La caída de Troya, ciudad de vacaciones (parte 2)

Príamo salió a la terraza de su lujoso palacio y se apoyó en un muro a observar su magnífica ciudad, aquella barahúnda de edificios casi idénticos y apiñados en una masa informe de adobe que llegaba hasta el mar. Aquella era su fábrica de dinero particular, y había funcionado a pleno rendimiento durante casi diez años, haciéndole inmensamente rico, a él y a toda su familia.

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(lee la primera parte de este relato aquí)

Sin embargo, ambas cosas, prole y negocios, le tenían muy preocupado últimamente: Paris, a quien había citado en aquella terraza, y con el que al menos todavía podía contar, había llevado su amor por el lujo y la belleza a extremos enfermizos, y tanto él como su esposa Helena se habían convertido en la comidilla de la prensa rosa debido a sus excentricidades, su vida alocada y disoluta y sus continuas y mutuas infidelidades. Héctor, por su parte, había tenido el mismo fin que el aqueo Aquiles, un cuerpo y una mente arruinados por los irrefrenables vicios que él mismo había ayudado a cultivar en aquella ciudad, y ya solo servía para ir de su cama a una fiesta y de una fiesta a su cama, cama en la que ahora mismo yacía, borracho, como de costumbre. Por si no fuera suficiente con eso, la fórmula de negocio que tan buenos resultados le había dado, atraer cada vez a más y más gente a la que ofrecer la misma diversión fácil y barata de siempre, parecía haber dejado de funcionar. Los aqueos comenzaban a cansarse de su ciudad, encontraban nuevos destinos similares y más baratos en otras partes del Mediterráneo, y ya no sabía qué otra cosa podía ofrecerles para que siguieran viniendo a su reino a gastar alegremente su dinero.

En esas estaba cuando una puerta se abrió de repente detrás de él, y tras ella apareció su hijo Paris, caminando decididamente a su encuentro mientras cruzaba aquella enorme terraza. El alivio del padre al ver a su hijo, no obstante, se disipó pronto al comprobar que detrás de éste aparecía otro de sus descendientes, su rebelde hija Casandra, lo que auguraba, sin duda alguna, un enfrentamiento inminente. Casandra, quien según se decía poseía las dotes de la adivinación, era la única en su progenie que no había querido aprovecharse del negocio del boom inmobiliario y los locales nocturnos, y llevaba todos aquellos años discutiendo con su padre y sus hermanos, asegurando que aquel salvaje crecimiento, lejos de cualquier planificación a largo plazo, estaba destruyendo la ciudad y arruinando el futuro de toda Ilión. Aún con todo, nadie escuchaba realmente a Casandra, salvo los miembros de una asociación por el desarrollo sostenible que ella misma había fundado. Lo cierto es que en aquella ciudad casi nadie veía más allá de sus propias narices, que no eran otros que los negocios vinculados al turismo y el pingüe río de dinero que, durante diez años, había ido llegando cada verano a bordo de más y más naves griegas.

Cuando padre e hijo se abrazaron y besaron Paris, leyendo los pensamientos de su progenitor, exclamó sonriente: “Papá, tengo una idea para revitalizar el turismo en esta ciudad.” Mas cuando padre e hija se abrazaron y besaron Casandra, que ya conocía los planes de su hermano, afirmó lapidaria y grave, como siempre: “Padre, esa idea acabará definitivamente con esta ciudad.”
-Se trata de inventarnos un festival, poniendo la excusa que sea, y organizar el espectáculo más grande y más salvaje que pueda imaginarse.- prosiguió Paris, acaparando la atención del rey. -He estado pensando con Eneas, el de la cadena de hoteles Paladio, y podríamos dedicarlo a los afamados caballos troyanos.
-Caballos que, en realidad, ya no existen, porque hace tiempo que habéis acabado con sus prados, hasta el punto que ahora no son más que atracciones de feria.- Apuntó inmediatamente Casandra, sarcástica. -Más que un festival en su honor serían unas magníficas honras fúnebres.
-El caso es,- continuó Paris, ignorando deliberadamente a su hermana, -que hemos pensado en construir un gigantesco caballo de madera, y organizar una especie de procesión que suba desde la playa hasta el centro de la ciudad, justo hasta la plaza que hay en frente de este palacio. El caballo, que será tan grande y alto como un edificio de ocho pisos, estará por dentro equipado con todos los lujos, y lo llenaremos de aqueos que estén dispuestos a pagar bien por el privilegio de viajar dentro de él. Una vez en la plaza, todos los que haya dentro se unirán a una fiesta gloriosa, con música, bailarinas, fuegos de artificio y bebida a raudales, una fiesta que durará días, y que será recordada por siempre. – Hizo una pausa. -Papá, si nos sale bien podríamos perpetuar el festival y celebrarlo cada año, y estoy seguro de que eso volverá a atraer a decenas de miles de griegos.
Casandra interrumpió una vez más a su hermano al notar en su padre una expresión a la vez emocionada y codiciosa que ya conocía bien, y que sabía que adoptaba cuando comenzaba a calcular los beneficios de una inversión prometedora. -Lo que tu hijo no te ha dicho es que para hacer esa gran fiesta habría que despejar una parte importante del centro de la ciudad, porque con el desastre urbano que habéis ido creando durante estos años no cabe ya ni un alfiler, menos aún un gigantesco caballo de madera. Además de que esta ciudad hace tiempo ya que no soporta ni a un turista más, de hecho seguramente colapsaría ante semejante avalancha de gente…
-Eso también lo he pensado, -respondió su hermano, -y es fácil, bastaría con derribar la muralla y buena parte de los edificios del barrio histórico, y crear en su lugar una amplia avenida que llegara directamente hasta aquí, y por donde meteríamos el caballo y todo el desfile.
La muralla y las casas y templos del barrio antiguo era lo único que Troya había conservado intacto de sus tiempos pretéritos, un patrimonio histórico muy valorado que la asociación de Casandra llevaba años defendiendo a capa y espada. Al oír esto, y observar la aquiescencia entusiasta de su propio padre, la ignorada vidente estalló en cólera, y ora señalando a hermano y progenitor con su dedo índice, ora apuntando al cielo, pronunció las siguientes palabras en un tono furioso pero firme: -Escuchadme bien los dos, durante todos estos años habéis convertido a nuestra ciudad en un agujero infernal, pero si hacéis esto, si destruís lo último que queda de cierto valor, yo predigo que la ciudad caerá, que será destruida por los aqueos, y que en miles de años ningún ojo humano volverá a contemplar ni tan siquiera la más modesta de sus piedras. -dicho lo cual giró en redondo, dejando a padre e hijo maquinando, y abandonó para siempre el palacio de su familia.

Nadie podía oponerse a la voluntad del rey Príamo, que tenía a toda la ciudad en sus manos, y sirviéndose a partes iguales de su autoridad y de la avaricia de sus súbditos convenció a la gran mayoría de éstos de las bondades del recién bautizado “Festival del caballo de Troya” ideado por su hijo Paris. Así, y siguiendo las instrucciones de éste último, se construyó un gigantesco caballo de madera lleno de divertimentos y con capacidad para cientos de personas, las entradas se pusieron a la venta, se derribaron sin miramientos los templos y casas que obstaculizaban su paso hasta el palacio real, así como grandes porciones de la muralla de la ciudad, y en el lugar elegido se montaron palcos, graderías, un enorme escenario y se prepararon miles de fuegos artificiales. El evento se proclamó a diestro y siniestro, y hasta la hermosa Helena se paseó por la ciudad y las playas montada en un flamante corcel troyano animando a todos a acudir al ya inminente acontecimiento.

El sagaz Odiseo fue el primero de entre todos los héroes aqueos en oír hablar de lo que se estaba preparando, y aquellas noticias fueron como música celestial para sus oídos. Hastiado y desencantado con Troya como estaba, vio en el festival del caballo la novedad que estaba buscando, una celebración como nunca antes se había visto, y que esperaba pudiera reconciliarle con el que había sido su destino vacacional favorito durante toda una década. Sin perder tiempo, Odiseo convenció a los principales héroes y reyes aqueos para reservar plazas dentro del gigantesco caballo, y aguardó el tan ansiado día convencido de que, por fin, vería algo extraordinario en Troya.

Unas pocas semanas después todo estaba listo. El caballo, que se había erigido poco a poco al lado de la playa, se llenó de una hueste de Aqueos sedientos de diversión entre los que estaba el propio Odiseo, y en un desfile espectacular, lleno de fastos y música, fue arrastrado hasta la ciudad por más de cien mulas, en medio de un tumulto ingente que atravesó sin remordimientos lo que antaño habían sido las murallas y las casas antiguas de Ilión. Al final del recorrido el gigantesco ingenio se detuvo frente al palacio del gran rey Príamo, y a una señal de éste, que lo contemplaba todo asomado a su terraza y acompañado de toda su familia al completo salvo su hija Casandra, comenzó un grandioso espectáculo de acróbatas, música y bailarinas. El alcohol corría a raudales, y a una señal convenida el vientre del caballo se abrió y vomitó centenares de griegos ebrios y excitados, que se mezclaron con el público allí presente, convirtiendo la fiesta, ya de por sí efervescente, en un auténtico frenesí.

Lo que sucedió después, sin embargo, no había sido previsto por nadie, salvo quizás por la ignorada y ausente hija del rey Príamo: la afluencia de gente, en una ciudad hipermasificada y con un evento planificado de un modo demasiado apresurado y ambicioso, superó todas las expectativas, y pronto comenzaron las estrecheces, el agobio, las tensiones, los empujones y las reyertas, que finalmente desembocaron, alimentadas por la abundante bebida, en altercados. Los disturbios se extendieron a toda la ciudad, hubo que evacuar el escenario, los palcos y las gradas, y en la confusión reinante varios fuegos de artificio descontrolados comenzaron a provocar incendios. La corte de Príamo se refugió en el interior del palacio al comenzar a lloverle multitud de objetos contundentes, el enorme caballo de madera comenzó a ser también pasto de las llamas, la guardia real acudió a intentar calmar los ánimos pero se vio rápidamente desbordada, y al cabo de una hora las algaradas se habían extendido al resto de la urbe. Los aqueos, ya sin uso de razón, embrutecidos por el alcohol y aquel ambiente de fiesta extrema, depravación y dejadez moral en el que se hallaban desde que llegaran a Ilión, comenzaron a incendiar más casas y a saquearlo todo aprovechando el caos. Algunos, viendo la oportunidad, acudieron a la playa a llamar a los muchos que no habían podido acudir al festival, y al caer la noche, y al haber sido derribadas las murallas, todos los griegos en masa, sus reyes y héroes a la cabeza, campaban a sus anchas por las calles de una urbe sin ley, cometiendo pillajes, forzando puertas, bebiendo constantemente y destruyéndolo todo.

La gente de Agamenón saqueó Troya durante tres días y tres noches, y después dividieron el botín y sacrificaron un inmenso número de ganado y ovejas para los olímpicos. Así fue como Troya cayó y fue destruida.

Unos días después, Odiseo contemplaba la playa otra vez, sentado en una roca. La arena estaba más sucia que nunca, no solo por los acontecimientos de los días pasados, sino también por lo que ensuciaban las decenas de miles de aqueos que, como él, en aquellos mismos momentos estaban embalando y embarcando sus pertenencias en sus naves dispuestos a volver su hogar. A su espalda humeaba Troya, o más bien lo que quedaba de ella, y delante de la ciudad en ruinas los cientos de edificios que en su día habían albergado a los numerosos visitantes aqueos ahora estaban vacíos, alzándose como un cementerio de adobe sin esperanzas de poder volver a llenarse ni a corto ni a medio plazo. Lo cierto era que todo aquello, visto así, era más feo de lo que nunca antes le había parecido, y en seguida apartó la vista, asqueado y arrepentido, para volver a fijarla otra vez en el mar, en cuyo horizonte el sol comenzaba ya a ponerse.

Príamo y la mayor parte de su familia habían sido apresados por sus propios súbditos debido al desastre del festival, y ahora se les acusaba de cohecho y corrupción, y se les exigían responsabilidades por años de mal gobierno y abuso de poder. Eneas, espantado ante la idea de correr la misma suerte, había huido en el último momento hacia el oeste, hacia la Cartago de Dido, convencido de que allí tendría una oportunidad para rehacerse y continuar con su próspero negocio inmobiliario. Los héroes griegos, por su parte, tan desencantados y avergonzados como Odiseo tras todo aquello, habían ido abandonando Ilión uno a uno para no volver jamás, el más afortunado de todos Menelao, que se había vuelto a Esparta con Helena después de que ésta abandonara al troyano Paris, apresado junto a su padre.

Odiseo se puso en pié melancólico, y se dispuso a subir a su nave, que ya flotaba en la orilla, delante de él. Miró hacia el mar, y deseó poder encontrar alguna vez, en alguna tierra bañada por sus aguas, un verdadero paraíso que no hubiera sido corrompido y echado a perder, como había sucedido con la destruida Troya. No sabía entonces que aquel empeño le tendría vagando por el Mediterráneo durante otros veinte años más… pero esa es otra historia.

(read this story in English here)

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2 responses to “La caída de Troya, ciudad de vacaciones (parte 2)

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