Siberia

Había comenzado a nevar, otra vez. Los copos caían grandes y gordos, aunque ahora, al menos, lo hacían en vertical, plácida y suavemente. Era aquella una nieve sin viento, serena y parsimoniosa, que templaba un poco el aire, algo que los entumecidos músculos de su cara y sus destrozados miembros agradecerían. No obstante, la nieve nunca mejoraba nada, él lo sabía, tan solo acumularía más cantidades de aquella odiosa materia con la que luchar constantemente, más de aquella agua cortante, más de aquel algodón en el que se empapaban sin remedio, más de aquel engañoso manto blanco que ocultaba por igual caminos y obstáculos. La nieve, lo sabía bien. Aquella fría rémora que les obligaba a andar siempre lenta y trabajosamente, y a añorar, con una mezcla de rabia y nostalgia, la última vez que se sintieron calientes y secos. la omnipresente noeve solo reforzaría a su tenaz y constante enemigo: Siberia.

Izki40

Al menos aquello no era una ventisca. Odiaba las ventiscas. De repente dejaba de distinguirse nada que no estuviera a menos de cinco metros, las ráfagas de viento gélido cortaban la piel y entumecían el cuerpo, los torbellinos de nieve azotaban el rostro y cegaban los ojos, y todos los sonidos se reducían a un ulular constante y monocorde. El mundo desaparecía casi por completo, por doquier se cernía la oscuridad, todo se convertía en un borrón entre blanquecino y grisáceo, y aquello que permaneciera quieto un rato acababa siendo sepultado, lenta pero inexorablemente. Un frío letal, cruel, inmisericorde, surgido sin duda del vacío cósmico, de allá de donde nunca existió absolutamente nada, y un viento inclemente y despiadado, tan violento como una explosión, tan fuerte que a veces parecía querer succionarlos, iban nublando la vista, iban silenciando el oído, iban entumeciendo el cuerpo, iban abotargando la cabeza, iban aniquilando los sentidos, poco a poco, poco a poco, sin pausa, sin remedio, hasta que ni se oía, ni se veía, ni se sentía nada. Aquel infierno helado, la ventisca en Siberia, era, sin duda, lo más parecido a la muerte que había conocido nunca.

La nevada, aún siendo tranquila, también reducía la visibilidad, otro gran problema cuando había que orientarse por la región más vasta e inabarcable del mundo, por unos parajes inhóspitos y casi vírgenes en los que apenas había caminos, puesto que apenas había hombres allí que hubieran podido roturar jamás dichos caminos. No obstante, ahora, al menos, aquello no supondría un gran contratiempo, pues ya había comenzado a ponerse el sol y, de cualquier modo, iba siendo hora de encontrar refugio, cenar algo e intentar dormir.

Pronto alguno de los tres lo propondría. Sacaría su boca de entre los pliegues de su ropa, de entre las bufandas ceñidas al cuello, y alzaría la voz para impeler a los demás a hacer un alto. Pronto. Pero él, dejándose llevar por la inercia, había decidido que fuera otro quien lo hiciera. Paradójicamente, la fatiga le desanimaba a realizar aquel ínfimo esfuerzo, pero le impelía a seguir caminando, como si aquel último e insignificante empeño fuese a suponer una gran diferencia en su epopeya. Por la fatiga, y por el hecho de que tampoco le hiciera muy feliz la idea de parar.

Quería llegar de una vez, aunque aún no sabía a dónde. Tal y como andaban las cosas, mucho se temía que Europa tendría que esperar. Allí estaban, de momento, la inmensa China, o el exótico Japón. ¿Indochina quizás? Según le habían contado, era una tierra hermosa, de hombres pacíficos y mujeres dulces. Y hacía calor. Pero lo mejor que podía hacer ahora era proponerse metas cortas, concretas y realizables, algo como una imagen, un instante, una sensación. Una habitación confortable, una cama mullida, una buena cena coronada con una sopa caliente, y un día entero para no hacer otra cosa que no fuera comer y dormir. Y darse un baño quizás. Donde fuera, en una venta o en una casa, en China o en Camboya, daba igual, pero pronto.

Pero para eso antes hacía falta llegar, y para llegar había que salir primero de aquel odioso país, de una vez y para siempre, bajar de aquellas montañas, dejar atrás la colosal e inclemente Siberia, sus titánicos bosques, su tundra desolada, sus largos y caudalosos ríos, vadear el inacabable Amur, cruzar la frontera y seguir viajando hacia el sur, siempre hacia el sur, hasta hallar calor y cobijo. Y para eso hacía falta seguir caminando. Y para seguir caminando hacía falta sobrevivir. Y eso era, precisamente, lo que más le preocupaba ahora.

Paraban. Finalmente había sido Yegor el que lo había propuesto, aunque lo mismo daba, todos lo habían pensado ya. Necesitaban parar. Casi no se tenían en pie, y ya no distinguían ni hacia dónde se dirigían. No obstante, ninguno quería realmente detenerse. Hacía días que lo que debería de ser un agradable momento de solaz tras un cansado y largo día de marcha se convertía, inexorablemente, en algo triste, pues al efímero alivio de parar se le unían muy pronto las atroces punzadas del hambre. Era muy duro yacer toda la noche sin apenas nada que llevarse a la boca, casi no se podía dormir, casi era mejor seguir andando, aunque no pudieran dar un solo paso más, porque caminar, al menos, mantenía distraída la mente. Y él, además, tenía sobradas razones para no querer parar. Pero había que parar.

Llevaban más de un mes viajando. Habían recorrido ya cuatrocientos o quinientos kilómetros, todos a pie, salvo aquel hermoso día en que pagaron a un barquero para que les bajase por la gélida corriente del Selemdzha, o aquel otro en que un camionero les dio un paseo de casi cincuenta kilómetros. Aún así, les quedaba todavía más de una semana para alcanzar la frontera. Hacía ya mucho que habían agotado las provisiones que se llevaron consigo al escapar y, desde entonces, habían ido apañándoselas con pequeños animales que lograban cazar de vez en cuando y, en un par de ocasiones, con lo que pudieron comprarle a algunos mujiks con los que se encontraron en humildes poblachos perdidos en medio de ninguna parte. Y no bastaba. Llevaban varios días pasando hambre, cada vez se sentían más débiles, su estado era lamentable, no poseían instrumentos, habilidades o armas con las que cazar grandes presas, y a medida que se acercaban al borde de aquel despoblado país las probabilidades de encontrar amigos no aumentarían, sino que disminuirían. Se hallaban en el punto crítico del que tanto se hablaba en el gulag. Y los tres se daban sobrada cuenta de ello. Los tres.

Se adentraron unos doscientos metros en el bosque y hallaron refugio en la espesura, a cobijo de unas grandes rocas que cortaban el aire. Hicieron un fuego, uno de los pocos lujos que podían permitirse, apoyaron en el suelo sus modestas bolsas de viaje, se descalzaron, se curaron los pies, remendaron sus desgastadas botas, y cada uno procuró saciar su voraz apetito con la escasa comida que llevara encima, bebiendo mucha agua y mascando diversas hierbas que habían recogido a fin de engañar al hambre. Hicieron todo en silencio, maquinalmente. La moral era muy baja, el hambre muy fuerte, los tres eran perfectamente conscientes de lo crítico de su situación, y a nadie le apetecía hablar con nadie. Sobre todo a él.

Una vez llegara a China las cosas mejorarían mucho, fantaseaba mientras intentaba acomodarse junto al fuego. Allí habría más gente, nadie le perseguiría, el tiempo sería más agradable, y no habría problema alguno en alojarse en los pueblos y en pagar a sus lugareños para que le alimentaran o le llevaran de un lado para otro. Ahora, sin embargo, seguían siendo fugitivos, y como tal habían de permanecer siempre ocultos, burlar a las autoridades, cruzar por los puntos más transitados furtivamente y, lo peor, sobrevivir a la despiadada Siberia, su principal enemigo, tal y como les habían advertido repetidamente en el gulag.

Siberia. Siberia era el gran contrincante. Siempre lo había sido. Cuando llegó al campo, haría ya más de un año, se sorprendió de que apenas hubiera guardias, sobre todo en invierno. <¿Para qué?> le espetaron los reos más veteranos, <¡si no hay manera alguna de sobrevivir más allá de estas vallas! Si quieres irte y morir congelado mejor para ellos, en cierto modo les ahorrarás trabajo.> Muy pronto tuvo ocasión de escuchar las terribles historias de aquellos que lo habían intentado, aquellos desdichados que, aún henchidos de valor y determinación, habían perecido en medio de una horrible agonía, o habían sufrido tanto que habían acabado por resignarse, abandonar sus esperanzas y volver arrastrándose penosamente a su miserable y apestosa celda.

Mientras cenaba su propio mendrugo de pan sequísimo observó atentamente a sus dos colegas: Yegor, el hierático y enorme kulak ruso, y Legionario, el melancólico francés que tuvo la desgracia de haber sido hecho prisionero mientras destruía la maquinaría de una fábrica de tanques Tigre cerca de Wittenberg en la que había sido obligado a trabajar para los nazis. Los dos tenían un aspecto deplorable: alarmantemente flacos, famélicos, demacrados, sucios y barbudos. Sus ojos, hundidos y ausentes, reflejaban un cansancio y una fatiga infinitos, pero sus ademanes, lentos aunque precisos, expresaban una firme determinación mil y una veces puesta a prueba. Aquellos dos deshechos de hombres eran, como él, individuos que preferían jugarse la vida antes que pasar un solo mes más tirados en aquel agujero infernal y que, cómo él también, estaban dispuestos a todo con tal de sobrevivir. A todo, tal y como les habían advertido en el gulag. Como él.

La idea de fugarse, recordaba mientras terminaba su triste bocado, nunca le abandonó, porque quedarse en el gulag sencillamente no era una opción. Nada ni nadie le garantizaba que, una vez cumplida su desmedida condena, no fuesen a limitarse a abandonarle allí hasta morir. De acuerdo a su fría lógica de carniceros, aquello casi era lo más fácil. Y si le liberaban, ¿para qué? Ya sería viejo, y tras varios años de inviernos siberianos y trabajos forzados no serviría absolutamente para nada. El gulag, la trituradora de carne, había sido creado para destruir al reo, no para enmendarlo, y quedarse tan solo significaba miseria y sufrimiento, acabar reventando como una mula vieja y ser enterrado al borde de aquella carretera que había sido forzado a construir, tal y como ya le había sucedido a muchos otros antes, tristes y olvidados fantasmas cuyas anónimas sepulturas jalonaban por miles los sucios arcenes del camino, como si de extrañas y siniestras señales de tráfico u ominosos hitos se tratasen. Al menos, la despiadada Siberia le ofrecería alguna posibilidad más, por remota que fuera, que lo que podía ofrecerle el gulag.

Escapar se convirtió en seguida en una obsesión, pero una obsesión que no solamente le afectaba a él. Independientemente de si se abordaba en serio o no, el tema de una hipotética evasión era muy popular en el campo. Aquellos que se habían resignado, que eran la mayoría, quizás lo tomaran solo como un pasatiempo, como una fantasía, como un sueño irrealizable, pero casi todo el mundo gustaba de discutirlo, de fantasear, de planearlo, y todos tenían siempre algo que decir al respecto. Fue así que, durante semanas y meses, habló con unos y con otros, preguntó aquí y allá, se informó, se enteró, discutió, consideró, desestimó, volvió a considerar, fantaseó, imaginó, se emocionó, se desmoralizó y se volvió a animar, hasta que acabó planeándolo todo de arriba a abajo. Fue así también como conoció a sus dos compañeros de fuga, a los que ahora observaba, desastrados delante del fuego, con inmenso recelo. Y fue así, en una de aquellas apasionadas charlas en voz baja en los barracones, cuando ya habían formado el grupo e ideado un plan, que el siniestro Slava, aquel viejo amargado, les dijo aquellas perversas palabras, aquella especie de maldición que, desde entonces, ya nunca pudo desterrar de su mente, y que le obsesionaba desde hacía varios días, desde que el hambre empezara a hacer mella en el grupo. Y si le obsesionaba era, sobre todo, porque Slava se lo había dicho a los tres. Y los tres, él lo sabía perfectamente, eran hombres dispuestos a todo. A todo. Los tres.

Ya era noche cerrada, y seguía nevando, pero las rocas y el bosque les protegían razonablemente bien. Todos habían acabado sus reducidas raciones de pan duro en silencio, y tras un breve intercambio de palabras, mayormente monosílabos, sus dos compañeros se aprestaban ya a dormir, enrollándose en sus mantas cerca de la hoguera, esperando quedarse dormidos antes de que el hambre les atormentara demasiado. Él, sin embargo, no tenía sueño. Estaba molido, pero el temor que le atenazaba desde hacía varios días no le dejaba dormir. Quizás fuese aquella noche. ¿Estaban tan solo esperando a que se durmiera para hacerlo? ¿Por qué había dicho Legionario aquello de “quizás mañana encontremos algo de comida” antes de acostarse? Si no hubiera dicho nada… Hacía ya muchas jornadas que nadie decía nada. Las conversaciones graves, las discusiones, los arranques de ira, los ataques de angustia, el llanto, el sobreponerse al llanto, los accesos de optimismo, incluso la camaradería, todo aquello, toda emoción, toda empatía, toda confidencia, hacía días que se había acabado. Se habían endurecido. Los tres. Por culpa de Siberia. Ya habían atisbado la tragedia, se sabían al borde del abismo, al límite de sus fuerzas, con la muerte soplándoles en la nuca. En ellos estaba ya más que instaurado aquel frío y silencioso pragmatismo, aquella indiferencia calculadora en su proceder, aquel fatalismo que, como si fueran autómatas, les movía simplemente a aguantar, a sobrevivir, a dosificarse absolutamente en todo, a limitarse a lo meramente imprescindible, sin desviar ni un ápice de su escasa energía, sin malgastar tiempo en otra cosa que no fuera mantenerse vivos. ¿Por qué entonces aquel comentario? ¿Casualidad, o una señal velada?

No es que no contaran con ello. No es que no esperaran verse en la terrible situación en que se veían ahora. La fuga había sido su único pensamiento durante meses, y habían hecho cuentas y cálculos, y afrontado siempre el mismo problema, el mismo desafío: Siberia. Si eran mínimamente hábiles no serían los guardias del gulag ni sus perseguidores quienes los matarían, sino Siberia. Aunque burlaran la escasa vigilancia, aunque viajaran a comienzos de primavera, allí estaba el frío de Siberia, la inmensidad sin igual de Siberia, la dureza extrema de Siberia. Lo indómito. El hambre. El punto crítico. El punto en el que no les salían las cuentas. Todos se lo habían advertido. Sencillamente era demasiado. Ya era una odisea acercarse al Amur. Más aún cruzarlo. Y aún había que seguir caminando una vez al otro lado. Muchos opinaban que era un suicidio. Otros admitían que había que intentarlo. Pero todos argüían que Siberia los mataría de hambre al cabo de un mes. Solo un reo les hizo ver una forma terrible, aunque lógica, de sobrevivir a aquella titánica fuga. Solo uno. El viejo Slava.

Miró a sus dos compañeros a través de la hoguera. Parecían dormidos. No daba la sensación de que fuesen a intentar nada aquella noche, aunque él ya había decidido no darles siquiera la oportunidad de hacerlo. ¡Ellos también lo pensaban, estaba seguro! Era imposible que lo hubiesen olvidado, aunque no hubiesen vuelto a sacar el tema, aunque hubiesen hecho alarde de haberlo despreciado. El diablo de Slava se lo había dicho a los tres en aquel barracón del gulag. Los tres estaban allí, escuchando estremecidos su grotesca sentencia. Los tres se habían quedado mudos y cabizbajos después de aquellas palabras. Y apostaría su alma a que los tres, no solamente él, habían tenido pesadillas recurrentes en más de una ocasión. No podía creer que ahora, a punto de morir de hambre, solo él hubiese recordado su dramático dictamen, sobre todo cuando los tres eran hombres dispuestos a todo. A todo. Los tres.

¿Y cómo de bien conocía a sus compañeros? ¿Cómo de bien podía conocerse a un hombre realmente? Ellos ya se conocían antes de que él llegara al gulag. ¿Cómo estar seguro de que no habían confabulado algo? ¿Acaso eran realmente amigos? No, eran socios, socios en la empresa de huir del campo. Eran negocios, siempre lo fueron. El fin último era sobrevivir a la huida, fuera como fuera. ¿Habían sido amigos alguna vez? Quién sabe, y aún así daba igual, nadie podía ser amigo de nadie en el punto crítico, nadie podía ser amigo de nadie cuando Siberia quería matarte.

El punto crítico. Siberia en su máxima crudeza. Aquel no era solamente el momento en que más cerca estarían de morir de hambre, les advirtieron repetidamente en el gulag, también era el momento de tomar medidas drásticas, todo lo drásticas que fuese preciso. <¿Sois hombres dispuestos a todo?> les habían preguntado. <Porque os hará falta serlo. Quizás tengáis que hacer cosas impensables.> Y, salvo cuando Slava les habló aquella noche, ellos dijeron siempre que sí, siempre, a todo, porque ellos eran hombres dispuestos a todo. A todo. Los tres.

Allí estaban, durmiendo en medio de aquel bosque. Ahora estaba claro. Llevaba días pensándolo, y todo encajaba. Lo habrían planeado en el gulag, de antemano, esperando al momento oportuno, pero habían cometido el error de posponerlo, de pensar que él no sospecharía nada. ¡No podía ser casualidad que fueran precisamente tres! Lo que se disponía a hacer era horrible, pero aquello iba suceder de todos modos. Mejor él que ellos. Él solo se defendía, y quería salir de allí vivo, ¡vivir! ¡sentir calor y libertad otra vez! ¡dejar atrás la inmisericorde Siberia, y olvidar al despiadado Slava! ¿Acaso aquellas dos entidades maléficas no eran sino una sola? Aquellos eran los verdaderos responsables, responsables de haber envenenado sus mentes, de llevarles a todos a aquel extremo, el siniestro Slava y la horrenda Siberia, no él.

Todo acabaría muy rápido. Una piedra grande, justo en la cabeza, primero uno, luego el otro, en silencio. Después cogería su escasa comida, y cambiaría algunas de sus vituallas más desgastadas por las suyas si eso realmente le merecía la pena. Se llenaría algo más el estómago, los dejaría allí y se iría a dormir a otro lado, y a la mañana siguiente, descansado como no lo había estado en mucho tiempo, decidiría si dar un paso más y seguir al pie de la letra las repugnantes instrucciones que les diera Slava, o simplemente abandonar sus cuerpos y marcharse solo.

Se levantó en silencio, sin hacer ruido, dirigiéndose a la primera piedra grande que vio. Los otros dos hombres no se movieron, ninguna rama crujió, el bosque dormía en silencio. Las sombras creadas por las llamas de la hoguera danzaban a su alrededor mientras se repetía una y otra vez que aquello que iba a hacer no era culpa suya, sino de Siberia. Era Siberia. Siberia le había obligado. Siberia le estaba obligando. Siberia incluso les había advertido con voz de hombre en el gulag. Estaba clarísimo lo que iba a suceder, y también lo que él tenía que hacer. Slava, con su sonrisa sardónica y su voz cruel, con su mirada depravada y retorcida, aquel demonio inmisericorde y terrible, era la despiadada Siberia transmutada en hombre, y lo había dejado bien claro, aquella noche en el barracón: <Solo hay una manera segura de escapar del gulag> les había dicho a los tres. A los tres. <Que dos hombres se pongan primero de acuerdo, y se lleven a un tercero con ellos… como comida.>

(To read the tale in English click here)

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  1. Pingback: Siberia | marcosmarconius·

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