Hic Sunt Dracones

Cuando surge una nueva frontera aparecen hombres como el que tengo sentado ahora mismo frente a mí.

Estos hombres existen desde el principio de los tiempos, porque desde el principio de los tiempos ha habido siempre nuevas fronteras. Son engendrados por sus madres, pero moldeados luego por las montañas, las tundras, los desiertos, los mares y las estepas. Hombres que moran a medio camino entre la realidad y el mito, hombres que, sin tener quizás gracia, cultura o talento especiales, se vuelven casi poetas, casi filósofos, la materia prima de los rapsodas, los juglares y los cuentacuentos. Hombres que, sin ser alegres o joviales, me gusta que existan, que pululen a mi alrededor, porque le dan a la vida una magia necesaria, inmortal, la misma que ha hecho que todos estos chavales que tengo a mi alrededor se reúnan en completo silencio para escuchar, tan embelesados y fascinados como lo estoy yo, sus increíbles y fascinantes historias.hic

Ese hombre que está hablando frente a mí viene de los confines del mundo, del límite de lo conocido, y se le nota. Se le nota porque las nuevas fronteras siempre le dan magia al hombre, le otorgan valor, le imbuyen arrojo, curiosidad, profundidad, ilusión, gravedad, le ayudan a realizarse, a ser más grande y más profundo, a crecer y a crecerse, y a inspirar a los demás. Es la naturaleza humana la de encarar los desafíos, la de superar los límites, la de ir siempre más allá, la de explorar y conquistar el infinito, y quien lo hace adquiere en el proceso, como le ha sucedido a este hombre, un aura y un magnetismo inconfundibles y extraordinarios.

Por eso precisamente, por lo de las fronteras, estoy yo aquí ahora, igual que él, e igual que el público infantil y adulto que ha logrado congregar en este pequeño habitáculo a más de 2.000 metros de profundidad. Estamos en plena dorsal atlántica, concretamente en un pequeño y oscuro bar, por llamarlo así, del área de esparcimiento y habitabilidad de la pequeña colonia de Nueva Natal, una de las ochenta y siete bases submarinas construidas por Nova Atlantis, la micronación fundada hace ya más de diez años en la mitad sur del Océano Atlántico. Estoy aquí, digo, igual que él, por la cuestión de las nuevas fronteras, porque el océano, junto con el espacio es, a día de hoy, el nuevo confín de la humanidad.

A humanidad pareció llevarle mucho tiempo en darse cuenta de que, con medio pie fuera del planeta, aún desconocía casi por completo lo que las dos terceras partes de su propio mundo podían ofrecer. Con una base habitada permanentemente y decenas de colonias dedicadas a la minería funcionando desde hace casi veinte años en la luna, multitud de instalaciones robotizadas alzándose a lo largo y ancho de Marte para sentar los cimientos de una inminente colonización y terraformación del planeta, y las decenas de sondas que recorren y excavan diariamente la superficie de la luna juliana de Europa, al hombre pareció ocurrírsele bastante tarde lo de explorar, poblar y explotar sus propios océanos, su jardín trasero. Pero al final lo hizo, tarde, pero lo hizo.

Había razones más que de sobra: superpoblación de los continentes, minería, piscifactoría, agricultura y energía marinas, energía geotérmica, extracción de combustibles fósiles… y en pleno inicio de la era espacial las razones se multiplicaron debido a los numerosos y variados campos en los que la tecnología aeroespacial y la submarina se entrecruzan: diseño y funcionamiento de naves, creación de hábitats humanos en medio de entornos hostiles, tecnología de vacío y despresurización, sinergias varias… porque lo cierto es que el espacio y el fondo del océano a veces se parecen mucho.

En mi caso, y para ser honestos, también se trata de algo similar, más prosaico, porque aunque haya empezado hablando de elevados asuntos, de fronteras y exploración y del espíritu humano, lo cierto es que la razón primera de mi presencia aquí, no obstante, resulta muy poco o nada extravagante, pues se trata del mero hecho de que es aquí donde me gano el pan. No es raro, de todos modos, porque, al fin y al cabo, no es sólo el afán de aventura lo que mueve a los hombres a conquistar y colonizar nuevos mundos, sino también el de ganarse la vida. Y Nova Atlantis paga bien y necesita gente, siempre, todo tipo de gente. La necesitaba cuando comenzó a construirse hace dos décadas como una isla artificial-ciudad flotante gracias a una intrincada amalgama de inversores privados con y sin ánimo de lucro y de fondos públicos provenientes de diversos países y organizaciones transnacionales. Y la siguió necesitando cuando, hace poco, se aprovechó del vacío legal existente para acabar autoproclamándose nación independiente de apenas medio millón de habitantes.

No es que Nova Atlantis sea la única en su especie. El consabido vacío legal con respecto a los mares ha propiciado la existencia de numerosas rarezas en el último siglo, algunas de corta vida y otras que aún perduran, como la diminuta isla artificial de Sealand, la República de la Isla de Rosas, el atolón de la República de Minerva o la isla REM. Es más, en los últimos diez años se han fundado otras tres micronaciones muy parecidas a Nova Atlantis, una en la dorsal este del Pacífico, frente a Perú, otra en la Polinesia, aprovechando de paso varios atolones despoblados, y otra en la conjunción entre la dorsal central y la dorsal suroeste del Índico, muy cerca de Madagascar. Más aún, muchos países han establecido cientos de colonias submarinas, bases, asentamientos móviles y ciudades flotantes en sus aguas territoriales. Japón tiene ya a una vigésima parte de su población viviendo en islas-ciudad construidas en la superficie del mar, y la cantidad de gente que trabaja y habita temporalmente en las explotaciones submarinas chinas y estadounidenses es dos veces superior, en cada caso, a la población total actual de Nova Atlantis, aún cuando ésta última ya la doblara desde que el país se independizara.

Pero esta nueva patria es diferente. No es solo que sea la más antigua, la más grande o la que mejor paga de entre todas aquellas que tienen en el mar su único territorio. Es, sobre todo, el hecho de que lleve en su naturaleza, en su ADN, ese carácter pionero y libre que tanto me atrae. Aquí es bienvenido todo el mundo, apenas preguntan o exigen nada, están encantados de que venga gente nueva, necesitan al viajero que llega, y apenas ponen peros o trabas. Se trata de una sociedad multicultural, multirracial, multireligiosa y cosmopolita, de carácter abierto y liberal, llena de individuos y mentes interesantísimos y brillantes venidos de todas partes del globo. Puede notarse cómo va creciendo y se va construyendo día tras día, sin antecedentes similares, sin paragón. Las cosas realmente se mueven por aquí, se mueven de veras, no como en tierra firme (valga el chiste evidente), y lo hacen sobre todo porque Nova Atlantis lleva implícito en su razón de ser ese carácter de frontera del que hablaba antes, pues existe por y para la conquista y exploración del océano.

Cierto que podría haberme quedado en tierra firme. Allí podría ganarme la vida de otra manera, peor quizás, aunque también con menos riesgos e incomodidades. Nada de vivir en constante oscuridad, nada de añorar el cielo, los campos o las montañas, nada de incontables cámaras de despresurización, trajes de inmersión de emergencia, omnipresentes medidas de seguridad, pérdida de apetito, claustrofobia, males derivados de la falta de luz y de la poca visibilidad, desorientación, pérdida de la noción del tiempo, insomnio… Pero nada tampoco de aventura, de novedad, de exploración, de gesta… ni del buen sueldo que cobro, ni de la gente interesantísima y extravagante que conozco.

Lo cierto es que ya cuentan con que acabes algo chalado tras una larga temporada sumergido, y nadie te negará casi nunca un justificado permiso para salir a la superficie y ver de nuevo el cielo y el sol. Vas allá arriba unos días, a la plataforma, y si la estructura en superficie de Nova Atlantis no te es suficiente, a pesar de no tener nada que envidiarle a cualquier otra gran ciudad con parques y jardines y una elevada calidad de vida, entonces te tomas unas generosas vacaciones, que también te las darán sin demasiados reparos, y vuelves a tu país de origen una temporada, o a donde quieras, a tierra firme, a pasear por el campo, a subir y bajar montañas, o a hacer lo que te de la gana, incluso irte a la playa o a bucear si así lo deseas y si no has tenido ya suficiente ración de mar. Y luego vuelves.

Como fuere, por mucho que puedas desconectar de vez en cuando, irremediablemente habrás de pasar muchas horas, días, semanas e incluso meses aquí abajo. Algunas colonias son auténticas ciudades submarinas, como Nova Monrovia, una base en donde trabajan más de 50.000 personas, y en donde puede encontrarse prácticamente de todo: ocio, privacidad, recogimiento, vicios… hasta un parque enorme con árboles, estanques de agua dulce, un cielo simulado muy convincente e incluso pájaros de verdad. Pero, y a pesar de que en ese tipo de entornos tan grandes uno pueda olvidarse un poco del lugar en donde realmente está y evadirse, la verdad es que instalaciones así son una excepción. En las estaciones más pequeñas, como ésta en la que me encuentro ahora, bases enanas, puede incluso que diminutas, sobre todo si están en pleno proceso de construcción, así como en los frecuentes desplazamientos que se realizan de un lugar a otro bajo el agua, ya sea a través de los túneles ferroviarios, de los batiscafos o de las grandes naves submarinas, uno se encuentra cara a cara con el vacío del océano profundo, la negrura de la zona crepuscular, la inmensidad de los fondos abisales y la escalofriante majestuosidad de las escarpadas cordilleras de las dorsales.

Enfrentarse a este mundo, mitad de fantasía y mitad de horror, es lo que hace que surjan hombres como el que tengo ahora frente a mí. Porque aquí, si lo que ves no te gusta, no puedes simplemente echar a correr y escaparte, no tienes a dónde ir, tienes que quedarte, y tienes que afrontarlo, y eso trae consecuencias. Ya he dicho que no es raro que todos acabemos, tarde o temprano, un poco sonados. Yo mismo he visto a varias personas derrumbarse aquí dentro, o desarrollar taras y comportamientos extraños y extravagantes. Incluso yo mismo, alguna vez, me he notado, sobre todo tras estancias especialmente prolongadas, algo raro y apático, e incluso algo neurótico.

Así las cosas, el hombre que tengo delante no puede decirse realmente que esté loco, no en justicia, no si sabes de qué va esto, si sabes cómo es la vida aquí abajo. De hecho, su comportamiento, aunque fascinante, me parece hasta normal, o al menos comprensible. Y, si está loco, habría que precisar que sufre de una locura muy peculiar, la misma locura, si es que es tal, que aquejaba a aquellos viejos lobos de mar de la superficie, aquellos hombres huraños, tostados por el sol, de rostros arrugados y torvos, profundamente supersticiosos, que se sentaban en las tabernas frente a un vaso de ron, en un rincón oscuro, y se ponían a contar historias, chismes y leyendas de todo tipo, historias que, aún siendo siempre fantasiosas, a menudo escondían dentro algún tipo de verdad. El caso es que nadie podía cuestionarles lo que decían con absoluta autoridad, porque aquellos hombres habían estado en la frontera humana que era entonces el mar, habían navegado por lugares por los que nadie más había navegado antes, y no había, por lo tanto, manera alguna de contrastar lo que decían. En eso radicaba la magia y el encanto de sus relatos, y eso mismo es básicamente lo que está haciendo ahora este hombre, un lobo de mar contando historias sobre lugares que nadie conoce, relatos que ninguno podría determinar, a ciencia cierta, cuánto de verdad y cuánto de mentira tienen. Porque este hombre, este moderno lobo de mar submarino, es un transportista de profundidades extremas y, a diferencia de la mayoría aquí abajo, ha descendido a las simas de la dorsal, a los infinitos cañones en donde el magma crea constantemente nuevas porciones de corteza terrestre, el lugar en donde la tierra y la vida en la tierra nacieron. Este hombre ha bajado a mayor profundidad que casi nadie en este mundo, ha estado lo más cerca posible del núcleo de nuestro planeta que se puede estar, y allí ha visto cosas… Allí ha visto dragones.

Es normal que la gente vea cosas aquí abajo. Por los ojos de buey, las escotillas, y las mirillas de observación de cristal reforzado de las instalaciones y los vehículos, uno puede ver, o mejor dicho, entrever, a la tenue y difusa luz de los focos, un mundo alienígena, inquietante y sobrecogedor. Un mundo de una vacuidad negra, tenebrosa e insondable, en el que, durante la mayor parte del tiempo, las luces se disuelven en las tinieblas, se deshacen en la negrura, se pierden en su ominosa inmensidad, sin reflejar nada, sin mostrar nada, simplemente muriendo en la penumbra varios metros más allá de tus ojos.

No obstante, cuando por fin se ve algo resulta aún mucho más perturbador si cabe. Cuando se ve algo se ve flotar, de vez en cuando, a los horriblemente fabulosos habitantes de las profundidades: Cientos de diminutos copépodos y camarones revoloteando frente a los focos, como lo hacen los mosquitos de la superficie en verano ante los faros de un automóvil. Anfípodos transparentes o de un llamativo color rojo eléctrico se cruzan con beroes, calamares y peces incoloros y traslúcidos que dejan ver perfectamente los órganos que guardan en el interior de sus cuerpos. Dedales de mar y medusas tienden redes pegajosas de decenas de metros de longitud que flotan a la deriva por la nada tétrica. Se ven cilios y tentáculos aquí y allá que no dejan de moverse mientras despliegan increíbles espectáculos de color. Tormentas azules de relámpagos bioluminiscentes en la lejanía causadas por las antenas de los peces pescadores y los calamares. Y, a veces, seres grotescos y fieros, temibles, crueles, de dientes inmensos, grandes bocas, y multitud de antenas y espinas, ogros dantescos que vagan solitarios por la oscuridad más absoluta en busca de sus presas. Fantasmas y monstruos. Engendros de pesadilla.

En la plataforma continental y las llanuras abisales el panorama no es mucho mejor. Al menos hay un suelo, y no se tiene la sensación de flotar en un vacío negro lleno de delirios nadadores, pero lo que se ofrece a la vista son infinitas y yermas extensiones de roca y arena en donde se revuelven, de vez en cuando, erizos, pulpos, holoturias, estrellas de mar, gusanos danzarines, peces rata y corales cazadores y, de vez en cuando, lampreas y tiburones carroñeros.

Pero las fosas y las simas que hay en las dorsales son lo más alucinante que jamás se haya visto, y también lo más angustioso. Mientras se flota por encima de la plataforma uno empieza a notar primero que el terreno se eleva paulatinamente, al principio en suaves ondulaciones, luego en colinas y sierras escarpadas, después en auténticas cordilleras, gigantescas montañas que suben y bajan, y suben, y bajan, y suben otra vez, cada vez más abrupta y violentamente, hasta que se pasa por encima de la cima, del punto más alto, en cuyo cénit, en lugar de un pico, de una cumbre, de la montaña más alta de todas, se abre de repente el rift, un terrible abismo negro y vertiginoso, un valle infinito y sin fondo, un corte colosal, un agujero oscuro, un pozo sin fin de bordes aserrados, de contornos duros e irregulares, y de aristas cortantes y picudas.

La verdad, no quiero ni imaginarme la sensación de vértigo y desesperación que debe producir el descender por una de esas gigantescas fauces de pesadilla, por una de esas inmensas heridas abiertas y palpitantes capaces de tragarse el mundo entero. No sé cómo ha de ser bajar miles y miles de kilómetros hacia lo negro, hacia la nada más absoluta, hacia el centro de la tierra, hacia el pozo de alquitrán del abismo, aunque puede que algún día yo también tenga que hacerlo, porque allí abajo hay algo, aunque parezca mentira, y es por eso que hombres como el que tengo delante bajan, porque hay que enviar mercancías y recoger otras mercancías, porque los humanos han establecido allí sus mejores y más productivas centrales de energía geotérmica, y porque los científicos viven obsesionados con explorar dichos entornos, hábitats que desafían toda lógica y revolucionan cada mes las teorías de la evolución.

Y este hombre, según está contando, vio allí dentro dragones. Y podría ser. Si el mundo es raro en las profundidades, a mayor altitud, allá abajo resulta simplemente inconcebible: chimeneas volcánicas de azufre, gusanos poliquetos sobreviviendo a 80ºC, mejillones, peces y cangrejos albinos, camarones, gusanos tubícolas, masas de agua de diferentes densidades separadas unas de otras, lagos de gran concentración salina dentro del propio océano, surgentes de metano y ácido sulfhídrico en torno a los que viven millones de seres alienígenas y extravagantes… y apenas se ha explorado nada de estos inimaginables mundos donde, cada dos por tres, se descubren especies nuevas y ecosistemas a cada cual más extraordinarios.

Y es por eso, por eso mismo, que este individuo cuenta frente a mí que vio dragones, y es por eso también que los que le escuchamos lo hagamos con avidez y con pasmo. Porque bien podría ser verdad, porque podría ser cierto, aunque no lo sea realmente. Uno puede esperar que surja casi cualquier cosa de aquellas insondables simas. Hace poco se descubrió una medusa de diez metros de diámetro y casi cuarenta de largo con una fina telilla entre sus gelatinas que fijaba con sus tentáculos a las rocas, como si de una tela de araña se tratase, para cazar a sus presas mientras las movía la corriente. Y no hace mucho también se observó un calamar de más de treinta metros que realizaba impresionantes exhibiciones de color en la penumbra.

“Hic sunt dracones” se escribía en algunos mapas del medioevo en aquellas zonas aún inexploradas y desconocidas del mundo para indicar que no se sabía qué había más allá, y que el viajero podría encontrarse a partir de aquella zona en blanco casi con cualquier cosa, incluso dragones. ¿Por que no? Lo cierto es que, en el pasado, no se encontraron nunca, como no fueran los de Komodo, pero ¿no podría ser que, por fin, los hayamos hallado, solo que a miles de metros bajo las olas del mar? Éste hombre dice haberse encontrado con ellos. Así los llama, dragones.

Quizás esta descripción no termine siendo sino una rareza más, una curiosidad entre tantas, una leyenda, un candoroso e inocente ejemplo de lo inagotable y prolífica que resulta la imaginación de los hombres cuando se nutre del morbo de lo desconocido. Pero, quizás, sea el primer testimonio de un hallazgo impresionante. Yo, por si acaso, lo recojo aquí, y dejo constancia de cómo, rodeado por dos niños de unos diez años que intentan aparentar valor, una niña asustadiza de siete, otra pizpireta de seis, y un pequeñín de cinco, así como de cuatro hombres adultos, probablemente sus padres, de mediana edad, aspecto fatigado y humilde, monos de trabajo azul y rostros soñadores, cómo este extraño hombre digo, ya en sus cincuenta, de complexión dura, enjuta, barbudo, y con unos ojos que ven más allá de las paredes, narra la historia que, hace un mes aproximadamente, le aconteció en uno de sus viajes a la estación energética B-54.

Cuento pues cómo nos asegura que, mientras descendía cientos de metros con su robusto vehículo de transporte, con los focos al máximo para evitar incidentes, al doblar una escarpada pared de roca iluminó, de pronto, a una criatura formidable y nunca antes vista: un ser alargado, dice, de unos quince metros de largo, similar en su forma básica a una enorme serpiente, grácil, armonioso en sus movimientos, de reflejos rápidos y giros y quiebros bruscos, dotado de una cola larga y fina que se deslizaba sinuosa al nadar. Su cabeza, temible pero elegante, era ancha y aplastada, y estaba armada con una boca grande y llena de dientes afilados similares a los de los peces carnívoros abisales. En ella, situados hacia delante, dos ojos enormes, tan negros como el alquitrán. Desde su cabeza hasta el final de su cola, extendiéndose a lo largo de su espalda, una cresta inacabable de espinas puntiagudas. En los costados de su cuerpo, en unos extraños apéndices afilados que surgían de su cabeza, y en la parte central de su espalda, en dos grandes placas triangulares, brillaban centenares de láminas bioluminiscentes, puntos, líneas y curvas de intrincadas formas y diseños de un intenso color azulado. Y, como las alas de los dragones mitológicos, aquel ser poseía, asegura el hombre, dos enormes aletas, finas pero robustas, acabadas en forma de aguijón, con las que el animal se impulsaba por el agua a gran velocidad.

El hombre, tras una breve pausa dramática, y usando un tono de voz grave y afectado que rezuma misterio, cuenta que paró inmediatamente las hélices de su máquina para contemplar a tan espeluznante y sobrecogedora criatura. Y asegura que ésta le vio, que vio su vehículo, que vio sus luces, y que se aproximó deliberadamente a él, ágil pero precavidamente. Cuenta que se pegó al cristal de proa, que le miró a través de él con sus grandes y oscuros ojos, fría y malévolamente, que abrió sus temibles fauces por un segundo, mostrando una boca ancha y temible, y que nadó a su alrededor durante un par de minutos interminables. Y cuenta que, al cabo de un tiempo, se dio media vuelta y se fue, impulsándose con sus poderosas aletas y su larga y esbelta cola, y que a lo lejos, cuando apenas se vislumbraba ya su perfil o el destello de sus placas bioluminiscentes en la oscuridad total de la dorsal, se reunió con otras tres criaturas igual de increíbles que ella, y que desaparecieron todos, nadando juntos por aquella sima descomunal, hasta perderse, otra vez, entre las pétreas sombras del abismo.

Eso cuenta este exótico hombre, repitiéndolo una y otra vez, ora deteniéndose en sus formas, ora en lo terriblemente oscura que era la sima, ora en lo profundos y aterradores que eran los ojos de aquella criatura, y yo, lejos de juzgarlo, me limito a recogerlo aquí, por escrito, por si acaso, y afirmo tan solo que, si no es verdad lo que cuenta, resulta tan fantástico que, al menos, merecería serlo. Los niños a mi alrededor están fascinados y sobrecogidos, pero no menos que nosotros, los adultos. Probablemente todos tengamos sueños con dragones esta noche.

(Read the tale in English here)

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One response to “Hic Sunt Dracones

  1. Pingback: Hic sunt dracones | marcosmarconius·

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