El Día de los Resplandores

Primero llegaron las nubes negras. Las eternas nubes negras.

Aparecieron un buen día en el firmamento, de repente, sin previo aviso, condensándose en el cielo azul intenso de una clara y despejada mañana de verano. Al inicio no fueron más que una atípica bruma, una extraña neblina venida de ninguna parte que comenzó a teñir el cielo de gris lenta y paulatinamente, ocultando poco a poco el radiante sol estival. Aquella humedad, tenue y difusa al inicio, siguió creciendo y creciendo en forma de opacos y plúmbeos jirones cada vez más y más densos, jirones que se agolparon, apelmazaron, oscurecieron y preñaron de oscuridad hasta convertirse en un oscuro y tupido mar de nubes compactas, retorcidas y amenazadoras, que de tan negras como se volvieron parecieron hechas de humo. Aquellas extrañas nubes no se movían, simplemente flotaban a baja altura, girando y enroscándose sobre sí mismas, y extendiéndose sin fin hacia el horizonte. La gente alzó los ojos al cielo extrañada, y pensó que se trataba de un chaparrón de verano insólitamente fuerte y repentino, aunque los medios, para asombro general, afirmaban que el tiempo estaba igual de raro en muchas otras partes del país. Todos esperaban una inminente tromba de agua, pero lo cierto es que jamás cayó una sola gota de lluvia de aquel mar de nubes negras. De hecho, nunca más volvió a caer una sola gota de lluvia desde aquel día.

La noche de los resplandoresLuego comenzó la tormenta. La eterna tormenta. Cuando todas aquellas nubes se hubieron agolpado en el cielo, ocultando la luz del sol, y condenando a los hombres a vivir en una eterna semipenumbra, sus vientres comenzaron a iluminarse rítmicamente, a estallar y relampaguear cada pocos segundos, a incendiarse con cegadoras y violentas descargas, y aunque los truenos de aquella tormenta apenas sí se oyeron, pues sus rugidos llegaron a la tierra ahogados y enmudecidos, probablemente amortiguados por las nubes negras, sus intensos destellos no cesaron, desde entonces, de iluminar constantemente el cielo. Muchos en sus casas apagaron sus aparatos eléctricos y cerraron sus ventanas, pero lo cierto es que ningún rayo proveniente de aquellas oscuras y tormentosas nubes impactó nunca contra el suelo, ni ningún rayo volvió a hacerlo nunca más.

Después absolutamente todo dejó de funcionar. Por la tarde, apenas tres o cuatro horas desde que comenzara a formarse en el cielo aquella extraña tormenta, todo aquello que funcionaba con electricidad o que tuviera componentes eléctricos se apagó para siempre. De repente no había ordenadores, ni Internet, ni radio, ni televisión. No había luz ni agua, ni electrodomésticos que funcionasen. No se podía llamar ni por el móvil ni por la línea telefónica. Los coches no arrancaban. Los ascensores se bloquearon. Las linternas no se encendían, y los relojes se pararon, marcando para siempre con sus manecillas la fatídica hora a la que murieron todos juntos y al unísono.

Aquello fue la desconexión también para los seres humanos. Desde el momento en que los hombres no pudieron hacer uso de aquellas herramientas a las que estaban tan ligados, desde el momento en que no pudieron comunicarse, ni informarse, ni desplazarse, su vida se colapsó. Salieron entonces a la calle, o se asomaron al exterior de sus ventanas y balcones, y se quedaron mirando a aquel cielo amenazador, asustados, para hallar, por sola respuesta, los rayos que seguían iluminando cada pocos segundos las siniestras panzas de aquellas opresivas y oscuras nubes que les habían robado el sol.

Luego, por supuesto, vino el caos. La gente se asustó. Unos se encerraron en sus casas, junto a sus seres queridos. Otros salieron a la calle en busca de sus más allegados, y otros lo hicieron en busca de respuestas. Muy pronto empezaron los saqueos y los robos. Se desataron incendios casi imposibles de controlar. La noche caía y nadie sabía lo que estaba ocurriendo. Policía, bomberos, ejército, todos se desplegaron para intentar controlar la situación, pero lo hicieron mal y tarde, pues no funcionaba nada, había que ir a todas partes a pie, y nadie recibía instrucciones si no era en persona. Circulaban rumores sobre vagones de metro atrapados en los túneles, catastróficos accidentes de tráfico en las autopistas, y aviones que se estrellaban, cayendo del cielo como pájaros muertos. Las calles estaban oscuras, sucias y llenas de gente asustada que deambulaba de aquí para allá. A veces se formaban corrillos en donde todos preguntaban y nadie sabía responder. Había cristales rotos por doquier, humaredas lejanas, coches abandonados y estrellados y, a veces, pequeños grupos entorno a alguien que había sufrido un accidente o un ataque de ansiedad o de pánico. Había ascensores llenos de gente atrapada en mil y una casas, gente encerrada en vehículos o edificios pugnando por salir, y se vivían auténticos dramas en el interior de los hospitales.

Cayó la noche y todo estaba a oscuras. Se oían alborotos en la lejanía pero, en general, reinaba por doquier un extraño y pesado silencio. No había luna ni astros, la tormenta los ocultaba, y la ciudad solo estaba iluminada por algún que otro incendio y, por supuesto, por la electricidad que seguía sacudiendo e iluminando constantemente la barriga de aquellas omnipresentes nubes negras que ahora ocultaban las estrellas.

Aquella noche empezaron los resplandores. Empezaron cuando la gente en sus casas comenzaba a encender velas, a hacer acopio de agua y a sacar los alimentos de los congeladores, cuando se preparaba para pasar del mejor modo posible una noche difícil, cuando los más mayores y los niños se acostaban y los adultos se disponían a velarlos. Mucha gente seguía en la calle deambulando, robando, o intentando ayudar a alguien… Y entonces llegó el primer resplandor: Un inmenso haz de luz vertical, una brillante columna de fuego frío cayó del cielo atravesando las nubes de alquitrán. Llegó sin previo aviso, proyectándose en línea recta, en un ángulo de 90 grados contra el suelo, en un eje central intensísimo y grueso rodeado de un amplio halo difuminado. Vino acompañado de un sonido extraño, de un barrunto, de un rugido grave, gutural, metálico, terrorífico, como producido por un inmenso y desconocido instrumento de viento. Toda la ciudad lo vio y lo hoyó. Aquel inmenso foco de luz azulada iluminó todo y a todos a varios kilómetros a la redonda, y fue tan intenso que, de repente, pareció que allá donde había caído el sol había vuelto a lucir de nuevo. Al llegar al suelo se mantuvo constante, fijo en un mismo punto, como si fuera un gigantesco monolito resplandeciente que se hubiera clavado de repente en la tierra, y así permaneció un rato, rugiendo y resplandeciendo, fijo en el suelo. Luego, y tan repentinamente como había llegado, el haz de luz se extinguió y desapareció de golpe, y todo volvió a quedar sumido en la oscuridad y el silencio.

Al cabo de pocos minutos, sin embargo, llegó otro, y luego otro, y otro, y otro más, y ya no se detuvieron jamás. Caían en cualquier momento, en cualquier lugar, aleatoria y caprichosamente, sin orden ni lógica aparentes, ora azulados, ora verdosos, ora amarillentos, ora rojizos. Duraban unos pocos minutos, y nunca pasaba demasiado tiempo entre la llegada de uno u otro. Siempre hacían el mismo ruido perturbador, siempre lo iluminaban todo, y se veían desde decenas de kilómetros de distancia. Nadie supo nunca qué eran, ni qué hacían exactamente. Su energía era luminosa, pero no calorífera, y a las pocas personas a las que les cayó alguno justo encima o demasiado cerca las dejó ciegas pero no las mató. Perros y gatos, sin embargo, se volvieron locos, no volvió a haber ni rastro de aves, y miríadas de ratas salieron de cloacas y alcantarillas, infestaron las calles y los bajos de las casas y huyeron a campo abierto. Nadie pudo dormir aquella noche, ni pequeños ni mayores, pues el estremecedor espectáculo de los resplandores, su rugido y su potente luz se lo impidieron. Muchas personas se dedicaron incluso a perseguirlos, a acercarse a los lugares en donde habían caído para verlos mejor y examinarlos, pero nunca nadie pareció hallar nada esclarecedor.

Cerca del amanecer, de lo que se adivinaba amanecer al menos a través de las apretadas nubes negras, comenzaron los terremotos. Las primeras sacudidas se sucedieron de hora en hora más o menos, y no fueron más que leves temblores ocasionales e inocuos. No obstante, cuando la luz del sol se intuía más allá de los omnipresentes cúmulos centelleantes, sobrevino el cataclismo. Un terremoto sin parangón sacudió la tierra durante cinco interminables minutos. Absolutamente todo se estremeció. En las casas todos los muebles y enseres cayeron al suelo y se hicieron pedazos. Todos los cristales se rompieron. Todas las paredes se agrietaron. Las calles se cuartearon y las carreteras asfaltadas se desgajaron. Las tuberías reventaron y el agua inundó grandes extensiones de terreno. Los edificios que no se desmoronaron total o parcialmente quedaron seriamente dañados. Los incendios se multiplicaron. Cientos de túneles, subterráneos, metros y parkings se colapsaron, tragándoselo todo y a todos, y la mayor parte de los puentes se derrumbó. Una gran nube de polvo se elevó hacia el cielo, hasta las oscuras nubes, se mantuvo flotando todo un día y comenzó después a caer lentamente durante semanas, cubriéndolo todo. Cientos de miles de vidas, posiblemente millones, se apagaron de golpe con aquella sacudida. Desde aquel momento los temblores se sucedieron cada cierto número de horas. No fueron jamás tan destructivos como aquel, aunque variaban en intensidad, pero desde entonces no cesaron ni un solo día.

Cuervo rememora aquel gigantesco desastre mientras todo tiembla otra vez. Es otro terremoto, pero éste es débil, no será peligroso, dure lo que dure. Le gustaría pensar que mucha de aquella gente que murió en el primer temblor murió durmiendo, que no se enteraron, pero lo cierto es que pocos dormían tras la primera noche de resplandores. Quién sabe si los suyos han muerto también, no sabe nada de ellos desde hace dos semanas, vivían lejos, en otra ciudad, y no hay forma de comunicarse con el exterior. Tampoco sabe si lo mismo ha sucedido en otras partes o no, simplemente no sabe nada, como todos, pues no hay noticias, ni nadie ha venido aún a buscarlos. Como fuere, ahora no hay demasiado tiempo para pensar, desde entonces no lo ha habido. En cuanto el temblor pare hay que cruzar esa calle lo más deprisa posible, y penetrar en lo que queda del centro comercial que hay en frente. Hay que vivir siempre alerta y preparados.

Sara grita y solloza. Solo tiene siete años, y desde el primer gran temblor todos los terremotos, sean fuertes o débiles, le aterrorizan. Su madre la abraza con fuerza e intenta hacerla callar, pero es en vano, y al final tiene que taparle la boca con fuerza. Sara y su madre son un pequeño milagro de supervivencia. La niña se ha convertido en la hija de todos, y todos cuidan de ella, sobre todo Lechuza. Cuervo sabe que Lechuza le tiene un cariño especial a Sara, y que siempre que puede, para alivio de su madre, le hace carantoñas y le cuenta cuentos. Igual que Cuervo, Lechuza tiene ese nombre por una noche en que, sentado el grupo alrededor de un fuego hecho en el patio interior de un edificio, se pusieron los unos a los otros apodos en forma de nombres de animales del bosque, como si fueran su tótem. Fue la primera noche en que reinó un poco de buen humor y tranquilidad desde el cataclismo, y todos buscaron el animal que mejor le iba a cada uno. Al fin y al cabo, había que irse a vivir al bosque, estaba decidido, así que era mejor ir acostumbrándose. Lechuza se llamaba así por sus enormes y preciosos ojos azules, y el apodo se lo puso Cuervo. Era una joven de veinticinco años muy bonita, de cabello oscuro y aspecto frágil, pero de carácter fuerte y resistente como el acero. A Cuervo su apodo se lo puso otro, un tal Jabato, por su pelo oscuro y porque, según decían todos, parecía un joven muy inteligente. En el grupo había varios más: el mencionado Jabato era un chaval de veinticuatro años especialmente hábil a la hora de encontrar comida, Oso era un hombre de treinta y muchos muy grande y fuerte pero manso a la vez, Lobo un militar armado y equipado de casi treinta descolgado de su unidad, Gineta una veinteañera morena graciosa y especialmente ágil, y luego estaban Sara y su Madre, a las que todos se limitaban a llamar, por alguna razón, Sara y Mamá.

El temblor ha cesado. El grupo se pone en pie y se prepara para salir y cruzar corriendo la calle. El polvo sempiterno vuelve a posarse poco a poco en todas las superficies, y con él ese otro polvo verdoso que, por alguna razón, ha empezado a acumularse por todas partes, y que nadie sabe qué es ni de dónde procede. Por alguna extraña razón los insectos, como viene sucediendo desde la llegada de los resplandores, se mueven y arrastran frenéticamente de un lado para otro, enloquecidos, sin cautela, sin ocultarse, y no reparan en los humanos ni siquiera cuando éstos se acercan y los pisan con sus botas. El abigarrado grupo se prepara, Sara en brazos de mamá, los demás en fila, Lobo el primero. Todos llevan botas y ropa resistente, aunque sea verano, fruto de unos cuantos saqueos en tiendas, almacenes y hogares abandonados. Todos cargan una mochila con comida y agua, algo cada día más difícil de encontrar, ropa de repuesto, sacos de dormir, cuchillos, mecheros, botiquín… Lobo, el mejor equipado, es el único que va armado. Lleva encima un subfusil, aunque aún no lo haya utilizado desde que salió del cuartel.

Sale Lobo en solitario, moviéndose como un soldado, cruza al otro lado y se posiciona detrás de una esquina. Tras su seña salen los demás, uno a uno, y en un momento dado todos están atravesando la calle. Es de día, aunque no se note mucho, pues las nubes negras siguen apelmazadas en el cielo, sacudidas cada dos por tres por las inagotables descargas eléctricas. Un verdoso resplandor ha caído a lo lejos, quizás a unos dos o tres kilómetros más allá, y desde la calle pueden ver cómo se eleva hacia el cielo por encima de las ruinas de los edificios, entonando su característico bramido grave y monocorde. En la calle hay tres automóviles vacíos, así como los restos de un edificio derruido. Cascotes, cristales y muebles por todas partes, y entre las ruinas un bulto, quizás un cadáver, otro más, en el que nadie quiere ni puede realmente fijarse.

Todos corren. Cuervo es el último. Va detrás de Lechuza, que sigue atentamente a Sara y a Mamá. Cuervo no se lo ha dicho aún a Lechuza, pero no es casualidad que siempre cruce las calles detrás de ella. Quiere protegerla. Quizás, más adelante, cuando cada día deje de ser una locura, puedan sentarse un rato los dos solos y hablar. Como fuere, ahora la sigue atentamente, con todos sus sentidos alerta. Y, de repente, mientras la sigue, nota cómo Lechuza se para en seco. Está agarrando a Mamá, y Mamá y Sara miran anonadadas hacia la derecha, petrificadas por el espanto. Lechuza se queda atónita también. Cuervo mira a su vez. Lo ve. Son Ellos.

Nadie sabe quiénes son Ellos, ni de dónde vienen, ni lo que pretenden, ni lo que están haciendo. Ni siquiera se sabe con certeza si son los causantes del cataclismo. Simplemente aparecieron después del primer día de terremotos, aparecieron del cielo preñado de nubes negras, y empezaron a hacer sus cosas, sea lo que sea que esas cosas son.

La primera visión que Cuervo tuvo de Ellos fue la de cuatro enormes y oscuros tentáculos cerniéndose sobre la tierra desde el mar de nubes brunas que cubría el cielo. Aquellas cosas se movían, retorcían y enrollaban con una gran agilidad y flexibilidad, como si fueran animales o estuvieran hechos de goma o de carne, pero a la vez producían un sordo y reverberante chirrido metálico, y abrían boquetes, derruían edificios y hacían salir despedidos coches y autobuses sin dificultad aparente. Eran negros, de aproximadamente dos metros de anchura, su extremo se perdía siempre en el cielo, más allá de las sempiternas nubes negras, y parecían proceder todos de un único origen, de un mismo nodo que se mantuviera suspendido y oculto, invisible, más allá del cielo encapotado. Más adelante, Cuervo puedo ver muchos otros tentáculos en repetidas ocasiones, a veces en grupos de cuatro o seis, y a veces hasta de veinte. Aparecían de noche o de día, daba igual. Bajaban todos a la vez, siempre próximos los unos a los otros, y una vez en tierra o se iban desplazando cada uno con vida propia o se quedaban todos quietos en un mismo sitio, y lo mismo palpaban con delicadeza aquí y allá como chocaban con todo y sembraban una enorme destrucción. En más de una ocasión los vio tragarse cosas, ya fuera escombros, vehículos, árboles, agua o cadáveres, su superficie se abría en un costado, en un lugar cualquiera en donde no parecía haber ninguna abertura previa, y lo que quiera que fuera era rápidamente absorbido al interior. Al final, antes o después, acababan subiendo otra vez al cielo y desaparecían sin más, entre las nubes de entre las que habían surgido sin previo aviso. Cuervo nunca los encontró lógica alguna, solo sabía que prefería estar lo más lejos posible de ellos cada vez que aparecían.

No era seguro, no había forma de saberlo, pero muy probablemente aquellas cosas eran las mismas que habían levantado las torres. Eran pocas, muy pocas, y tardaron varios días en llegar, pero su número aumentaba día tras día. Surgían sin avisar, como todos los demás fenómenos, y también, como todo los demás, en apariencia lo hacían aleatoriamente. De repente, de entre las nubes negras asomaba una gigantesca mole, una oscura columna con una base tan amplia como la de un pequeño campo de fútbol, y tan alta que nunca alcanzaba a verse su final más allá de los eternos nubarrones. Era una monstruosa estructura alargada formada por un sinfín de enormes piezas que, aún estando sueltas, se mantenían unidas y más o menos compactas gracias a alguna clase de poderosa fuerza de atracción. Su extremo inferior, picudo, surgía el primero de entre la tormenta, y toda la torre lo seguía, cayendo en vertical hacia el suelo, lenta pero inexorablemente. Cuando chocaba con la superficie lo aplastaba todo sin miramientos, casas, vehículos y seres vivos, y en medio de un desgarrador crujido, un tremendo temblor, y con una fuerza terrorífica, se enterraba profundamente en el suelo, clavando su extremo inferior en él, y penetrando decenas de metros en la tierra, levantando y lanzando por los aires enormes masas de escombros y piedras. Cuando la conmoción pasaba podía observarse cómo el resto de la estructura se elevaba vertical y monstruosamente hacia el cielo, clavado ya su aguijón en la tierra, y cómo sus distintas piezas actuaban como si tuvieran vida propia, moviéndose de acá para allá siempre sobre la estructura principal. Durante días sonaban un sinfín de chirridos y golpes metálicos, mientras capas enteras de aquel increíble armatoste, pedazos enormes y alargados, se movían flotando por su superficie, se desgajaban del conjunto, bajaban y subían lentamente pegadas a sus costados, y terminaban afirmándose en cualquier otra parte. Aquellas torres se elevaban hasta perderse entre las nubes que dominaban el cielo, despedían un calor tan intenso que nunca nadie ni nada pudo acercárselas demasiado y, por algún motivo, parecían completamente inmunes a los constantes terremotos.

Cuervo llega a la altura de las tres mujeres, las agarra y las empuja para que sigan corriendo, pero al seguir la trayectoria de sus ojos ve lo que ellas están viendo, y también él se queda paralizado. Al fondo de la calle, entre dos edificios en ruinas, emerge algo que nunca antes había visto: a varios metros del suelo se alza un óvalo oscuro como el carbón, brillante, grande como una furgoneta, con una superficie granulada, como hecha de un montón de esferas superpuestas. Del óvalo surgen decenas de extremidades, brazos muy largos y finos que se mueven en todas direcciones frenéticamente, apoyándose en todas las superficies, tocándolo, partiéndolo y agitándolo todo, como un manojo de látigos furiosos. Imposible decir si el cuerpo central flota y las extremidades se mueven a su alrededor, o si son las extremidades las que mantienen suspendido al cuerpo apoyándose por doquier. Tampoco esta vez puede saberse si es una máquina o un ser vivo, demasiado flexible y ágil para tratarse de un ingenio, demasiado fuerte y pulido para ser un animal. La criatura o artilugio, tanto da, avanza por la calle hacia ellos. Sus numerosas extremidades no paran ni un segundo, removiendo todos los escombros y objetos que hay a su alrededor. El cuerpo central flota y se desplaza de forma antinatural, a ratos inmóvil, a ratos sacudiéndose con rápidos y nerviosos movimientos. Todos notan cómo el suelo y todo lo que hay a su alrededor vibra a medida que el monstruo se aproxima. Despide un viento caliente que les lame la cara, y produce un sonido extraño, parecido a un gorgoteo electrónico, grave y artificial.

El resto del grupo los mira petrificados. Lobo grita, y su grito hace reaccionar a Cuervo, que de un empujón consigue mover a las mujeres algunos metros, pero el extraño ingenio es sorprendentemente rápido, y cuando quieren darse cuenta ya lo tienen encima. No obstante, en el último minuto, el sobrecogedor prodigio cambia inopinadamente de dirección, y tuerce por otra calle. Algunas de sus nerviosas extremidades llegan a posarse y a restallar a apenas cinco metros de Cuervo, y una de ellas, de un solo latigazo, hace pedazos ruidosamente los restos de un automóvil. Luego, el armatoste se aleja igual que ha venido. Todos miran sin entender nada al monstruo que se marcha. Parece mentira que no los haya visto. Seguro que, de haber querido, habría podido matarlos. Da igual. Hay que irse. Hay que encontrar un sitio seguro para pasar la noche, rezar para que Ellos no aparezcan y aprovisionarse bien.

El grupo se pone en movimiento otra vez. Lechuza y Mamá están tan nerviosas que casi no pueden ni andar. Sara, en un gesto surrealista, sin duda debido al shock, decide apoyar mansamente su cabeza en el hombro de su madre y dormitar. Cuervo se prepara también para retomar la marcha, pero se da cuenta de que está temblando, y antes de dar un paso se gira una última vez hacia la extraña criatura que está ya lejos, al fondo de otra calle. La ve toquetear todo con sus apéndices, aplastar un autobús sin apenas esfuerzo, y doblar otra esquina con un gesto brusco y veloz. A lo lejos, el resplandor verdoso sigue rugiendo y brillando, y más lejos aún destaca, contra los relámpagos de las nubes negras, el oscuro perfil de una ominosa y gigantesca torre.

Cuervo se pregunta una vez más qué demonios estará pasando. Como un animal que huye de los humanos cuando estos destruyen su bosque para construir una carretera, como un hormiguero que es arrasado en un segundo por un tractor al roturar un campo, o como un perro que alza la vista y observa sin discernir nada cómo las chimeneas de una fábrica envenenan el aire, así Cuervo y los humanos supervivientes observan, como él ahora, aquellas fenomenales e incomprensibles fuerzas que se desatan sobre ellos, sin entender ni por asomo su lógica o sus intenciones. Seguro que el dinosaurio que miró hacia lo alto y observó el cometa que provocó su extinción atravesar ardiendo el cielo segundos antes de colisionar contra la tierra debió de sentir algo parecido. Se quedaría anonadado ante el formidable y temible espectáculo que se mostraba antes sus ojos, y también se asustaría, aunque fuera solo por instinto, pero posiblemente no entendería absolutamente nada.

Cuervo intenta apartar de sí ese pensamiento tan deprimente, y al girar el rostro se apercibe de que Lechuza se ha quedado parada junto a él y de que le está mirando. Sus hermosos ojos ovalados están a punto de llorar de impotencia. Como el dinosaurio, también ellos se preguntan, atónitos y asustados, qué es lo que está sucediendo. Ella no lo sabe, y él tampoco lo sabe, y ambos saben que el otro tampoco lo sabe. No obstante, en ese momento, Cuervo siente rabia, una rabia que no sabe de dónde le viene, la rabia de quien se niega a aceptar lo inaceptable, y esa rabia le otorga de repente una extraña fuerza con la que consigue serenarse y, más aún, coger la mano de Lechuza y apretarla con fuerza. Ella, al recibir el apretón, se siente algo mejor, le mira fijamente, y hasta le sonríe. Luego, los dos se separan y echan a correr. Han de marchar al bosque lo antes posible, marcharse fuera de la ciudad. Ignoran qué estará ocurriendo allí, ignoran incluso si es una buena idea, ignoran qué está sucediendo en el bosque, si las cosas son allí mejores o no, pero piensan que, sea lo que sea, no pueden estar mucho peor de cómo están en ese cadáver de ciudad en el que hace semanas sobreviven como ratas.

Sus siluetas desaparecen en el interior de un gran edificio en ruinas. Suena un trueno lejano, y el último resplandor verdoso se apaga, dejando a oscuras, otra vez, las ruinas de la ciudad muerta. A oscuras hasta el siguiente resplandor al menos. No hay forma de estar seguros.

(Read this tale in English here)

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  1. Pingback: The Day of the Shines | marcosmarconius·

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