupaciones nacidas de la más cruel incertidumbre?

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Llegué hace solo diez días a Petchaburi, y me llenó de júbilo comprobar que la ciudad sigue intacta. Créeme, no muchas pueden presumir de ello en este país, y no puede inspirarme más que alivio el caminar por una urbe con sus calles impolutas y sus gentes caminando afanadas sin el temor y la miseria pintadas en sus rostros. En un par de días más, y si todo va bien, embarcaré en un bajel portugués rumbo a Malaca. Al menos, tras dos años de paz desde la gran guerra, nuestros primos portugueses no recelan ya tanto de los españoles, y a Dios le doy gracias, pues son casi los únicos que siguen navegando por el golfo. Aún no sé si volveré a Manila, Alphonse, ya te lo haré saber, lo decidiré allí, en Malaca, cuando me sienta, por fin, completamente a salvo, y disponga de más tiempo para pensar y reflexionar.

Mal negocio hemos hecho desde que decidiéramos quedarnos en aquella ciudad condenada, te lo detallo todo en las cartas y cuentas anexas, aunque hemos salvado lo que hemos podido, y el éxito del primer envío a la capital ha cubierto en parte las pérdidas subsiguientes. Se pueden seguir haciendo negocios, los tai van a necesitar armas durante mucho tiempo, así que puedes contar conmigo para ayudar en lo que sea, aunque, como te digo, no esperes que me quede en el país.

Aunque parece que el sur está algo más calmado, sigue siendo a todo punto desaconsejable quedarse en Siam. Tras la caída de la capital bandas de ladrones y criminales siembran por doquier el terror. La familia real al completo ha sido tomada como rehén, incluido el efímero rey Ekkathat, sin duda el último rey de Ayutthaya, y ahora mismo viajan todos camino a la corte del belicoso Hsinbyushin. El vacío de poder resultante se acrecienta en tanto que los birmanos no parecen persistir en su otrora imparable conquista: un ejército chino ha invadido sus tierras al norte, y al retirar al grueso de sus efectivos para hacerle frente han dejado en los presidios capturados un número tan ínfimo de tropas que apenas sí pueden controlar el territorio recién ocupado. El siempre frágil estado Krung Tai se ha colapsado, y un sinfín de señores mun nai, generales y monjes, imponen por doquier su propia ley. De entre todos sobresale el general Phraya Taksin, el gobernador de Taak, quien, según he oído, ha declarado Thonburi como la nueva capital de lo que queda del país. Me consta que conoces esta ciudad, Alphonse, pues es el lugar del que tus compatriotas fueron expulsados por los tai hace apenas un siglo, cuando nuestras dos naciones, lejos de estar hermanadas, no se dedicaban a otra cosa más que a combatir a lo largo y ancho del globo.

¡Es horrible de ver, oh querido amigo, los polvorientos caminos de Siam llenos de mujeres tristes, hombres humillados, ancianos desvalidos y niños zarrapastrosos y sucios caminando con sus escasos enseres hacia ninguna parte! Allá por donde pasaron los birmanos quedó un siniestro reguero de pueblos quemados, familias aterradas, mujeres violadas y hombres enrolados a la fuerza o desaparecidos. Apenas dejaron animales o cultivos, todo se lo comieron las huestes invasoras, y lo poco que pudiera quedar ya lo han saqueado, de nuevo, los miles de desahuciados de estómagos vacíos en triste y lenta marcha forzada hacia el sur. De cuando en cuando, en pequeños bosquecillos, en los lados del camino, o entre los arrozales, se ven montones de cadáveres llenos de moscas, cadáveres de campesinos, hinchados por el agobiante calor que reina en este país, y que revelan ya a distancia su presencia con su característico y penetrante hedor dulzón. Todos aquellos desdichados que, al contrario que los malaventurados habitantes de Ayutthaya, no han sido conducidos en masa al país vecino, vagan sin rumbo por los campos. ¿A dónde ir, si cada ciudad es ahora una isla donde cada cual impone su autoridad arbitrariamente? Mi corazón se estremece al pensar que, dentro de poco, la estación de lluvias golpeará a todos estos miserables, y al saber, por propia experiencia, que saqueadores y bandidos en muchos casos desertores y renegados de los ejércitos de uno y otro bando, malvividores sin nada que perder, acechan como lobos hambrientos a estas pobres gentes entre las palmeras de la densa jungla que perennemente flanquea los campos y caminos del país. Espero que la pacífica serenidad que siempre he observado en este pueblo, y que parece que reciben de su adoración al Buda, les ayude a superar este difícil trance.

Reflexionando acerca de esta admirable serenidad de la gente tai no puedo hacer otra cosa que contemplar aún más fascinado a Narissara. Se trata de la joven esposa del difunto Hong Xian, mi querido Alphonse. Está conmigo ahora, la tengo delante de mí, la veo a través de la ventana, en la azotea de la casa modesta en donde nos hospedamos por el momento. Está tranquila y relajada. Era huérfana, ahora además es viuda, no le queda nada en el mundo y, sin embargo, ahí está, con la mirada perdida más allá de los muros de la baranda de la casa en la que nos hospedamos, su vista fijada melancólicamente en un mar que nunca antes había visto.

Te contaré primero lo que nos ha acontecido desde mi última misiva: Ya te describí cómo partimos de Ratchaburi a finales de octubre de hará casi dos años, a marchas forzadas dadas las alarmantes noticias de que un segundo ejército birmano avanzaba desde el oeste, desde la disputada costa de Tenasserim. Por entonces, era difícil saber a dónde se dirigían realmente los invasores, pero el diablo del general Maha Nawrahta, una especie de Rey Federico a lo birmano, se las arregló muy pronto para desbaratar las numerosas defensas de los tai y subir hacia el norte, hacia la capital, pisándonos los talones, mientras que el otro ejército birmano, el que había cruzado la frontera septentrional en agosto, bajaba lenta pero inexorablemente hacia el sur, lidiando con las lluvias, las montañas y la fuerte resistencia con que se toparon en Bang Rachan, después, eso sí, de haber ocupado casi sin contratiempos Sukhothai, nada más y nada menos que la que fue por mucho tiempo antigua capital del país.

Llegamos a la bulliciosa y exuberante ciudad de Ayutthaya a principios de diciembre. Desde allí es desde donde te escribí mi segunda misiva, cuando todavía estaba abierta la ruta hacia el sur. Ya te la he descrito alguna vez, pero es una pena pensar que ni yo ni nadie volverá a gozar nunca jamás de aquella maravillosa y próspera ciudad que en su día viajeros como el holandés Jan Van Vliet o tu compatriota Abbé de Choisy compararan con París: rodeada toda ella por los ríos Chao Phraya y Nam Pasak, que se juntan precisamente en ese mismo lugar, era una inmensa isla ovalada, amurallada y llena de canales y anchas y rectas avenidas a cuya vera se alzaban las sencillas pero acogedoras casas de los tai, casas siempre frescas, casi siempre hechas de madera de teca, de formas rectilíneas, pisos elevados alzados sobre pilotes, y techos a dos aguas empinados y elegantes con largos aleros. Por encima del batiburrillo oscuro y pardo de las viviendas se erguían los imponentes tejados de templos y palacios, más empinados aún, de vivos tonos rojos o anaranjados, engalanados con multitud de coloridos diseños, y coronados con largas agujas y afilados ornamentos dorados semejantes a cuernos en sus también profusamente embellecidos vértices y aleros. Las altas paredes de aquellas construcciones, invariablemente de tonos claros, a menudo estaban rodeadas de esbeltas columnas, e impresionaban con sus frontones decorados con dibujos multicolores, relieves, empedrados y ornamentos y figuras bañadas en oro. A toda aquella majestuosidad dorada y vertical, de formas puntiagudas y estilizadas, se añadían las también picudas y doradas estupas, creando todo aquello un bosque de agujas áureas que reflejaban la luz del sol alzándose por encima de los muros y los techos de leña de las chozas, y cuyo resplandor podía verse siempre desde varias millas a la redonda.

Por sus calles caminaban a cualquier hora cientos de miles de habitantes, gente fibrosa y de piel tostada, más bien bajitos, no muy velludos, de pelo negro y liso, mejillas anchas, frentes despejadas, cara redondeada y ojos rasgados de color pardo o negro. Se afanaban con los mil y un negocios que había en la ciudad, y gustaban de llevar prendas sencillas, frescas y coloridas, y de embellecer sus casas con flores y plantas. Por doquier se veían y olían los productos más exóticos que hallarse pueda en esta parte del mundo, y todo vecino poseía una embarcación, pues vivían siempre cerca del agua, sintiéndose, de hecho, espiritualmente muy cercanos a este elemento. Convivían con camboyanos, malayos, chinos, vietnamitas, indios, japoneses, persas, portugueses, españoles, holandeses y franceses, muchos de los cuales habíanse aposentado en los barrios extramuros del sur, construyendo en sus vecindarios sus propias casas, negocios, almacenes y templos. Los hombres eran afables, los niños eran risueños, y las mujeres, Alphonse, eran seres alegres y gráciles, de líneas armoniosas y de una sensualidad dulce y delicada aunque intensa, que te regalaban sus cautivadoras y cálidas sonrisas con pasmosa facilidad. Narissara es un claro ejemplo de esto, con su boca carnosa y pequeña, sus blancos dientes y sus ojos felinos. La veo ahora de perfil, llevando su pha nung, su vestido entallado y largo, dejando al descubierto sus brazos, su hombro derecho y su cuello de muñeca de porcelana. Desde que todo sucediera lleva un vestido pardo y sencillo, y su largo y liso pelo flota suelto y descuidado, pero no por ello deja de parecerme una suerte de estatua hermosísima, más humana, sin embargo, que cualquier otra mujer que jamás haya conocido cuando fija en mi sus ovalados e intrigantes ojos de tigresa.

Al llegar nos hicimos eco de las alarmantes noticias que circulaban por las calles: se decía que más de cuarenta mil enemigos convergían sobre la capital en un movimiento de pinza. Gracias a eso, cierto es, no hubo ningún problema a la hora de que los chinos del difunto Hong Xian, bien relacionados con la corte, nos compraran nuestro codiciado cargamento de armas, ni faltó tampoco gente para formar y armar otra caravana de vuelta hacia el sur, cargada como de costumbre con pieles de ciervo, arroz, sal, pescado y aguardiente de caña, con mucha gente bien dispuesta a abandonar aquella ciudad amenazada, y con el bueno de Bernard al frente, a quien confiamos el dinero sobrante de las ventas así como varias cartas para tí. Laurent y yo nos quedamos, como te expliqué, porque en un principio no parecía muy probable que nadie pudiera jamás tomar la gran capital, y creímos, siguiendo el parecer de Monsieur Maréchal, que a río revuelto ganancia de pescadores, y que bien podríamos seguir haciendo pingües negocios surtiendo de armas a los tan necesitados tai. Bernard, de hecho, partió con instrucciones de tenerlo todo listo para un próximo envío que, por desgracia, y como bien sabes, nunca jamás llegó a producirse.

Apenas dos semanas después de nuestra llegada, y justo tras hacer partir a Bernard hacia el sur, un aluvión de campesinos y soldados fugitivos anunció la inminente llegada de Maha Nawrahta al frente de la mitad del ejército birmano. El caudillo acababa de destrozar a todo un ejército siamés hacía bien poco, y llegaba incluso antes que su colega, el general Thihapate, quien, lento pero seguro, continuaba descendiendo desde el norte por el río Nam Pasak con la otra mitad del ejército y trescientos barcos de guerra. La ansiedad caló entonces en los corazones de todos: Mucha gente abandonaba o se refugiaba en la ciudad, se hacía acopio de armas, de pólvora y de víveres, y cientos de barcos ligeros y canoas se artillaron y pertrecharon para la guerra. Los extranjeros abandonaban sus barrios extramuros, bien para refugiarse en el interior, hospedándose en casas de amigos o familiares, o bien para escapar de la ciudad. La tensión y la alarma se adivinaban en la cara de todos, y los templos se hallaban más llenos que nunca, con sus monjes, humildes e imperturbables hombrecillos de cabeza rasurada vestidos con mantos naranjas, recitando día y noche sus inacabables y perennes letanías.

En aquellos días tan agitados de la Navidad de 1765 fue cuando conocí a Narissara. Su marido, el gran potentado Hong Xian, un hombre barrigudo y flácido, sagaz, melifluo, de ojos pequeños y codiciosos, y de rostro hierático, reconocido unánimemente como uno de los más ricos comerciantes de la ciudad, tuvo a bien ofrecer una cena en su suntuosa casa en honor de todos los portugueses.  A esa cena estuvimos nosotros también invitados, además de por haber sido sus socios en la reciente y lucrativa venta de armas, también por haber aceptado en nuestra caravana a dos misioneros lusitanos, los padres Aloisio y Martinho, quienes viajaron con nosotros desde el sur para unirse a su parroquia en la capital del reino. No era solo que los chinos, la comunidad forastera más numerosa, poderosa e influyente de Ayutthaya, hicieran a menudo de intermediarios con la corte; o que los portugueses, los primeros en establecer relaciones con Siam desde el viaje de Duarte Fernandes en 1511, fuesen otra de las comunidades extranjeras más reputadas. Sucede que el propio Hong Xian estaba emparentado con ellos gracias a su esposa, pues Narissara, para mi eterna sorpresa, era hijastra de un mercader lusitano de ilustre memoria. Adoptada y educada por su padrastro al morir su madre, una mujer thai de buena familia, y en una jugada en la que, sin duda, nada se dejó al azar, fue desposada en su día con su boyante marido chino, y cuál no sería mi asombro, imagínate Alphonse, al serme presentada aquella criatura tan fascinante y comprobar, para mi desdicha, que se trataba de la mujer del ínclito Hong Xian y, para mi regocijo, que sin tener ella ni pizca de sangre lusa podía, no obstante, mantener fluidas conversaciones conmigo en la lengua de nuestros vecinos peninsulares.

Muy pronto, sin embargo, llegaron los birmanos desde el sur. Habían fijado sus ojos en aquella ciudad desde que cruzaran las fronteras, y nada más llegar procedieron a rodear y a aislar la villa sin dilación ni pérdida de tiempo.

A mediados de enero, y antes de que los dos ejércitos ocupantes se hubieran unido efectivamente en una sola fuerza de asedio, la guarnición de la ciudad intentó una salida. Fue aquella la ocasión perfecta para haber desbaratado a su adversario, para haber destruido a uno de los dos ejércitos atacantes dejando al otro en una situación de inferioridad tal que se habría visto forzado, sin duda alguna, a retirarse de nuevo hacia el montañoso y boscoso septentrión. Pero, aún estando en superioridad numérica, y aún incluso habiéndose aprovechado del factor sorpresa, la tropa atacante se movió tan torpemente que se vio primero bloqueada e inmovilizada, luego sorprendentemente derrotada, y luego acosada de tal modo que no pudo evitar perder a toda su vanguardia antes de que el resto de la asustada masa de combatientes pudiese volver a cruzar las puertas y refugiarse de nuevo dentro de la ciudad. Yo mismo contemplé aquella triste batalla como malamente pude encaramado a las murallas, y observé, entre los gritos y gemidos de dolor de muchas de las espectadoras que me rodeaban, a las abigarradas y experimentadas tropas birmanas aniquilar sin miramientos a cientos de soldados siameses que corrían en desbandada a orillas del río.

Tras aquel desatino, y ante la llegada inminente y entonces completamente irremisible del resto del ejército y la escuadra enemigas, la perspectiva de un duro asedio tornose, por fin, real e inevitable. En la corte, los generales confiaban en poder aguantar sin problemas un sitio prolongado hasta que las periódicas inundaciones que sufre anualmente la llanura central del país anegaran los terrenos aldeaños a la ciudad y pusieran en tal aprieto a los atacantes que éstos fueran fácilmente barridos por los ejércitos de socorro que, entre tanto, confiaban en poder levantar a sus espaldas. En la calle, sin embargo, la reciente derrota extramuros y el inminente asedio cayeron como un jarro de agua fría entre la población, y muchos de los que todavía no habían huido, especialmente los extranjeros que se habían quedado a la espera de más prometedores acontecimientos, desaparecieron aprovechando que el cerco aún no se había cerrado del todo.

Nosotros, por nuestra parte, no íbamos a ser menos, pues nada ganábamos ya con quedarnos dentro de una ciudad sitiada, y empezamos a preparar nuestra partida cuando, aún ignoro cómo, fuimos reclamados por la corte en lo referente a nuestro proyectado nuevo envío de armas. Lo que pasó después te lo contábamos en aquella última carta que conseguimos enviarle a Bernard justo antes de que se cortaran las comunicaciones con el sur: tras diversas reuniones y negociaciones con diversos cortesanos y agentes del rey, y tras habérsenos dado un jugoso adelanto, se acordó que nuestro grupo, acompañado de varios portugueses y diversos potentados tai, burlara el todavía débil cerco birmano (aún en ciernes) y, valiéndose de una ruta conocida por los lusos, se acercara hasta Aranyaprathet, al este del país, para recibir desde Rayong armas que sirvieran a los siameses a levantar ese nuevo ejército del que tanto precisaban. Por mi parte, y debido a que se trató de una negociación a muchas bandas mediada por el omnipresente y todopoderoso Hong Xian, aproveché nuestras frecuentes visitas a su casa para entablar amistad con Narissara. Sabe Dios que siempre me conduje con corrección, no lo dudes amigo, ni me culpes tampoco por querer pasar ratos con ella, mas entonces ya pude ver que ni ella era feliz ni a él parecía preocuparle mucho su esposa. De hecho, y como comprobamos más adelante, Alphonse, lo único que le preocupaba a aquel hombre sinuoso era salvar su abultada bolsa y su flojo pellejo.

Salimos de la condenada capital el 30 de enero de 1766, y a partir de entonces no ha habido manera humana de enviarte misiva alguna hasta hoy, lo juro por mi buen nombre, y es por ello que las únicas noticias que te han llegado en todo este tiempo han sido los confusos informes del bueno de Bernard, quien sudando sangre se dedicó a compilar las incompletas y, a menudo, contradictorias noticias que intermitentemente le llegaban del norte del país. ¡Lo siento, mas no pudo ser de otro modo! Ya te contaré nuestras andanzas con mayor detalle amigo, pues no fueron pocas, pero baste decir que los campesinos jemeres aprovecharon la ocasión para alzarse en armas, sumiendo el este de Siam en un nuevo campo de batalla que dio al traste con nuestra misión y con las esperanzas de los tai de alzar ejércitos de socorro en el este, y que nos obligó además a andar y desandar caminos, subir y bajar montañas, escondernos, correr de ciudad en ciudad e, incluso, sufrir nuestro propio asedio. Por suerte, a principios de 1767, conseguimos escapar de aquel desastre y, ya sin la compañía de los siameses, y jugándonosla una vez más, recurrimos a nuestra neutralidad extranjera para dirigirnos de nuevo a Ayutthaya: Pretendíamos hacer piña con los portugueses para intentar sacar de allí a Monsieur Maréchal y, de paso, ver si se podía comerciar algo con alguno de los dos bandos en liza.

Mientras tanto, todo un año había pasado ya, como he dicho, y la ciudad a la que, se supone, debíamos haber socorrido, vivía una situación desesperada: una vez hubieron juntado sus ejércitos del norte con los del sur, y tras una serie de asaltos tan sangrientos como improductivos a las murallas, los invasores decidieron rendirla por hambre. Cuando llegaron las anheladas inundaciones de verano la llanura, como de costumbre, se convirtió en un pantano, y los birmanos hubieron de abandonar sus obras de asedio y apiñarse miserablemente en las pocas lenguas de tierra y montículos que no fueron cubiertos por las aguas. Los siameses desataron entonces una suerte de guerra naval en la que, al parecer, llevaron cierta ventaja, dado especialmente lo perentorio de las posiciones birmanas, pero que, finalmente, resultó tan valiente como inútil, pues los atacantes habían hecho descender del norte su propia flota fluvial de batalla, y tuvieron éxito, aunque un éxito no exento de sufrimientos, en mantener a raya a sus adversarios. Una vez se retiraron las aguas, y para desesperación, sin duda, de los flamantes generales del rey, ni sus maltratados adversarios levantaron el sitio, ni llegó ningún gran ejército a socorrerlos desde el este o el sur. Es más, los birmanos levantaron baterías incluso más altas que la misma muralla, y empezaron a hacer blanco a voluntad sobre cualquier punto del trazado urbano. Tan desesperada era la situación que la familia real intentó infructuosamente negociar una paz honrosa y, al no conseguirlo, protagonizó un desesperado y vergonzoso intento de fuga que tampoco llegó a buen puerto ni ayudó, precisamente, a levantar la moral de los cercados.

(read this tale in English here)

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2 responses to “Ayutthaya (parte 1)

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