Terra Incognita (primera parte)

Al padre Ramón le gustaba sinceramente aquel joven. Le hacía pensar que el galeón de Manila, por una vez en varios años, había traído de Acapulco una mercancía realmente interesante y valiosa, más allá del periódico cargamento de patatas, chile, piñas, maíz, caballos y animales de granja, o el habitual rebaño de colonos que, una o dos veces al año, y por centenares, llegaba de Nueva España, la mayor parte de ellos tan orgullosos y ávidos de poder y riquezas como lo estuvieran en su día los conquistadores que, junto a Cortés, sojuzgaran a los aztecas de Tenochtitlán o, junto a Pizarro, a los del Perú del gran Inca.

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Nunca le había gustado aquella desatada sed de dominio y posesión que aquejaba a la mayor parte de los europeos que ponía un pie en las Indias, aquella destructiva y perniciosa fiebre que, gracias a Dios y al hermano Bartolomé de las Casas, su mentor intelectual, había sido sustancialmente refrenada hacía no mucho mediante las Leyes Nuevas que se discutieran y promulgaran en las Juntas de Valladolid. El padre Ramón se consideraba a sí mismo un humanista, un sincero servidor de Cristo y, por ende, uno de aquellos hombres que perseguían hacer del Nuevo Mundo, en la medida de lo posible, un Reino de los Cielos en la tierra, tanto para indígenas como para blancos. Como tal, siempre había intentado que los hombres encargados de explorar y civilizar las Indias fuesen dignos exponentes de la civilización y del cristianismo, que fuesen miembros de una estirpe digna y temerosa de Dios, noble, altruista, cultivada y piadosa, que tratara bien a los nativos, levantase hermosas ciudades, y se condujera lo más alejada y distintamente posible de como lo hacían los saqueadores, los violadores y los esclavistas que abundaban entre los recién llegados a pesar de los esfuerzos del Virreinato por aceptar solo a colonos honrados, hijosdalgo, cristianos viejos y puros de sangre.

Por eso le gustaba aquel joven, porque no veía en él nada de aquello que pretendía evitarle a aquel rincón del mundo, su propio rincón del mundo, y sí mucho de lo que deseaba para él. Aquel recién llegado era gentil, respetuoso con los indios y, muy importante, también con las indias, humilde, conocedor de varias lenguas y muy cultivado, virtudes todas ellas muy apreciadas por un hombre de la talla moral e intelectual del padre Ramón, a quien, a menudo, faltaban en aquella parte del mundo buenos y refinados conversadores. No obstante, si algo le había atraído realmente de aquel compatriota suyo era lo que éste no expresaba nunca abiertamente pero sí dejaba entrever en ciertas ocasiones, esto es, un idealismo que el padre juzgaba bastante parecido al que inspiraba su propia vida y obra.

De trato y presencia agradables, aunque algo reservado también, su amigo tenía un espíritu que, según sentía el cura, los hermanaba. Sagaz y hábil para analizar a los demás, Ramón había creído percibir en su mirada aquella luz, aquel deje risueño que poseen todos los hombres que persiguen un elevado ideal. Le parecía notarlo en sus cálidos ojos, en su generosa sonrisa y en sus frecuentes suspiros, y si, como decía la máxima, a los hombres había que juzgarlos por sus actos, y no por sus palabras, pruebas basadas en hechos no le faltaban, porque su amigo, que estaba allá, en principio, como soldado, y que soldado podría haberse limitado a ser, demostró muy pronto estar imbuido de un verdadero espíritu humanista, de un verdadero carácter de hombre de mundo, y aparte de participar en pequeñas expediciones de exploración, mantener ocasionales refriegas con los piratas chinos y malayos, y ayudar a levantar fuertes por la Bahía de Manila, Batangas y Dagupán, colaboraba abnegadamente en la elaboración de mapas y rutas de navegación, y hacía amplias y pormenorizadas relaciones y descripciones de las tierras que hallaba, las poblaciones, las villas, las costumbres, los idiomas, la comida, la fauna, la flora y la historia de sus gentes, unos escritos que resultaban tremendamente interesantes no solo para el padre Ramón, sino también para los demás frailes dominicos, los comerciantes, los navegantes, la Armada e, incluso, la corona.

Por eso le ayudaba, no solo por la simpatía que le profesaba, o porque aquel muchacho, llegado de Castilla la Vieja a través de Méjico hacía tan solo seis meses, se hubiera presentado un buen día en el arzobispado con pocas pero muy buenas referencias buscando sincera y abiertamente su ayuda. Le ayudaba, sobre todo, para apoyarlo en una empresa que, en el fondo, consideraba como suya propia, porque complementaba, creía, su propia labor vital, al servir para iluminar a los futuros recién llegados con un necesario y enriquecedor entendimiento del hermoso y fascinante mundo al que acababan de llegar, algo que, esperaba, pudiera inspirarles la curiosidad y el respeto necesarios para hacerlos dignos de morar en aquel paraíso.

Y es que la lucha personal del padre Ramón en las Filipinas era una utopía que, aún joven de espíritu a sus casi 40 años, todavía no había abandonado, pero sí abordado hacía tiempo de un modo más realista. Para América, plena ya tanto de luces como de sombras cuando él llegara, jovencísimo, a su antigua diócesis de Chiapas, tal empeño llegaba demasiado tarde, pensó en su momento, pero en las Filipinas quizás sí fuera posible aún, pues su lejanía, así como lo reciente de su descubrimiento, las convertía en un lugar de difícil acceso, lejano, recóndito, aún ampliamente desconocido y exótico, a donde los pobladores del Viejo Mundo llegarían con cuentagotas, y en donde, por una vez, se podrían hacer las cosas bien desde el principio.

Pensando así el padre Ramón, merced a sus contactos dentro de la orden, se había unido a la trágicamente famosa segunda expedición de Álvaro de Mendaña, quien partiera con cuatro naves del puerto de El Callao el 9 de abril del año del Señor de 1595, apenas treinta años después de que el ínclito guipuzcoano Miguel López de Legazpi conquistara definitivamente las Filipinas para el anterior rey Felipe II, algo que ya intentaran otros muchos anteriormente, como Ruy López de Villalobos, Álvaro de Saavedra Cerón o Hernando de Grijalva, quedando sus esfuerzos en nada en el mejor de los casos y, en el peor, en muerte a manos de los indígenas, el proceloso mar o los presidios portugueses.

La malhadada segunda expedición, que intentaba lograr lo que no se lograra en la primera casi treinta años antes, exploró primero las Marquesas, y llegó después a las islas que, desde que fueran halladas en la primera travesía, se llamaran de Salomón. Allí se intentó infructuosamente colonizar un pequeño archipiélago llamado de Santa Cruz pero, muerto el líder de malaria, y levantiscos los indios, púsose proa a Guam y, después, a Manila, a donde solo una nao consiguió arribar el 11 de febrero de 1596, en cuya cubierta se hallaba, superviviente, el padre Ramón, que nada más desembarcar se unió de inmediato a la pequeña pero floreciente colonia de sacerdotes que moraba en el archipiélago filipino.

Su personalísimo proyecto comenzó con muy buen pie. Los indígenas, en su mayor parte, eran afables, pacíficos y muy receptivos, con lo que su labor evangélica no topó con demasiados problemas, ni tan siquiera en la mayor de las islas, Luzón, en donde la herejía del Islam llevaba enraizada desde hacía siglos. Manila, la ciudad en donde muy pronto estableció su centro de operaciones, se había convertido en la capital de la Indias Orientales y en el principal centro cristiano de la provincia tras varias batallas victoriosas contra el rajá Soleimán, los indios tagalos y el pirata chino Li Ma Hong. Y el galeón que conectaba la ciudad con Acapulco una o dos veces al año, siguiendo primero la ruta de Magallanes y volviendo a Nueva España por el famoso tornaviaje descubierto en tiempos de la conquista de las islas por el también fraile dominico Andrés de Urdaneta, aquel navío, pues, era la única conexión con el resto de los dominios españoles, y eso hacía, tal y como había previsto, que la afluencia de colonos fuese muy reducida y ordenada y, por ello, fácilmente controlable y mesurable.

Así las cosas, el padre lograba, junto a alguno de sus acólitos y simpatizantes, llevar poco a poco un cierto control del número y cualidades de los compatriotas que acudían a instalarse y poblar la colonia, y no perdía ocasión, valiéndose de su destacada posición en la orden, de ejercer presión en los gobernantes contra las conductas o individuos que juzgaba indignos o indeseables. Para ello, infatigable y hacendoso como era, además de un viajero inagotable, y miembro de la importante y desaventurada expedición que le trajera a aquellas islas, cultivaba y mantenía una tupida red de contactos e informadores en ultramar y por la mayor parte del archipiélago, red en extremo variada, compuesta por cosmógrafos, sacerdotes, marineros, soldados e individuos de toda ralea, y tan eficaz que, incluso, compartía a menudo con espías y agentes del rey, en una relación de mutuo beneficio que permitía a los funcionarios gobernar mejor aquel rincón del mundo y al osado padre reforzar su cruzada personal en pos de la cimentación de un nuevo Jardín del Edén.

Por eso precisamente su joven amigo habíase plantado en su casa aquella mañana, hacía ya unos cuatro meses, porque un conocido común le había aconsejado, muy acertadamente, presentarse ante aquel sobresaliente prelado si lo que quería era contar con un mentor que le ayudase a descubrir y documentar poco a poco aquel nuevo y aún ignorado mundo. Y de entre todas las cosas con las que el padre le había ayudado desde entonces destacaba una, un hermoso y ambicioso proyecto que el joven quería titular Relación de los exóticos animales y naciones que pueblan las islas y atolones del Pacífico Océano.

Lo cierto era que al padre Ramón le resultaba bastante comprensible la tremenda fascinación que aquellas islas misteriosas parecían inspirarle a su amigo. Apenas habían comenzado a explorarse, estaban perdidas en mitad de un océano inmenso, sitas en la parte del mundo más ignota que hallarse pudiera, y cada vez que una expedición navegaba por sus aguas descubría decenas y decenas de ellas, siempre más y más, y siempre con razones de peso e indicios para creer que, muy probablemente, aún debían de quedar otras muchas más por descubrir. Para más inri, a todo aquel misterio se le añadía el mayor enigma de todos, aquel en torno al que giraba la mayor cantidad de habladurías y leyendas, y que no era otro que el de la legendaria Terra Australis, el misterioso, gigantesco y desconocido continente del hemisferio sur cuya existencia ya planteara Aristóteles y que nadie había encontrado jamás. Varios exploradores habían creído hallar, en alguna ocasión, una pequeña parte de él, como le sucediera por ejemplo a Magallanes, pero una expedición ulterior acababa demostrando siempre e invariablemente que solo se trataba de nuevas islas, más islas, siempre más.

En los puertos se oían algunas historias acerca de las contadas tierras insulares que, siempre poco y de pasada, ya se habían visitado, como Las Islas de los Ladrones, Los Jardines, Los Pintados, el Archipiélago Peligroso, Tuvalu, las Salomón, las Matelotes, Guadalcanal, la Isla de San Francisco, Nueva Guinea, la Isla del Azufre… Los escasos hombres que las habían visitado hablaban de islas pequeñas, a veces diminutas, a veces meras barras de arena con unas pocas palmeras en medio, otras alargadas y estrechas lenguas de tierra de muy variadas formas, algunas redondeadas y macizas, otras de suaves contornos, otras escarpadas y altas, algunas con una laguna en su interior, otras con enormes piscinas naturales de corales y arrecife, unas llanas y muy bajas, y otras con enormes y altos volcanes en su centro. Hablaban de hermosas y despejadas playas de altas palmeras y arena blanca, de aguas turquesas o de un azul clarísimo casi blanco, luminosas y traslúcidas, de una vegetación exuberante y siempre verde, y de un clima invariablemente generoso y apacible. Muchas de ellas, le decían, estaban deshabitadas, pero en otras moraba toda clase de indígenas, algunos desnudos, otros vestidos con taparrabos, otros con faldas y túnicas hechas de paja, otros con flores en el pelo o en el cuello, algunos tatuados profusa y magníficamente, unos tímidos, otros muy amigables y otros hostiles. Gentes que moraban en cabañas de madera y en palafitos, que adoraban toda clase de ídolos y estatuas, y que poseían grandes canoas dobles y catamaranes con los que superaban enormes distancias de una isla a otra o se acercaban confiados a las naos a comerciar o a curiosear.

A fin de ayudar a su apreciado congénere el solícito padre había movido sus largos hilos y, con gran dedicación y esfuerzo, conseguido hallar, aquí y allá, a algún que otro marinero o misionero dispuesto a narrar sus experiencias. Por desgracia, sin embargo, y quien más y quien menos, aparte de aquellas vagas descripciones apenas nadie pudo contarle nada realmente interesante o consistente. Incluso el propio padre Ramón, que en su periplo de llegada había pasado por alguna de esas islas, era perfectamente consciente de lo extremadamente poco que había tenido el privilegio de ver y de observar. En cuanto a los animales, todos los inquiridos contaban que aquellos mares estaban repletos de vida marina, pero sin poder explicar de cuál se trataba más que muy vagamente, y en lo referente a los animales de tierra, al parecer muy escasos, se limitaban a mencionar algunas aves, insectos y reptiles muy pequeños, sin que nadie encontrara, al parecer, ni un solo mamífero o serpiente. Y todo eso en el mejor de los casos, porque en otras ocasiones los testimonios, claramente fantasiosos o inventados, no tenían ni pies ni cabeza.

Ramón, visto lo visto, le había sugerido a su amigo en más de una ocasión que realizara, por sí mismo, un sumario de los animales que poblaban las islas Filipinas, y que dejase en paz los archipiélagos perdidos, a lo que éste había respondido, con educación pero con la tenacidad inflexible que lo caracterizaba, que para ello bien dispondría de tiempo, pero que lo que él quería ahora era informarse de lo que vivía y crecía en aquellas islas numerosas y diminutas que se desperdigaban por el océano que Vasco Núñez de Balboa bautizase como “Del Sur” y que más tarde Magallanes denominara “Pacífico”. Y así, con relatos fantasiosos, testimonios imprecisos e insuficientes, y multitud de conjeturas de por medio, habían iniciado el cura y su amigo su pesquisa, obteniendo mucha música pero muy pocos resultados.

Quiso Dios, no obstante, que el 22 de mayo de 1607 tomara tierra en Cavite la última de todas las expediciones emprendidas, la liderada por el portugués Don Pedro Fernández de Quirós, un viejo colega del padre Ramón que, como piloto, guiara sana y salva, hacía ya más de una década, a la única nao superviviente de la última de Mendaña hasta Manila. Para disgusto inicial del padre no fue al mismo Quirós a quien se encontró en el puerto, sino a su segundo al mando, el capitán Luis Vaez de Torres, quien, como le contó, había perdido el rastro de su jefe hacia casi un año, al poco de que creyeran haber descubierto la Terra Australis Incognita, un territorio que, como pudo comprobar después el propio Torres, se trataba, como de costumbre, de otra isla, que lógicamente se rebautizó como isla del Espíritu Santo.

A pesar del disgusto inicial padre y amigo se personaron en Cavite sin pérdida de tiempo, y durante una semana obtuvieron interesantes relatos y descripciones del propio Luis Vaez de Torres, de su segundo, Diego de Prado y Tovar, y de varios marineros y tripulantes más. Por fortuna la expedición, que llegó casi entera, había realizado un periplo en extremo interesante, primero por unas islas a las que los indígenas llamaban Tuamotu ya descubiertas por Magallanes, luego por otras a las que sus pobladores llamaban Otaheite o Tahití, después por la isla de San Bernardo, las islas de Gente Hermosa, Nuestra Señora del Socorro, las Salomón y, finalmente, aquella tierra que Quirós creyó equivocadamente la Terra Australis Incognita. Tras aquello la expedición, al mando de Vaez de Torres, siguió hacia Nueva Guinea por un estrecho que recibió su nombre, y desde allí salió a las Molucas para acabar, finalmente, en Manila.

Por desgracia, cuando apenas hubieron pasado un par de días desde la llegada de los dos entrevistadores al puerto, dos barcos provenientes de Sudamérica trajeron la noticia de que Quirós estaba vivo, y de que había llegado hacía siete meses sano y salvo a Acapulco. La buena nueva alegró sobremanera a todos, incluido el padre Ramón, pero también ocasionó que, nada más saberlo, capitanes y marineros reembarcaran al cabo de una semana, dejando a ambos investigadores sin sus valiosos testimonios.

En esas estaban, resignados, cuando, apenas un mes después, el mar les trajo otro regalo inesperado. A mediados de julio Ramón se enteró de que una nao portuguesa había arribado a Cavite con un pasajero recogido en una de las Islas Molucas, pasajero que llegó a puerto preguntando en lengua castellana por Quirós, Vaez de Torres y cualquier indicio o noticia sobre su expedición. Decía ser un miembro perdido de su tripulación que había extraviado al resto de sus compañeros en una de las islas en las que hicieran escala las naos, y que había sobrevivido durante un año viajando por territorios desconocidos. En cuanto le informaron de que los restos de su travesía habían llegado y vuelto a partir de allí hacía bien poco hizo ademán de seguirlos, pero lo quebrantado de su estado físico y mental le obligó a guardar reposo en una venta.

El padre Ramón no perdió el tiempo: a través de su notable influencia logró que su orden acogiera bajo su ala al extraño superviviente y que corriera con los gastos de su fatigosa recuperación. Pagó su alojamiento indefinido en la venta, su comida y sus cuidados, y destacó incluso a un joven fraile para que fuese periódicamente a visitarlo a fin de vigilar de cerca su frágil estado, pagar regularmente al ventero y asegurarse de que su dinero se invertía adecuadamente. De este modo, y alegando razones caritativas, se mantuvo en todo momento al corriente de su evolución, al tiempo que informaba de todos los pormenores a su querido amigo, esperando ambos hallar un buen momento para entrevistarlo acerca de todo lo que había visto y vivido en su particular y solitario peregrinaje por tierras recónditas.

Al doliente huésped le costó unas dos semanas largas recuperarse lo mínimo como para no tener que limitarse a vegetar entre fiebres y delirios. Al término de ese tiempo, y a pesar de seguir gravemente enfermo, ya podía, según supieron, dar cortos paseos, comer, hacer sus necesidades sin ayuda e, incluso, mantener conversaciones mínimamente coherentes. Los dos amigos decidieron mantenerse a la espera una semana más, dándole tiempo para que mejorara, pero al saber que su estado no variaba un ápice decidieron que había llegado el momento de abordarlo, y a mediados de agosto partieron impacientes a lomos de dos mulas hacia Cavite.

Marcharon bastante animados, dejando sus hogares en la ciudad intramuros de Manila, aunque en sus corazones sentían cierta inquietud, pues los últimos informes recibidos sugerían que el alterado estado mental manifestado por el paciente no remitía sino que, más aún, parecía haberse vuelto permanente, y aventuraban que podría no deberse solo a la enfermedad, sino a un acceso de locura ocasionada Dios sabía cuándo o porqué. Como fuere, tras una corta jornada de marcha llegaron al atardecer a la pequeña población de Cavite, pueblo que se agolpaba en un estrecho cabo, entre el puerto y las fortalezas que protegían las radas y la base de la península que la unía al resto de la bahía. Con solo pasear unos minutos a través de sus encantadoras callejuelas llegaron a la venta en la que descansaba su marinero, un lugar muy modesto y vulgar pero, como pudieron comprobar al llegar, por lo menos razonablemente limpio y de decente cocina. Llegaron, dejaron fuera sus monturas y saludaron al dueño del establecimiento, un extremeño que rondaba la cincuentena y que se había amancebado con una india filipina menuda y graciosa. El susodicho se alegró de conocer al hombre que le estaba pagando, y una mirada cómplice hizo entender sin palabras a su mujer que acudiese presta a comprobar que la habitación del huésped estaba en orden y que reservara lo mejor de su despensa para la cena de aquella noche. El padre no creyó necesario pedir una habitación, pues la orden disponía de un alojamiento bastante cómodo en la villa, y sin más preámbulos subió junto a su amigo y la mujer del ventero las escaleras que llevaban al piso de arriba, la zona de huéspedes, a conocer a su doliente protegido.

Allí lo encontraron, en una habitación pequeña pero decente, tumbado en la cama y mirando embebido a través de la ventana las barcas, la fragata y las dos galeotas que había amarradas en el puerto, naves que el joven amigo del padre Ramón conocía muy bien por haber cumplido ya varias misiones a bordo de ellas. En una silla encontraron, leyendo distraídamente, al joven fraile a quien Ramón había encargado velar por el enfermo, y a su lado a la ventera, inspeccionando la estancia en busca de cualquier irregularidad. Llegar, presentarse y despachar a la mujer y al joven fraile les llevó poco tiempo, como poco duró también la cordial conversación que mantuvieron después, o la apetitosa cena de que dieron cuenta en el comedor, un sabroso guiso de cerdo adobado con verduras, arroz, ajo y especias y salsas locales.

Su protegido, como ya sabían de antemano, se llamaba Manuel, y era oriundo de Guipúzcoa. Aunque enfermo y envejecido por las fatigas, encorvado, pálido, flaco y demacrado, y de andares tambaleantes e inseguros, su físico insinuaba que, en su día, había sido un hombre grande, sano y fuerte. Tenía, eso aseguraba, unos treinta y cinco años más o menos, algo difícil de comprobar debido a sus pobladas barbas, sus largos y alborotados cabellos y su deplorable estado, y tal y como se temían no parecía hallarse del todo en su sano juicio. Por suerte, resultaba completamente inofensivo, y no realizaba ademanes bruscos o violentos ni chillaba ni se alteraba, mas su discurso resultaba a menudo inconexo y desordenado, como si se distrajera constantemente, o como si su mente y su boca no siguiesen los mismos derroteros que seguían sus pensamientos. A pesar de lo evidente el joven hizo entender con su mirada al padre Ramón que seguía dispuesto a escuchar lo que aquel superviviente tuviera que contar así que, tras cenar, subieron con él de nuevo a su cuarto y, una vez de vuelta en la habitación, sentados los dos visitantes en sendas sillas, y con su interlocutor tendido de nuevo en la cama con la almohada en la espalda, comenzó el ansiado interrogatorio.

(Lee la segunda parte del relato aquí)

(Read the tale in English here)

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2 responses to “Terra Incognita (primera parte)

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