La caída de Troya, ciudad de vacaciones (parte 1)

Odiseo salió de su tienda tambaleante y echó a andar por la playa, pero tuvo que detenerse apenas hubo dado dos o tres pasos cuando una explosión de luz le cegó y desorientó. Recién levantado y resacoso como estaba por la fiesta de la noche anterior el héroe tardó varios segundos en acostumbrarse a aquel intenso sol mediterráneo que brillaba en las dunas de arena. En aquellos momentos sufría de una sed tan aguijoneante que le había despertado y sacado de su mullido y fresco lecho, obligándolo a buscar por sus aposentos un trago de agua que, al final, no había podido encontrar. Así, además de quedar ciego al descorrer las cortinas de la entrada y salir al exterior, el intenso calor de aquellas horas en las que el sol caía plúmbeo sobre su cabeza acentuó aún más su dolor de cabeza, su sequedad de boca y su acidez de estómago, por lo que decidió apresurarse y dirigirse a la tienda de su amigo Aquiles en busca de algo que beber.

alcohol y playaOdiseo comenzó a andar por la playa. Las chicharras se oían a lo lejos entre los pinos que se asomaban a la arena, las olas del mar rompían mansamente contra la orilla y, mientras esquivaba botellas y latas vacías, colillas apagadas, bolsas de plástico rotas y restos de comida semienterrados en la arena, calculó que ya debía de ser media tarde. La playa en la que estaba acampado junto a los demás aqueos, y por la que ahora caminaba, era una larguísima y ancha lengua de arena dorada infestada caóticamente de tiendas como la suya, sucia por los restos de la fiesta de la noche pasada, y salpicada por grupos de guerreros tan resacosos como él, que salían de sus tiendas y chozas para darse su primer baño de la jornada en las templadas aguas del Mediterráneo a fin de despejarse un poco. Quienes no hacían eso, él lo sabía, o se habían acercado a la urbe a pasar la tarde, o sencillamente seguían durmiendo la mona.

Caminando y observando, Odiseo recordó la primera vez que había llegado a aquella playa, hacía ya diez años. Una embajada de troyanos habían recorrido reino a reino toda Grecia en una estrategia de marketing brillante, ingeniada y orquestada por su gran rey Príamo, el magnate y gobernante multimillonario que había hecho de su patria en muy poco tiempo un paraíso turístico de primer orden. La fastuosa delegación había visitado una corte tras otra seduciendo a los numerosos reyes griegos con la promesa de que en sus posesiones habría playa, espacio y diversión de sobra para ellos y para sus numerosas huestes. Para acabar de convencerles el astuto Príamo había puesto al frente de dicha misión a sus dos hijos, Paris y Héctor, unos afamados playboys que habían jugando respectivamente el papel de Eros y Tánatos con los reyes griegos: Paris había contado maravillas a todo el que le escuchaba sobre la belleza de las playas y los paisajes de su tierra, aderezándolas con sórdidos detalles acerca de la hermosura de las troyanas y sus inimaginables aptitudes amatorias, mientras que Héctor había retado a todos los hombres a acudir a su urbe y aguantar, como él mismo fanfarroneaba que era capaz de hacer, el delirante ritmo que imponía la incesante fiesta que había en su ciudad, y que él conocía de sobra, dueño como era de casi todas las grandes discotecas, bares y clubs nocturnos de Ilión. Como colofón, al final de aquella embajada el mismo Paris se había llevado consigo a Helena, la mujer más deseada de toda Grecia, a la que había seducido y colmado de riquezas, y a la que, desde entonces, había convertido en un icono más de la fama y glamour que parecían abundar en Troya.

El mismo Odiseo también había sido seducido por aquellos dos hermanos, y se había hecho a la mar junto a sus mejores guerreros y amigos, a pesar de las reticencias de su fiel esposa Penélope. Unas mil naves habían atravesado el Egeo aquel verano, y habían llegado a aquella playa, que era entonces un paraje de naturaleza virgen, arena limpia y fina y aguas cristalinas, en cuyas lindes se erguía un agradable y fresco pinar, solo concurrido ocasionalmente por pequeños grupos de pescadores. Las tierras que se extendían entre dicha playa y la ciudad de Troya, que se divisaba a apenas media hora a pie del mar, estaban llenas de agradables casas de campo, con porches recubiertos de parras y jardines que ayudaban a refrescarse en medio del sofocante verano, y entre ellas se extendían hermosos campos en los que corrían y se criaban los afamadísimos caballos de Ilión. La misma ciudad era entonces sencilla, limpia y silenciosa, llena de antiguos edificios resultones y acogedores, y su gente, auténtica y amable, recibía a los aqueos con sincero afecto y curiosidad… al principio.

Ahora, diez años después, todo había cambiado: la playa se había ido llenando cada verano, hasta acabar invadida de tiendas y chozas que, al final, los propios troyanos habían levantado y alquilado a los Aqueos por unos precios que de tanto crecer habíanse tornado en abusivos y completamente desproporcionados. Los campos y las pequeñas casas solariegas habían sido arrasados para construir grandes casonas que permitieran alojarse a los cada vez más numerosos visitantes, así como numerosos bares, tabernas, discotecas, restaurantes, salas de streaptease, mercados, embarcaderos, aparcamientos de carros y caballos, abrevaderos y algún que otro palacio que alguno de los aqueos más ricos había decidido levantar allí. La propia ciudad, así mismo, se había llenado de las mismas cosas, y también de tráfico, de gente, de suciedad, de casas y palacios, tanto que había crecido extramuros hasta doblar su antiguo tamaño, y la mayor parte de sus habitantes ya no trabajaban en ningún oficio, solo se dedicaban a alquilar sus viviendas y vivir de las rentas, regentar negocios de souvenirs u hostelería, o trabajar en locales de comida y ocio. A aquellas alturas estaban tan acostumbrados a los turistas que apenas los hacían caso, no se interesaban por ellos, solo por su dinero, y la mayoría ya ni siquiera vivía en la ciudad, sino fuera, lo más lejos posible de allí.

Odiseo llegó a la tienda de Aquiles en medio de estas cavilaciones, flanqueó la entrada custodiada por dos aguerridos soldados mirmidones y entró en un recibidor lleno de alfombras, algunos triclinios en donde recostarse y mesas bajas repletas de bandejas de fruta y ánforas llenas de las más diversas bebidas. En un triclinio yacía el propio Aquiles, rodeado de mullidos cojines, comiendo indolentemente un racimo de uvas mientras bebía vino de una lujosa copa. Al ver entrar al rey de Ítaca el guerrero más valeroso de Grecia apenas se movió, y solo le obsequió con un perezoso movimiento de cabeza y unas pocas palabras pastosas a modo de saludo. Odiseo buscó de entre todos los recipientes uno que tuviera agua, se sirvió tres vasos que vació en apenas unos segundos, y después se tumbó en un triclinio mientras su amigo seguía comiendo.

Aquiles había cambiado a lo largo de aquellos años, pensó Odiseo observándolo. De ser un fibroso y apuesto guerrero envidiado por hombres y deseado por mujeres, decidido, orgulloso, temerario e incansable, había pasado a ser un hombre fondón, flácido, apático y descuidado, un auténtico sibarita decadente y envejecido de forma prematura tanto en lo físico como en lo mental por años de excesos, vicios, fiestas, banquetes, alcoholismo y drogas. Él mismo se había abandonado a menudo a aquella clase de abusos, muy abundantes en Troya, pero había sabido refrenarse en el último momento sin llegar a ese punto sin retorno que su amigo, según parecía, hacía tiempo que había sobrepasado. A lo largo de aquella década Aquiles se había quedado a vivir allí definitivamente, había pasado más tiempo ebrio que sobrio, los asuntos ajenos a las fiestas y la noche de Ilión dejaron de interesarle, y su salud mental empeoró alarmantemente. Ahora, además, cuando hacía apenas unas semanas que su fiel amigo y amante Patroclo había muerto de sobredosis en uno de los locales más depravados del príncipe Héctor, Aquiles se había alejado aún más de la realidad para acabar por perderse en su propio mundo, fuera el que fuera.

Aquiles había muerto, pensó Odiseo, y habría que decírselo a los demás reyes de Grecia. Al gran Agamenón, que se había erigido en líder de todos. A Menelao, obsesionado con Helena hasta el punto de perseguirla por todas las discotecas de Troya. A los hermanos Ayax, famosos por vivir más de noche que de día… A todos habría que decirles que ya no podrían contar con Aquiles, el mayor guerrero de todos, para disfrutar de sus vacaciones en Troya. Y mientras Odiseo pensaba así, observando a su malogrado amigo, sintió una oleada de asco, aburrimiento y vacío angustiosos, mientras recordaba cómo, al llegar por primera vez a aquella playa diez años atrás, ambos amigos, por entonces íntimos, compartían el mismo sueño de comerse el mundo, de descubrir una gente y un lugar nuevos, distintos y exóticos, de explorarlo todo y vivir emocionantes aventuras. Aquello, sin embargo, duró poco, y rápidamente se vieron envueltos en una rutina incesante de fiestas, gente, consumismo, masificación, playas sucias, paseos repetitivos a lomos del afamado caballo troyano que ya no tenía campos por los que pastar, excursiones en barcas de pescadores por las mismas costas esquilmadas y sobreexplotadas que ya no tenían peces, más playa y más fiestas. Como todos los demás aqueos al final se vieron haciendo siempre lo mismo y en los mismos sitios, rodeados siempre de otros muchos turistas similares a ellos, en un lugar que ya les estaba esperando antes de que llegaran, y que se había transformado, por o para ellos, en algo artificial y superficial, vulgar y vacío, y similar a lo que podían encontrar en cualquier otra parte de Grecia.

Odiseo pensaba en todo esto, triste y apesadumbrado, en la tienda de su otrora íntimo amigo Aquiles, y pensaba que ya no había nada en aquel lugar que le atrajera, que aquello se había intoxicado, contaminado y echado a perder, y que, o bien se esforzaba en encontrar algo completamente nuevo que hacer allí, o no le quedaría otro remedio que irse lejos para perseguir su insatisfecho sueño de descubrir un destino turístico verdaderamente particular y fascinante.

(read this tale in English here)

(lee la segunda parte de este relato aquí)

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2 responses to “La caída de Troya, ciudad de vacaciones (parte 1)

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