El afortunado y erótico atributo de Leandro

Aquella misma noche Leandro, hijo de Anaximandro, había soñado que el veleidoso y primigenio dios del amor asaeteaba su trasero mientras canturreaba una alegre cancioncilla, pero por todos los dioses que aquello que se había alojado en su nalga izquierda no era, de seguro, un dulce dardo de Eros…

Hoplita2

Lo que Leandro tenía allí clavado era una saeta tan grande como la estatua de Atenea del Partenón, un intruso que había desgarrado su carne, y que ahora lo tenía allí ridículamente postrado, con el trasero en pompa, mientras retrocedía penosamente hacia sus compañeros.

No tenía que haber abandonado la seguridad de la falange, lo sabía, pero la cabeza se le había recalentado tras una hora combatiendo bajo el inclemente Helios del verano. Los arqueros podían incordiar bastante, por Zeus que sí, pero él, como hoplita, no podía darse el lujo de perseguir a aquellos conejos locrios cargado como iba con treinta kilos de panoplia guerrera. Esa era una tarea para sus peltastas tracios, aquellos bárbaros tatuados del norte que lloraban cuando nacía un niño y reían cuando lo enterraban, pero no habían aparecido por ninguna parte, seguramente porque estaban borrachos, y en cuanto los tebanos comenzaron a arrojar sus escudos y correr, y a pesar de que los oficiales se desgañitaban intentando que todos conservaran la formación, él simplemente no había podido contenerse y se había precipitado a cazar beocios, momento en que Atenea había dejado de asistirle, y en que aquella flecha, guiada seguramente por algún demonio, le había alcanzado en aquel lugar tan indecoroso.

-¡Leandro! -le gritó su amigo Nearco, al tiempo que le asía del brazo derecho para ponerle a salvo entre los escudos de sus compañeros- ¿Buscas la retaguardia, amigo? ¡Porque parece que la tuya, al menos, ya te la han encontrado!- Toda la fila prorrumpió en carcajadas con aquella broma, y ni siquiera él mismo pudo evitar soltar una, a pesar del lacerante dolor de su herida.

-Por lo más sagrado Nearco, te juro que Ares se burla de mí- respondió Leandro ya a espaldas del batallón, riendo entre dientes mientras se quitaba el sofocante yelmo, se arrodillaba e intentaba, sin éxito, observar mejor la faena que le habían hecho. Por suerte, la victoriosa Niké se inclinaba claramente del lado de los atenienses, y al cabo de unos pocos minutos ya estaban allí Fineas, el maestro, y Atanasio, el médico, quienes, junto a Nearco, ayudaron al herido a trasladarse al verde prado que crecía a orillas del torrente junto al que había acampado la tropa, en donde le quitaron la coraza de lino y el quitón, le apartaron el perizoma con que cubría sus partes pudendas, le lavaron la sangre acumulada y comenzaron a extraerle la flecha.

La herida no era grave, pero sí aparatosa, y aquello requirió bastante tiempo. Mientras, la batalla, allá a lo lejos, terminó al fin, y muy pronto la mayor parte de los guerreros rompió filas y se acercó al arroyo a beber y refrescarse. Allí se encontraron con Leandro, yaciendo muy cómico dada particular la naturaleza de su agravio, y pronto aquel prado se convirtió en una fiesta, con sus conciudadanos animándole y tomándole el pelo a partes iguales.

Quiso la caprichosa Tique que, tratándose como se trataba de un ejército de vecinos y ciudadanos, pasara por allí Metodio, el escultor, y que al hacerlo se fijara en aquel herido que yacía rodeado de curiosos. Metodio ya frisaba los cincuenta, pero conservaba intactas sus grandes aptitudes artísticas, y gustaba de observar los hermosos cuerpos de los jóvenes, algo que solía hacer a menudo en Atenas, en la palestra, ya fuera en busca de amantes o de modelos. Por una o por otra razón, o quizás por las dos, dirigió sus pasos al herido, y se quedó contemplándolo un rato. Leandro era hermoso, pensó el virtuoso tallador: debía de tener veintipocos años, y por la dulce Hebe que disfrutaba de un cuerpo sano, proporcionado y atlético. Tenía una piel bronceada, unos hermosos rizos negros, y no podía considerarse en absoluto velludo. Quizás la cara no fuera especialmente apolínea, cierto, aunque no era desde luego desagradable, pero lo mejor era, sin duda alguna, el lugar en el que había sido herido, un atributo físico digno de un Jacinto o un Ganímedes, y que destacaba especialmente, dada la curiosa postura que, por fuerza, había tenido que adoptar para ser atendido, recostado de lado como estaba sobre aquel prado, casi desnudo, con su brazo derecho sujetando su cabeza y sus nalgas vueltas hacia arriba para recibir los requeridos cuidados médicos de sus compañeros.

“Por el ambiguo Dionisio que todo parece girar en torno a mis posaderas últimamente,” pensaba mientras tanto el pobre y alucinado Leandro. “Esta noche Eros me visita, pero solo para hacer puntería en ellas, y como si se tratara de una profecía ahora, cuando vuelva a casa, seré recordado como Leandro, el guerrero al que clavaron una flecha en el pompis luchando cerca de Platea.” El joven no pudo evitar recordar con sorna cómo, ya desde muy pequeño, aquella parte de su cuerpo le había hecho ser muy popular entre alguna amiga íntima de su madre, y cómo además, en sus tiempos de efebo, había recibido algún cumplido burlón de parte de sus colegas mientras se instruía en las armas. Y en esas estaba, preguntándose qué les habría dado en el Olimpo con su culo para haberlo convertido paulatinamente en el centro de su vida, cuando el ínclito Metodio, el gran escultor de su polis, se inclinó sobre él, observando con atención aquella notoria parte de su cuerpo, y le propuso, amigable y respetuosamente, servir de modelo para su próxima escultura.

Unos pocos meses después, en mitad del Ágora de Atenas yacía un joven de mármol imitando la pose que Leandro tuviera que adoptar por fuerza a orillas de aquel arroyo cuando yacía asaeteado. La estatua no tenía su misma cara, pues Metodio había decidido cambiársela, igual que había decidido quitar la flecha y otorgar al protagonista una expresión de serenidad en lugar de una de dolor, pero el cuerpo era el suyo, al igual que la pose, y también las posaderas, que la escultura mostraba ahora, descaradamente, a todos los ciudadanos que pasaban por delante.

Leandro recordó haber creído estar entonces, cuando yacía en aquel prado, aún dentro del extraño e irreverente sueño de Eros que tuvo la noche anterior, y ahora mismo seguía sin estar muy seguro de haber despertado de él. Al fin y al cabo, estaba acostumbrado a una vida corriente y anónima, y ahora disfrutaba de una fructífera amistad con Metodio, una buena recompensa en metálico por sus servicios como modelo, y la satisfacción de que toda la polis de Atenas supiera que aquel hermoso cuerpo era el suyo, aunque el título elegido por el autor hubiera sido el de “El joven Perseo en Séfiros, u hoplita herido a orillas del Asopos”.

-Yo creo que los Dioses han sido muy generosos contigo, Leandro- corroboraba su amigo Efialtes. -Ares quiso que la herida fuera en la nalga, un lugar inocuo donde los haya, Asclepio que sanara sin darte problemas, Hebe que gozaras de un pandero de lo más artístico desde tu infancia, y Apolo y las Musas inspiraron a Metodio en cuanto te vio para hacer esta maravilla de escultura.

-Quién sabe si no le inspiró también Eros, cuando le vio allí tendido y con el culo al aire, cuan erómenos provocador- añadió jocoso Nearco. -De todos modos, como vosotros tenías que haberle visto era retrocediendo hacia nuestras líneas, con aquella flecha clavada en la nalga, reculando como podía, o mejor dicho, medio reculando, porque entonces solo disponía de la mitad de su culo…

Todos rieron y siguieron contemplando la obra que el ilustre Metodio, justamente orgulloso, había decidido exponer allí unos días para permitir que toda la polis la admirara. Leandro, sin embargo, se sentía melancólico.

-Por la dulce Afrodita chicos, lo que desearía es que, en lugar de la sucia saeta de un locrio, se hubiera tratado del siempre imprevisible Eros, como en mis sueños, y que luego el Dios hubiera lanzado otra flecha de las suyas a quien yo me sé- se lamentó, ganándose una palmadita en la espalda de Efialtes.

-No te desesperes, mi quejumbroso amigo- le respondió éste, sabedor de lo que le reconcomía, -la voluntad de los dioses es intrincada, y sus métodos siempre resultan incomprensibles para nosotros, los simples humanos.

Aquella tarde cruzó el Ágora el armador Androcles, acompañado de su mujer Ágata y su joven y hermosa hija Eunice. Venían del puerto del Pireo, en donde vivían, e iban camino al templo de Hera, a pedirle a la diosa un buen esposo para la muchacha, que con 17 años ya estaba tardando en contraer matrimonio. Al ser una ocasión señalada, de las pocas en que se dejaba a las mujeres salir del gineceo, tanto madre como hija se extasiaban y distraían con todas y cada una de las cosas de la polis, demorando el paso del padre que, como hombre abierto y tolerante, consentía indulgente en permitir que sus féminas curiosearan, al menos por una vez, los asuntos relativos al mundo exterior.

En estas, la familia al completo pasó por el Ágora, y allí se encontraron, de pronto, con la hermosa escultura de Metodio. Los tres se quedaron observándola estupefactos, pero mientras que el marido y la mujer se recreaban de un modo estético, la hija preguntó extrañamente alterada: “Padre, ¿sabes quién es?”

-He oído decir que, salvo por el rostro, es Leandro, hijo de Anaximandro -respondió su padre sin empacho. -Metodio lo tomó como modelo cuando combatimos cerca de Platea. Resulta que le habían herido de un flechazo en el pompis, él pasaba por allí y…

-Óyeme esposo, – dijo de repente la mujer -¿no es ese tal Leandro uno de los pretendientes de la niña?

Ambos progenitores callaron de repente, se miraron y luego, como movidos por un mismo resorte, se giraron hacia su hija. Ésta, sin percatarse de ello, tenía sus hermosos y ovalados ojos fijos en las generosas formas masculinas de aquel supuesto Perseo, mientras sus mejillas enrojecían y una extraña sonrisa se dibujaba en su boca.

-Vámonos de aquí mejor -ordenó el padre molesto, -la niña aún ha de rogarle a Hebe y a Hera, no es momento todavía de que piense siquiera en Afrodita.

Aquella noche, y alguna más, Eros visitó en sueños a Eunice, obsequiándola con la repetida visión de aquel cuerpo y aquel trasero duros y fornidos que, desde entonces, asoció para siempre al rostro del joven Leandro, a quien ya había visto en una ocasión, muy brevemente, mientras paseaba por la calle del brazo de su padre.

Androcles organizó, pocas semanas después, una serie de cenas a las que convidó, por separado por supuesto, a los numerosos pretendientes de su hija. Como cabeza de familia benévolo que era permitió que sus mujeres estuvieran presentes al comienzo de cada ágape, e incluso que la propia Eunice fuera presentada formalmente a sus galanes, siempre, claro está, en presencia suya.

Noche tras noche, Eunice se comportó con educación y cortesía, mas sin mostrar algún interés, todo para pesar de su padre, a quien interesaba conocer la opinión y los sentimientos de su amada y respetada hija. Al poco, no obstante, le tocó el turno a Leandro, hijo de Anaximandro, y todos en aquella casa se dieron cuenta pronto de cómo aquel nombre parecía afectar de un modo extraño a la niña, pues ésta, por primera vez, se pasó el día nerviosa, alterada y distraída, y a la noche salió de sus aposentos irradiando tanta belleza que hasta su propio padre se quedó embelesado. Sin embargo, fue en el momento de la presentación en que se obró el prodigio: Ella se encaminaba hacia él, mirando tímidamente al suelo, cuando Eros, de improviso, hizo que se acordara de nuevo de aquel hermoso trasero de mármol que había visto en el Ágora. Aquel pensamiento, tan libidinoso y alegre, y que tan espontáneamente le había pasado por la cabeza, hizo sonreír a la joven con desenfado, y como si se tratara de la mismísima Afrodita le hizo adoptar una súbita expresión tal de encanto y sensualidad que con la sola mirada que dedicó a su pretendiente bastó para demostrar al sorprendido Leandro el inextinguible deseo que había prendido entre ellos.

“Al final”, pensó el joven, risueño, cuando poco después Eunice se hubo retirado de nuevo al gineceo, “aquella flecha que horadó mis carnes en la batalla quizás sí resultara ser un dardo de Eros después de todo.”

(Read this story in English here)

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One response to “El afortunado y erótico atributo de Leandro

  1. Pingback: Leandro’s lucky and erotic attribute | marcosmarconius·

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