Terra Incognita (segunda parte)

Era ya casi de noche, el cielo había tomado una hermosa tonalidad rojiza, y por la ventana, y gracias al contraste de luces y sombras entre el cielo y la tierra que se da siempre en el atardecer, podían distinguirse, muy a lo lejos, los tejados de Manila, los caminos y poblados de pescadores que abundaban a lo largo de la bahía y, más lejos aún, las montañas del interior y los dos volcanes que, al norte y al sur, en Bataan y Cavite respectivamente, cerraban aquel enorme puerto natural.

terra_incognita_1(Lee la primera parte del relato aquí)

El padre se sentó al lado izquierdo de la cama, con su elegante y sencillo hábito blanco con capa negra de dominico, un gesto beatífico y relajado y las manos entrelazadas encima de las rodillas. Su joven amigo, al pie del lecho, y al lado de la ventana, observaba más serio, con esa gravedad discreta y circunspecta, casi marcial, con que solía conducirse y que, sin embargo, sabía endulzar súbitamente con una simple mirada o una sonrisa repentina. Vestía un discreto coleto negro, unos calzones pardos oscuros, una camisa ocre cuyas mangas asomaban por los brazos y un cuello sencillo del mismo color. Llevaba la espada a la cintura, unas botas altas y marrones que le llegaban hasta las rodillas, y en sus manos sujetaba una pluma y unos cuantos legajos que había traído consigo, y que apoyaba junto con el tintero en una tablita de madera que había pedido prestada al propietario, dispuesto a tomar apuntes de todo aquello que considerara interesante.

El padre Ramón inició el interrogatorio con tacto y delicadeza, tratando al enfermo con la paciencia y la dulzura que suele dispensársele a un niño. Le hizo saber que los dos estaban al corriente de sus circunstancias personales, para dejar bien claro a continuación que a ambos les interesaría mucho conocer qué le aconteció en sus muchos meses de vagar por el ancho mundo hasta que fuera rescatado por la tripulación de aquella embarcación portuguesa. El enfermo, afortunadamente, tenía ganas de hablar, sobre todo después de tener que pasarse dos semanas encerrado en aquella habitación casi sin compañía, y su incipiente locura, aunque más difícil de comprender, parecía volverle, sin embargo, también más locuaz. Su relato, completado después con los apuntes que el joven amigo del padre Ramón había tomado en anteriores entrevistas con miembros de la misma expedición, comenzaba así:

El tal Manuel había embarcado como marinero en la nao capitana Santos Pedro y Pablo, una de las tres que componían la expedición dirigida por el ilustre navegante Don Pedro Fernández de Quirós, y que junto a otros 300 marineros y soldados, y otras dos naves más, partió hacia el oeste desde la marinera ciudad peruana de El Callao el 21 de diciembre del año del Señor de 1605. Su periplo inicial por las islas del Pacífico central fue bastante llevadero. Con cuidado de no encallar en los corales, y de abastecerse de comida y agua siempre que fuera posible, exploraron o desembarcaron, a un ritmo de una al día, en un total de nueve islas hasta que, a mediados de febrero, hallaron a los primeros indígenas, encuentro al que siguieron otros después. Según aseguraba Manuel, mientras hablaba de todo ello con un tono de voz relajado y una agradable sonrisa dibujada en su castigado y curtido rostro, aquellas islas y sus aguas eran hermosas, y sus gentes, especialmente las mujeres, acogedoras, nobles e inocentes. En cuanto a descripciones de animales se refiere, sin embargo, apenas pudo aportar nada significativo.

El 21 de febrero, siguió contando ordenadamente, lograron llegar a una isla ya visitada por Mendaña, la de San Bernardo, una roca deshabitada y desprovista de agua, lo que les obligó a continuar viaje hasta otra isla, desde la que acabaron pasando, el primero de marzo, a otra más, que dieron en llamar Isla de Gente Hermosa. Manuel contaba que las gentes de aquel lugar les parecieron a los españoles, en principio, soberbias, pues vestían elaboradas y hermosas túnicas, eran fuertes y apuestos, tanto ellos como ellas, y construían chozas grandes, acogedoras y bastante sólidas. No obstante, aquel nombre acabó resultando irónico cuando, a los pocos días de su llegada, y mientras exploraban el lago interior, fueron atacados ferozmente, perdiendo tres hombres y viéndose obligados a reembarcar apresuradamente.

Tras aquel infortunado desencuentro la moral descendió, y la tripulación de la nave capitana comenzó a inquietarse, por lo que su capitán hubo de poner orden, colgar a un marinero y destituir al piloto mayor. A pesar de todo, el 7 de abril los vientos y su nuevo piloto los llevaron a otra isla poblada, Nuestra Señora del Socorro, en donde hallaron un pueblo construido en magníficos y enormes palafitos levantados sobre la costa y unos pantanos, y desde el que sus habitantes salían a recibir amistosamente a los españoles navegando en grandes barcas y catamaranes que habían llenado de mercancías y agasajos. Tales prodigios llevaron a Quirós a denominar aquel lugar como Venecia, y tras once días de descanso y solaz partieron para las Salomón, recalando el 21 en otra isla habitada y amigable de donde pasaron a su vez a otras islas, vecinas de la ya muchas veces mentada isla del Espíritu Santo, a donde llegaron, finalmente, el 30 de abril de 1606. Hasta aquí, de nuevo, las descripciones de fauna, flora y paisajes que el joven pedía pacientemente a Manuel no le aportaban nada nuevo, pero el interrogador seguía a los pies de la cama, escuchando atentamente y tomando apuntes, después de encender un par de velas para darse luz y colocarlas en una sencilla mesita que tenía a su lado, ya que la noche acababa de caer, y mientras que por la ventana entraba una suave brisa tropical, en el cielo se veían ya una hermosa luna creciente y un montón de estrellas.

El enfermo había narrado todo aquello con calma y coherencia, con la mirada perdida en la lejanía y con una suave sonrisa en sus labios, como si los recuerdos de aquella etapa de la expedición le fuesen especialmente gratos. No obstante, a partir de aquel punto comenzó a agitarse visiblemente, aunque sus palabras siguieron manteniendo una razonable consistencia. Narró entonces cómo la expedición llegó a la isla, y cómo echó anclas en la mayor bahía que en ella hallara, una ensenada que se abría en forma de “U” hacia el norte, protegida con un alto y alargado conjunto de colinas al oeste y a donde desembocaba un pequeño riachuelo que bajaba del sur, del centro de la isla. El paisaje allí contrastaba un poco con el del resto, pues las aguas de la rada eran oscuras, la arena de la playa gris, y el tupido bosque que se extendía tierra adentro y que lo cubría todo estaba formado de árboles de frondosas hojas sin que hubiera en él una sola palmera. El lugar, no obstante, no estaba mal, y como el capitán había creído encontrar su anhelada Terra Australis lo bautizó como Austrialia del Espíritu Santo, mezclando las palabras “Austral” y “Austria” en honor a la dinastía reinante. Así las cosas, tomó posesión de todas las tierras que desde aquel lugar se extendiesen hacia el sur y hasta el polo, y ordenó el levantamiento de una colonia que denominó Nueva Jerusalén, y que fundó a orillas de aquel riachuelo que, desde entonces, fue conocido como Río Jordán.

El problema, según mantenía en aquel punto Manuel, era que nadie quería realmente quedarse en aquella isla, solo Quirós, y que, como líder, resultaba un hombre testarudo, despótico e intratable. Estallaron pues fricciones entre los expedicionarios, y mientras unos querían seguir hacia el suroeste, en busca de más indicios que demostraran la existencia de ese nuevo continente supuestamente recién descubierto, otros querían poner rumbo a Manila y no alargar más la travesía, y otros volver a alguna de las acogedoras islas ya visitadas, como Venecia, y establecerse allí una temporada. Solo a Quirós parecía gustarle aquella tierra, pero el destino, sin embargo, se encargó de truncar sus planes, pues con tanta discusión a los españoles pareció olvidárseles que la isla estaba poblada, y el 14 de mayo una expedición de doce hombres que se había adentrado temerariamente hacia el sur siguiendo el curso del río Jordán cayó en una masiva emboscada. En ese grupo marchaba Manuel.

De las ulteriores aventuras y desventuras de la expedición el infortunado guipuzcoano lo ignoraba todo. Ignoraba cómo Quirós se había vuelto a hacer a la mar, se había separado del resto del grupo durante una tempestad y había llegado finalmente a Acapulco mientras que su segundo, después de buscarle inútilmente durante quince días, había puesto rumbo a Nueva Guinea para acabar llegando a Manila casi un año después. Para él las cosas transcurrieron de un modo muy distinto: tras batirse bravamente y matar muchos indios tan solo dos de sus colegas sobrevivieron con él, pero su fortuna fue funesta, pues fueron ejecutados y devorados aquella misma noche en un banquete que se celebró en una pequeña aldea al sur de la isla. A él, incomprensiblemente, le tenían reservado otro destino, pues a los dos días fue embarcado en una enorme canoa y transportado a varias islas en una especie de marcha triunfante de barcas y catamaranes. Junto a él, estimaba, viajaron unos cincuenta guerreros navegando en unas ocho embarcaciones, todos vestidos con taparrabos y con el cuerpo pintado de negro. Llegaban a una isla, desembarcaban en una población, exhibían a su prisionero, parlamentaban con los locales y continuaban. Él nunca entendió el propósito de todo aquello, pero al menos seguía con vida, y aunque siempre atado era alimentado, cuidado e incluso tratado con cierta dignidad. Aquella extraña procesión, estimaba, debió de durar cosa de una semana, tras lo cual navegaron durante varios días, quizás otra semana entera, hasta alcanzar otra tierra enorme y distinta a las demás. Aquí, su comitiva llegó a una playa en donde encontraron un grupo de gente, hicieron lo usual y, después, lo abandonaron con ellos y se fueron por donde habían venido.

A partir de aquel punto Manuel comenzó a obnubilarse, y su relato se volvió extravagante y confuso. A sus interlocutores les costaba mucho seguirlo, porque mezclaba y repetía cosas, a ratos se atropellaba, y a ratos caía en repentinos mutismos, contaba los hechos desordenadamente, cambiaba de tema sin razón aparente, se reía, se entristecía y volvía a reír, y repetía algunas frases obsesivamente, como “ellos me embrujaron”, “las montañas se movían”, “la tierra era roja” o “los sueños se hacían realidad y la realidad era toda un sueño”.

Aseguraba que, al llegar, se encontró con una raza de hombres poco agraciados, bajitos, de piel curtida, agrietada y muy morena, pelo hirsuto y rizado, narices anchas, ceño prominente y ojos serenos e inocentes. Dijo que iban desnudos, muchas veces adornados con elaboradas y abstractas pinturas blancas, y que mostraban cicatrices simétricas por todo el cuerpo. No domesticaban animales, no sabían pescar ni cultivar, eran nómadas y polígamos, horneaban sus alimentos en hoyos cavados en el suelo, dibujaban en las rocas todo tipo de extraños seres, y exhumaban sus cadáveres una vez limpios para venerarlos. Los adultos, aseguraba, envejecían en seguida, pero luego vivían muchos años siendo viejos, y no engendraban a sus niños, sino que éstos nacían de la tierra, como los árboles y las plantas, creciendo con sus pelos rizados sobresaliendo como hojas y el resto del cuerpo enterrado como un tubérculo. Eran seres dóciles, apacibles y apáticos, veían a sus espíritus y a los fantasmas de sus antepasados por todas partes, obtenían sus utensilios y herramientas de ellos solo cuando éstos tenían a bien dárselos, y obligaban a sus hijos a vivir en la misma área toda su vida para honrar a sus fantasmas debidamente. Solo hablaban entre sí lo suficiente, tocaban grandes tubos de madera cuyo sonido asemejaba al gemido de un gran gigante con ronquera, y se pasaban largas horas soñando despiertos, soñando de verdad, pues eran capaces de viajar con la mente a un mundo de sueños del que, le explicaron una vez, aseguraban proceder, y al que podían volver soñando cuando les placía.

Manuel aseguraba que, nada más llegar, aquellos extraños seres lo acogieron como a una rareza. Contaba que todos lo miraban y lo trataban con miedo y respeto, pero que, al poco tiempo, realizaron en él un extraño ritual tocando sus extraños tubos, ritual con el que lo convirtieron en invisible para todos menos para los niños, los animales y los magos. Desde aquel momento vivió entre ellos como un fantasma. Nadie reparaba en él ni lo veía, vagaba de un lado para otro observándolos sin pudor, cogía comida o cualquier otra cosa cuando le apetecía, viajaba con ellos cuando ellos lo hacían, dormía a su lado cuando todos dormían, y tan solo los hombres magos le hablaban de vez en cuando, siempre después de realizar extraños rituales ante un fuego, gracias a lo cual pudo conocer y entender algunas cosas, e incluso aprender algunas palabras de su lengua.

En un momento dado, pasadas muchas lunas, comenzó a cansarse, y decidió aventurarse a viajar hacia el oeste sin alejarse nunca demasiado, si le era posible, de la costa, pues imaginaba que hacia allá, quizás, podría dar con alguna posesión civilizada en donde ser rescatado. Como temiera perderse hizo entender como buenamente pudo al mago de la tribu su intención, por si le servía de algo, y éste le indicó a su vez que siguiera a un hombre, un indígena que, después de escuchar unas palabras del mago, comenzó a caminar, a caminar sin verlo ni prestarle atención, pero a quien Manuel siguió porque, observó, se dirigía al oeste.

Viajaron entonces por una tierra muy llana, de un color rojo intenso, salpicada en ocasiones de arbustos y árboles muy verdes que crecían inclinados y achaparrados en dirección al viento. En aquella tierra roja, árida, calurosa, inmensa y desolada no llovía nunca, y en la lejanía se elevaba, a veces, alguna que otra colina o montículo que, en lugar de permanecer quieto, como suele ser costumbre, se movía muy poco a poco, de modo casi imperceptible pero constante, mientras cambiaba de color a lo largo del día, pasando del morado al marrón por la mañana, y del naranja al rojo intenso con el atardecer. Grandes charcas de agua se evaporaban o se filtraban en la arena y desaparecían en cuestión de segundos, los ríos eran todos de color marrón, y su curso aparecía y desaparecía entre las grietas del terreno. Los espíritus habían colocado rocas enormes, también rojas y de extrañas formas y estrías, unas encima de otras, suspendidas en extravagantes posiciones, formando extrañas figuras mientras conservaban un aparentemente precario pero inalterable equilibrio. Y la tierra, siempre y en todas partes, era roja, tan roja que, al atardecer, no se sabía bien qué era el suelo y qué el cielo, tanto que parecía como si el mundo se hubiera vuelto cabeza abajo.

Manuel y su distante acompañante atravesaron aquel insólito paraje a pie, día tras día, durmiendo al raso por las noches, y yendo siempre hacia el oeste. A pesar de lo recóndito y árido del lugar su guía sabía exactamente donde encontrar comida y agua soñándolo despierto o consultando con sus muertos. No usaba planos, sus mapas eran canciones que, al ser cantadas, le indicaban por dónde continuar. De vez en cuando se detenía, y con un palo que obedecía a su voluntad cazaba algún animal. Lo lanzaba y, cuando fallaba, el palo volvía, por sí mismo, dócilmente a sus manos. Cuando lograba alguna presa la cocinaba en un hoyo o sobre una hoguera y, sin más, comenzaba a comer. Si Manuel no hacía nada se quedaba sin comer, y si cogía pedazos de carne podía coger cuantos quisiera, incluso dejarle al otro sin probar bocado, porque el otro nunca reaccionaba. Luego dormían, y por la mañana debía de estar muy atento al momento en que el otro despertaba, porque reanudaba el viaje sin avisar, ya que no podía verlo.

En el camino aseguraba haberse encontrado con todo tipo de extrañas criaturas: una especie de monito dócil y tierno, barrigón y de movimientos pausados, más parecido a un osezno que a un primate, de grandes orejas y un extraño pico, que se colgaba perezosamente de las ramas de los escasos árboles. También enormes lagartos de lengua azul, grandísimas y fieras arañas, una especie de pequeño ciervo saltarín que brincaban sobre dos enormes patas y transportaba a sus crías en una bolsa que tenía en la barriga, gigantescos cocodrilos que vivían indistintamente en el mar y en los ríos, y aves enormes y gordas de denso plumaje y cuello azulado que corrían de un lado a otro porque no podían volar.

Al cabo de unos días su guía se topó con otro grupo de hombres. Para ellos Manuel era, al principio, una rareza visible, pero tras cruzar algunas palabras un mago realizó un ritual con cuernos de madera y volvió a convertirlo en un fantasma. A continuación, un hombre comenzó a caminar hacia el oeste y Manuel lo acompañó durante varios días como hiciera antaño con el anterior, y así viajaron hasta que se toparon, al poco tiempo, con otro grupo, momento en que volvió a suceder lo mismo, y así una vez y otra y otra, en un proceso que se repetiría exactamente igual incontables veces más, mientras seguía viajando, poco a poco, hacia el oeste.

En este punto de su relato a Manuel apenas se le entendía ya nada, pues su excitación y su delirio iban en aumento, pero sus dos interlocutores le animaron a concluir la historia, aunque hiciera tiempo que ésta pareciera haber perdido todo sentido. Como fuere, Manuel siguió contando, más mal que bien, que sin tener ni idea de cuánto tiempo había pasado en su calidad de fantasma viajero un buen día volvió a ver el mar. Su último guía distante lo llevó a un cabo desde el que se divisaba, a lo lejos y hacia el norte, una enorme masa de tierra más allá de un ancho canal de agua. Por aquellos lugares el paraje parecía ya algo más verde, aunque la tierra seguía siendo roja, como siempre, y caminando por blancas y desoladas playas él y su último guía se toparon un buen día con otro pequeño grupo de extraños hombres, ante los cuales no tardó, como solía suceder siempre, en volverse invisible tras un ritual de tubos de madera.

Aquí, Manuel aseguraba que el mago de aquella comunidad invocó con sus tubos a los espíritus de sus antepasados una noche mientras dormía, y que al llegar a la aldea desde la eterna tierra roja éstos lo tomaron por uno de aquellos indígenas dado su larga cabellera, su suciedad, sus harapos, su piel tostada y su poblada barba. En el momento en que fue confundido con uno de ellos el mago le pintó el cuerpo como a todos los demás, y todos pudieron volver a verlo y a tratar con él. Gracias a ello, se le permitió formalmente entrar en el tiempo del sueño, aquel extraño mundo o estado de ausencia en el que aquellos increíbles seres pasaban la mitad de sus vidas. Una noche le hicieron tomar unas hierbas que trajera volando una enorme ave blanca, y al hacerlo su visión cambió, pues a la mañana siguiente absolutamente todo a su alrededor había adoptado una tonalidad más oscura, los contornos de las cosas se habían vuelto borrosos, las sombras mucho más pronunciadas, y en un momento dado pudo verse a sí mismo, con el aspecto que tuviera hacía ya más de un año, alejándose a pie por la playa, entrando en el mar y desapareciendo entre las aguas. Aquello hizo que el cielo también se oscureciera, que el tiempo empeorara de repente, y que comenzara a soplar un fuerte viento que levantaba rociadas de espuma desde las crestas de las olas. Los espíritus del tiempo de lo sueños bajaron por los ríos al mar siguiendo a aquel fantasma suyo que se había sumergido en el agua, y del mar trajeron una barca en la que se montaron él, el mago y otros dos hombres más. Luego, su fantasma y los espíritus abrieron caminos en el agua, cavando profundos canales en los arrecifes y los corales, a través de los cuales navegaron los cuatro hasta alcanzar la tierra que se divisaba al otro lado del estrecho.

La parte final del relato ni el padre ni su amigo pudieron comprenderla muy bien, pero decía, más o menos, que tras desembarcar al otro lado, el mago se había transformado en un cocodrilo, mientras que los otros dos hombres habían echado a andar, uno hacia el norte y otro hacia el este, hasta perderse en la lejanía. Manuel se encaminó, de nuevo, hacia el oeste, y el cocodrilo comenzó a soplar sobre su espalda para ayudarlo a avanzar. Mientras lo hacía Manuel iba creando el mundo, pues a sus pies se iba formando la costa, el mar a su izquierda, y las montañas y los valles a su derecha, verdes, pues estaba cansado de tanta tierra roja. Un buen día en que se aburría decidió empezar a crear gente, pero no les entendía cuando hablaban, y otro día el mago-cocodrilo decidió que ya era hora de que dejara de crear mundo, pues aquella era una prerrogativa de los espíritus-sueño, y de la barca con que cruzaran el estrecho hizo una nao llena de amigables portugueses que lo recogieron y lo llevaron finalmente a Manila.

Después de terminar aquella última frase Manuel cayó en un profundo silencio, y al poco rato se durmió y comenzó a roncar, por lo que el padre Ramón y su amigo apagaron las velas y se retiraron, dejándolo soñar sabía Dios con qué extraños mundos y fantasías. Al día siguiente Fraile y amigo dejaron a su protegido en la venta, y marcharon a Manila a atender diversos compromisos, sin saber que ya no habría más entrevistas, pues al poco de volver a la ciudad se enteraron de que la salud de Manuel había recaído repentinamente, y apenas dos días después, de que había muerto de fiebres en la misma cama en donde escucharan sus últimas palabras.

En lo sucesivo no llegaron más expediciones a puerto provenientes de las islas del Pacífico, ni más náufragos hallados en mitad de ninguna parte, ni más noticias, ni nada, y ante la falta de materia prima el joven cronista se vio obligado a aparcar su proyecto indefinidamente. No obstante, y como le confesara a su amigo Ramón más tarde, nunca se apenó por haber invertido tanto tiempo en escuchar las fantásticas historias de Manuel porque, como le asegurara entre divertido y risueño, bien valían la pena ser escritas, primero porque nadie podía asegurarle que no representaran, en realidad, el relato del primer europeo en hollar la misteriosa Terra Australis Incognita, y en segundo porque, de no ser así, igualmente merecería ser escuchadas y recogidas, incluso sin haber sido veraces, según sus propias palabras “de tan magníficas y hermosas que resultaban ser”.

(Read the tale in English here)

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2 responses to “Terra Incognita (segunda parte)

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